Revista Chasqui
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Miguel Sarmiento, integrante del portal regional de American On Line (AOL), Palm Beach, Florida y Leonardo Ferreira, Ph.D. profesor Asociado de la Universidad de Miami, Coral Gables Correo-e: <Masa256@cs.com>, <miguesarmiento@aol.com>

Libertad verdadera: Autocensura y propaganda

    Entre las víctimas conocidas del terror del 11 de septiembre en Nueva York y Washington se encuentra la gran prensa estadounidense

    Entre las víctimas conocidas del terror del 11 de septiembre en Nueva York y Washington se encuentra la gran prensa estadounidense, en especial los noticieros de televisión comercial. Diezmadas por la autocensura, la caída económica y el deber de informar patrióticamente, las cadenas privadas de noticias angloamericanas están lejos de ser el "Quinto Poder" que soñaron antes de perder su rumbo en el último cuarto del siglo XX. Televidentes con experiencia ratifican a diario cómo el periodismo audiovisual de la Guerra Fría, a pesar del provincialismo y el oligopolio de la época, enfrentó con decisión y relativa independencia los retos del Macartismo, de la era espacial, del asesinato del Presidente Kennedy, y de las revueltas por derechos civiles o contra la guerra del Vietnam. Lamentablemente, los noticieros comerciales de la actual globalización y la lucha contra el terrorismo en EE.UU. tienen poco que ver con la televisión de la edad dorada.

    Edward R. Murrow, el gran comentarista del entonces nuevo medio de la televisión, creía por ejemplo que los programas noticiosos desperdiciaban la Primera Enmienda si no promovían un debate libre y vigoroso, con escenarios abiertos, con una práctica de obtener noticias independientemente, y con una actitud crítica hacia los asuntos públicos. Desilusionado, no tuvo más alternativa que renunciar, acusando a las cadenas de una comercialización y una sed de ratings que acabarían por asfixiar al periodismo audiovisual. Ni abierto, ni crítico, ni independiente, Murrow, con increíble precisión, adivinó la suerte del periodismo actual por televisión hace cuarenta años.
     
    Antes de la Tragedia
     
    El replanteamiento, puramente mercantil y tecnológico del viejo precepto del libre mercado de las ideas, empujó a las cadenas privadas en los años ochenta a concentrarse casi exclusivamente en la rentabilidad. Atemorizadas por la competencia interna (Fox Network), la televisión por cable (CNN), el satélite y otros sistemas, la industria de la televisión comercial adoptó una evidente actitud pro-régimen al lado de los grandes intereses del gobierno o del mundo empresarial, según le favoreciera. Envueltas en un torbellino de fusiones, con alianzas comerciales que para mediados de 1990 ya alcanzaban los 375 mil millones de dólares al año en Estados Unidos, las cadenas de TV comerciales buscaron asegurar o establecer lazos rentables con los consorcios transnacionales. La tendencia a la mega-empresa y la concentración, aun con la diversidad por el ingreso de nuevas tecnologías y canales, hundió a los noticieros en un festín de inversiones e intereses cada vez más opuestos a la "objetividad" y a la libertad de prensa.

    Para fines del siglo XX, la industria de la noticia por televisión comercial en EE.UU. era un negocio de dura competencia entre la CNN, subsidiaria del poderoso conglomerado AOL-Time Warner, y las cuatro grandes redes al aire con sus respectivas casas matrices: NBC-General Electric, Fox-News Corporation, CBS-Viacom, y ABC-Disney. Las semi-cadenas UPN y WB ya habían caído también en manos de los conglomerados, mientras que las hispanas, Univisión y Telemundo, jugaban un papel muy marginal.
    Recientemente, sin embargo, gracias al efectivo crecimiento de la población y del mercado hispano, la NBC decidió entrar otra vez al mundo latino con la adquisición de Telemundo por 1,980 millones de dólares. La primera vez lo hizo a través de Noticias NBC, fundada en abril de 1993, y fracasó en menos de cuatro años. De cualquier modo, esta última adquisición es incomparable con los no menos de U.S. $110 mil millones que costó la fusión AOL-Time Warner incluyendo CNN. Recordemos además que la AOL estuvo a punto de comprar Telemundo en agosto del 2001.

    Lo anterior solo para indicar que existe poco espacio en la prensa para algo distinto de la inversión y la ganancia. En un ambiente de globalización, donde el interés es posicionarse a cualquier precio en el mercado mundial de la información, se sacrifica con facilidad los rezagos de una tradición de autonomía noticiosa que en realidad se perdió hace más de una década. De hecho, en medio de la ambición y el "orden" económico global, la credibilidad de las cadenas privadas de TV comenzó a sufrir con la invasión de Granada en 1983. Los Marines salieron a "liberar" la isla caribeña sin la intervención de la prensa, mientras el gobierno de Reagan aprovechó el periodismo amigable para fijar límites al acceso de la información en tiempos de guerra y en zonas de combate.

    Tales restricciones, incluyendo la organización de cuadrillas de reporteros bajo la tutela de relacionistas públicos militares, sirvieron posteriormente para amordazar la prensa en la invasión de Panamá y en la Guerra del Golfo Pérsico. Pete Williams, un vocero del Departamento de Defensa, llegó a comentar públicamente cómo los reportajes de la guerra eran una simple repetición de lo que decían los funcionarios del Pentágono. CNN, renuente en ese entonces al control de las super-empresas, apareció como una voz independiente, en medio de la pasividad de la noticia por canales comerciales. Esto es, hasta que la CNN no resistió el magnetismo de los conglomerados, acabando con su espíritu de autonomía y convirtiéndose en otra cadena comercial más. Como sucede hoy con los disidentes, Peter Arnet, el crítico estelar de la antigua CNN, fue denunciado por el promedio de la opinión estadounidense como un periodista traidor y antipatriota de la causa militar en el Medio Oriente.

    Con el correr del tiempo, la autocensura sobre la devastación de los bombardeos en Irak, los despidos de reporteros y editores, y las actitudes pro-guerra y pro-gobierno de las cadenas privadas, incluyendo la manipulación y distorsión de informaciones, llevaron al famoso Walter Cronkite a decir que el verdadero horror de la Guerra del Golfo Pérsico fue la censura de los medios noticiosos. Luego no nos debe sorprender que cada vez que surge un conflicto armado, afirma el mismo profesor Jenssen, "la verdad sea la primera baja, [pues] la prensa no ha aprendido la lección".

    Estados Unidos, después de lo sucedido con los medios a partir de la tragedia del 11 de septiembre, no tiene autoridad para dar disertaciones sobre libertad de prensa y expresión
     
    Durante y Enseguida de la Tragedia
     
    La guerra contra el terrorismo puede parecerle nueva al grueso de la audiencia estadounidense, pero el cubrimiento en la TV comercial de la lucha contra este y otros crímenes atroces, sigue siendo, en EE.UU., el reflejo de una prensa sin aspiraciones ni objetivos distintos a la supervivencia económica de los últimos veinte años. En momentos en que el público necesita un periodismo intrépido, inteligente e independiente, las cadenas privadas no tienen alternativas que ofrecer.

    Una vez que se vio que la tragedia no era un accidente, los noticieros comenzaron a corear el populista slogan "America under Attack," lo que les llevó a confundir la devastación en Nueva York con Pearl Harbor y el temor de una tercera guerra mundial. Sin duda, la destrucción fue peor que la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, pero la situación estaba lejos de parecerse a la Segunda Guerra Mundial, aun cuando tuviese la potencialidad de generar un conflicto de grandes proporciones. Como en Pearl Harbor, el sentimiento de furia y de venganza, como también de invulnerabilidad se apoderó del país. En minutos, el apasionamiento hizo presa fácil de presentadores y reporteros que hasta ese momento promulgaban con fe el dogma de la objetividad.

    Con un presidente ausente en una escueta grabación desde Florida y una industria de televisión sin recursos intelectuales para entender lo que ocurría, las primeras horas de la crisis fueron de un inmenso vacío de poder, falta de liderazgo, y confusión. El experimentado Peter Jennings de la ABC, canadiense de nacimiento y una de las figuras que como pocos transmitió con relativa ecuanimidad el dolor de la tragedia, criticó con cautela la demora en la intervención del presidente Bush. A la semana siguiente lo acusaron de extranjero y antiamericano.

    Mientras el Internet daba problemas por fallas de alto tráfico o interconexión, la radiodifusión y el cable absorbieron el comienzo de la crisis. Rodeados de multitudes, los televisores escasearon, y millones de oyentes, todavía en las autopistas, se enteraron de la tragedia por locutores desubicados para describir la magnitud del hecho en la radio. Con golpes criminales tan temibles, el ambiente era de guerra, de emociones reprimidas, y de sospecha por lo relacionado con el origen del ataque: "los musulmanes."
    Imágenes de celebración en Palestina caldearon aún más el entorno. En menos de un mes, cuatro estadounidenses de origen árabe aparecieron asesinados, incluyendo a Abdul Ali Ahmed, propietario de un almacén en California, con ocho hijos y más de treinta años de residencia en el país. En este momento, se adelantan 168 causas criminales por asaltos contra personas de apariencia árabe.
     
    Aunque el primer ministro inglés Tony Blair denominó rápida e inteligentemente el ataque una pesadilla del "terrorismo masivo," las cadenas comerciales estadounidenses, enceguecidas por el patriotismo, hablaban de una guerra no declarada entrevistando a "expertos" militares o burócratas y generales retirados que justificaban su historia. Los políticos, especial aunque no exclusivamente los demócratas, así como los intelectuales y los académicos, brillaron por su ausencia. Sencillamente, no existían garantías para hablar. Hoy, apenas si las hay.

    Según Marvin Kalb, antiguo corresponsal de televisión y actual director de la oficina en Washington del Shorenstein Center on the Press de la Universidad de Harvard, la prensa desde el inicio de la crisis "no solo se adornó de imágenes de patriotismo sino que se dedicó a obtener gran parte de su información de fuentes oficiales. Pero, como sabemos, luego de un buen número de crisis políticas y militares del pasado, los gobiernos en ciertas circunstancias no solo guardan información sino que también engañan al público o simplemente mienten," advierte Kalb.

    Efectivamente, la audiencia más preparada del país de la Primera Enmienda solo encontró refugio en la radio y la televisión pública, los medios alternativos, y los servicios noticiosos en línea del extranjero. Superando el choque de la crisis y arriesgando su precaria estabilidad política y económica, las cadenas públicas salieron a cumplir con su obligación ética y profesional. Por el contrario, la gran prensa, tanto las cadenas de radiodifusión comercial como los periódicos, bandera de las monopolizadas áreas metropolitanas, quedó relegada, en Internet, en papel, por aire o por cable, a ser la voz de lo permitido o lo censurado.

    Octubre 10 del 2001, para los comunicadores de EE.UU., será también una fecha incomprensible, ya que las cinco cadenas de TV comercial claudicaron ese día su responsabilidad de informar. Persuadidos por Condolezza Rice, consejera nacional sobre asuntos de seguridad, los directores de los principales noticieros de televisión del país acordaron con el gobierno "poner límites a los mensajes y comunicados de Osama Bin Laden y sus asociados". Sin eco, para los empresarios de la noticia, quedó el principio de Jefferson de que es mejor una prensa sin gobierno que un gobierno sin prensa, aun en tiempos de crisis.
    En momentos en que el público necesita un periodismo intrépido, inteligente e independiente, las cadenas privadas no tienen alternativas que ofrecer
     
    El argumento para censurar los videos de Bin Laden, según oficiales de Gran Bretaña y EE.UU., es la eventualidad de mensajes codificados con instrucciones para cometer actos terroristas. De hecho, la expresión "Juro ante Dios," según la inteligencia estadounidense, podría ser uno de esos mensajes. Con el liderazgo de la CBS, los ejecutivos de las cadenas decidieron censurar los videos para garantizar "un periodismo responsable que informe al público, sin poner en peligro vidas norteamericanas".
    Durante la Segunda Guerra se transmitieron mensajes encodificados a la resistencia francesa desde Londres, pero como bien aclara Richard Sambrook, director de noticias de la BBC, las afirmaciones de estos videos solo se transmitieron en parte, siendo dobladas al inglés, "un proceso que Bin Laden no pudo controlar". Para The Independent del Reino Unido, "la noción de que los terroristas puedan estar pasando mensajes secretos en las noticias es algo fatuo". Del mismo modo, la cadena Al Jazeera en Doha, Qatar, el equivalente a la CNN de la Guerra del Golfo, considera que si sus videos noticiosos contienen algún mensaje codificado de Bin Laden, lo que se necesita es ayuda para identificarlos, no censura. Es más, lo que nos parece raro, afirma Ibrahim Hilal, editor en jefe del canal satélite árabe, "es que los estadounidenses se quejen cuando lo que estamos haciendo es luchar por el criterio occidental de la objetividad".
    Ari Fleischer, vocero de la Casa Blanca, no está de acuerdo. Alegando que toda transmisión sobre declaraciones del responsable del actual terrorismo es una amenaza a los intereses de los EE.UU., cualquier canal que los presente, "termina siendo un foro de propaganda para incitar a la gente a matar norteamericanos". Como era de esperarse, el gobierno estadounidense empezó a ejercer presión sobre Qatar, tratando de ablandar a Al Jazeera. De hecho, las cadenas de TV comercial estadounidenses prefirieron ceder ante la presión del gobierno y el cerrado espíritu patriótico de sus audiencias. Agilmente, Al Jazeera invitó a Ms. Rice para presentar el punto de vista de la administración Bush y aminorar sus quejas.
    Ese mismo día, AlJazeera sirvió de puente para que Osama Bin Laden le ofreciera a CNN la posibilidad de hacer preguntas sobre la crisis terrorista. En un ceremonioso anuncio, Patricia Janiot, presentadora estelar de CNN en Español, aceptó implícitamente la invitación en nombre de la cadena. Con un listado de pre-avisos y condiciones al aire, incluyendo el que no sabemos donde esta Bin Laden, no dependemos de Al Jazeera para decidir la noticia, no estamos bajo presión de Al Queda, y no publicaremos nada sin revisar los videos, la CNN procedió a hacerle preguntas al sospechoso. Entre ellas, ¿por qué atacaron las torres gemelas? ¿Tiene algo que ver con las armas bacteriológicas o los ataques de antrax? ¿Entrenó o recibió apoyo de gobiernos extranjeros para atacar a los Estados Unidos? Si no hay justificación en el Islam para actos violentos ¿por qué los patrocina? Al momento de escribir este artículo, la audiencia esperaba las respuestas.
    De haberlas, sería una buena oportunidad para corregir la autocensura impuesta el pasado 10 de octubre. Se presume que cualquier material importante originado en Afganistán no llegaría solo a CNN, luego, ¿qué sentido tendría mantener tales imágenes fuera del aire, cuando podrían ser transcritas o reproducidas en los periódicos o la Red? pregunta un ejecutivo de The New York Times anónimamente.
     
    Todos en lo Mismo
     
    La Sociedad Interamerica de Prensa, reunida coincidencialmente en Washington D.C., criticó abiertamente a los Estados Unidos en la apertura de su asamblea anual. Desacostumbrada a denunciar a los estadounidenses, la organización identificó distintas violaciones a la libertad de prensa en el país sede, incluyendo la revelación forzosa de fuentes noticiosas, la intromisión en conversaciones telefónicas personales de los periodistas, y las medidas de seguridad dictadas por el Pentágono en contra del libre flujo de la información. "Esto último hace pensar ­afirmó Rafael Molina, presidente de la Comisión de la Libertad de Información­ que la libertad de prensa podría ser una de las primeras víctimas de esta guerra (contra el terrorismo).
     
    Las primeras horas de la crisis fueron de un inmenso vacío de poder, falta de liderazgo y confusión

    Meses atrás, en el prefacio del informe anual del 2001, Molina afirmó: "La [SIP] no cejará en su empeño por detectar y reportar cada atentado, por mínimo que sea, que ocurra en cualquier rincón de nuestro continente y que pueda afectar el sagrado derecho de los pueblos por tener acceso, sin restricciones, a todo tipo de información". Llegó la hora entonces de vigilar también a las autoridades estadounidenses en bien de la libertad. Dos duras lecciones del 11 de septiembre entre muchas, sobre todo para los estadounidenses, de que no existe sociedad segura e invulnerable por desarrollada que sea. La otra, que afecta a todos los americanos, es decir, a los habitantes de las Américas en su conjunto, es que no existe una prensa enteramente libre en ningún país del continente.

    En medio del terror por la bacteria del antrax, originada y dirigida en gran parte a los medios de comunicación (curiosamente, los tabloides y las cadenas NBC y ABC), los Estados Unidos tratan de reconstruir la sociedad de que gozaban. Sin embargo, a pesar de los discursos y las expresiones de patriotismo, los estadounidenses y el resto de la comunidad internacional saben bien que el mundo de hoy no es el mismo del amanecer del 11 de septiembre. Ojalá, y pronto, pueda decirse que va a ser mejor, en honor de las más de seis mil personas inocentes que perdieron la vida ese día y los que la están perdiendo ahora mismo en Afganistán. Para lograrlo, se requiere de comunicadores verdaderamente "patriotas," como diría Kalb, periodistas y medios que sin censura reporten los hechos y digan la verdad como mejor la entienden.

    Un serio obstáculo para superar la crisis de los medios es la propia administración George W. Bush, que no ha sido el mejor amigo de la prensa, incluso antes de la tragedia. Con una celosa agenda de proteger secretos militares y de inteligencia, heredada de su padre y de la Guerra del Golfo, el actual presidente inició su gobierno fijando advertencias y condiciones sobre el flujo de la información pública. Con la crisis, los intentos de restringir se han vuelto sencillamente más obvios.

    En menos de un mes, el presidente Bush ha querido reducir el círculo de congresistas con información directa del presidente, ha intentado mantener oculta información esencial sobre la seguridad pública (posibilidades de un nuevo ataque, información sobre medicinas), y ha persuadido a los medios, con éxito, a autocensurarse. En el Departamento de Estado, la Casa Blanca, y el Pentágono, la información es frecuente pero cada vez más irrelevante. Largas sesiones para recibir respuestas evasivas y excusas por razones de seguridad nacional, se combinan con intromisiones en contenidos como sucedió en la Voz de América y el programa "Polítically Incorrect" de la ABC con Bill Maher. En relación a este último, Mr. Fleischer llegó a decir en la Casa Blanca: "es mejor que los americanos se cuiden de lo que dicen o hacen".

    Para terminar, hace casi un año que Eduardo Frei Ruiz-Tagle dijo en un foro de expresidentes en la República Dominicana, durante la crisis Bush-Gore, que los EE.UU. ya no tenían autoridad moral para darle clases a América Latina sobre elecciones democráticas. Lo mismo debemos decir ahora en relación con su libertad de prensa. Aunque tenemos mucho que aprender de la Primera Enmienda, EE.UU., después de lo sucedido con los medios a partir de la tragedia del 11 de septiembre, no tiene autoridad tampoco para dar disertaciones sobre libre prensa y expresión.
 

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