Colombia
El Espectador"
Agonía de un
periódico
- Al difundirse por el continente la
noticia de la desaparición del diario El Espectador, de
Bogotá, en los medios de prensa la pregunta es: ¿por
qué? Se trata de saber si la misma historia y las mismas
causas de muerte se repiten en otros lugares. Es muy posible,
en efecto, que el siglo XXI esté naciendo bajo el signo
de nuevas amenazas contra la libertad de prensa.
-
- La batalla por la libertad de prensa
ya no se libra en las dependencias gubernamentales, ni contra
leyes de censura, sino en las oficinas de los agentes de publicidad
-
- Los enfrentamientos entre estudiantes
y policías que estremecieron la tranquilidad lugareña
de la capital de Antioquia, en mayo de 1921, fueron motivados
por el retrato al óleo de un periodista.
El Congreso Nacional había ordenado honores a la memoria
del fundador de El Espectador, don Fidel Cano, y el gobernador
Miguel M. Calle se había negado a cumplir ese mandato.
Cuando se trató de colocar ese óleo en la galería
de personajes del paraninfo de la Universidad de Antioquia, el
funcionario se negó, en parte por la repulsa que se había
producido en la muy tradicional sociedad antioqueña a
que, al lado de la imagen del Sagrado Corazón y entre
patriarcas antioqueños, llevados a la inmortalidad del
óleo, quedara la imagen de don Fidel "exponente de
cultura, virtud y patriotismo", según el senado,
"adalid del periodismo descreído e impío"
para el editorialista del periódico local, El Colombiano
(21-04-1921). El conflicto se agudizó cuando los estudiantes,
enardecidos, descolgaron el cuadro del Sagrado Corazón
para entronizar en su lugar el óleo de don Fidel; exceso
que él mismo hubiera condenado. Pero aparte del explosivo
contenido de lucha religiosa que adquirió el episodio,
ubicar ese óleo en la galería de los personajes
regionales representaba la legitimación y exaltación
de un periodismo sin dependencias de poder alguno: ni del político,
ni del militar, ni del eclesiástico, ni del económico.
Para el gobernador y en general para las gentes en el poder,
un periodista era lo más próximo a un delincuente,
se miraba como un personaje reconocidamente peligroso, o como
"un gamonal de la pluma", según la expresión
del expresidente Miguel Antonio Caro.
Al comenzar el siglo XXI, cuando el periódico fundado
por don Fidel llegaba a los 114 años como el segundo periódico
más antiguo del país, ha dejado de ser diario y
se ha convertido en semanario, episodio que puede ser el último
de una procelosa historia de luchas por la información
libre.
-
- El azaroso oficio de ser libre
-
- Solo habían pasado 30 días
después de la publicación del primer número
de El Espectador cuando su director comenzó a pagar el
precio de escribir con libertad. Aquel periódico era una
hoja aparentemente insignificante en cuya primera página
dominaba, como una marea creciente, el oleaje de los avisos de
propaganda comercial que solo dejaban una reducida playa en
el ángulo superior izquierdo para un texto, también
comercial, sobre el propio periódico; pero esa hojita
provinciana tuvo fuerza suficiente para inquietar en Bogotá
al propio presidente que ordenó al gobernador de Antioquia
" atenerse al artículo K de la Constitución."
Se trataba de un artículo transitorio de la Constitución,
adoptada dos años antes, en el que se autorizaba a la
policía impedir la circulación de publicaciones
que atentaran contra el honor de las personas, el orden social
y la tranquilidad pública. Aunque el documento correspondiente
llevaba por título: "Sobre libertad de prensa y
juicios por los abusos de la misma," la atención
del gobierno se concentraba más en los abusos que en la
protección de la libertad.
Extraña la impavidez, exenta de cualquier escrúpulo
democrático, con que los distintos gobiernos procedieron
contra El Espectador a lo largo de su historia. Había
sofismas para legitimar esas acciones, como el que consignó
el presidente Rafael Núñez en 1888 en una carta
a Jorge Holguín: " la imprenta es incompatible con
la obra necesariamente larga que tenemos entre manos." Para
este presidente, coautor de la Constitución de 1886 "
la imprenta no es elemento de paz sino de guerra," en consecuencia
a los periódicos se los combatía como a un ejército
enemigo. El gobernante le imponía trabas y silencios.
Al aparecer el primer número de El Espectador estaba prohibido
referirse a los jesuitas. Medio siglo después, anotaba
don Gabriel Cano, "no se nos permitió a los periodistas
independientes tocar siquiera de manera superficial el tema de
la violencia."
El poder eclesiástico fue aún más quisquilloso
en materia de temas que se debían evitar. Cuando un columnista
manizaleño publicó una nota en la que destacaba
el contraste entre la pobreza y humildad de los apóstoles
de Cristo y la fastuosidad con que la Iglesia preparaba la celebración
de las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII, el
obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo prohibió
"leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera
auxiliar al periódico titulado El Espectador." Un
siglo después, la circulación de El Espectador
en Medellín no era pecado, pero la habían restringido.
Esta vez los sicarios de Pablo Escobar compraron toda la edición
para evitar que el periódico fuera leído, y acabaron
asesinando a los empleados del periódico. El Espectador,
como en los tiempos del obispo Herrera, tuvo entonces una circulación
clandestina.
Al hacer memoria de la historia del periódico don Gabriel
Cano, su director en 1958, recordaba los "dos lustros de
dictadura" padecidos por el periódico: "del
gobierno del doctor Mariano Ospina Pérez en 1949, del
doctor Laureano Gómez en 1950, del doctor Roberto Urdaneta
Arbeláez en 1951 y del general Rojas en 1953." Fueron
años de censura oficial implacable, de asalto y destrucción
de las instalaciones del periódico, de multas con toda
clase de pretextos, de suspensión y cierre del diario.
En septiembre de 1956, durante la XII Asamblea General de la
SIP, celebrada en La Habana, el director de El Espectador manifestó
ante un conmovido auditorio de directores de periódicos
de todo el continente: "me considero el depositario responsable
de una tradición casi centenaria de dignidad e independencia,
que no debo y no quiero dejar disminuir en mis manos." En
ese momento, para circular, el periódico había
cambiado de nombre y se llamaba El Independiente. En el acta
correspondiente, la Sociedad destacó "la heroica
e infatigable resistencia a la nefasta censura y al sofocamiento
económico impuesto por la dictadura."
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- Cárceles y multas
-
- La tercera suspensión del periódico
en 1891 estuvo acompañada por la prisión de su
director. El gobernador de Antioquia, Abraham García,
apresó al director Fidel Cano, durante casi un año,
sin que autoridad alguna explicara las razones de la detención.
Al final, en nombre del vicepresidente de la República
le notificaron a don Fidel que "por un acto de indulgencia
volvía a la condición de hombre libre." Entonces
el periodista escribió: "indulgencia es facilidad
para perdonar, y perdón no se otorga sino a los culpados;
luego yo cargo con una culpa enorme, sin duda, pues a pesar
de haberla expiado ya, larga y duramente, se necesita que el
jefe de la nación se arme de indulgencia suma para remitírmela-
¡y a fuerza de magnanimidad el gobierno me la remite, en
efecto! Pues bien: si él insiste en acusarme con su mismo
perdón, yo insisto en defenderme; y así como ayer
pregunté qué se me castiga, pregunto hoy qué
se me perdona."
El derecho de la sociedad a recibir una información
libre desaparece cuando los medios de comunicación se
concentran en pocas manos y pasan a ser activos políticos
y sociales de los poderosos
-
- Además de la prisión sin
explicaciones, se intentó la asfixia económica
contra El Espectador a través de multas y de castigos
tributarios que resultaban devastadores en una empresa para la
que las ganancias no eran una prioridad.
Cuando El Espectador dejó de circular como vespertino,
a pesar de que no tenía competencia en el mercado y sus
ganancias eran apreciables, el director explicó que "
un diario de la tarde puede producir dinero, pero no produce
opinión." Fue un periódico que nació
pobre " con máquinas y tipos de tercera y hasta de
quinta mano, tomados aquí y allá de entre los desechos
que aportaban, por inservibles, otras imprentas," contaba
don Gabriel Cano quien recordaba aquellos chibaletes de madera,
las fuentes de 12,10, 8 y 6 puntos y la prensa Washington de
mano que podía hacer entre 100 y 200 tiros por hora, según
fuera el estado físico del operador. El periódico
que se imprimía en esas condiciones "salía
a cualquier hora, cuando lo dejaban salir los esbirros del régimen,
o cuando su abnegado editor lograba reunir fondos para pagar
el papel y los obreros." Es fácil entender, al menos
así lo tuvieron en cuenta los enemigos del periódico
que desde el gobierno querían silenciarlo, lo que representaba
para este periódico económicamente vulnerable,
un asedio a su desabastecida caja. Que fue lo que hizo en 1892
el ministro de gobierno, Antonio B. Cuervo, al multarlo por considerar
que una nota del periódico era subversiva:" impuse
a usted una multa de 200 pesos por considerar subversivo dicho
escrito. Dios guarde a usted," notificó el ministro.
"Puede su señoría disponer del dinero que
ha resuelto exigirme forzosamente. Dios me guarde de usted,"
respondió don Fidel.
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- Ante el ataque, la ayuda
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- En adelante, los enemigos del periódico
dispararían contra la caja de El Espectador, como si ahí
estuviera su talón de Aquiles. La crisis de los años
30, que a tantas empresas dejó en la ruina, golpeó
fuertemente la frágil economía del periódico,
que pudo sobrevivir merced a la ayuda del doctor Eduardo Santos,
director del diario El Tiempo. Recuerda don Gabriel Cano que
Santos "acudió en ayuda del moribundo y lo salvó
de la total ausencia al abrirle, en condiciones liberalísimas,
las puertas de los talleres de El Tiempo para que pudiera editarse
allí con menos estrecheces y dificultades."
En más de un siglo a El Espectador no lo han podido
silenciar ni las dictaduras militares, ni los presidentes autoritarios,
ni las excomuniones episcopales, ni el asedio económico
y criminal, ni los sicarios del narcotráfico
-
- Sabía bien lo que hacía,
en consecuencia, la Oficina de Información y Prensa de
la dictadura del general Rojas Pinilla cuando le impuso al periódico,
el 20 de diciembre de 1955, una multa de diez mil pesos, que
el periódico pagó de inmediato, aunque advirtió
en su editorial "El Tesoro del Pirata": " ya ha
llegado el ataque por el sistema típicamente estratégico
de minar la base económica de las empresas periodísticas
independientes." Esa base había sido atacada en
forma brutal dos años antes cuando, bajo el régimen
conservador, las oficinas y talleres de El Tiempo y de El Espectador
fueron reducidas a cenizas, sin que los cuerpos de seguridad
del Estado intentaran cumplir con su deber de defender los bienes
de los ciudadanos. En esa oportunidad el periódico pidió
a un juez ordenar una inspección ocular de los daños
y un avalúo de las pérdidas que, según los
peritos actuarios, ascendieron a 1.721.070 pesos.
- Multa de una dictadura
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- Cuando en 1959 la dictadura atacó
de nuevo con una sanción de 600 mil pesos, por presuntas
inexactitudes en las declaraciones de renta, el periódico
pagó la multa pero al mismo tiempo quiso explicar a la
opinión pública su posición, en un editorial
titulado: La Isla del Tesoro, en que mostraba lo que se escondía
detrás de esa multa. Cuando los censores oficiales determinaron
que el editorial no se publicaría, el periódico
notificó que si no se le permitía ejercer su derecho
de defensa, dejaría de circular por tiempo indefinido.
Y así sucedió.
El editorial daba cuenta del monto de las pérdidas que
había ocasionado el ataque a sus instalaciones con la
advertencia: "jamás pensamos cobrar ni recibir del
Tesoro Público un solo centavo...entendemos que el Tesoro
Nacional es, o debe ser, el de todos los colombianos y no creemos
tener el derecho de mermarlo por culpas que solo son de sus custodios
accidentales." Y concluía: " no deja de resultar
sarcástico que ahora aparezcamos las víctimas no
indemnizadas y no indemnizables, como los defraudadores castigados
del erario." El periódico se había señalado,
como condición para volver a circular, la publicación
de ese editorial, sin recortes. Y a las personas amigas, entre
ellos los jefes liberales Alfonso López Pumarejo y Alberto
Lleras Camargo, que le pidieron al director revocar su determinación
de suspender el periódico, éste les respondió:
"El Espectador no volverá a aparecer sino cuando
pueda publicar, sin el más mínimo recorte, su memorial
de defensa, dentro de un mes, dentro de un año, o dentro
de un siglo."
A pesar de todo El Espectador llegó a contarse como "una
de las tres empresas periodísticas mejor organizadas y
más económicamente capaces del país".
Las otras dos eran el diario El Tiempo, de Bogotá, y El
Colombiano, de Medellín. Otros nuevos enemigos se encargarían
de poner a prueba esa solidez económica.
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- En la mira de corruptos y narcos
-
- En 1982 el periódico había
culminado una investigación sobre la manipulación
de acciones en el Grupo Grancolombiano, que era uno de sus más
fuertes anunciadores. Cuando los artículos de denuncia
comenzaron a aparecer y no valieron los reclamos y presiones
de la agencia, el grupo financiero retiró su pauta publicitaria.
El periódico mantuvo sus denuncias y su atención
puesta sobre el tema hasta que el presidente del Grupo fue procesado
y encarcelado. Para el periódico fue un costoso servicio
de información ofrecido a sus lectores.
Aún no se había repuesto de las pérdidas
que le había traído esa batalla, cuando comenzó
otra, ésta más larga y dolorosa: la denuncia persistente
contra el narcotráfico, que dejó un sangriento
saldo de atentados; el mayor de ellos fue la explosión
de un camión bomba al pie de las instalaciones del periódico.
Esa vez el edificio quedó en ruinas y setenta y tres personas
quedaron heridas, pero la edición del día siguiente
apareció con un contundente titular de primera página:
"Seguimos Adelante."
Más doloroso fue el saldo de muertos que dejó esta
guerra. En este lapso los funerales se sucedieron como una trágica
rutina: Héctor Giraldo Gálvez, columnista y abogado
del periódico, Julio Daniel Chaparro y Jorge Torres, reportero
y fotógrafo, víctimas de los paramilitares; Roberto
Camacho, corresponsal en Leticia, y el propio director, Guillermo
Cano, asesinado el 17 de diciembre de 1986, al frente de las
instalaciones del periódico.
-
- El asedio final
-
- Este largo recuento era necesario para
mostrar que en más de un siglo de historia, a El Espectador
no lo pudieron silenciar ni los gobiernos autoritarios, ni los
baculazos episcopales, ni los cierres ordenados por gobernadores,
presidentes o dictadores militares, ni la destrucción
de su sede en dos ocasiones, ni el asedio económico de
multas y sanciones tributarias, ni las bombas y metralletas de
los sicarios del narcotráfico, ni el retiro masivo de
pautas publicitarias. En todos esos casos, con maquinaria propia,
o en talleres prestados, como semanario, como mensuario, como
vespertino o como diario, el periódico nunca calló.
Lo más parecido a un silenciamiento llegó el pasado
dos de septiembre cuando anunció que dejaría de
ser diario para convertirse en semanario. La opinión pública
colombiana miró esta decisión como el preanuncio
de un colapso definitivo para el viejo periódico de 114
años, cuando había pasado a ser propiedad del grupo
económico más poderoso del país. Lo que
no había sucedido en una procelosa historia de persecuciones
de toda clase, vino a ocurrir cuando una junta directiva, calculadora
en mano, decidió que el periódico no era viable
económicamente.
A las diez personas reunidas en Valores Bavaria, el 28 de agosto
pasado, les presentaron tres posibilidades ante el hecho contable
de una pérdida mensual de 1.500 millones de pesos: o el
cierre definitivo del periódico, después de 114
años de existencia; o su reducción a una edición
semanal, que haría descender las pérdidas mensuales
a 350 millones de pesos; o una inyección de 50 millones
de dólares. Esta opción fue descartada de plano,
tras una pérdida acumulada en los últimos tres
años y 8 meses, de 79 millones de dólares. La propuesta
de cerrar implicaba una responsabilidad histórica que
los presentes no se atrevieron a asumir por lo que, muy a la
colombiana, se escogió la vía media de la edición
semanal.
-
- Ataques físicos con atentados
-
- El Espectador había comenzado a
morir años antes, cuando sus enemigos lo sitiaron económicamente
negándole publicidad y pretendieron destruirlo físicamente
con atentados. Una acumulación de deudas de 24 mil millones
había impuesto en 1996 una reestructuración que
redujo la planta de personal de 1.402 empleados a 669 y planteó
la necesidad de atraer inversionistas. Finalmente el Grupo Santo
Domingo compró el periódico por 20 millones de
dólares, asumió sus pasivos, nombró nuevo
director y reemplazó a los miembros de la familia Cano
que hasta entonces habían estado en la dirección
y control del periódico . Entonces comenzó la que
puede ser la agonía definitiva del viejo diario.
-
- Para las gentes en el poder, un periodista
era lo más próximo a un delincuente
-
- El día en que se anunció
que El Espectador desaparecería como diario, su último
director, Carlos Lleras de la Fuente, explicó que los
anunciantes habían retirado el 51 por ciento de la publicidad,
como efecto de la crisis económica del país. Antes,
por la misma razón, habían desaparecido dos importantes
periódicos regionales: Occidente, de Cali, y Diario del
Caribe, de Barranquilla, y en Bogotá el diario La Prensa.
Pero, casi simultáneamente, con la agonía financiera
de El Espectador estaban viviendo sus últimos días
los noticieros de televisión de los canales públicos,
aquejados por el mismo mal: el recorte drástico de la
publicidad, que también obligó, aun a los medios
más sólidos como empresas, a declarar una alerta
amarilla.
Esta crisis generalizada, que amenaza el derecho ciudadano a
la información libre y que, por tanto, afecta la solidez
de la democracia, está dejando al descubierto las debilidades
y fallas de la estructura de los periódicos en este comienzo
del nuevo siglo.
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- Medios y Grupos económicos
-
- Que El Espectador haya muerto como diario,
en manos del grupo económico más poderoso del país,
es un hecho rico en significados. La práctica corriente
en el mundo de las alianzas entre poderosos grupos, como la de
Time y Uol, ha dinamizado la economía, pero le ha creado
serios dilemas a la libertad de prensa. Los directores de Time
expresaron en un inusual editorial dirigido a los lectores que,
a pesar de la fusión, su libertad no había estado
ni estaría en venta.
Los dos más poderosos grupos económicos colombianos
han incorporado a sus activos importantes medios de comunicación
que, inevitablemente, han visto en riesgo su independencia. De
hecho, esos grupos no le dieron importancia a los medios de comunicación
como generadores de riqueza. Comparada su productividad con la
de otras empresas de estos grupos, los medios resultaban de segunda
importancia; pero si su poder económico no era una prioridad,
sí lo era su poder político y social. El primer
director de El Espectador nombrado por el Grupo Santo Domingo,
solo duró mientras no se presentaron las tensiones que
provocó el cubrimiento político del periódico.
Según los nuevos dueños, El Espectador debía
apoyar incondicionalmente al candidato liberal para las elecciones
presidenciales de 1998. Cuando resultó elegido el candidato
conservador, la orden fue apoyarlo, ductilidad política
e incondicionalidad que el director no aceptó. Fue reemplazado
por un viejo amigo de la familia Santo Domingo. El derecho de
la sociedad a recibir una información libre desaparece
cuando los medios de comunicación se concentran en pocas
manos y pasan a ser activos políticos y sociales de los
poderosos.
Esta realidad, aunque no fuera percibida en detalle, sí
fue captada por la opinión pública que, al ver
desaparecer del escenario de El Espectador, a la familia Cano,
entendió que con ellos se iba la credibilidad del periódico.
Entre una familia que a través de tres generaciones había
librado intensas y bravas batallas de independencia y un fabricante
de cervezas, empresario de aviones y de otros negocios, la diferencia
fundamental era esa: estos tenían dinero pero no credibilidad.
Cuando una empresa periodística queda en manos de un
grupo económico es posible que se salve como negocio,
es casi imposible que sobreviva como periódico creíble.
En el caso de El Espectador no pasó ni lo uno, ni lo otro.
-
- Medios y Publicidad
-
- Si El Espectador dejó de ser diario,
entre otras razones, por la caída de las pautas de publicidad;
si otros diarios y los noticieros de televisión han desaparecido
por la misma razón, es forzoso revisar la relación
publicidad-medios. En la vida de El Espectador, cuando el cerco
económico no procedió del gobierno, provino de
los anunciantes. La alcaldía de Bogotá tomó
represalias de esa naturaleza cuando el periódico denunció
las fallas de un costoso proyecto de vía circunvalar;
lo mismo hizo el banquero Jaime Michelsen cuando el periódico
dejó al descubierto la manipulación de acciones
en el Grupo Grancolombiano; pero todas estas fueron crisis sorteadas
por el diario. La situación creada en la actualidad es
otra: la dependencia de los medios respecto de sus anunciantes
ha llegado a ser de tal naturaleza que en las manos del dueño
de los avisos está la vida o la muerte de la información
libre. Aunque se trata de una relación antigua, en la
que anunciantes y medios habían llegado a una cohabitación
sin conflictos insolubles, los términos en que se plantea
hoy esa relación han llegado a ser amenazantes para la
democracia. En efecto, tal como están las cosas, para
que una sociedad tenga información libre, debe contar
con la anuencia de los anunciantes.
Extraña la impavidez, exenta de cualquier escrúpulo
democrático, con que los distintos gobiernos procedieron
contra El Espectador
-
- Anteriores conflictos, originados por
la pretensión de los anunciadores colombianos de influir
en los contenidos de la información, hasta el punto de
querer determinar lo moral y lo inmoral, lo democrático
y lo no democrático, lo institucional y lo no institucional,
habían encendido luces de alarma en los medios colombianos;
la desaparición de El Espectador agudiza los problemas
de esa relación que, mientras fue de mutua colaboración
sirvió a periodistas y anunciantes; pero cuando se convierte
en dependencia, degenera en amenaza. A esto equivale una situación
en la que la información libre depende de las políticas
publicitarias de las empresas. Tradicionalmente se ha entendido
que una prensa que depende de la publicidad oficial para sobrevivir,
deja la información libre en manos de los gobernantes,
que es tanto como darles a los gatos la vigilancia de la despensa
; en cambio no ha sido tan claro para los dueños de periódicos
que entregar ese poder a los empresarios privados es aún
más dañino para la democracia. El antecedente colombiano
de la muerte casi simultánea de varios medios periodísticos,
asfixiados por el recorte de la publicidad que se origina en
la empresa privada, es un argumento para pensar que la batalla
por la libertad de prensa ya no se libra en las dependencias
gubernamentales, ni contra leyes de censura, sino en las oficinas
de los agentes de publicidad.
En la búsqueda de soluciones a esta situación,
ha sido necesario regresar a los tiempos en que los periódicos
sobrevivían a los asedios económicos a golpes de
austeridad. Tal vez allí está la fórmula
que hoy buscan los directores de medios: la reducción
de la dependencia de la publicidad. La supervivencia de medios
de información libres siempre ha tenido una relación
estrecha con la capacidad para eliminar dependencias. Quizás
ha llegado el momento de examinar una dependencia que le está
costando demasiado a los medios y a la sociedad democrática,
la de la tecnología.
-
- Medios y tecnología
-
- Contaba Gabriel Cano que fue El Espectador
el primer periódico colombiano que trajo la tipografía
en caliente y agregaba: "desde entonces El Espectador, cuando
lo han permitido sus recursos económicos, jamás
ha estado atrás en los adelantos editoriales." Dos
meses antes de su desaparición como diario, el director
de El Espectador sorprendió con el pomposo lanzamiento
de los nuevos productos editoriales del periódico, en
los que se destacaba la aplicación de la mejor y más
novedosa tecnología editorial. Entre el momento descrito
por don Gabriel y el canto de cisne del relanzamiento del periódico,
los conceptos dieron un salto mortal.
Entre aquella tecnología elemental, que se actualizaba
"cuando lo permitían los recursos" y el despliegue
de tecnología, más publicitario que periodístico,
se produjo un desvío que, a menudo, se encuentra en el
origen de mortales equivocaciones en los medios. Estos parecen
convencidos de la necesidad de incorporar tecnologías
de punta, no para establecer una más productiva comunicación
con sus lectores, sino para competir entre ellos, y como resultado
del triunfo en la competencia, llevarse la mayor tajada del
ponqué publicitario. Lo que inicialmente se había
mirado como un medio, ha resultado convertido en un fin.
Se puede medir el impacto negativo de este trastrueque de prioridades
si se piensa que la tecnología de las comunicaciones,
con su constante desarrollo y la obsolescencia consiguiente de
todos los productos, impuso una constante renovación de
equipos costosos que sólo pueden obtenerse con la ayuda
de financiaciones que recortan, cada vez más, la independencia
de los medios comprometidos en la absurda carrera. Han sido pocos
los que se han detenido a pensar sobre las prioridades fundamentales:
a qué apostarle: ¿a la libertad o a la tecnología?
Porque es evidente que las dos difícilmente se pueden
tener. En un reciente taller de ética con periodistas
peruanos, una discusión sobre el tema concluyó
en un apoyo casi unánime a la proposición: "
se puede prescindir de la tecnología, pero no de la libertad."
La desaparición del diario El Espectador bajo el peso
de deudas que, entre otras, había dejado la devoción
por las tecnologías de punta, acentúa la convicción
de que la tecnología está generando costos inaceptables
en términos de libertad.
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