Prensa Corrupción
y Poder
Lolo Echeverría,
Director de Noticias de Televisión, Quito
Los tiranos no tenían amigos entre
los periodistas ni los periodistas se podían dar el lujo
de ser "comensales de Palacio"
Un comandante militar acusado de corrupción
aparece en un programa periodístico de televisión,
la entrevista es pregrabada, pero mientras ella se difunde, un
grupo de sindicalistas proclama a gritos la inocencia del comandante
frente a las puertas de la estación televisora.
Las cámaras, de tiempo en tiempo, muestran a los manifestantes,
recogen sus opiniones y leen los carteles que portan.
El conductor del programa le plantea al comandante unas preguntas
serviciales acerca de las acusaciones.
Los más ingenuos, probablemente, habrán hecho la
lectura que los autores del programa descrito pretendían.
Otros, tal vez, dudaron de la sinceridad de los sindicalistas,
sospecharon manipulación por parte del comandante o creyeron
que los periodistas utilizaron a los actores...
Los más suspicaces, con seguridad, vieron en el episodio
un complot entre sindicalistas, comandantes y periodistas para
engañar a la opinión pública y escribir
un capítulo más en la historia de la corrupción.
Aquellos que estamos embarcados en el trajín diario de
la comunicación y que hemos visto pasar mucha agua bajo
el puente, no somos ya capaces de juicios tan categóricos
porque sabemos que todo se va haciendo más y más
complejo y que, de una manera u otra, la corrupción está
ligada al poder.
La corrupción por seducción
En tiempos de las dictaduras y las tiranías,
algunas cosas erán más claras; al menos se sabía
que los tiranos odiaban la verdad y odiaban a los periodistas
que buscaban verdades en los pasillos del poder para trasladarlas
al pueblo. Los tiranos no tenían amigos entre los periodistas,
ni los periodistas se podían dar el lujo de ser "comensales
de Palacio".
En los tiempos de los estadistas ya no se persigue a la prensa.
Ya no hay cárcel para los periodistas; al contrario, son
buscados, se los rodea de halagos y adulos, se les hace partícipes
de los problemas insolubles de Gobierno y miembros del círculo
de conocedores de los secretos del poder.
Los periodistas "prestigiosos" son bien informados
y se convierten rápidamente en celebridades. Aquellos
que incomodan, son excluidos del círculo, quedan desinformados
y, a la larga, "desprestigiados". Ya no es necesaria
la cárcel para los periodistas indeseables, basta para
ellos el olvido.
La fórmula de conquistar a los periodistas con halagos
no es utilizada únicamente por los gobiernos, también
se valen de ella las instituciones y las empresas. Es la fórmula
que usa el poder para convertir a los periodistas en cómplices
de sus objetivos.
Los pocos periodistas que sobreviven a las lisonjas del poder
y a las vanidades de la estelaridad, alcanzan liderazgo intelectual
y autoridad moral, su trabajo adquiere solidez y credibilidad,
pero los demás se deshacen con los halagos y devienen
en propagandistas de los gobiernos y panegiristas de los figurones
de turno.
La corrupción por perversión
Desde el punto de vista de los gobiernos
el problema es lograr aquiescencia de los gobernadores y para
ello les conviene exponer los logros y ocultar los errores.
En los manuales resulta muy clara y simple
la definición del rol del periodista, pero la vida real
plantea siempre situaciones inéditas y el poder ha descubierto
las fórmulas para pervertir los objetivos fundamentales.
Desde el punto de vista de los gobiernos el problema es lograr
aquiescencia de los gobernadores y para ello les conviene exponer
los logros y ocultar los errores.
Pero el periodismo se ocupa de lo contrario. Lo que funciona
bien, lo que puede concebirse como normal, no llama la atención
del periodista; lo que funcional mal, aquello que se sale de
la regla y la norma es lo que el periodismo concibe como noticia
potencial.
Cuando los gobiernos, las instituciones, las empresas y los políticos
empezaron a contratar a periodistas para la tarea de relacionadores
públicos, desnaturalizaron los objetivos del comunicador
y empezaron a corromper a los periodistas al pervertir sus fines.
El relacionador público se ocupa generalmente de cultivar
la buena imagen de la persona o de la institución ocultando
lo negativo y exponiendo lo positivo, manipulando la información,
construyendo una verdad.
Pero el periodismo busca más bien revelar, descubrir,
exponer lo que está oculto, lo negativo, lo anormal. En
este sentido el relacionador público y el informador trabajan
a contrapelo, van en contravía. El periodista de instinto
y vocación siempre estará como "la espina
en la carne" cuando se ve obligado a ejercer como relacionador
público.
Los periodistas tenían claro su papel cuando estaban como
mediadores entre el poder y el pueblo. Cuando la mediación
se realiza a través de la empresa de comunicaciones: el
periodista acomodó su papel al exigir a la empresa un
marco de libertad, un código de ética y el respeto
al ejercicio profesional. El problema se complica cuando aparecen
otros mediadores entre el poder y la empresa de comunicaciones;
los expertos en imagen, en políticas de comunicación
y en relaciones públicas que trabajan del lado del poder
y pretenden manejar los medios a conveniencia del poder. Y todavía
se complica más la mediación cuando por la vía
de leyes de colegiación y ejercicio profesional se le
asignan estas tareas al periodista.
Los profesionales de la imagen y de políticas de comunicación
que trabajan para la política, se han convertido en algunos
países, en instrumentos neutros de gobierno. La inestabilidad
política les ha obligado a adecuarse a gobiernos de distinta
ideología, diversos estilos y consistencias. Se racionaliza
la situación señalando que se trata de un trabajo
"profesional" que trasciende las veleidades de la política.
La corrupción por filtración
Los políticos están fascinados
con el rol de periodistas, los hay en la televisión, en
la radio y en la prensa escrita.
Buenas fuentes de información hacen
buenos periodistas. Esta simple verdad esconde otra forma de
corrupción relacionada con el poder.
Las fuentes informativas son buenas cuando están bien
ubicadas y son importantes, es decir que son jefes, ejecutivos
o agentes de prensa. El problema es que, con frecuencia, no se
sabe quién se sirve de quién. El político
cultiva al periodista dándole buenas informaciones que
lo hacen destacar en el campo profesional. El periodista cultiva
la fuente evitando críticas que pueden poner en peligro
la confianza. En esta dinámica se desarrolla una relación
íntima entre el periodista y su fuente.
El político que está en el poder y que tiene conocimiento
y autoridad para filtrar informaciones, desgraciadamente, lo
que busca es servirse del periodista dándole primicias
a cambio de un buen trato, a cambio de la difusión de
globos de ensayo y eventualmente a cambio de llanas mentiras.
La corrupción por imitación
Los periodistas no son buenos como políticos.
Mientras más se degrada la política
y se desprestigian los políticos, más imitadores
tienen y entre ellos están los periodistas. Las relaciones
del poder tienen entre sus desviaciones la alteración
de los roles de los políticos y los periodistas.
Los políticos están fascinados con el rol de periodistas,
los hay en la televisión, en la radio y en la prensa escrita.
Así mismo, los periodistas que eran los controladores
de los políticos, se convierten en sus competidores y
se lanzan a participar en la lucha electoral. A los políticos
les fascina el periodismo porque sueñan con tener en sus
manos el instrumento de publicidad de los medios masivos y porque
envidian la popularidad positiva de las celebridades de la prensa.
A los periodistas, probablemente les encandila la política
como paso de la contemplación a la acción. El análisis,
el diagnóstico, la crítica de los aciertos y errores
pueden conducir a la ilusión de que ya tienen el secreto
del buen gobierno, pero también esta forma de corrupción
surgió desde el poder cuando los políticos llevaron
a los periodistas a los equipos de gobierno como asesores o confidentes,
primero y luego sirviéndose de la popularidad de las celebridades
del periodismo para asegurar triunfos políticos, cuando
empezaron a escasear los líderes; los políticos
no son buenos en el periodismo. No buscan la verdad, porque creen
que ya la tienen y no son libres porque dependen de sus partidos.
Tampoco los periodistas son buenos como políticos. Manipulan
a las audiencias, caen en la auto presentación subjetiva
y terminan haciendo demagogia barata.
Ahora que los políticos están acusando de corrupción
a la prensa se hace necesario, en homenaje a los periodistas
"caídos", advertir que son los mismos políticos
los que, disfrazados de sirenas, se apostan en los recodos del
camino de los periodistas.