Revista Chasqui
  PORTADA

Federico Rey Lennon Doctor en Comunicación pública por la Universidad de Navarra (España). Director del Máster en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones de la Universidad Austral (Buenos Aires, Argentina) y Profesor titular de Comunicación en las Organizaciones en la Facultad de Ciencias de la Información de la misma universidad.
Correo-e: <Federico.Rey@fci.austral.edu.ar>

LA CRISIS ARGENTINA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

    Es difícil dar cuenta de los últimos dos meses en la Argentina, revuelta popular con saqueos a supermercados, renuncias de presidentes (tres en menos de quince días), "cacerolazos", y una agudización de la crisis económica más grave de su historia como telón de fondo.

    Desaliento, angustia, escepticismo, corridas bancarias y reacciones a veces violentas son la característica de la opinión pública argentina de estos meses de crisis aguda.

    Intentaré explicar de manera breve el papel que le cupo y le cabe a los medios de comunicación en la construcción de esta realidad.

    Sostiene Mark Wheeler que "lejos de ser utópicos espectadores e instrumentos sociales de transmisión más o menos aséptica de simples datos, y lejos de ser sencillas o sofisticadas correas de transmisión de previos y externos intereses políticos y económicos" los medios de comunicación "están siendo actores sociales que desempeñan papeles claves de control político, en la medida que asumen algunas de las responsabilidades propias del 'cuarto poder'; y esta responsabilidad se ve acrecentada en momentos de incertidumbre social y política", como la que nos toca vivir hoy en la Argentina.
     
    Fuertes esperanzas
     
    Es imprescindible, para comprender la actuación de los medios de comunicación durante los últimos meses en la Argentina, retrotraernos unos años. Al asumir el presidente Fernando De la Rúa a finales de 1999, los medios de comunicación y la opinión pública en general depositaron fuertes esperanzas en un gobierno de coalición de centro-izquierda que venía a solucionar los problemas sociales y económicos que habían quedado sin hacer en más de una década del "tandem" peronista-conservador, encarnado en el ex-presidente Carlos Menem y su "superministro" de economía Domingo Cavallo. Demasiadas
    expectativas y una Alianza que se mostró ineficaz para contener un desmedido gasto público y niveles de corrupción de enorme magnitud, los medios de comunicación, entre ellos Clarín y sus multimedia, ya a comienzos del nuevo milenio, ametrallaron al gobierno con su crítica furibunda. Sin embargo, esta actitud se transformó en una crítica más leve a partir de la llegada de los fondos del F.M.I. y el consecuente ajuste económico que el gobierno denominó "Blindaje". La Nación, el tradicional diario de Buenos Aires, quizás fue el último medio en intentar un salvataje al gobierno de la Alianza, seguramente por los vínculos de amistad que el Presidente mantenía con algunos directivos del diario.

    Quizás la muestra más elocuente de esta crítica feroz haya sido la reiterada caricaturización del presidente De la Rúa que, en no pocos casos, llegó a niveles de agresividad, seguramente inaceptables en una democracia.
     
    Escepticismo
     
    Los medios de comunicación están siendo actores sociales que desempeñan papeles claves de control
    político
     
    A esta ola de crítica mediatizada y a la falta de salidas a la creciente crisis económica -que llevó a nombrar como ministro de economía al mismo Domingo Cavallo-, se sumó la prédica que desde hacía varios años venían realizando dos programas de televisión de entretenimiento con una dosis importante de crítica política: Caiga Quien Caiga (CQC) conducido por Mario Pergolini y Videomatch a cargo de Marcelo Tinelli. Estos programas estaban dirigidos a un público mayoritariamente joven y su mensaje, cargado de ironía, dejaba al espectador una sensación de escepticismo y de inutilidad de la clase dirigente argentina en general y de los políticos en particular. Los medios de comunicación funcionan como un sistema de referencia, con ejemplos y contraejemplos, con relatos de logros y fracasos, en torno a algunas disposiciones sociales estables, que ayudan a la gente a entender la complejidad de su entorno. Es evidente que desde este tipo de programas de televisión se sembró el escepticismo más duro sobre las instituciones republicanas y, no es extraño que las elecciones legislativas de finales del 2001 mostraran la creciente disconformidad del pueblo argentino, no sólo con el gobierno de turno, sino más bien con toda la clase política.

    El "cacerolazo" espontáneo y pacífico de la clase media urbana que signó la renuncia de De la Rúa, llevó cierta algarabía a las redacciones
     
    Los acontecimientos se precipitaron a fines de diciembre del 2001.En medio de rumores alentados por algunos periodistas de televisión y radio de "golpe institucional" que supuestamente daría una autoconvocada Asamblea Legislativa -de mayoría peronista-, se desataron los saqueos a supermercados y los medios mostraron azorados la irrupción de una masa de desocupados y hambrientos que terminaron de socavar al alicaído gobierno de De la Rúa. Los grandes diarios y los noticieros de televisión se vieron desbordados por los acontecimientos que ellos ayudaron a gestar. Las imágenes de la violencia se adueñaron de las pantallas de televisión y de las primeras planas de los diarios argentinos y recorrieron el mundo. Ya era tarde para llamar a la cordura periodística.

    Reacción popular
     
    El "cacerolazo" espontáneo y pacífico de la clase media urbana que signó la renuncia de De la Rúa, llevó cierta algarabía a las redacciones. La figura romántica del "pueblo que expresa libremente su hastío", sin divisiones ni ideologías, se transformó en la frase hecha de la mayoría de los medios de comunicación.
    Luego de la renuncia de los siguientes dos presidentes, envueltos nuevamente en "cacerolazos", ya menos espontáneos (muchos de ellos gestados a través de la Internet), y furibundas críticas periodísticas, llega al poder Eduardo Duhalde, ex-gobernador de la provincia de Buenos Aires y candidato a presidente por el peronismo en las elecciones de 1999 que ganó De la Rúa.
    A partir de este punto debemos señalar una postura diferente de los medios de comunicación. En primer lugar llamó poderosamente la atención la ausencia de algunas de las figuras más representativas del periodismo televisivo, radial y escrito que, a pesar de la relevancia de los hechos que acontecían, no suspendieron la ya clásica temporada vacacional del mes de enero.
    Los grandes matutinos, Clarín y La Nación se han mostrado más cautos, limitándose, las más de las veces, a seguir los acontecimientos tan cambiantes del mes de enero. En sus páginas encontramos a veces un tibio apoyo a los reincidentes cacerolazos y algunas críticas veladas a aspectos de la gestión de Duhalde, pero que no llegan a subir los decibeles en ningún momento. El miedo a la desintegración social es evidente entre sus editores.
     
    Crítica mordaz y agresiva
     
    Por otro lado, encontramos ciertos periodistas televisivos y radiales que parecen intentar adueñarse del movimiento de protesta "cacerolero". Entre ellos quizás el más virulento sea el periodista Daniel Hadad, dueño de Radio 10 (una de las radios de mayor audiencia en el país) y que cuenta entre sus periodistas a González Oro y Marcelo Longobardi, por momentos voceros de una crítica mordaz y muy agresiva contra toda la dirigencia política. Hadad fue en su momento un aliado tácito del menemismo y un furibundo crítico de la administración delarruista. Desde sus programas de radio y televisión, ha sido uno de los referentes de algunos de los participantes en los últimos cacerolazos.

    En la otra punta del espectro ideológico, Jorge Lanata, fundador del diario de centro-izquierda Página 12 en los años ochenta, también ha intentado hacerse eco de los sectores críticos de la opinión pública capitalina, brindándole su espacio televisivo a los diversos grupos que conforman el heterogéneo magma de "caceroleros".

    Entre los diarios, Ámbito Financiero es el único que ha incorporado un discurso combativo muy duro contra el gobierno de Duhalde. Éste es un periódico de información económica dirigido por Julio Ramos, cuyo público es el establishment empresario y financiero. Desde sus páginas se popularizó el denominado "índice de riesgo país", una controvertida manera de medir la decadencia de la economía argentina que contribuyó a generar en la población la idea de que el accionar de la administración De la Rúa era ineficaz para gestionar la economía nacional. Ramos, en los últimos tiempos, asimismo, ha iniciado un combate personal contra el grupo Clarín, dueños, entre otros medios, del diario del mismo nombre, del Canal 13 de televisión, Radio Mitre, y del servicio de televisión por cable Multicanal, a quienes acusa de apoyar al gobierno de Duhalde para sacar mejores condiciones de financiamiento para su enorme deuda.
     
    Dos males del momento
     
    En medio de rumores alentados por algunos periodistas de televisión y radio se desataron los saqueos
     
    En síntesis, creo que la Argentina está sufriendo de dos males que tienen su raíz en las últimas tres décadas. Por una parte, una clase política, sindical y empresaria ineficaz y corrupta y por otra, unos medios de comunicación incapaces de generar consenso entre la opinión pública y que, por el contrario, con su ataque sistemático y constante a la clase dirigente en general, sin discriminar entre buenos y malos, generaron un descreimiento en la población, no solo sobre los políticos sino sobre las propias instituciones republicanas.

    Existe una sensación de escepticismo e inutilidad de la clase dirigente argentina en general y de los políticos en particular
     
    Los medios en la Argentina parecen no querer asumir aquello que señalaba Davies Merritt acerca de los cambios que debieran hacerse en la prensa contemporánea: ser capaces de trascender "la misión limitada de 'contar las noticias' hacia una misión mucho más amplia de ayudar a que la vida pública funcione bien, y actuar basándose en este imperativo".

    Justamente el lunes 4 de febrero, en su editorial, el diario La Nación hacía una interesante reflexión y un mea culpa al respecto. Señala la editorial que los medios de comunicación no están exentos de la "obligación moral" de revisar su actuación y de asumir "la cuota de responsabilidad que les cabe en el actual descalabro político, económico y social".
     
    Revisar prácticas periodísticas
     
    El texto propone revisar las prácticas periodísticas para establecer si en algún momento se ha incurrido en "el sensacionalismo, la mercantilización de la información, la utilización de medios ilegales y hasta perversos para obtener una supuesta noticia, la vocación por el escándalo con olvido del respeto que merece la dignidad de todo ser humano, el incumplimiento de los principios que obligan a confirmar la veracidad de una información antes de difundirla, la frivolidad en el tratamiento de cuestiones de gravísima repercusión social, la violación a menudo delictuosa de la intimidad de las personas, la exacerbación maliciosa de los ánimos en el despliegue de temas que generan violencia o son causa de disolución social, la tendencia a alentar los resentimientos o los enconos que pueden existir entre distintos sectores de la población, la incitación directa o tácita a provocar situaciones tumultuosas o potencialmente lesivas para la seguridad de las personas." Sin agotar el repertorio de la mala praxis periodística, he aquí un inventario de las actitudes que, durante este último año, han abundado en la prensa argentina y, que sin ser la única causa y ni siquiera la más importante, han contribuido a sembrar el descreimiento y el caos en nuestra sociedad.

    "La Argentina", finaliza La Nación en su editorial, "será mejor en la medida en que todos los ciudadanos y todos los sectores sociales nos miremos para descubrir de cuánta responsabilidad -grande o pequeña- debemos hacernos cargo". Por mi parte agregaría que quienes ejercen la profesión de comunicadores públicos tienen siempre una responsabilidad mayor, ya que todo discurso comunicativo en el espacio público, como sostiene García Noblejas "siempre es ética y políticamente relevante, dado el carácter formal de proyecto que supone el ideal democrático y el papel configurador que tienen los medios de comunicación en el acceso de las gentes al ámbito de lo públicamente interpretado".
 

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