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Noticias, verdad y una
conclusión
Walter Lippmann
La hipótesis
que me parece más fecunda es que las noticias y la verdad
no son una misma cosa, y deben ser claramente distinguidas. La
función de las noticias es señalar un hecho, la
de la verdad es iluminar hechos ocultos, ordenarlos en relación
de los unos con los otros, y hacer una imagen de la realidad
según la cual puedan actuar los hombres.
Hay una cantidad muy reducida de conocimientos exactos que, para
ser manejados, no requieren ninguna habilidad ni entrenamiento
extraordinarios. El resto se deja a la discreción del
propio periodista. Una vez que sale de la región donde
el hecho, que John Smith quebró, está definitivamente
registrado en la oficina de Registro Civil, todas las reglas
fijas desaparecen. La historia de por qué fracasó
John Smith, de sus debilidades humanas, el análisis de
las condiciones económicas que determinaron su caída,
todo esto puede ser contado de cien maneras diferentes. No existe
una disciplina en psicología aplicada, como en medicina,
ingeniería y aun en abogacía, que tenga autoridad
para dirigir la mente del periodista cuando pasa de las noticias
al vago reino de la verdad. No existen cánones para dirigir
su mente, como tampoco cánones que fuercen el juicio del
lector o editor. Su versión de la verdad será tan
solo su versión. ¿Cómo demostrar la verdad
tal como él la ve? No puede hacerlo.
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- Y cuanto más comprenda sus propias
debilidades, más fácilmente admitirá que,
donde no hay una prueba objetiva, su propia opinión, en
cierta medida vital, es construida con sus propios estereotipos,
de acuerdo con su propio código, y por la urgencia de
su propio interés. El sabe que ve el mundo a través
de lentes subjetivos. No puede negar que él es también,
como notó Shelley, una cúpula de vidrios multicolores
que tiñen el blanco resplandor de la eternidad.
Es posible y necesario que los periodistas hagan tomar conciencia
a la gente del carácter inseguro de la verdad, sobre la
cual se fundan sus opiniones.
Si bien la prensa no es tan universalmente perversa, ni tan profundamente
conspiradora, como nos ha querido hacer creer Sinclair Lewis,
es mucho más frágil de lo que hasta ahora ha admitido
la teoría democrática. Es demasiado frágil
para hacerse cargo de todo el peso de la soberanía popular,
para proveer espontáneamente la verdad que los demócratas
pretendían innata, y cuando pretendemos que así
lo haga, empleamos una norma errónea para establecer el
juicio. No comprendemos la naturaleza limitada de las informaciones,
la ilimitada complejidad de la sociedad, y estimamos en exceso
nuestra propia resistencia, nuestro espíritu público
y nuestra competencia general. Suponemos un apetito por las verdades
insípidas que no demuestra un análisis de nuestros
propios gustos.
Si se atribuye, entonces, a los periódicos el deber de
transmitir toda la vida pública a la humanidad, de manera
que cada adulto pueda llegar a tener una opinión sobre
cada tema discutible, fracasarán y continuarán
fracasando en todo el futuro que podamos imaginar.
La calidad de las noticias sobre la sociedad moderna es un índice
de su organización social. Cuanto mejores sean las instituciones,
y más numerosos los intereses en juego que estén
formalmente representados, las cuestiones de principio que se
resuelvan, y los criterios objetivos que se introduzcan, tanto
más perfectamente un asunto será presentado como
información. En el mejor de los casos, la prensa es sirviente
y guardián de las instituciones; en el peor, es un medio
gracias al cual unos pocos explotan la desorganización
social para fines propios. En la medida en que las instituciones
no logran funcionar, el periodista sin escrúpulos puede
pescar a río revuelto y el periodista consciente ha de
aventurarse con incertidumbres.
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