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Corrupción
y terrorismo:
El Poder del Periodista
- Entre las reflexiones que se difundieron
en el primer aniversario del atentado contra las torres gemelas
en Nueva York, fue sorprendente la de Moisés Naim director
de la revista Política extranjera. Según él,
Enron, Worldcom y Andersen le hicieron más daño
a la economía de Estados Unidos que Bin Laden. La economía
resultó más golpeada por la corrupción que
por los terroristas. Y se preguntaba el comentarista económico
de Newsweek, Robert Samuelson, ¿dónde estaban los
periodistas mientras se tejía la red de mentiras y de
trampas con que los ejecutivos corruptos se apoderaban del dinero
de los accionistas y del capital de las empresas?
Es una pregunta parecida a la que hoy se hace la opinión
pública de El Salvador cuando, al recordar su reciente
guerra y sus difíciles negociaciones de paz, observa que
la prensa estuvo ausente porque parecía más interesada
en sus componendas con políticos y publicistas; tal fue
la honesta autocrítica hecha en un foro internacional
por uno de los periodistas de ese país. Son dos reclamos,
a la prensa de Estados Unidos y a la de El Salvador a los que
podría agregarse un tercero: el que se le está
haciendo y se seguirá gritando en el futuro a la prensa
venezolana por su actitud en la actual crisis. Los periodistas
¿víctimas o victimarios? pregunta la catedrática
de la Universidad de Venezuela, Olga Dragnic.
El periodista no solo es responsable ante la historia, es
sobre todo, responsable de la historia
-
- En cualquiera de los tres casos, periodistas
y medios deben responder; emplazados por la opinión pública
deben dar cuenta de la responsabilidad que contrajeron con la
sociedad, cuando se hicieron cargo del manejo de la materia prima
de todo periódico, revista o noticiero, que es la historia
de todos. El periodista no sólo es responsable ante la
historia, es además, y sobre todo, responsable de la historia.
Dos códigos de ética, los de los periodistas de
Suiza y de la Comunidad Económica Europea coinciden al
señalar que la prensa debe responderle primero al público,
después a los poderes públicos nacionales e internacionales
y, finalmente, al medio de comunicación. Es evidente que
no se descarta la respuesta que el periodista le debe a los jueces
si calumnia, a las fuentes si las tergiversa o a los lesionados
por los daños hechos a su buen nombre, honor o fama. Quiero
señalar, sin embargo la prioridad definida por estos códigos:
el periodista debe su primera respuesta, antes que a nadie, a
la sociedad que es la que consagra y defiende la libertad de
expresión en las constituciones de los países.
-
- ¿En qué consiste esa
respuesta?
-
- La Asociación Latinoamericana de
Prensa definía la responsabilidad en dos partes. La primera
de ellas: "ser responsable es tener conciencia del poder
que uno maneja." Al intentar responder en qué consiste
ese poder, hay que abrirse paso, como en los jardines abandonados,
por entre malezas que ocultan el tronco verdadero. Es maleza
la idea de que el poder del periodista es para obtener privilegios,
o para no hacer las filas que todo ciudadano debe hacer, o para
entrar a cines y espectáculos con pase especial, o para
llegar a las salas VIP de los aeropuertos. Nada de eso es poder
sino una repugnante ostentación de casta dominante, y
el periodista no puede ser casta privilegiada.
Tampoco expresa su poder el equivocado lugar común del
cuarto poder. El periodista no es ni el cuarto, ni el quinto,
este corresponde a la población, no al periodista ni a
los medios, cuya función es potenciar la palabra de la
población, no reemplazarla. El poder del periodista y
del instrumento que maneja es de otra naturaleza, y sólo
se puede responder por ese instrumento si uno lo conoce; es,
por tanto, válida la pregunta: ¿en qué consiste
el poder que tenemos los periodistas y los medios? Si no consiste
ese poder en las caricaturas que hemos mencionado, entonces,
¿de qué estamos hablando?
- El poder de entrar en las conciencias
-
- El periodista se debe a la sociedad
que consagra y defiende la libertad de expresión
-
- Estamos hablando, en primer lugar, del
poder que significa entrar en la conciencia de alguien.
Afirmaba Josep Pulitzer, al explicar por qué había
creado la primera escuela de periodismo en Estados Unidos, que
la entrada del periodista en la conciencia de sus lectores le
da un poder superior al que adquieren el pastor al predicar y
el sacerdote en el confesionario. La afirmación parece
hiperbólica hasta que uno cae en la cuenta de que sacerdotes
y pastores están en inferioridad de condiciones respecto
de los periodistas. Pienso en un predicador que habla de realidades
espirituales o ultraterrenas a un auditorio cuyo pensamiento
está en las vulgares realidades de cada día, y
que debe proponerles, cada vez, ideales altos que su auditorio
aprueba pero considera fuera de su alcance; pienso en el confesor
que, para entrar en la conciencia de las personas, tiene que
vencer el obstáculo de sus vergüenzas y de sus prejuicios,
mientras que el periodista habla de las realidades de cada día,
responde a las preguntas que la noticia cotidiana inspira a sus
lectores y no debe hacer ningún esfuerzo para abrir sus
conciencias, porque cuando llega con la información, esas
conciencias están abiertas. La estrecha ranura por donde
entran la voz del predicador y el consejo del confesor, es puerta
abierta en el caso de la información del periodista, entra
sin restricciones porque el lector, oyente o televidente van
en busca de la información sin que nadie los presione
ni obligue, movidos solamente por la necesidad de saber qué
está pasando. El pastor y el confesor hacen esa difícil
entrada en las conciencias cada semana, o en plazos aún
más largos; el periodista entra en ese recinto de las
conciencias individuales, todos los días o, a veces, varias
veces al día y no para el cumplimiento de una actividad
neutra o inocua.
-
- El poder de guiar
-
- El periodista entra allí con la
noticia que él ha seleccionado. Entre otras noticias,
él ha decidido que hay una más importante que las
otras y que en esa noticia debe destacarse un aspecto sobre otros
- que es lo que solemos llamar el enfoque-. Sobre el tema de
esa noticia el periodista decide que deben hablar unas personas
y no otras; y que de cuanto digan los entrevistados se pueden
dejar conocer al público unos párrafos y otros
deben permanecer en archivo. Este ejercicio de poder se repite
uno y otro día en un proceso de mediación que deja
como resultado unos perceptores y una sociedad que mira los acontecimientos,
las personas y hasta las ideas con los mismos ojos y criterios
del periodista que suele entrar hasta sus conciencias.
Entrar así, en las conciencias, es un poder y de ese poder
hay que responder. Pero con esto se inicia un proceso, porque
el que entra en la conciencia de otro, educa.
Esta palabra, educación, asociada a la tarea del periodista,
se puede volver equívoca. Debo precisar, por tanto, su
sentido.
La que hacemos no es educación formal, en consecuencia,
ni el periodista es maestro de escuela, ni los periódicos
o noticieros son aulas de clase. La nuestra es una educación
informal, la que se imparte cuando el escolar, dejada a un lado
su mochila de libros, se acomoda frente al televisor, o ante
la radio, o abre la revista o el periódico y se dispone
a recibir todos sus contenidos de acuerdo con su capricho o sus
preferencias. Cuando esto ocurre, que es cuando la escuela formal
cierra sus puertas, comienza la tarea educativa de los medios
que cuentan, sin duda, con mejores elementos de eficacia - en
cuanto a penetración en la conciencia- que la escuela
formal.
Periodistas y medios deben dar cuenta de la responsabilidad
que contrajeron con la sociedad
-
- Otra precisión tiene que ver con
los efectos educativos. Al afirmar que los medios de comunicación
educan, sólo se indica que guían y esa guía
puede conducir a lo bueno o a lo malo, a valores o anti valores,
a la dignificación o a la indignidad. Con las posibilidades
extremas que se le abren al que hace uso de los medios de comunicación
en una actividad que cuenta, entre otros, con estos elementos:
1.- Al informar, el periodista tiene el poder de señalar
qué es lo importante y qué es lo secundario. Parte
del proceso educativo -esto lo sabe cualquier maestro- es enseñar
qué es lo importante, qué es lo esencial, qué
es lo que debe considerarse en primer lugar. Las primeras páginas
de los periódicos, los titulares de los noticieros, cumplen
esa tarea. El receptor de las informaciones sabe que si algo
va allí, es importante per se; y que si algo va en una
columna perdida de alguna página secundaria es porque
es menos importante o no vale la pena. En mi país recibió
sepultura un futbolista al que mató un rayo en la cancha,
mientras entrenaba con su equipo; esa muerte fue lamentada como
no ha sucedido con las muertes de millones de víctimas
de la violencia, porque los medios han enseñado que un
futbolista es más importante que cualquiera otra persona.
En una primera página apareció una espléndida
foto a colores de un jovencito, campeón mundial de patinaje,
acompañada de titulares e información de cuatro
columnas, mientras a una columna y con un titular perdido al
pie de la página, se daba cuenta de dos premios de ciencia.
Ese día el periódico enseñó que son
más importantes las hazañas del músculo
que las del cerebro. Se educa, en efecto, al priorizar.
También se educa cuando ante los problemas expuestos por
los medios - sean los de la economía, los de la política,
los de la violencia o los de la corrupción, el receptor
concluye que no hay nada que hacer; o que hay soluciones que
se deben buscar. Conducir en una de esas dos direcciones, la
de la resignación y la pasividad, o la de la rebeldía
y la acción, es educar. Es parte de ese poder por el que
hay que responder.
También se educa cuando se señala y se destaca,
y lo hacemos los periodistas en todos nuestros relatos llenos
de rambos, de pícaros inteligentes, de tramposos hábiles,
o de víctimas que reclaman justicia, de honestos solitarios,
o de seres humanos espléndidos que viven para servir.
Es nuestro privilegio destacar a unos o a otros y generar las
consecuencias educativas que se siguen de esa relación.
En su paso por Bogotá, el corresponsal de guerra más
famoso del mundo, Ryszard Kapuscinski, le respondió a
un periodista que lo que él mira en la guerra es la ternura,
la solidaridad, la tolerancia y que sus personajes en la guerra
son los niños, los viejos y las mujeres embarazadas. Habría
podido decir, como muchos otros corresponsales, que se va a la
guerra para encontrar a los héroes, a los rambos, a los
amos de la fuerza y la crueldad, pero para este periodista polaco
la guerra, que es el albañal de la historia y el escenario
donde naufragan todas las razones para creer en el ser humano,
se convierte en un reto cuando, como quien busca perlas en un
muladar, vuelve la mirada hacia lo que aún resta de humanidad
y de motivos para alentar la fe en el ser humano. Se educa, pues,
al señalar los valores o anti valores que aparecen en
la aventura humana.
En la educación formal se suele destacar un objetivo para
la acción pedagógica de los maestros: reforzar
la identidad personal y social del estudiante mediante el estudio
de la historia, el aprecio de los símbolos patrios, el
orgullo de las tradiciones nacionales. Se trata de un propósito
lúcido de construcción de una fuerte identidad
personal y nacional en momentos en que el huracán de la
globalización amenaza destruir fronteras, identidades
y culturas, para lograr una identidad única y masiva,
como base para la expansión de un mercado universal. El
poder educativo de los medios también abarca esta construcción
de una identidad nacional, o de una identidad sin tradiciones,
ni raíces, ni historia, propicia para la aparición
del consumidor universal, que no es él sino lo que quieren
venderle.
Hoy los países que sienten que están perdiendo
su identidad nacional y que, por tanto, comprueban que son como
árboles sin raíces, lo mismo que los que se sienten
más sólidos y poderosos en su tierra merced a una
fuerte identidad nacional, saben que lo deben, en buena parte,
a la tarea educadora de los medios.
Es forzoso concluir, a la vista de los anteriores ejemplos, que
no hay comunicación sin efecto y que, al informar educamos
porque la noticia lleva consigo un potencial educativo tan real
como el que tienen las semillas en las que siempre se presiente
un árbol dormido. Así como ese árbol es
responsabilidad del que siembra y cuida la semilla, los periodistas
debemos una respuesta por el potencial educativo que encierra
toda noticia.
-
- El poder de transformar la realidad
-
- Hay algo más. También tenemos
que responder por los efectos de la información sobre
la realidad.
Un antiguo compañero de trabajo de Albert Einstein, es
hoy un anciano científico de 91 años llamado John
Wheeler a quien el mundo de la ciencia recuerda como el que le
dio nombre a esas concentraciones de materia que se dan en el
espacio y que son tan intensas que absorben la luz. El las llamó
agujeros negros. Hoy este investigador ha planteado una hipótesis
que se esfuerza por comprobar y es que cuando el hombre observa,
cambia la realidad que observa; por este camino llega a una afirmación
estremecedora por la fuerza poética que contiene: con
sus observaciones del espacio, el hombre puede cambiar el rumbo
de las estrellas. Llegue a demostrarse o no la audaz teoría
del científico, lo cierto y experimentado por los periodistas
es que, al informar, introducimos un cambio en la realidad. Es
un poder que el periodista encuentra en el origen de sus mayores
satisfacciones profesionales. He visto brillar de orgullo los
ojos de más de un viejo periodista deportivo al recordar
que aquel jovencito enclenque e indisciplinado que él
vió llegar a las canchas, comenzó a crecer desde
el momento en que él lo observó, lo estimuló
y lo acompañó en una carrera de triunfos.
Acabo de leer la autobiografía de Gabriel García
Márquez y allí encontré a un joven provinciano,
tímido, pobre y de pésimo gusto para vestir, que
cuando vio publicado su primer cuento, desplegado en la página
principal de un suplemento literario, sintió que su vida
cambiaba, y que entre las posibilidades que había contemplado
- había querido ser cantante de vallenatos, también
se creía buen dibujante, había probado como vendedor
de enciclopedias, soñaba con la vida libre y poética
de los cirqueros,- pero ese día, ante el periódico
con su cuento - que no había comprado porque no disponía
de los cinco pesos para hacerlo, sino que alguien se lo había
prestado,- ese día, digo, se abrió para él
su compromiso de escritor, porque alguien, el periodista Eduardo
Zalamea, había detenido su mirada en él y había
cambiado de modo definitivo el rumbo de una estrella. La experiencia
de cualquiera de los periodistas que estamos en esta sala, está
iluminada por el recuerdo de los momentos en que, al informar,
hemos cambiado vidas, para bien o para mal. Es un poder que usamos
para orientar en cualquiera de esas dos direcciones extremas.
Desarrollarlo, en beneficio de las personas y de la sociedad,
es una responsabilidad profesional y ética que ha inspirado
los más brillantes progresos en el ejercicio periodístico.
-
- El poder de proponer
-
- Uno de esos progresos es la práctica
de incluir en las noticias una propuesta de solución,
que corrige un tratamiento común en la información
periodística, me refiero a esa clase de noticias que parece
regodearse en la descripción de los problemas y que no
aporta soluciones; o cuando lo hace no le imprime el mismo entusiasmo
con que se describen problemas, catástrofes y tragedias.
El poder de cambiar la realidad encuentra un límite en
la inconsciencia sobre el poder renovador y constructor de la
palabra y de la información.
Vuelvo al caso de la información sobre una tragedia: una
inundación, por ejemplo. La tendencia más común
se encuentra en la nota que describe en todo detalle el hecho
trágico, que da voz a las víctimas, que clama por
ayudas y pone punto final, cuando la expresión del drama
llega a su punto máximo. Ese punto final debería
cambiarse por un punto y aparte, porque después de mirar
el problema es el momento para emprender la búsqueda de
soluciones; la realidad de una tragedia no solo abarca la tragedia
misma y sus causas, también comprende las posibilidades
de solución; porque no hay problema tan grave y tan complejo,
que no tenga una solución o, al menos, una posibilidad
de solución. Al final de los más largos y oscuros
túneles siempre hay una luz, o al menos una chispa; esa
es la que el periodista debe buscar, encontrar y mostrar, para
que su información quede completa.
El trabajo de un periodista se enriquece cuando, descrita la
tragedia, se pregunta: ¿qué salidas, qué
soluciones puede tener esta situación? Y guiado por esa
pregunta busca a quienes pueden dar la respuesta, o los urge
para que la investiguen: son autoridades, son especialistas,
son expertos que antes han tratado situaciones parecidas, son
investigadores, son protagonistas de tragedias o casos anteriores.
Cualquiera de ellos o todos ellos, tienen esa chispa, esa ceja
de luz que indica que las tinieblas tienen un límite.
Hacer una información completa significa dar a conocer
también esta parte de la realidad.
Un efecto es el que produce un sensacional relato de un problema,
ilustrado con fotografías, infografías, estadísticas
y voces de las víctimas. Cuando se termina la lectura
de una información así, se tiene una clara conciencia
de que la tragedia o el problema lo son todo. Otro efecto es
el que logra ese mismo relato detallado, pero seguido de una
búsqueda de soluciones y salidas: este texto no le deja
lugar a la resignación, ni a la sensación de derrota
o de impotencia, por el contrario, lo que se apoderará
de la mente de los lectores es la certeza de que no todo está
perdido, de que aún resta mucho por hacer, de que los
riesgos pueden ser conjurados, de que sobre las ruinas de un
desastre o de un sufrimiento, se puede comenzar a construir.
Definitivamente, amigos, hay un periodismo pasivo, que se limita
a reflejar la realidad de un modo mecánico, como un espejo:
es el que hacen periodistas y medios convencidos de que la realidad
es eso, lo que captan sus sentidos, como si esa fuera la única
posibilidad de conocimiento. Un periodismo de esa clase, aporta
sensaciones, pero no conocimiento; transmite reacciones, pero
no pensamientos. Es el periodismo de sensación, tan trivial
y efímero que ni siquiera sobrevive en el recuerdo de
sus lectores, porque como con las sensaciones pasa que unas sepultan
a las otras y todas acaban como material de los olvidos.
Y hay otro periodismo que, inspirado en la certidumbre de que
puede cambiar la realidad, aprovecha cada noticia para hacer
un mundo diferente, con la sola fuerza del conocimiento de la
realidad completa. Este periodismo sabe que una sociedad a la
que sólo se le cuentan sus males queda sumergida en las
aguas espesas de su pesimismo y de su resignación. Una
sociedad que, en cambio, junto con sus males, ve las posibilidades
para solucionarlos, se mantiene viva, activa, dispuesta al progreso
y, sobre todo, digna. Este periodismo activo no quiere ser responsable
del peor mal que puede afectar a la sociedad, que es la resignación
colectiva; por eso convierte la información en un argumento
contra la pasividad y en una invitación a la insurgencia
contra el mal, o contra la corrupción, contra la muerte,
o contra el pesimismo y la derrota.
-
- La evolución de la noticia
-
- Este periodismo no se ha dado como resultado
de una inspiración momentánea o personal, es el
producto de una evolución en la conciencia de periodistas
y de medios, sobre el concepto de la noticia.
La idea de noticia ha cambiado desde la concepción pequeña
que imperó a finales del siglo XIX y en los primeros decenios
del siglo XX. Entonces la noticia se definía como el primer
relato de todo lo nuevo, lo extraño, lo pintoresco o lo
inesperado. De todo el inmenso campo de la realidad y de la historia
de cada día, el periodismo sólo valoraba como noticia
una parte ínfima: la de los hechos extraños. La
vida de la sociedad, los hechos políticos o económicos,
los proyectos o los fracasos de los hombres, nada de eso era
noticia, salvo que diera material para una denuncia, que resultó
ser un elemento atractivo para los lectores que amaban ver caer
a los corruptos, sobre todo si se trataba de encumbrados funcionarios.
Ese limitado concepto de la noticia fue sometido a un severo
examen en 1934 por Mac Dougall cuando opinó que el periódico
no debería limitarse a contar rarezas o a denunciar porque,
además, debía responder a las preguntas de toda
clase que los lectores se hacen en los autobuses, en la calle
o en el hogar. La agenda noticiosa de los periódicos comenzó
a ampliarse, pero exigió de los periodistas el trabajo
exigente de descubrir las siempre cambiantes preocupaciones de
los lectores.
Sin embargo, fue un libro sobre la historia del periodismo de
Estados Unidos, de John Tebell, el que le abrió a la noticia
el horizonte más ancho cuando afirmó que la noticia
no es lo que pasó, ni lo que está pasando, sino
lo que ocurrirá. En ese año de 1960 el futuro comenzó
a ser material de la noticia, para los periodistas que lograron
superar unos difíciles obstáculos mentales.
El poder de leer el futuro
-
- El primero, la persuasión de que
incursionar en el futuro era lo mismo que opinar, lo que exponía
al periodista a quebrantar el viejo mandamiento que prohibe opinar
al informar.
El otro obstáculo ha sido la idea de que al futuro sólo
se llega por la vía de la especulación, y ningún
periodismo serio acepta la especulación como mecanismo
para la información.
Sortearon esos dos obstáculos los que tuvieron la lucidez
de entender que no hay hechos sin consecuencias y que averiguar
esas consecuencias es adentrarse en las aguas cenagosas del futuro
con la misma determinación con que el científico,
con la ayuda de las cadenas de causalidades, prevé esas
consecuencias de los hechos. Cualquier investigación científica,
en efecto, parte de la comprobación de las causas que
siempre producen los mismos efectos, en un encadenamiento que
les permite anunciar lo que pasará. Para el científico
el futuro no es ni carga, ni condena, ni es totalmente misterio
o total imprevisibilidad, no es el fardo que los dioses, el azar,
o un destino ciego arrojan sobre las espaldas de los hombres;
el futuro es creación del ser humano, es el resultado
de sus acciones, es su hechura y responsabilidad.
Los periodistas que han descubierto esta posibilidad de la noticia
han tenido que vencer sus complejos de inferioridad frente a
lo científico y valorar su profesión como un ejercicio
de precisión científica. La noticia es incompleta
si no contempla la dimensión futura de los hechos y esta
se le revela al periodista que conoce tan cabalmente los hechos,
que puede afirmar cuáles serán las consecuencias
que necesariamente se seguirán de un hecho determinado,
con la misma certeza con que el científico prevé
las reacciones de una sustancia en condiciones dadas, o con que
el experto en los fenómenos de la economía puede
prever los movimientos de la bolsa.
-
- El poder de inducir el futuro
-
- Aún más ambiciosos son los
periodistas que hoy hacen noticias con el convencimiento de que
no sólo conocen el futuro de los hechos, sino que disponen
de medios para inducir ese futuro.
El periodista brasileño, Geraldinho Vieira, cuando formuló
su propuesta de la noticia que incluye investigación de
soluciones, avanzó en esa dirección del futuro
inducido por el periodista. Investigar una solución es
poner en marcha una posibilidad, que es tanto como abrirle cauces
al futuro.
Una es la versión de una catástrofe cuando se limita
a contarla, sin más, y otra la visión de ese problema
cuando va seguida por la investigación sobre las posibilidades
de solución. En el primer caso el lector no ve más
allá de la tragedia y de la desesperación; en el
segundo, se abre una ceja de luz, la de lo posible; y lo posible
mostrado y descrito es el material con que los hombres y los
pueblos construyen la esperanza. Y aquí está la
clave del periodismo que requieren nuestros países en
crisis, en el comienzo de este nuevo siglo.
-
- Lo posible y la esperanza
-
- Esperar es tener fe en lo posible, es,
según Kierkegaard, "el apasionamiento por lo posible."
El padre de la sociología contemporánea, Max Weber,
con los pies bien puestos en la tierra, llegó a comprobar
que lo imposible se hace posible cuando hay hombres que creen
en lo posible. Hay una energía latente, que parece activarse
cuando los seres humanos, después de explorar soluciones
deciden que algo es posible. Una sentencia de Heráclito
revela que "el que no espera lo inesperado no lo encontrará."
Es una energía de lo posible y de la esperanza, que ya
ha movido las más audaces de las causas: el descubrimiento
de un nuevo camino hacia las Indias comenzó cuando alguien
soñó y se convenció de que era posible;
lo mismo ocurrió con el primero que soñó
la aventura espacial; y como ellos, incontables seres humanos
transforman sus vidas y la de su sociedad, con esa fe en lo posible.
Y este es un proceso que se pone en marcha con una información
completa, que es la que ofrece el periodista, cuando después
del relato de los múltiples hechos tristes de nuestro
tiempo, muestra las posibilidades que atraviesan todas las realidades.
Esta es, sin duda, la tarea más necesaria y alta que debe
cumplir la prensa en países en crisis.
Cuando John Tebbel en 1960 decía que noticia es lo que
ocurrirá, quizás solo pensaba en el deber de examinar
las consecuencias de cada hecho; la práctica está
demostrando que asomarse al futuro de la noticia, trae aparejado
el poder de explorar las soluciones posibles, y que cuando en
el futuro se divisan las posibilidades, hay esperanza. Ese es
el gran aporte que la prensa le está debiendo a la sociedad
de nuestro tiempo: la esperanza.
Recientemente pasó por mi país el director del
único periódico que sobrevivió en medio
de la guerra que destruyó a Sarajevo. Slatko Dizdarevic
revivió un momento inolvidable para él y para el
personal del periódico Liberación. Después
del incendio , en el que se volvieron cenizas y humo los esfuerzos
de estos periodistas a lo largo de más de 30 años
- las nuevas instalaciones, la maquinaria, el archivo moderno,
los habían disfrutado diez años. Pero no tuvieron
tiempo para lamentarlo porque los absorbió la pregunta
sobre lo que debían hacer, y la decisión fue audaz
y unánime: el periódico debía circular al
día siguiente. Con equipos alquilados prepararon la edición
del día siguiente y toda la redacción salió
a la calle a vender el periódico que las bombas, las balas
y las llamas no habían podido silenciar. Entonces vieron
a los habitantes de Sarajevo hacer largas filas para comprar
su diario.
-Yo sabía, dijo Slatko, que muchas de esas personas sólo
tenían dinero o para comprar el periódico o para
comprar el pan, pero no las dos cosas. Y prefirieron llevar el
periódico.
-Le interrumpí para preguntarle: ¿y esa preferencia
cómo se explica?
Y él me dijo: porque en medio de una guerra la gente puede
vivir sin pan, pero no sin esperanza.
Eso es lo que les estamos debiendo a nuestras sociedades en crisis:
una ración de esperanza.
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