|
Debate presidencial
en la TV: ¿ayuda a ganar una elección?
- El debate es esencial a la tradición
del mundo occidental. Históricamente ha sido utilizado
como un método educativo, como parte del proceso legislativo
y el procedimiento judicial, y últimamente, como elemento
dramático de las campañas electorales.
- El debate por TV constituye una nueva
forma de hacer política
-
- Se ha llegado a decir que después
de un solo debate ante la televisión, visto en millones
y millones de hogares, se puede determinar el ganador de una
elección presidencial inminente. Y si hoy en día,
en colores, el tema es motivo de controversia, no lo fue menos
en sus comienzos, en blanco y negro.
En 1960, el candidato
demócrata a la presidencia de Estados Unidos, John F.
Kennedy, y su contendor republicano, Richard Nixon, aceptaron
la invitación a debatir, hecha por las tres grandes cadenas
de televisión CBS, ABC y NBC. La importancia real o gratuita
que se dio a estos debates, en función del resultado electoral,
indujo aceleradamente a la adopción de eventos similares
en otras campañas presidenciales de Europa y América
Latina.
-
- Debate, reto al anacronismo político
-
- Escuetamente, las razones más
importantes que se han esgrimido a favor de los debates televisivos
presidenciales son las siguientes:
La elección de un jefe de Estado es demasiado importante
para la consolidación de la democracia y demasiado arriesgada,
si se la efectúa sin suficientes elementos de juicio sobre
la capacidad de los candidatos y su eventual desempeño
en el ejercicio del poder, sobre todo en tiempo de crisis. El
debate es un magnífico instrumento para evaluar alternativas
y votar más acertadamente.
Los votantes tienden a decidir a base de actitudes emocionalmente
enraizadas, a ciegas, lealtades partidistas, que les impiden
abandonar posiciones tomadas y los fuerzan a la conformidad,
sin aceptar nuevos cuestionamientos y alternativas que no sean
las tradicionales.
Por naturaleza preferimos escuchar a aquellos con los que estamos
de acuerdo, buscamos argumentos y evidencias que fortalezcan
nuestras creencias y en consecuencia leemos, escuchamos programas
de radio y vemos programas de televisión que están
de acuerdo con nuestras opiniones e intereses, evitando consciente
e inconscientemente todo tipo de mensaje que nos pueda precipitar
a la duda.
El debate nos expone a criterios contrapuestos y opciones diferentes
y nos brinda la oportunidad de ejercer nuestro juicio crítico
para escoger la mejor alternativa.
- Para lograr los objetivos de los debates
televisivos, el formato juega un papel trascendente
-
- La campaña tradicional, con sus
concentraciones multitudinarias y sus desfiles motorizados, se
empeña en afianzar lealtades logradas, en desanimar antes
que estimular una nueva conciencia de las cosas, y trata de rebatir,
echando mano a la emoción, los argumentos y alternativas
de la oposición. Las concentraciones políticas
se convierten en ocasión de una demostración masiva
de aprobación de la visión partidista conocida
y suscrita por los fieles del partido. Su propósito no
es el de informar desinteresadamente, sino el de reafirmar las
actitudes de la población para que no caigan en la tentación
del cambio. De acuerdo con este planteamiento, el debate por
TV constituye una nueva forma de hacer política. Es un
reto al anacronismo de la audiencia cautiva. Despierta el sentido
crítico del votante y le permite enfrentar el alud emocional
de las campañas políticas, afianzando la primacía
de la razón sobre el ciego determinismo del estereotipo
y del prejuicio en el grave acto del escogitamiento de sus líderes.
Se arguye, además, que la oratoria de la campaña
tradicional está cuidadosamente elaborada y calculada,
y es con frecuencia el fruto del esfuerzo colectivo de los asesores
y del talento literario de escritores profesionales. El debate
destruye esta estratagema y sorprende al candidato en su íntimo
pensamiento en forma independiente, personal y espontánea.
El público, en general, se interesa poco en escuchar la
propaganda política y las exposiciones que hacen los candidatos
a través de los medios de comunicación. El debate
añade los ingredientes del conflicto y el dramatismo y
atrae por eso a un número considerablemente mayor de ciudadanos.
El primer debate entre Kennedy y Nixon fue visto por el 60 al
65 por ciento de la población adulta total, es decir,
por 70 a 101 millones de americanos. Solo un 7.25 por ciento
de la población indicó que no vio el debate, o
no lo escuchó por radio o no leyó acerca de él.
El 55 por ciento, según encuesta de la Gallup, manifestó
que había tenido un gran interés por el debate.
En comparación con las campañas presidenciales
de los años 1952 y 1956, el 9.5 por ciento de la población
declaró estar más interesado en la campaña
política y más abierto al cambio de opinión
como resultado de los debates.
Como un dato importante para el debate televisivo, hace falta
añadir que en 1952 solo el 30 por ciento de la población
consideraba a la televisión el medio más importante
de información; en 1956 el porcentaje había subido
al 49 por ciento y para 1960 alcanzaba un significativo 60 por
ciento.
El interés que despiertan los debates presidenciales gravita
enormemente en la cobertura. Se logra llegar en proporciones
iguales a los miembros de los partidos políticos, a los
independientes y a un cruce de todos los segmentos de la población
nacional. Los subgrupos por edad, sexo, nivel económico
y educación, tamaño de la familia y ubicación
geográfica están representados significativamente.
Algo que no se logra en las concentraciones partidistas
En la concepción democrática occidental se atribuye
un gran valor al carácter y personalidad del hombre que
debe ocupar la presidencia. Fue la personalidad de De Gaulle
la que sentó la pauta del poder ejecutivo francés,
la personalidad de Adenauer la que afianzó la democracia
y reconstrucción alemana, la personalidad de Roosevelt
la que sacó a Estados Unidos de la recesión.
- El interés que despiertan los
debates presidenciales gravita enormemente en la cobertura
-
- Medir el carácter de un hombre
es difícil. Medirlo en la algarabía de la tradicional
campaña política es casi imposible. Tampoco se
lo puede medir por el rumor. E infortunadamente, en el momento
de elegir no se tiene todavía el veredicto de la historia.
Para poder en alguna forma apreciar el carácter de un
hombre, hay que sorprenderlo en un acto vital, en el que se vea
obligado a echar mano de todos los recursos de su personalidad
y carácter. Los debates televisivos facilitan un mejor
conocimiento de los candidatos y revelan las cualidades humanas
fundamentales que poseen.
-
- El formato debe asegurar la imparcialidad
-
- Para lograr los objetivos que se pretende
alcanzar a través de los debates televisivos, el formato
juega un papel trascendente, respecto a dos cualidades que ellos
necesariamente deben tener: objetividad e imparcialidad.
Siempre se hace referencia, al respecto, a los inmortalmente
célebres debates de Lincoln y Douglas, en 1858. Lincoln
y Douglas no tenían el privilegio de la televisión
y de la radio. Sus debates se llevaron a cabo frente a audiencias
que se reunían en los diferentes distritos electorales
y que variaron de 1.500 a varios miles de espectadores. El número
de debates fue de siete, el formato respetó la costumbre
de las largas intervenciones de los mítines políticos,
no sujetos a la premura de la televisión. A cada debate
se le asignó la duración de tres horas, que fueron
divididas en la siguiente forma: el primer orador hacía
uso de la palabra por una hora y luego su oponente hablaba por
una hora y media. Volvía a tomar la palabra el primer
orador, con una intervención de media hora.
A excepción de los reporteros y de los activistas de la
campaña que seguían a los candidatos, nadie pudo
oír más de un debate. El hecho no tenía
importancia. Todos los debates se concentraron en el quemante
problema de la esclavitud y los argumentos se repetían
en todas partes.
Tanto Kennedy como Nixon aceptaron la invitación a debatir
que les hicieran las grandes cadenas de televisión de
Estados Unidos: CBD, ABC y NBC.
-
- Los debates televisivos facilitan un mejor
conocimiento de los candidatos y revelan las cualidades humanas
fundamentales que poseen
-
- Ejecutivos de las cadenas de televisión
y los representantes nombrados por cada uno de los candidatos,
discutieron durante 6 semanas en 12 reuniones, el formato y más
detalles pertinentes. En la reunión del 31 de agosto,
los canales de televisión propusieron lo que se dio en
llamar el formato de Oregon, que había servido durante
las elecciones primarias de los demócratas para enfrentar
a los precandidatos presidenciales Kennedy y Humphrey. En síntesis,
este formato consistía en lo siguiente: cada uno de los
candidatos hacía una breve declaración introductoria.
Y luego, por el tiempo de duración del debate, se interrogaban
entre ellos mismos. Ningún periodista planteaba las preguntas.
Este formato no fue aceptado por los representantes de los candidatos,
entre otras razones, porque había dado como resultado
el que tanto Humphrey como Kennedy se portaran extraordinariamente
comedidos el uno con el otro, despojando al debate de su interés
polémico y dramático.
El formato finalmente aprobado para le primer debate fue el siguiente:
el conductor del programa hacía una brevísima introducción,
presentando a los dos debatientes. Uno de los dos candidatos
escogido por sorteo hacía una exposición libre
por 8 minutos seguido, a su vez, por la exposición libre
del otro candidato, que duraba igual tiempo.
-
- Preguntas, no comentarios
-
- Terminadas las exposiciones de los dos
candidatos, cuatro periodistas, en estricto turno, planteaban
las preguntas sobre el tema pertinente a cada uno de los candidatos.
Los periodistas se limitaban a plantear la pregunta en forma
escueta y nunca podían hacer un comentario sobre la respuesta
que daban los candidatos. Los debatientes eran los únicos
que luego de escuchar la respuesta, podían comentarla
para establecer así las divergencias y posiciones opuestas.
El debate terminaba con una intervención final para cada
candidato, en la que sintetizaban su pensamiento. El conductor
del programa lo cerraba con breves palabras de despedida.
Con ese formato se trataba de evitar cualquier tipo de favoritismo
que pudiera dar ventaja a uno de los candidatos. Efectivamente,
un entrevistador puede sutilmente favorecer al candidato de su
preferencia haciéndole preguntas más fáciles
y comentando favorablemente la respuesta. Igualmente puede influir
en la opinión pública, reaccionando negativamente
a las respuestas, y concediendo más tiempo de exposición
a uno que a otro.
Este formato en lo medular se siguió en los debates posteriores.
Fuera de la estructura fundamental del formato, se discutieron
y negociaron otros aspectos de menor importancia, como el número
de debates, su duración, la fecha de realización,
el lugar, la presencia de los candidatos, simultánea y
en el mismo estudio de televisión, o simultánea
en diferentes estudios y ciudades; la selección de los
entrevistadores, el modo de hacer las preguntas: verbalmente,
o por escrito; el contenido de ellas: sujetas a un determinado
tema, pero por libre selección del entrevistador o por
consulta con el medio pertinente, la atribución de los
ejecutivos de los canales para aceptar o rechazar el contenido
de las preguntas y la conveniencia de conocerlas o no de antemano.
Igualmente, se pusieron de acuerdo sobre la iluminación
del estudio, maquillaje y atuendo de los debatientes, su ubicación
dentro del set, el número de tomas de reacción
y la posibilidad de llevar y consultar notas escritas.
- El debate sorprende al candidato en
su íntimo pensamiento en forma independiente, personal
y espontánea
-
- En otros debates, la decisión sobre
cuáles eran las preguntas que deberían plantearse,
ha quedado a veces en manos de expertos sobre los temas prioritarios
de la campaña u otras veces esa decisión fue de
responsabilidad de los directores de las grandes cadenas de televisión.
La selección de los entrevistadores ha sido a veces tomada
por los ejecutivos de los canales de televisión y otras
por un sistema complejo de lotería, cuando el número
de potenciales entrevistadores ha crecido en volumen, al incluir
no solo a los profesionales de la televisión, sino también
de la radio, la prensa y las agencias de noticias.
-
- Resultados
-
- Luego de los debates, innumerables investigadores
e instituciones particulares y universitarias realizaron un número
considerable de investigaciones que, en parte, nos sirven para
matizar su impacto en la opinión pública.
Algunas de las investigaciones estuvieron basadas en una muestra
pequeña de estudiantes y no representativa; otras emplearon
muestras nacionalmente significativas. Algunas se condujeron
mediante entrevistas personales. Otras por teléfono, por
cuestionarios respondidos por cada destinatario o mediante varias
combinaciones de estos diferentes métodos. Entresaquemos
algunos de los datos más importantes.
La firma Nielsen, especializada en análisis de sintonía,
calcula que 77 millones vieron el primer debate y 70 millones
el último. La mayor audiencia se registró para
el segundo y tercer debate, 80 y 82 millones respectivamente.
Se puede afirmar casi con certeza que la mayor o menor audiencia
se debió al horario. El segundo y tercer debate fueron
presentados a las 19:30. El primero en cambio fue presentado
a las 21:30 y el tercero a las 22:00.
Una hora más temprana permite la asistencia de los niños
y de los adultos que acostumbran retirarse anticipadamente al
lecho.
Cuando se preguntó directamente cuál de los dos
candidatos ganó en los debates, el resultado, de acuerdo
con diferentes investigaciones, fue el siguiente: la mayoría
pensó que el primer debate lo ganó Kennedy; que
en el segundo y cuarto debate estuvieron iguales y que el tercer
debate lo ganó Nixon.
Se notó además que los individuos con fuerte afiliación
partidista, o con una intención específica y decidida
de votar por un candidato antes del debate, declararon en la
inmensa mayoría de los casos que su candidato había
sido el vencedor. Una mayoría de los indecisos prefirieron
a Kennedy luego de los debates.
Nixon parece que impresionó mejor a las mujeres que a
los hombres.
Los partidarios leales de Nixon que no cambiaron de opinión
luego de los debates, dijeron preferirlo porque Nixon estaba
de acuerdo con lo que ellos pensaban, porque era mejor informado,
y porque en el debate fue sincero, honesto y no mintió.
Los partidarios leales de Kennedy, que tampoco cambiaron de opinión,
indicaron que lo preferían porque fue específico,
dio datos concretos y no fue evasivo.
Aquellos que se inclinaban a Nixon antes de los debates y se
viraron a Kennedy luego de ellos, dieron como razones que les
gustó su personalidad y fue específico y factual
en sus respuestas.
Aquellos que, en cambio, se inclinaban a Kennedy y luego de los
debates prefirieron a Nixon, manifestaron como razones que Nixon
puso a la defensiva a Kennedy y presentó siempre su posición
con confianza.
A la mayoría de la teleaudiencia, lo que más gustó
fue el enfrentamiento de las dos personalidades y prefirieron
por eso los dos últimos debates por ser más directos,
más emocionantes, más ágiles y de garra.
El drama y la retórica fueron más importantes que
el planteamiento de un problema y la solución dada. La
teleaudiencia se preocupó más de analizar el carácter
de los debatientes y se formó una imagen de ellos a base,
más bien, de su estilo de presentación. Así,
por ejemplo, del estudio de Kraft se desprende que solo un 27
por ciento dice haber aprendido más sobre los problemas
y sus soluciones, mientras el 35 por ciento afirma que los debates
le sirvieron para conocer mejor a los candidatos y el 17 por
ciento para incrementar el interés en la campaña.
Al igual que otros investigadores, Kraft reitera que muy pocos
de los televidentes cambiaron de opinión respecto de los
problemas debatidos, y que su interés se centró
más bien en la personalidad de los candidatos, en el estilo
y la forma y no en la sustancia. Por esto, no sin razón
se ha argüido que los debates encierran un riesgo de percepción
errada, equivalente a juzgar la calidad de un automóvil
por la belleza de la línea o preferir un libro por su
encuadernación y pasta.
El resultado de los debates, en definitiva, fue más favorable
a Kennedy. Mejoró su imagen en experiencia y capacidad.
Efectivamente, mayor número de demócratas pensaron
mejor de Kennedy luego de los debates que republicanos de Nixon.
Más republicanos se volvieron favorables a Kennedy que
demócratas a Nixon. Más independientes se decidieron
por Kennedy que por Nixon.
Pero, ¿cuál fue el impacto real, en la votación
actual? El 25 de septiembre, en los sondeos de opinión,
Kennedy tenía 46 por ciento y Nixon 47 por ciento. Luego
del primer debate que se llevó a cabo el 26 de septiembre,
Kennedy lograba 49 por ciento y Nixon 46 por ciento. El 21 de
octubre se llevó a cabo el último debate.
Cinco días más tarde, tanto Kennedy como Nixon
aparecían empatados en un 48 por ciento.
En la votación final Kennedy obtuvo 50.1 por ciento y
Nixon 49.9 por ciento. Si los debates tuvieron algún impacto
en la decisión del electorado, de los datos arriba mencionados
solo se puede desprender que su impacto fue sumamente pequeño.
En ninguna forma cabe afirmar, por lo tanto, que la elección
de Kennedy se pueda deber exclusivamente al éxito de los
debates ante las cámaras de TV. Cuanto más, si
se toma en cuenta que en dos de los debates, la población
pensó que Kennedy y Nixon estuvieron iguales y, de los
otros dos, uno fue concedido a Kennedy y el otro a Nixon.
-
- Conclusiones
-
- El debate añade los ingredientes
del conflicto y el dramatismo y atrae por eso a un número
considerablemente mayor de ciudadanos
-
- El debate no sirve para convertir adeptos
de un candidato en seguidores de otro. Puede, en cambio, influir
en los indecisos y abstencionistas. Consecuentemente, si en una
elección se detectara un número considerable de
indecisos y abstencionistas, el debate televisivo podría
cobrar trascendental importancia.
Tampoco el debate ha logrado establecer su rango como el mejor
instrumento de juicio y aquilatamiento de los candidatos. Cuando
se trata de candidatos de larga trayectoria política,
poco o nada puede añadir el debate. Mayor importancia
la tiene para el caso de un candidato poco conocido como Kennedy.
Si los candidatos han logrado amplia cobertura por los diferentes
medios de comunicación y se han expuesto a un suficiente
número de entrevistas radiales y televisivas, será
difícil que el debate enriquezca a la opinión pública
con algo novedoso e importante.
De hecho, en las campañas se da una especie de debate
"diferido" ya que los candidatos hacen referencia a
las ofertas, soluciones propuestas y alusiones personales, luego
de escuchar a sus adversarios.
El debate, más que un elemento de mejor apreciación
de los candidatos, es un factor de estrategia y táctica
política. Por eso, de ordinario, buscan debatir los candidatos
que por diferentes razones se encuentran en desventaja respecto
a la preferencia electoral.
Por consiguiente, se puede establecer la siguiente regla de oro:
No se debe prestar al debate el candidato que goza de claro margen
de apoyo popular y cuyo triunfo está prácticamente
asegurado.
En la práctica, esta regla ha sido respetada por todos
los candidatos. Se debate o no de acuerdo con la ventaja que
se creía obtener.
Kennedy sabía que el resultado electoral era dudoso y
la campaña reñida. Aceptó el debate como
medio de probar que no era un joven sin experiencia ni capacidad.
Nixon ni lo rehuyó, porque para ganar necesitaba ampliar
la base de sustentación de su candidatura. El número
de republicanos es inferior al número de demócratas.
Se consideraba a sí mismo un buen debatiente. Ambos candidatos
pensaban que el debate les sería ventajoso. López
Michelsen en Colombia debatió con Belisario Betancur,
porque temía perder la elección, si no recuperaba
la votación liberal que le restaba su coideario Galán.
Betancur, por su parte, debía mantener la fidelidad de
los conservadores y lograr votos independientes y liberales,
porque su partido es muy inferior en fuerza electoral frente
al liberalismo. Ambos candidatos, de nuevo, aceptaron el debate
en función de ventajas concretas que creían poder
obtener.
En América Latina, para comprender mejor el impacto de
los debates presidenciales, es necesario un trabajo de investigación
más serio. Para llevarlo a cabo será necesario
medir la intención del votante antes y después
de los debates; comparar las apreciaciones de los televidentes
y no televidentes; establecer si el cambio en la intención
de votar obedece o no a los debates y, finalmente, cuantificar
los encuestados cuya decisión no sufrió variación
a pesar de los debates. No está por demás añadir
que la muestra, para este tipo de estudio, tiene que ser idéntica
a lo largo de los debates, si hay varios.
|