|
Público y prensa
Miguel de Unamuno
Solo
esas tres cosas: la lotería, el toreo y el crimen ejercen
influjo sobre la masa enorme, enormísima, de millones
de españoles, que solo leen esas tres cosas, importándoles
muy poco, mejor dicho, nada de todo lo demás.
Esto es, en efecto, una tristísima verdad; pero ¿es
la culpa toda del público? ¿no alcanza acaso buena
parte de ella a la prensa misma, que sobre poner por encima de
todo la caza del perro chico (moneda de cinco céntimos),
ni entiende bien sus propios interese permanentes ni acierta
a hacer que otras informaciones tengan atractivo para el público?
Lo de ir contrapelo al público y decirle no lo que el
quiere que le digamos, sino lo que creemos que debe oír,
no es para todos. Yo vengo haciéndolo hace años,
y al fin he logrado, gracias a Dios, hacer respeto y atención
en torno mío. Pero me ha costado mi tiempo y mi trabajo.
Si los atenienses se molestaban cuando se les pedía enseñar
algo, según nos dice Platón, y eso aun siendo atenienses,
es decir, amigos de saber la ultima novedad, conforme a la caracterización
que de ellos nos da el libro de Los Hechos de los Apóstoles
¿qué les sucederá a los que no son atenienses?
Pero aquí lo que principalmente priva es aquel terrible
aforismo de nuestro Fénix de los Ingenios, del en un tiempo
popularísimo Lope de Vega cuando decía:
"El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo hablarle en
necio para darle gusto".
¿Cuántos son los escritores que se rebelan contra
esto, y en vez de someterse al público y servirle hasta
en sus prejuicios, luchan con él? Muy pocos. Y entre los
casos últimos más nobles y más ejemplares
están Ibsen y Carducci.
Pero aquí nuestros escritores son por lo común
cortesanos del público, hasta los que parecen querer contradecirle.
A lo más le hacen cosquillas.
¿Y la prensa? Es difícil imaginarse otra más
cobarde. A nada eficaz se atreve. Cada tendencia de pensamiento
tiene su órgano y dentro de el hay una ortodoxia y una
heterodoxia. Apenas si empieza a ensayarse el palenque abierto.
Así es que al desdichado que va a caer en ella, al punto
le corta, recortan y liman las uñas.
Y hay que observar cuáles son las cosas graves, las "inefables",
esto es las que no pueden decirse.
La prensa, en general, lejos de tratar de corregir los prejuicios
y las presunciones del público, tiende a confirmarlos.
Hay para ella valores declarados, que es lo mismo que valores
sobreentendidos, a los que no se puede tocar. Y de hecho nuestra
Prensa, que de todo podrá pecar menos de soberbia y presuntuosa,
ha declarado cien veces ella misma que su mayor defecto es la
debilidad, es el dejarse llevar a alabarlo todo y a ayudar a
todo atrevido. Su prodigalidad en el adjetivo es realmente alarmante.
Y lo malo es que suele acabar por creer que es ella la que hace
los prestigios. Cuando en realidad los mas sólidos se
han hecho a pesar de ella, o tal vez contra ella.
Lo malo nuestro no es que el pueblo bajo, que la masa de lectores
de aluvión tenga esas aficiones, pues esas mismas las
tiene en otros países; lo malo es que los lectores escogidos,
que el público que busca instruirse o deleitarse con algo
más fino, es entre nosotros mucho menor. Lo malo es y
esto, aunque se ha referido mucho entre nosotros, conviene repetirlo
aquí una vez más, lo malo es que no tenemos
sino una enorme masa de plebe intelectual y una muy escasa aristocracia
de la misma especie. Nos falta clase media de la cultura, nos
falta algo así como una burguesía del espíritu
deseosa de ilustrarse.
|