Revista Chasqui
  OPINIÓN

Luis Eladio Proaño, ExDirector General de Ciespal, consultor de opinión pública y mercadeo social. Correo-e: <luiselap@pi.pro.ec>

El terrorismo y los límites del poder

    Frente al desafío terrorista debemos rechazar dos extremos indeseables: la impunidad y la arbitrariedad
     
    La brutalidad y barbarie del ataque terrorista a Estados Unidos desató una ola incontenible de simpatía y solidaridad internacional a la que se sumó espontáneamente América Latina. Esta adhesión, sin embargo, no puede ser incondicional. No podemos respaldar a Bush haga lo que hiciere. Frente al desafío terrorista debemos rechazar dos extremos indeseables: la impunidad y la arbitrariedad.
     
    Ningún Estado puede permitir que el terrorismo lo despoje del monopolio de la fuerza que hace posible la vigencia del derecho, pero tampoco puede, so pretexto de acabar con el terrorismo, convertirse él mismo en terrorista.
     
    El antiterrorismo debe conjugar dos elementos: el uno, la severidad y, el otro, la legalidad, para evitar que la justicia se convierta en venganza, nacida de una enloquecida indignación.

    No debemos hacer de nuestro mundo occidental el dechado de todas las virtudes y el único dueño de la verdad, de la justicia y la civilización, achacando a los árabes, en contraste, todos los vicios de la barbarie y la virulencia de un brutal terrorismo. La maldad no es toda de ellos y la bondad solo nuestra. No fueron los árabes los autores del holocausto judío, ni son ellos los que albergan a ETA o al IRA.
     
    Utilizando la inigualable capacidad crítica de su comunidad académica, Estados Unidos debería someter a un duro escrutinio su política internacional. Debe preguntarse si cabe en el siglo de la globalización, el jugar, como lo ha hecho en el pasado, el papel de árbitro, juez y gendarme, en solitario. Cuando la primera potencia mundial se pone la pistola al cinto y empieza a disparar a dos manos, en el mejor estilo cowboyesco, para imponer la democracia y la justicia, corre el peligro de avasallar a los débiles y puede obligarlos a echar mano de la única arma que le queda a la impotencia bélica, el terrorismo. Cuando Reagan invadió, presionó o secuestró en Panamá, Honduras y Granada no hubo autoridad que pudiera sancionarlo, porque ante las grandes potencias el derecho internacional es impotente, pero sembró las semillas del resentimiento y Estados Unidos ahondó en América Latina una actitud de antipatía y suspicacia antiamericanista reacia a desaparecer.
     
    Nadie duda que Estados Unidos es la primera potencia bélica del mundo. Muchos temen su grandeza. Debe, sin embargo, recordar que para no pocos el terrorismo es la honda de David con la que es posible herir la frente de Goliat.
     
    La guerra que Bush ha declarado al terrorismo será larga y compleja. No podrá ganarla, como llanero solitario, fiado tan solo en su descomunal poder. Hay factores de equilibrio y cordura que no puede ignorar. Uno de ellos es el consenso de las naciones y la opinión pública internacional sobre el qué hacer y cómo hacerlo. Si quiere dar, como le gustaría, una lección sobre los méritos de la civilización occidental es indispensable, entonces, que recuerde que no podrá echar a andar por el atajo de la impaciencia que pisotea la ley, ni por el camino tortuoso de la venganza excesiva en el que cabalga la barbarie.
     
    Ha causado no pequeña admiración que la prensa y televisión americanas, conocidas por su independencia y capacidad critica, se hayan limitado a repetir dócilmente los pronunciamientos del Presidente y los más altos funcionarios, convirtiendo el ejercicio de la comunicación, primero en autocensura y luego en propaganda.
 

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