El terrorismo y los
límites del poder
- Frente al desafío terrorista
debemos rechazar dos extremos indeseables: la impunidad y la
arbitrariedad
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- La brutalidad y barbarie del ataque terrorista
a Estados Unidos desató una ola incontenible de simpatía
y solidaridad internacional a la que se sumó espontáneamente
América Latina. Esta adhesión, sin embargo, no
puede ser incondicional. No podemos respaldar a Bush haga lo
que hiciere. Frente al desafío terrorista debemos rechazar
dos extremos indeseables: la impunidad y la arbitrariedad.
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- Ningún Estado puede permitir que
el terrorismo lo despoje del monopolio de la fuerza que hace
posible la vigencia del derecho, pero tampoco puede, so pretexto
de acabar con el terrorismo, convertirse él mismo en terrorista.
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- El antiterrorismo debe conjugar dos elementos:
el uno, la severidad y, el otro, la legalidad, para evitar que
la justicia se convierta en venganza, nacida de una enloquecida
indignación.
No debemos hacer de nuestro mundo occidental el dechado de todas
las virtudes y el único dueño de la verdad, de
la justicia y la civilización, achacando a los árabes,
en contraste, todos los vicios de la barbarie y la virulencia
de un brutal terrorismo. La maldad no es toda de ellos y la
bondad solo nuestra. No fueron los árabes los autores
del holocausto judío, ni son ellos los que albergan a
ETA o al IRA.
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- Utilizando la inigualable capacidad crítica
de su comunidad académica, Estados Unidos debería
someter a un duro escrutinio su política internacional.
Debe preguntarse si cabe en el siglo de la globalización,
el jugar, como lo ha hecho en el pasado, el papel de árbitro,
juez y gendarme, en solitario. Cuando la primera potencia mundial
se pone la pistola al cinto y empieza a disparar a dos manos,
en el mejor estilo cowboyesco, para imponer la democracia y la
justicia, corre el peligro de avasallar a los débiles
y puede obligarlos a echar mano de la única arma que le
queda a la impotencia bélica, el terrorismo. Cuando Reagan
invadió, presionó o secuestró en Panamá,
Honduras y Granada no hubo autoridad que pudiera sancionarlo,
porque ante las grandes potencias el derecho internacional es
impotente, pero sembró las semillas del resentimiento
y Estados Unidos ahondó en América Latina una actitud
de antipatía y suspicacia antiamericanista reacia a desaparecer.
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- Nadie duda que Estados Unidos es la primera
potencia bélica del mundo. Muchos temen su grandeza.
Debe, sin embargo, recordar que para no pocos el terrorismo
es la honda de David con la que es posible herir la frente de
Goliat.
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- La guerra que Bush ha declarado al terrorismo
será larga y compleja. No podrá ganarla, como
llanero solitario, fiado tan solo en su descomunal poder. Hay
factores de equilibrio y cordura que no puede ignorar. Uno de
ellos es el consenso de las naciones y la opinión pública
internacional sobre el qué hacer y cómo hacerlo.
Si quiere dar, como le gustaría, una lección sobre
los méritos de la civilización occidental es indispensable,
entonces, que recuerde que no podrá echar a andar por
el atajo de la impaciencia que pisotea la ley, ni por el camino
tortuoso de la venganza excesiva en el que cabalga la barbarie.
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- Ha causado no pequeña admiración
que la prensa y televisión americanas, conocidas por su
independencia y capacidad critica, se hayan limitado a repetir
dócilmente los pronunciamientos del Presidente y los más
altos funcionarios, convirtiendo el ejercicio de la comunicación,
primero en autocensura y luego en propaganda.
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