Libertad verdadera:
Autocensura y propaganda
- Entre las víctimas conocidas
del terror del 11 de septiembre en Nueva York y Washington se
encuentra la gran prensa estadounidense
Entre las víctimas conocidas del terror del 11 de septiembre
en Nueva York y Washington se encuentra la gran prensa estadounidense,
en especial los noticieros de televisión comercial. Diezmadas
por la autocensura, la caída económica y el deber
de informar patrióticamente, las cadenas privadas de noticias
angloamericanas están lejos de ser el "Quinto Poder"
que soñaron antes de perder su rumbo en el último
cuarto del siglo XX. Televidentes con experiencia ratifican a
diario cómo el periodismo audiovisual de la Guerra Fría,
a pesar del provincialismo y el oligopolio de la época,
enfrentó con decisión y relativa independencia
los retos del Macartismo, de la era espacial, del asesinato del
Presidente Kennedy, y de las revueltas por derechos civiles o
contra la guerra del Vietnam. Lamentablemente, los noticieros
comerciales de la actual globalización y la lucha contra
el terrorismo en EE.UU. tienen poco que ver con la televisión
de la edad dorada.
Edward R. Murrow, el gran comentarista del entonces nuevo medio
de la televisión, creía por ejemplo que los programas
noticiosos desperdiciaban la Primera Enmienda si no promovían
un debate libre y vigoroso, con escenarios abiertos, con una
práctica de obtener noticias independientemente, y con
una actitud crítica hacia los asuntos públicos.
Desilusionado, no tuvo más alternativa que renunciar,
acusando a las cadenas de una comercialización y una sed
de ratings que acabarían por asfixiar al periodismo audiovisual.
Ni abierto, ni crítico, ni independiente, Murrow, con
increíble precisión, adivinó la suerte del
periodismo actual por televisión hace cuarenta años.
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- Antes de la Tragedia
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- El replanteamiento, puramente mercantil
y tecnológico del viejo precepto del libre mercado de
las ideas, empujó a las cadenas privadas en los años
ochenta a concentrarse casi exclusivamente en la rentabilidad.
Atemorizadas por la competencia interna (Fox Network), la televisión
por cable (CNN), el satélite y otros sistemas, la industria
de la televisión comercial adoptó una evidente
actitud pro-régimen al lado de los grandes intereses del
gobierno o del mundo empresarial, según le favoreciera.
Envueltas en un torbellino de fusiones, con alianzas comerciales
que para mediados de 1990 ya alcanzaban los 375 mil millones
de dólares al año en Estados Unidos, las cadenas
de TV comerciales buscaron asegurar o establecer lazos rentables
con los consorcios transnacionales. La tendencia a la mega-empresa
y la concentración, aun con la diversidad por el ingreso
de nuevas tecnologías y canales, hundió a los noticieros
en un festín de inversiones e intereses cada vez más
opuestos a la "objetividad" y a la libertad de prensa.
Para fines del siglo XX, la industria de la noticia por televisión
comercial en EE.UU. era un negocio de dura competencia entre
la CNN, subsidiaria del poderoso conglomerado AOL-Time Warner,
y las cuatro grandes redes al aire con sus respectivas casas
matrices: NBC-General Electric, Fox-News Corporation, CBS-Viacom,
y ABC-Disney. Las semi-cadenas UPN y WB ya habían caído
también en manos de los conglomerados, mientras que las
hispanas, Univisión y Telemundo, jugaban un papel muy
marginal.
Recientemente, sin embargo, gracias al efectivo crecimiento de
la población y del mercado hispano, la NBC decidió
entrar otra vez al mundo latino con la adquisición de
Telemundo por 1,980 millones de dólares. La primera vez
lo hizo a través de Noticias NBC, fundada en abril de
1993, y fracasó en menos de cuatro años. De cualquier
modo, esta última adquisición es incomparable con
los no menos de U.S. $110 mil millones que costó la fusión
AOL-Time Warner incluyendo CNN. Recordemos además que
la AOL estuvo a punto de comprar Telemundo en agosto del 2001.
Lo anterior solo para indicar que existe poco espacio en la prensa
para algo distinto de la inversión y la ganancia. En un
ambiente de globalización, donde el interés es
posicionarse a cualquier precio en el mercado mundial de la información,
se sacrifica con facilidad los rezagos de una tradición
de autonomía noticiosa que en realidad se perdió
hace más de una década. De hecho, en medio de la
ambición y el "orden" económico global,
la credibilidad de las cadenas privadas de TV comenzó
a sufrir con la invasión de Granada en 1983. Los Marines
salieron a "liberar" la isla caribeña sin la
intervención de la prensa, mientras el gobierno de Reagan
aprovechó el periodismo amigable para fijar límites
al acceso de la información en tiempos de guerra y en
zonas de combate.
Tales restricciones, incluyendo la organización de cuadrillas
de reporteros bajo la tutela de relacionistas públicos
militares, sirvieron posteriormente para amordazar la prensa
en la invasión de Panamá y en la Guerra del Golfo
Pérsico. Pete Williams, un vocero del Departamento de
Defensa, llegó a comentar públicamente cómo
los reportajes de la guerra eran una simple repetición
de lo que decían los funcionarios del Pentágono.
CNN, renuente en ese entonces al control de las super-empresas,
apareció como una voz independiente, en medio de la pasividad
de la noticia por canales comerciales. Esto es, hasta que la
CNN no resistió el magnetismo de los conglomerados, acabando
con su espíritu de autonomía y convirtiéndose
en otra cadena comercial más. Como sucede hoy con los
disidentes, Peter Arnet, el crítico estelar de la antigua
CNN, fue denunciado por el promedio de la opinión estadounidense
como un periodista traidor y antipatriota de la causa militar
en el Medio Oriente.
Con el correr del tiempo, la autocensura sobre la devastación
de los bombardeos en Irak, los despidos de reporteros y editores,
y las actitudes pro-guerra y pro-gobierno de las cadenas privadas,
incluyendo la manipulación y distorsión de informaciones,
llevaron al famoso Walter Cronkite a decir que el verdadero horror
de la Guerra del Golfo Pérsico fue la censura de los medios
noticiosos. Luego no nos debe sorprender que cada vez que surge
un conflicto armado, afirma el mismo profesor Jenssen, "la
verdad sea la primera baja, [pues] la prensa no ha aprendido
la lección".
Estados Unidos, después de lo sucedido con los medios
a partir de la tragedia del 11 de septiembre, no tiene autoridad
para dar disertaciones sobre libertad de prensa y expresión
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- Durante y Enseguida de la Tragedia
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- La guerra contra el terrorismo puede parecerle
nueva al grueso de la audiencia estadounidense, pero el cubrimiento
en la TV comercial de la lucha contra este y otros crímenes
atroces, sigue siendo, en EE.UU., el reflejo de una prensa sin
aspiraciones ni objetivos distintos a la supervivencia económica
de los últimos veinte años. En momentos en que
el público necesita un periodismo intrépido, inteligente
e independiente, las cadenas privadas no tienen alternativas
que ofrecer.
Una vez que se vio que la tragedia no era un accidente, los noticieros
comenzaron a corear el populista slogan "America under Attack,"
lo que les llevó a confundir la devastación en
Nueva York con Pearl Harbor y el temor de una tercera guerra
mundial. Sin duda, la destrucción fue peor que la mañana
del domingo 7 de diciembre de 1941, pero la situación
estaba lejos de parecerse a la Segunda Guerra Mundial, aun cuando
tuviese la potencialidad de generar un conflicto de grandes proporciones.
Como en Pearl Harbor, el sentimiento de furia y de venganza,
como también de invulnerabilidad se apoderó del
país. En minutos, el apasionamiento hizo presa fácil
de presentadores y reporteros que hasta ese momento promulgaban
con fe el dogma de la objetividad.
Con un presidente ausente en una escueta grabación desde
Florida y una industria de televisión sin recursos intelectuales
para entender lo que ocurría, las primeras horas de la
crisis fueron de un inmenso vacío de poder, falta de liderazgo,
y confusión. El experimentado Peter Jennings de la ABC,
canadiense de nacimiento y una de las figuras que como pocos
transmitió con relativa ecuanimidad el dolor de la tragedia,
criticó con cautela la demora en la intervención
del presidente Bush. A la semana siguiente lo acusaron de extranjero
y antiamericano.
Mientras el Internet daba problemas por fallas de alto tráfico
o interconexión, la radiodifusión y el cable absorbieron
el comienzo de la crisis. Rodeados de multitudes, los televisores
escasearon, y millones de oyentes, todavía en las autopistas,
se enteraron de la tragedia por locutores desubicados para describir
la magnitud del hecho en la radio. Con golpes criminales tan
temibles, el ambiente era de guerra, de emociones reprimidas,
y de sospecha por lo relacionado con el origen del ataque: "los
musulmanes."
- Imágenes de celebración
en Palestina caldearon aún más el entorno. En menos
de un mes, cuatro estadounidenses de origen árabe aparecieron
asesinados, incluyendo a Abdul Ali Ahmed, propietario de un almacén
en California, con ocho hijos y más de treinta años
de residencia en el país. En este momento, se adelantan
168 causas criminales por asaltos contra personas de apariencia
árabe.
-
- Aunque el primer ministro inglés
Tony Blair denominó rápida e inteligentemente el
ataque una pesadilla del "terrorismo masivo," las cadenas
comerciales estadounidenses, enceguecidas por el patriotismo,
hablaban de una guerra no declarada entrevistando a "expertos"
militares o burócratas y generales retirados que justificaban
su historia. Los políticos, especial aunque no exclusivamente
los demócratas, así como los intelectuales y los
académicos, brillaron por su ausencia. Sencillamente,
no existían garantías para hablar. Hoy, apenas
si las hay.
Según Marvin Kalb, antiguo corresponsal de televisión
y actual director de la oficina en Washington del Shorenstein
Center on the Press de la Universidad de Harvard, la prensa desde
el inicio de la crisis "no solo se adornó de imágenes
de patriotismo sino que se dedicó a obtener gran parte
de su información de fuentes oficiales. Pero, como sabemos,
luego de un buen número de crisis políticas y militares
del pasado, los gobiernos en ciertas circunstancias no solo guardan
información sino que también engañan al
público o simplemente mienten," advierte Kalb.
Efectivamente, la audiencia más preparada del país
de la Primera Enmienda solo encontró refugio en la radio
y la televisión pública, los medios alternativos,
y los servicios noticiosos en línea del extranjero. Superando
el choque de la crisis y arriesgando su precaria estabilidad
política y económica, las cadenas públicas
salieron a cumplir con su obligación ética y profesional.
Por el contrario, la gran prensa, tanto las cadenas de radiodifusión
comercial como los periódicos, bandera de las monopolizadas
áreas metropolitanas, quedó relegada, en Internet,
en papel, por aire o por cable, a ser la voz de lo permitido
o lo censurado.
Octubre 10 del 2001, para los comunicadores de EE.UU., será
también una fecha incomprensible, ya que las cinco cadenas
de TV comercial claudicaron ese día su responsabilidad
de informar. Persuadidos por Condolezza Rice, consejera nacional
sobre asuntos de seguridad, los directores de los principales
noticieros de televisión del país acordaron con
el gobierno "poner límites a los mensajes y comunicados
de Osama Bin Laden y sus asociados". Sin eco, para los empresarios
de la noticia, quedó el principio de Jefferson de que
es mejor una prensa sin gobierno que un gobierno sin prensa,
aun en tiempos de crisis.
- En momentos en que el público
necesita un periodismo intrépido, inteligente e independiente,
las cadenas privadas no tienen alternativas que ofrecer
-
- El argumento para censurar los videos
de Bin Laden, según oficiales de Gran Bretaña y
EE.UU., es la eventualidad de mensajes codificados con instrucciones
para cometer actos terroristas. De hecho, la expresión
"Juro ante Dios," según la inteligencia estadounidense,
podría ser uno de esos mensajes. Con el liderazgo de la
CBS, los ejecutivos de las cadenas decidieron censurar los videos
para garantizar "un periodismo responsable que informe al
público, sin poner en peligro vidas norteamericanas".
- Durante la Segunda Guerra se transmitieron
mensajes encodificados a la resistencia francesa desde Londres,
pero como bien aclara Richard Sambrook, director de noticias
de la BBC, las afirmaciones de estos videos solo se transmitieron
en parte, siendo dobladas al inglés, "un proceso
que Bin Laden no pudo controlar". Para The Independent del
Reino Unido, "la noción de que los terroristas puedan
estar pasando mensajes secretos en las noticias es algo fatuo".
Del mismo modo, la cadena Al Jazeera en Doha, Qatar, el equivalente
a la CNN de la Guerra del Golfo, considera que si sus videos
noticiosos contienen algún mensaje codificado de Bin Laden,
lo que se necesita es ayuda para identificarlos, no censura.
Es más, lo que nos parece raro, afirma Ibrahim Hilal,
editor en jefe del canal satélite árabe, "es
que los estadounidenses se quejen cuando lo que estamos haciendo
es luchar por el criterio occidental de la objetividad".
- Ari Fleischer, vocero de la Casa Blanca,
no está de acuerdo. Alegando que toda transmisión
sobre declaraciones del responsable del actual terrorismo es
una amenaza a los intereses de los EE.UU., cualquier canal que
los presente, "termina siendo un foro de propaganda para
incitar a la gente a matar norteamericanos". Como era de
esperarse, el gobierno estadounidense empezó a ejercer
presión sobre Qatar, tratando de ablandar a Al Jazeera.
De hecho, las cadenas de TV comercial estadounidenses prefirieron
ceder ante la presión del gobierno y el cerrado espíritu
patriótico de sus audiencias. Agilmente, Al Jazeera invitó
a Ms. Rice para presentar el punto de vista de la administración
Bush y aminorar sus quejas.
- Ese mismo día, AlJazeera sirvió
de puente para que Osama Bin Laden le ofreciera a CNN la posibilidad
de hacer preguntas sobre la crisis terrorista. En un ceremonioso
anuncio, Patricia Janiot, presentadora estelar de CNN en Español,
aceptó implícitamente la invitación en nombre
de la cadena. Con un listado de pre-avisos y condiciones al aire,
incluyendo el que no sabemos donde esta Bin Laden, no dependemos
de Al Jazeera para decidir la noticia, no estamos bajo presión
de Al Queda, y no publicaremos nada sin revisar los videos, la
CNN procedió a hacerle preguntas al sospechoso. Entre
ellas, ¿por qué atacaron las torres gemelas? ¿Tiene
algo que ver con las armas bacteriológicas o los ataques
de antrax? ¿Entrenó o recibió apoyo de gobiernos
extranjeros para atacar a los Estados Unidos? Si no hay justificación
en el Islam para actos violentos ¿por qué los patrocina?
Al momento de escribir este artículo, la audiencia esperaba
las respuestas.
- De haberlas, sería una buena oportunidad
para corregir la autocensura impuesta el pasado 10 de octubre.
Se presume que cualquier material importante originado en Afganistán
no llegaría solo a CNN, luego, ¿qué sentido
tendría mantener tales imágenes fuera del aire,
cuando podrían ser transcritas o reproducidas en los periódicos
o la Red? pregunta un ejecutivo de The New York Times anónimamente.
-
- Todos en lo Mismo
-
- La Sociedad Interamerica de Prensa, reunida
coincidencialmente en Washington D.C., criticó abiertamente
a los Estados Unidos en la apertura de su asamblea anual. Desacostumbrada
a denunciar a los estadounidenses, la organización identificó
distintas violaciones a la libertad de prensa en el país
sede, incluyendo la revelación forzosa de fuentes noticiosas,
la intromisión en conversaciones telefónicas personales
de los periodistas, y las medidas de seguridad dictadas por el
Pentágono en contra del libre flujo de la información.
"Esto último hace pensar afirmó Rafael
Molina, presidente de la Comisión de la Libertad de Información
que la libertad de prensa podría ser una de las primeras
víctimas de esta guerra (contra el terrorismo).
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- Las primeras horas de la crisis fueron
de un inmenso vacío de poder, falta de liderazgo y confusión
Meses atrás, en el prefacio del informe anual del 2001,
Molina afirmó: "La [SIP] no cejará en su empeño
por detectar y reportar cada atentado, por mínimo que
sea, que ocurra en cualquier rincón de nuestro continente
y que pueda afectar el sagrado derecho de los pueblos por tener
acceso, sin restricciones, a todo tipo de información".
Llegó la hora entonces de vigilar también a las
autoridades estadounidenses en bien de la libertad. Dos duras
lecciones del 11 de septiembre entre muchas, sobre todo para
los estadounidenses, de que no existe sociedad segura e invulnerable
por desarrollada que sea. La otra, que afecta a todos los americanos,
es decir, a los habitantes de las Américas en su conjunto,
es que no existe una prensa enteramente libre en ningún
país del continente.
En medio del terror por la bacteria del antrax, originada y dirigida
en gran parte a los medios de comunicación (curiosamente,
los tabloides y las cadenas NBC y ABC), los Estados Unidos tratan
de reconstruir la sociedad de que gozaban. Sin embargo, a pesar
de los discursos y las expresiones de patriotismo, los estadounidenses
y el resto de la comunidad internacional saben bien que el mundo
de hoy no es el mismo del amanecer del 11 de septiembre. Ojalá,
y pronto, pueda decirse que va a ser mejor, en honor de las más
de seis mil personas inocentes que perdieron la vida ese día
y los que la están perdiendo ahora mismo en Afganistán.
Para lograrlo, se requiere de comunicadores verdaderamente "patriotas,"
como diría Kalb, periodistas y medios que sin censura
reporten los hechos y digan la verdad como mejor la entienden.
Un serio obstáculo para superar la crisis de los medios
es la propia administración George W. Bush, que no ha
sido el mejor amigo de la prensa, incluso antes de la tragedia.
Con una celosa agenda de proteger secretos militares y de inteligencia,
heredada de su padre y de la Guerra del Golfo, el actual presidente
inició su gobierno fijando advertencias y condiciones
sobre el flujo de la información pública. Con la
crisis, los intentos de restringir se han vuelto sencillamente
más obvios.
En menos de un mes, el presidente Bush ha querido reducir el
círculo de congresistas con información directa
del presidente, ha intentado mantener oculta información
esencial sobre la seguridad pública (posibilidades de
un nuevo ataque, información sobre medicinas), y ha persuadido
a los medios, con éxito, a autocensurarse. En el Departamento
de Estado, la Casa Blanca, y el Pentágono, la información
es frecuente pero cada vez más irrelevante. Largas sesiones
para recibir respuestas evasivas y excusas por razones de seguridad
nacional, se combinan con intromisiones en contenidos como sucedió
en la Voz de América y el programa "Polítically
Incorrect" de la ABC con Bill Maher. En relación
a este último, Mr. Fleischer llegó a decir en la
Casa Blanca: "es mejor que los americanos se cuiden de lo
que dicen o hacen".
Para terminar, hace casi un año que Eduardo Frei Ruiz-Tagle
dijo en un foro de expresidentes en la República Dominicana,
durante la crisis Bush-Gore, que los EE.UU. ya no tenían
autoridad moral para darle clases a América Latina sobre
elecciones democráticas. Lo mismo debemos decir ahora
en relación con su libertad de prensa. Aunque tenemos
mucho que aprender de la Primera Enmienda, EE.UU., después
de lo sucedido con los medios a partir de la tragedia del 11
de septiembre, no tiene autoridad tampoco para dar disertaciones
sobre libre prensa y expresión.
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