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Un problema de comunicación:
LA PAZ DE UN MILLÓN
DE MUERTOS
- Detrás de la crisis colombiana
hay un profundo y múltiple problema de comunicación
Desde que el gobierno
colombiano se levantó de la mesa de conversaciones de
paz, de Tlaxcala (México) en 1982, hasta que se rompieron
los diálogos en el Caguán en 1999, hubo 350 mil
muertes atribuidas a la violencia guerrillera; levantada la mesa
de conversaciones del Caguán el 13 de febrero de 2002,
hay quien calcula que habrá un millón de muertos
antes de un próximo diálogo. El reciente anuncio
presidencial sobre el fin del proceso de paz del gobierno con
la guerrilla de las FARC fue inesperado, pero a nadie lo tomó
por sorpresa.
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- El monótono ciclo
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- Durante los últimos años
el ciclo se ha repetido con una sangrienta monotonía.
Guillermo León Valencia (1962-1966) se llamó a
sí mismo Presidente de la Paz, en la euforia de los comienzos
del Frente Nacional, un mecanismo adoptado por los partidos liberal
y conservador para eliminar la violencia partidista, pero al
final de su gobierno entregó a su país con nuevos
amagos de guerra. El presidente Belisario Betancur (1982-1986)
avanzó más que ningún otro presidente: logró
un cese del fuego con los grupos guerrilleros; con las FARC,
con el M-19, con el EPL, con la Autodefensa Obrera y con una
parte del ELN, a pesar de la reticencia de los partidos, de los
jueces, de los medios y de la Iglesia, que contemplaron los toros
desde la barrera o que, como el ejército, estuvieron en
contra del proceso. Sin embargo logró acuerdos con las
FARC, de condenación del secuestro, de la extorsión
del terrorismo en todas sus formas lo mismo que del chantaje,
del boleteo, del narcotráfico, del atentado personal,
de la desaparición de personas, de la tortura o del reclutamiento
de adeptos. Pero, al finalizar su gobierno, la guerra había
ardido a doscientos metros de la casa presidencial. Bajo el gobierno
del presidente Cesar Gaviria (1990-1994) hubo un nuevo intento
de dialogar con la guerrilla en Caracas y en Tlaxcala, hasta
que el gobierno se levantó de la mesa indignado por el
asesinato de un exministro y, mal aconsejado por las Fuerzas
Armadas, pretendió liquidar el conflicto con un bombardeo
a la sede del alto mando de las FARC. El país pagó
caro el error presidencial y el mal cálculo militar, con
una campaña de terrorismo generalizado.
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- El costo creciente
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- Esa incapacidad para resolver los problemas
del país con instrumentos políticos ha tenido un
alto costo. Hace cuarenta años las reclamaciones del grupo
de autodefensa campesina organizado por Manuel Marulanda se hubieran
podido resolver con una inversión de 5 millones de pesos
(2.500 dólares) porque se reducían a la construcción
de un camino de herradura para sacar al mercado sus productos
agrícolas, de un centro de acopio y de una escuela; demandas
que, por otra parte, era deber del gobierno atender. En vez de
hacerlo así, con asesoría militar de Estados Unidos,
el gobierno adelantó un espectacular desembarco de tropas
para aniquilar lo que llamó, un foco de subversión
comunista. Hoy la violencia generada por ese grupo guerrillero,
está costando el equivalente del 24.7% del Producto Interno
Bruto.(PIB)
Durante todo el proceso, gobierno y guerrilla han hablado
dos lenguajes diferentes
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- Para el grupo guerrillero, en cambio,
ha sido un buen negocio la negativa del gobierno de hace 40 años
de invertir en ellos cinco millones de pesos. Hoy la subversión
es el mejor negocio del país, calculado en 576 millones
de dólares anuales, que ingresan en un 41% vía
narcotráfico; 28% por robos y extorsiones, y 19% por secuestros.
De esos ingresos, 150 millones de dólares se destinan
al mantenimiento de más de 60 frentes guerrilleros y 426
millones son ganancia neta.
Aún más grave ha sido el costo en vidas humanas.
Se calcula en 77.000 los muertos de la violencia entre 1946 y
1964, después de un período de paz que se extendió
entre 1964 y 1985, la violencia guerrillera produjo 200.000 muertos.
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- La paz fácil
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- Si los costos son tan altos y la voluntad
de paz es tan evidente, como lo sugiere el plebiscito de 10 millones
de votos a favor del mandato por la paz, debería ser fácil
hacer la paz. Más aún: cuando guerrilla y gobierno
estudiaron sus propuestas de agenda para las conversaciones,
fue evidente que había más coincidencias que discrepancias.
En marzo de 1999 estuvieron de acuerdo:
1.- En buscarle una solución política al conflicto;
2.- En combatir el fenómeno del paramilitarismo;
3.- En una participación democrática en las decisiones
que, según el gobierno, tendría la forma de un
plebiscito para ratificar cuanto se llegare a pactar con la guerrilla;
4.- En las dos agendas se proponía una reforma de la estructura
económica y social para obtener un desarrollo y modernización
con justicia social;
5.- Proponían reforma agraria con democratización
de los créditos;
6.- Coincidieron en la protección del medio ambiente en
la explotación de los recursos naturales;
7.- Y al proponer un desarrollo alternativo y sustitución
de cultivos, el gobierno dio un paso adelante en los proyectos
sobre producción, comercialización y consumo de
droga.
Pero estas agendas no llegaron a estudiarse en tres años
y medio de conversaciones. Siempre interfirió algún
hecho o alguna discusión sobre asuntos de procedimiento
que ocasionaron suspensiones, enfriamientos del proceso, crisis
en las que aparecía la amenaza de rompimiento, sin que
las conversaciones alcanzaran logros importantes. Uno de los
momentos que hicieron concebir mayores esperanzas fue el de la
liberación de un grupo de militares y policías
que las FARC habían retenido en combate, y la liberación,
a cambio, de un grupo de guerrilleros presos y presuntamente
enfermos. Fue un hecho aislado que poco o nada significó
en las negociaciones.
Informaciones que en vez de hacer comprender han inducido
al público a tomar partido
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- Cuando se hizo el último intento
para discutir una tregua que permitiera continuar las conversaciones,
sin la interferencia de las acciones de guerra, la guerrilla
puso una condición: la creación de un subsidio
para desempleados que, de garantizar el silencio de los fusiles,
habría sido un costo bajo. En efecto, los cinco billones
de pesos que costaba ese subsidio resultaba una cifra menor frente
a los 14 billones que en los tres últimos años
le ha costado la guerra al gobierno. Pero el asunto no era tan
simple. De hecho, destinar cinco billones a los desempleados
no garantizaba ni una solución al desempleo, debido en
gran parte a la guerra, ni el final de la guerra.
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- Los obstáculos
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- Más allá de los acuerdos
o desacuerdos sobre una agenda de reformas que el Estado colombiano
requiere, y que no son otra cosa que el acumulado que a través
de casi dos siglos de historia independiente han dejado decenas
de guerras civiles mal resueltas, están unos elementos
que deberán removerse para una definitiva gestión
de paz:
1. La voluntad del gobierno y de la clase dirigente de obtener
una paz a bajo costo. Los estudios políticos, económicos
y sociales coinciden en señalar que el diseño y
ejecución de un proyecto de sociedad justa, tendrá
que eliminar viejos privilegios, lograr costosas restituciones
( cada guerra ha generado desplazados y nuevos propietarios de
las tierras de esos desplazados), una reestructuración
de las instituciones políticas y un desmonte radical de
los mecanismos creados por la corrupción.
2. La degradación de los objetivos de la guerrilla que,
de ser un movimiento con ideales políticos, ha llegado
a ser un negocio rentable de mano del narcotráfico. La
guerrilla parece aferrada a sus fusiles por dos razones: porque
es un buen negocio y porque cree que podrá llegar al poder,
a todo el poder, con las armas.
3. La suma de los dos elementos anteriores ha dado por resultado
el crecimiento silencioso pero contundente de la pobreza y la
miseria. En los años 80 el diez por ciento más
rico de la población ganaba cuarenta veces más
que el 10 por ciento más pobre; hoy ganan 60 veces más.
La guerra no ha impedido que los ricos sean más ricos
y que los pobres se empobrezcan más. Por el contrario,
la guerra ha parecido favorecer los dos excesos. Hoy 24 millones
de colombianos sobreviven con dos dólares de ingreso al
día, y dentro de esos 24 millones hay ocho millones que
realizan la proeza de sobrevivir con un dólar. Los menesteres
de la guerra parecen haber embargado la atención de población
y gobernantes hasta el punto de darle a este fenómeno
la categoría de problema secundario. Sin embargo, es la
expresión más clara del mal que convierte a Colombia
en un escenario de muerte y a su sociedad le da la condición
de enfermo grave. Cualquier solución será incompleta
si el de los pobres y miserables sigue siendo un problema sin
solución.
Un problema de comunicación
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- Cuando el pasado 20 de enero, con la presencia
de embajadores y del representante del Secretario General de
las Naciones Unidas, se firmó un acuerdo que le daba un
nuevo aire al proceso de paz, el gobierno, la comunidad internacional
y el pueblo colombiano entendieron que comenzaba un período
de deliberaciones para llegar a un cese el fuego previo a conversaciones
sobre la agenda de paz. Sin embargo, desde el momento mismo de
la firma del acuerdo comenzó una escalada terrorista de
tales proporciones que hizo pensar que la guerrilla había
engañado a sus interlocutores; pero no era sino la repetición
de un fenómeno de incomunicación. Durante todo
el proceso, gobierno y guerrilla han hablado dos lenguajes diferentes.
Mientras el gobierno decía, por ejemplo, "zona de
distensión" y entendía por tal a un territorio
desmilitarizado y en condiciones para hablar de paz, la guerrilla
estaba entendiendo: zona de rearme, de entrenamiento, de cultivos
de coca y amapola y de prisión para secuestrados.
Lo que el gobierno llamó extorsión, para la guerrilla
era impuesto de guerra; y lo que el gobierno llamaba secuestro,
la guerrilla lo entendía como una retención para
presionar una ayuda para la guerra. Después de golpes
guerrilleros exitosos, como la toma de la base militar de Las
Delicias, los militares que quedaron en poder de la guerrilla
se llamaron secuestrados, en el lenguaje del gobierno, y prisioneros
de guerra para el grupo subversivo. Estas diferencias de lenguaje
fueron algo más que un problema semántico; eran
la expresión de una incomunicación mayor, en los
hechos: el día en que se iba a anunciar al mundo, representado
en el cuerpo diplomático presente en San Vicente del Caguán,
el comienzo de las conversaciones, el presidente Pastrana debió
hacerlo frente a la silla vacía del comandante de las
FARC que explicó su ausencia por razones de seguridad.
A pesar de lo evidente, esa incomunicación se mantuvo
y en los momentos más críticos se utilizaron mecanismos
de interlocución: en dos veces el presidente Pastrana
y el comandante de las FARC, Manuel Marulanda, sostuvieron encuentros
personales, privados, que parecieron restablecer la comunicación;
en la última crisis se utilizó intérprete,
es decir, la tarea de facilitación del delegado del Secretario
General de las Naciones Unidas; pero aun con esas ayudas la comunicación
nunca superó sus crisis porque su instrumento fundamental,
la palabra, había fallado desde el principio.
La noticia de guerra y paz ha tenido un tratamiento casi igual
al de las otras noticias, es decir, superficialidad, ignorancia
del tema, sensacionalismo y manejo como mercancía
-
- Consecuencia de ese dramático desencuentro
en las palabras fue la progresiva pérdida de confianza
entre las partes. Si la confianza es condición y resultado
a la vez de una buena comunicación, los hechos demuestran
que intervinieron factores poderosos para fortalecer la desconfianza.
a.- La contrainformación y la desinformación de
las Fuerzas Armadas que, aunque formalmente alineadas con la
política de paz de su comandante, el Presidente de la
República, nunca dejaron de utilizar los medios de comunicación
para minar la confianza en las conversaciones y en el grupo guerrillero.
Mientras el gobierno les reconocía el status político
necesario para ser sus interlocutores, la información
originada en las Fuerzas Armadas los calificaba de narco-guerrilleros,
bandidos y bandoleros.
b.- La información pública de los medios de comunicación.
En los abundantes análisis sobre el comportamiento de
los medios de comunicación en el conflicto se destacan:
1. La trivialización: la noticia de guerra y paz ha tenido
un tratamiento casi igual al de las otras noticias, es decir:
superficialidad, desconocimiento del tema, sensacionalismo y
manejo como mercancía. Anotaba el diario El Tiempo, de
Bogotá (15-04-01) en un severo editorial: "todos
prensa, radio y televisión- hemos fallado en el desafío
periodístico que significa cubrir con la debida seriedad
y madurez el proceso de guerra y paz que vive el país."
2. La radicalización de los medios, reflejo de la polarización
de todo el país estimulada por el miedo, la indignación
y la pérdida de esperanza. En alguna ocasión se
habló de una guerra trasplantada a las redacciones, hecho
que de alguna manera detectó el Observatorio de Medios
de un diplomado para periodistas, promovido y organizado por
Medios para la Paz, una organización de periodistas, que
opera en Bogotá. Al analizar los trabajos difundidos en
sus medios por los periodistas asistentes, una de las fallas
más frecuentes fue la falta de equilibrio en textos basados
en una sola fuente del ejército o de la policía.
Esto ha dado lugar a informaciones que en vez de hacer comprender,
ha inducido al público a tomar partido.
3. El abandono por parte de los medios de una intencionalidad
expresa de rescatar y fortalecer la esperanza colectiva en medio
de la confrontación. Los especialistas en procesos de
paz advierten que son imposibles esos procesos si no cuentan
con el apoyo de la opinión pública. Es decir, que
el respaldo de una población con esperanza es definitivo
para cualquier gestión de paz. Los medios sólo
parecen haberse dado cuenta de la necesidad de esa tarea cuando
comprobaron que en los dos últimos meses, los más
de diez millones que demandaban la paz, se convirtieron en una
mayoría que ve en la guerra la dura ley que les permitirá
llegar a la paz. Es una mayoría que perdió la esperanza
a golpes de violencia y de incomunicación.
La crisis del lenguaje entre gobernantes y guerrillas, la palabra
convertida en instrumento de guerra para el ejército y
la guerrilla, la inconsciencia de los medios de comunicación
sobre el poder de las palabras, son elementos que, sumados, ponen
en evidencia que, detrás de la crisis colombiana, hay
un profundo y múltiple problema de comunicación.
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- Las salidas
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- Así como los colombianos un día
votaron caudalosamente para apoyar el proceso de paz, hoy parecen
dispuestos a respaldar un gobierno de mano dura, que emprenda
la ofensiva contra la guerrilla.
En efecto, la fe del país estuvo puesta en las soluciones
políticas hasta el punto de que el tema dominante en todas
las campañas electorales de los últimos 22 años
ha sido el de la paz. Los candidatos a la presidencia han llegado
al poder con la promesa de hacer de la paz un propósito
central y de la negociación política, un instrumento
de trabajo. Pero los resultados han sido precarios: la guerrilla
se ha fortalecido, su campo de operaciones, que inicialmente
fueron los desprotegidos territorios de colonización,
hoy se ha extendido hasta las ciudades. Las autoridades han detectado
la presencia de las milicias bolivarianas la versión urbana
de la guerrilla en barrios de Bogotá, y en Medellín
cuentan con un poderío tal que hay barrios de donde la
gente emigra en condición de desplazados, o por amenazas
o aterrorizados por los combates entre milicianos y paramilitares,
sin que las autoridades hayan encontrado una respuesta eficaz
para proteger a los civiles.
Hastiados e irritados ante la inoperancia de los mecanismos políticos
para lograr la paz, cada vez más colombianos ponen su
fe en la solución militar. Durante muchos años
se alegó como un axioma que en Colombia ni la guerrilla
derrotará a los militares, ni estos podrán doblegar
a la guerrilla. Hoy se cree menos en esa afirmación y
crece el convencimiento de que el aumento de la inversión
en armas, la intensificación y mejora cualitativa de la
formación de los militares y el apoyo de la opinión
pública, podrán romper ese empate, a favor de las
fuerzas armadas y desarticular el poder militar de la guerrilla.
Los anuncios del candidato Alvaro Uribe, con arrolladora mayoría
en las encuestas, interpretan esa voluntad guerrera que parece
más dictada por la rabia y por el miedo, que por un frío
razonamiento.
En cambio, obedece a una fría determinación la
tercera alternativa, que es la que ofrecen las poblaciones que
han decidido hacerle frente a la guerrilla, sin armas. Son poblaciones
que, resueltas a actuar en vez de padecer resignadamente, han
salido unidas a expresar su rechazo cuando la guerrilla intenta
tomarse el cuartel de policía y destruir sus instalaciones
y viviendas. En Navidad una población entera salió
cantando villancicos cuando empezó la ofensiva de la guerrilla;
una población cafetera que sacaba su cosecha, acompañó
con banderas blancas y canciones la caravana durante todo el
recorrido; en otra, los pobladores hicieron una cadena humana
alrededor del cuartel de policía cuando la guerrilla avanzaba
para destruirlo. Es un movimiento de resistencia civil contra
una guerrilla que permitió que su acción se degradara
hasta utilizar su guerra, no para construir un nuevo país,
sino para destruirlo.
Entre esas tres opciones, la política, la armada y la
de resistencia civil, se está jugando Colombia su presente
y su futuro.
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- Los costos humanos
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- Antes de 1999 los muertos del conflicto
eran doce al día; en los dos últimos años
se han contabilizado 20 diarios y de ellos sólo 5 mueren
en combate.
A este dato hay que sumarle los 690 desplazados diarios que había
antes de 1999 y que se atribuían a la guerrilla en un
32%; en 2001 esa cifra aumentó a 970 diarios, atribuibles
a la guerrilla en un 43%. En los dos últimos años
la población desplazada ascendió a 970 mil personas.
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- El costo económico
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- Frenó el crecimiento económico
del país, que entre 1960 y 1980 tuvo un crecimiento promedio
anual del 5.1%. Entre 1980 y 200 descendió al 3.1%
La imagen del país redujo la inversión que en los
años 90 equivalía al 15 por ciento del Producto
Bruto Interno (PIB). Hoy es del 6.6%. En los cuatro años
anteriores han emigrado capitales por cuatro mil millones de
dólares y el PIB, que crecía a un promedio del
4.3% anual, ha caído hasta el 0.4%.
Al mismo tiempo el gasto militar se ha multiplicado. Equivalía
al 0.97% del PIB en 1990, el año pasado fue del 1.89%.
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