Revista Chasqui
  Ensayos

Octavio Peláez, colombiano, periodista, docente en la Universidad San Francisco de Quito.
E-mail: <octavio@mail.usfq.edu.ec>

¿Los medios de comunicación son un peligro?

El periodista francés Serge Halimi, nacido en Túnez y duro crítico de la actividad periodística, en su obra "Les nouveaux chiens de gard" (Los nuevos perros guardianes). Aparece un poco, en el sector de los medios de Francia, como el periodista que "hace ascos a lo bueno" de la profesión y que delata a sus colegas.

Los medios de comunicación constituyen una amenaza para la sociedad actual. Soportan un estado patológico sin precedentes y lo malo es que transmiten esta perversión al entorno de la cultura, de la política, de la judicatura y, en fin, a todo lo que tocan.

Con estas palabras iniciaba José Beaumont una reseña publicada en 1997 en el diario El País, de Madrid, al libro del sociólogo Pierre Bordieu sobre la televisión.

Bordieu, como Chomsky, como Habermas, como Marcuse, como tantos otros, pertenece a esa larga lista de intelectuales que en la última mitad de siglo se han dedicado a alertar sobre el peligro que engendra el poder que han tomado los medios de comunicación masiva.

En un ensayo publicado en Le Monde diplomatique, del cual es su Director de la Redacción, Ignacio Ramonet indicaba hace unos años cómo el grado de confiabilidad de la prensa en Francia había descendido del 56% al 45%, mientras que el de la televisión había disminuido desde un 60% hasta el mismo 45%. Advierte Ramonet, en su artículo, que: "la prensa, que a lo largo de la historia ha construido un contrapoder político, tiende ahora a identificarse con el mismo poder y los ciudadanos tienen la impresión de que los periodistas están dependiendo del mercado y la publicidad y, en suma, de la fuerza del dinero".
 
Las rectificaciones no son nunca tan leídas como la infamia original, pero tienen en cambio el encanto de ser ciertas
 
El cuarto poder
 
¿Cuándo se operó ese cambio? Malhadada la hora en que alguien (ni sé, ni quiero saber precisamente quién fue), decidió calificar a la prensa como "El cuarto poder". Cuarto, claro, para sumarse al político, al eclesiástico y al militar, poderes tradicionales de la efemérides humana.

Malhadada tal hora, retomo, pues desde entonces una turba de elementos de toda clase de extracción y cultura sintieron que se les abrían en este oficio las puertas del poder que tal vez en los otros tres les hubieran sido refractarias. Y decidieron sustituir a esa pléyade de pioneros de esta sagrada profesión, auténticos intelectuales que bebieron la Ética desde Aristóteles hasta Ortega y Gasset, para engendrar el facilismo de la información manoseada, dirigida, obsecuente e intencional.

No nos extrañe, entonces, que la prensa pierda día a día credibilidad, y que ese tan cacareado "poder" sea cada día más relativo.

Y simplemente para corroborar los datos antes citados, sobre la pérdida de confianza del ciudadano hacia los medios de comunicación, permítanme citar que el noticiero de la cadena ecuatoriana ECUAVISA, el 2 de mayo de 2002, se informaba sobre alguna encuesta o estudio según el cual, el índice de la credibilidad de la gente en la televisión ha descendido en el Ecuador hasta algo así como un 30 por ciento.

Habrá ­de todas maneras­ que comprobar tal estudio, pues ya sabemos que algunos de nuestros "sacrosantos" y venerados maestros de la "investigación", deciden los resultados de sus encuestas reunidos en sus vetustas oficinas frente a sus aún más vetustos escritorios. Nuestro índice personal de credibilidad frente a los "encuestadores" (especialmente si además de ello fungen como "asesores de imagen", "consultores políticos" y cosas parecidas ....es muy bajo. Bastante más bajo que el que los ecuatorianos promedio tienen en sus medios de comunicación).

Hasta aquí el problem
 
a. Me parece innecesario el llover sobre mojado y creo más bien, constructivo, el tratar de recordar (recordar, insisto, que aquí nadie se ha inventado nada) algunas propuestas Éticas y Deontológicas que tal vez pudieran servir para acercar más al comunicador y al ciudadano, y recuperar entonces aunque sea un poco de esa fe perdida.
 
Código Deontológico Internacional
 
Históricamente ­hasta donde yo puedo precisarlo­, los intentos de asumir y poner en práctica un código deontológico internacional de periodismo, se remontan a 1948, cuando la ONU celebró en Ginebra la "Conferencia de las Naciones Unidas sobre Libertad de Información".
Malos aires. Malos tiempos. Malos resultados.

La conflictividad social y política que envolvía al mundo en esos tiempos de guerra fría, hizo que cuatro o más años de esfuerzos, propuestas, comisiones, borradores y toda la demás parafernalia acostumbrada, terminarán en 0 resultados.

Años más tarde, tal vez en la década de los setenta, la UNESCO decidió recopilar los códigos con que se rige el periodismo en casi medio centenar de países y trabajar con ellos hasta convertirlos en los "Principios Internacionales de ética profesional del periodismo" aprobado por su Asamblea en París en 1983. Lindo y poético pero inoperante.

Inoperante en un mundo en el que los intereses económicos pugnaban más por un periodismo "a lo Hearst", que por una profesión controlada por un puñado de normas de comportamiento social y de aceptación ciudadana.
Cientos de códigos y normativas
 
Como no hay ni el tiempo... ni el interés puntual en el tema, resumamos diciendo que hoy en día existen cientos ­tal vez miles­ de códigos y normativas para regir la actividad de los periodistas a lo largo y ancho de los cuatro puntos cardinales. Prácticamente no hay un medio de comunicación que se respete en el mundo, que no haya dictado su propio "libro blanco", "libro de estilo", "normativo deontológico", "manual de redacción", "código ético", "manual de comportamiento" o cualquier otro documento de parecida índole.
Pero ...¿se cumplen? Mucho me temo que no.

Los intereses económicos, el "síndrome de la chiva (primicia)", el facilismo del "éxito" basado en escándalos, terminan siempre primando sobre cualquier manual o código, que acaban siendo, en la práctica, solo seguidos por profesores y estudiantes de comunicación, de esos que "soñamos" con una realidad bien distinta de la que se vive en el diario vaivén profesional.

Hace alrededor de un año la revista colombiana SEMANA publicó un artículo de Antonio Caballero ­comunistoide él, izquierdoso ... pero serio y veraz­ en donde se quejaba de que la sección "Teléfono Rosa" (de chismes, la más leída del diario EL TIEMPO de Bogotá) se negaba a rectificar una malintencionada y mentirosa nota publicada dos veces en un mismo año. Terminaba diciendo Caballero (repito de memoria, no lo estoy citando), que "las rectificaciones no son nunca tan leídas como la infamia original, pero que tienen en cambio el encanto de ser ciertas".

La prensa, que a lo largo de la historia ha construido un contrapoder político, tiende ahora a identificarse con el mismo poder
 
No es extraño, entonces, que el ciudadano común se sienta cada vez más lejano de sus medios de comunicación y confíe cada vez menos en ellos.
Leyes o normas, dictados por Estados o Gobiernos, serían impensables en esta profesión que tan orgullosamente puja por su "libertad", así esta sea bastante mal entendida. Prefiero pasar por alto el tema, pues podríamos polemizar por horas al respecto.

No queda más que la autoregulación
 
No queda entonces otro camino que la Autorregulación: el control particular e individualizado de cada periodista sobre lo que dice, expone, investiga, e incluso reproduce.

"Solo desde la fuerza que da la responsabilidad se puede demostrar la ineficacia o lo innecesario de otras formas de control" dice José Ignacio Bel Mallen en su Diccionario de la Ciencia y técnicas de la comunicación.
La autorregulación tiene que distinguirse muy bien de cualquier intento de regulación o injerencia externas. Y también tiene que diferenciarse muy bien de la autocensura, que es impuesta por el miedo a los poderosos o por el interés indebido de adular buscando conseguir algo de ello. Un periodista que es cortado, editado o cambiado por su editor, jefe de redacción o propietario del medio en el que trabaja, ya no se está autorregulándose: está siendo censurado.

Pero tal autorregulación exige, por lo tanto, que el periodista sea dueño de una Ética y una deontología acordes con los bienes y valores de la comunicación y la sociedad que le rodea. En otras palabras, exige que tenga clara conciencia de eso que llamamos "ciudadanía".

Hugo Aznar asegura en su magnífico libro "Ética y Periodismo", que "la mejora de la estimación pública de la actividad de los periodistas pasa necesariamente por la autorregulación, ya que ésta es la manifestación más clara de su compromiso de servicio a la sociedad".
 
Espacio de honor y distinción
 
El periodista que logra evitar el maniqueísmo y la decisión unipersonal de un código único de lo moral y de lo que cree justo, y que busca entonces la confrontación, el diálogo y el acuerdo entre el mayor número posible de puntos de vista, se acerca entonces sí muy de verdad a ocupar un espacio de honor y distinción ante la ciudadanía.

Esto solo se logra con la conciencia clara de las propias limitaciones y de la posibilidad que todos tenemos de caer en el error, y por lo tanto de corregir o rectificar si hubiese necesidad de ello.

El periodista, como guía de una comunidad, debe estar presto a los cambios de rumbo y hasta de criterio, cuando las situaciones y el bien de la comunidad así lo exijan.

Todo ese hablar de la responsabilidad del comunicador como ciudadano, como miembro de una comunidad, ha dado origen ya hoy en día a toda una especialización de la profesión. "Periodismo cívico" es el nombre de una cátedra que hoy se dicta en varias universidades y centros de formación en comunicación en varios países. En mi afectiva y geográficamente cercana Colombia, es dictada en instituciones como la Universidad de La Sabana y la Universidad Minuto de Dios. Incluso ya hay una especialización en "Periodismo y comunicación cívicos".

Se realizan estudios al respecto y ya hay hasta uno que otro libro referente al tema. ¿Qué se busca? Recuperar el espacio perdido brindándole espacios de participación a los ciudadanos desilusionados de la "libertad de expresión" que con frecuencia confundimos con la libertad de información, mucho más difícil de lograr.

Ediciones sectoriales
 
De ahí el auge de las "ediciones sectoriales" (no solo en prensa escrita: también las hay en radio, televisión y hasta Internet). Se pretende con ellas ser mejores ciudadanos, acercarse más a un grupo concreto de la población, promover en él la autogestión, velar por sus intereses particulares y resarcirle por los tantos años de olvido y despreocupación.

Todo magnífico en teoría, si no estuviésemos de por medio los seres humanos con todas nuestras inseguridades y variaciones.

¿Realmente se llega a esa comunicación participativa? ¿Sí sirven los medios sectoriales dirigidos para crear y/o cambiar actitudes ciudadanas? ¿Se promueve, en verdad, el diálogo ciudadano? ¿Se construye democracia y cultura deliberantes?

O todas esas cosas ­digo yo, malcriado que soy­ ¿son solo disculpas para recuperar el poder perdido y compensarnos económicamente ante la pérdida de credibilidad que hemos sufrido?
Yo no tengo la respuesta. Solo un inmenso mar de dudas: algunas de ellas cínicas y otras, tal vez, metódicas. Siento una inmensa necesidad de análisis y reflexión sobre estos temas, que quisiera compartir con alguna gente, joven sobre todo, sinceramente interesada en llevar a cabo una revolución de los medios de comunicación para aportar desde nuestro horizonte, un cambio real y positivo de la sociedad.
Una preocupación subyacente
 
Me preocupa ­y mucho­ que esa moda de periodismo sectorial (que no cívico), convierta un día en realidad el provincialismo que anticipa Humberto Eco en su "Crítica del Periodismo", cuando dice:

"...el periódico hecho en casa podría decir solamente aquello en lo que el usuario está ya interesado de antemano y lo alejaría de un flujo de informaciones, juicios y alarmas que habrían podido llamar su atención; le quitaría la posibilidad de atrapar, hojeando el resto del periódico, la noticia inesperada y no deseada. Tendríamos por tanto una elite de usuarios informadísimos, que saben dónde y cuándo buscar la noticia, y una masa de subproletarios de la información, satisfechos con saber solamente que en los alrededores nació un becerro de dos cabezas: es lo que ya sucede en los diarios del 'midle west' estadounidense".
Cientos de códigos rigen la actividad de los periodistas, pero...¿se cumplen?
 
¿Debemos, entonces, fomentar ese tipo de ciudadanía provinciana y chauvinista, que haga al individuo interesarse en el becerro de dos cabezas nacido en su vecindario, mientras ignora que el hombre ya habita una estación espacial? Creo que no.

La propuesta es promover un concepto de ciudadanía universal, de habitantes del universo. Crear conciencia y motivar el diálogo y la participación para las problemáticas generales, no sectoriales.
 
¿Un decálogo de 11 mandamientos?
 
Tal vez ­y conste que digo tal vez­ esté llegando la hora de poner en práctica un periodismo cívico, o ciudadano, o como quiera llamársele, que tenga como paradigmas algunos ­o todos­ los elementos que Gladis Daza Hernández enlista en su ensayo "Hacia una concepción del periodismo cívico participativo", y que son, entre otros:
· Libertad real de expresión y opinión.
· Deliberación dialógica.
· Derecho a la información y a la comunicación.
· Pluralidad ideológica y de opiniones.
· Respeto a las diferencias.
· Prioridad del interés colectivo en todas las dimensiones humanas.
· Búsqueda de la verdad y la equidad.
· Información como bien público.
· Promoción de la convivencia social como dimensión de una cultura política.
· Amplia divulgación de los hechos cuyunturales.
· Función mediadora para dirimir los conflictos.
Aplicar estos objetivos en la comunicación y la información actuales, ampliaría y reforzaría un verdadero criterio de ciudadanía, más universal y acorde con el mundo actual. Nos haría más plurales y menos limitados por los viejos conceptos de ciudadanías, nos abriría los panoramas hacia el mundo y reforzaría nuestras libertades.
 

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