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Labor crítica
del periodismo
Umberto Eco
La función
del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a
los otros poderes tradicionales, pero puede hacerlo en un país
libre, porque su crítica no tiene funciones represivas:
los medios pueden influir en la vida política del país
solamente creando opinión.
Los poderes tradicionales no pueden, en cambio, controlar criticando
a los medios sino a través de los mismos medios, de otra
manera su intervención se convierte en sanción
ya sea ejecutiva, legislativa o judicial, lo que puede suceder
sólo si los medios delinquen o parecen configurar situaciones
de desequilibrio político e institucional. Pero, como
quiera que los medios, en nuestro caso la prensa, no pueden estar
exentos de crítica, es condición de salud para
un país democrático que la propia prensa se pueda
cuestionar a sí misma.
Sin embargo, a menudo no basta que lo haga: es más, el
hacerlo puede constituir una sólida coartada, o bien,
para ser estrictos, un caso de "tolerancia represiva",
como la definía Marcuse: una vez demostrada la propia
falta de prejuicios autoflagelatoria, la prensa ya no se interesa
en reformarse.
Gran parte de los males de los que sufre la prensa italiana son
hoy comunes a casi todos los países.
En los años 60 y 70, la polémica sobre la naturaleza
y función de la prensa se desarrollaba sobre estos dos
temas: 1) diferencia entre noticia y comentario y, por tanto,
una llamada a la objetividad (recuerdo a propósito duelos
históricos con Ottone); 2) los diarios son instrumentos
de poder, administrados por partidos o por grupos económicos,
que utilizan un lenguaje intencionalmente críptico en
cuanto a que su verdadera función no es dar noticias a
los ciudadanos, sino enviar mensajes cifrados a otro grupo de
poder, pasando por encima de los lectores.
Estos dos temas son en gran parte obsoletos. Por un lado, había
tenido lugar una amplia polémica sobre la objetividad
y muchos de nosotros sosteníamos que (con excepción
de los boletines de las precipitaciones atmosféricas)
no existe jamás una noticia verdaderamente objetiva. Aun
separando cuidadosamente comentario y noticia, la misma elección
de la noticia y su compaginación constituyen un elemento
de juicio implícito.
En las últimas décadas se ha instaurado el estilo
de la así llamada tematización: la misma página
incluye noticias de algún modo relacionadas. He tomado,
casi al azar, la página 17 de La Repubblica del 22 de
enero de 1995. Contiene cuatro artículos: "Brescia:
da a luz y mata a la hija"; "Roma: solo en casa, a
los cuatro años juega sobre el alféizar, el padre
termina en Regina Coelli"; "Roma: puede dar a luz en
el hospital aun quien no quiere tener el hijo"; "Treviso:
una madre divorciada renuncia a ser mamá". Como ven,
se tematiza el riesgo de la infancia abandonada.
El problema que debemos plantearnos es: ¿se trata de un
caso de actualidad típico de este periodo? ¿Son
todas las noticias sobre casos del mismo tipo? Si se tratara
sólo de cuatro casos, el asunto sería estadísticamente
irrelevante; pero la tematización eleva a la noticia a
aquello que la clásica retórica judicial y deliberativa
llamaba exemplum: un solo caso, o pocos casos, de lo que se extrae
(o se sugiere subrepticiamente extraer) una regla. Si se trata
sólo de cuatro casos el diario nos hace pensar que existen
más; si hubiesen más, el diario no nos lo diría.
La tematización no proporciona cuatro noticias: expresa
una fuerte opinión sobre la situación de la infancia,
aunque el redactor quisiera o pensara que, tal vez, ya bien entrada
la noche, ha compaginado así la página 17 porque
no sabía cómo llenarla. Con esto no estoy diciendo
que la técnica de la tematización sea equivocada
o peligrosa; sólo digo que nos demuestra cómo se
pueden expresar opiniones dando noticias totalmente objetivas.
En los años 60 los diarios no sufrían todavía
por la competencia de la televisión.
Después ocurrió el salto cuantitativo (los canales
se multiplicaron cada vez más) y cualitativo: incluso
dentro de la televisión estatal se distinguían
tres canales orientados políticamente de distinta forma;
la sátira, el debate encendido, la fábrica de primicias,
pasaron a la televisión que rompió incluso las
barreras del sexo, de modo que algunos programas de las once
de la noche ya eran más audaces que las monjiles portadas
de L´Espresso o de Panorama, que se detenían en
la frontera del glúteo.
Así, la televisión se convertía en la primera
fuente de difusión de las noticias y la prensa siguió
en buena medida el segundo camino: se ha hecho semanal. El diario
se ha vuelto más parecido a un semanario, con el enorme
espacio que dedica a la variedad, a la discusión de sucesos
de la moda, de chismes de la vida política, de atención
al mundo del espectáculo.
Para volverse semanales, los diarios aumentan las páginas;
para aumentar las páginas luchan por la publicidad; para
tener publicidad aumentan de nuevo las páginas e inventan
los suplementos; para ocupar todas esas páginas deben
entonces contar cualquier cosa; para hacerlo deben ir más
allá de la sola noticia (que por otra parte ya dio la
televisión) y, por tanto, se hacen cada vez más
semanales, hasta el punto de tener que inventar y transformar
en noticia lo que no es.
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