Revista Chasqui
  Cine
 Ecuador y América Latina
¿Es su cine escaso y de mala calidad?

 Sebastián Cordero, Cineasta ecuatoriano

Históricamente, el cine ha funcionado siempre en muchos niveles. Inicialmente creado como curiosidad y tal vez como una forma de capturar y reflejar una identidad, rápidamente se desarrolló al convertirse en una forma de entretenimiento económico para el público y sobre todo, rentable para los productores. El cine tiene una fuerza muy grande, que ocasionalmente se ha usado con sabiduría al fomentar la identidad y diversidad cultural, pero también ha sido objeto de abuso, al mezclarlo con propaganda política e ideológica. Sin embargo, algo con lo que todo director, productor o escritor de cine juega, es con la necesidad de entretener al público que asiste a una sala de cine para distraerse unos momentos de su cotidianeidad

La película ecuatoriana más exitosa sería un fracaso económico a nivel local.

Hoy en día existe en el mundo un nivel mínimo de calidad y creo que un porcentaje de cine latino lo alcanza. Sin embargo, mucha gente tiene prejuicios en cuanto al cine producido en Latinoamérica, empezando por el público, quien definitivamente prefiere una superproducción norteamericana o europea. Existe un problema en cuanto a la imagen y percepción que tenemos los latinos acerca de nuestro propio cine y éste es el obstáculo más grande que enfrentan los cineastas locales al momento de exhibir sus películas.

Latinoamérica tiene un mercado potencial gigantesco, que todavía no ha sido explotado: no solo tenemos un idioma en común, sino que compartimos una misma identidad, además de problemas similares. No creo que falten películas para exhibirse; si solo tomamos en cuenta las que han participado en los festivales de cine latinoamericano este año, se podrían estrenar una o dos películas hispanoamericanas nuevas cada semana, y muchas de éstas merecen ser vistas. Cabe resaltar que el cine es una de las formas más efectivas para dar un sentimiento de identidad a una cultura, y el espectador definitivamente responde a esto.

Tradicionalmente, los cineastas latinos solemos culpar al cine norteamericano como causante de la falta de interés del público hacia nuestro cine. De hecho, la maquinaria de mercadeo que maneja la industria norteamericana es impresionante y achica cualquier tipo de publicidad a la que aspire una película latina. Sin embargo, es absurdo criticar a un tipo de cine por tener demasiado éxito.

En Estados Unidos, la competencia interna es gigante: dentro del cine independiente (inclusive el de los grandes estudios), hay muchas películas que nunca llegan a estrenarse y que tienen la misma suerte que cualquier película latina de festival sin distribución. Ellos han desarrollado un sistema de promoción muy exitoso a nivel mundial y esta inversión adicional (muchas veces más costosa inclusive que la misma película), la hacen porque resulta rentable. La competencia en definitiva, es favorable, siempre y cuando sea leal. Sigo haciendo cine en mi país porque creo que no es imposible que una película latina entre al mercado mundial; más aún, creo que es posible generar un mercado latinoamericano unificado y fuerte. Solo es cosa de tiempo para que esto suceda y todos salgamos favorecidos.

Financiamiento y producción:
¿hacia un cine auto-sustentable?

A nivel mundial, el cine se ha financiado de dos maneras: la primera es, tal vez la más obvia, que la industria cinematográfica ha probado ser muy rentable en muchos lugares del mundo; solo basta observar su desarrollo en Estados Unidos para darse cuenta de que esta forma de expresión existe principalmente porque es un buen negocio y no necesariamente por su valor cultural o artístico. Por otro lado, hay muchos tipos de cine que por una razón u otra no han logrado alcanzar esta rentabilidad y para que siga su producción necesitan algún tipo de subvención. Esta segunda opción implica razones de identidad, de cultura o de arte; la subvención puede provenir de fondos estatales, de fundaciones, empresas e inclusive de individuos dedicados a apoyar la cultura. Este tipo de mecenato ha tenido variantes en diferentes países, pero su meta siempre ha sido la misma: producir más cine.

Irónicamente, la calidad de las cintas que se producen no tiene ninguna relación con la forma cómo fueron financiadas. En el caso de la producción de filmes con fines de lucro, pueden existir presiones comerciales que pongan en peligro la integridad de la cinta. Vienen a mi mente los cambios de guión por las supuestas "preferencias del público", o el casting de un actor, no tanto por su capacidad de interpretación, cuanto por su popularidad. En el caso de las películas subvencionadas por algún mecenas, puede suceder que al no tener tanta necesidad por conquistar al público, la película peque de difícil, o sea accesible solo para un grupo pequeño de gente. Un crítico inglés me comentaba que en países como Francia, la industria cinematográfica de hoy está en una gran crisis porque el financiamiento es muy "accesible" para los productores, aunque sea muy reducido el público que vaya a ver sus películas.

La situación del cine Latinoamericano es peculiar, ya que muchas películas no llegan a ser rentables. Las películas consideradas "taquilleras" son sin duda pocas y sin ayuda estatal; incluso las que tienen esta ayuda, pueden tener graves problemas si no logran autosustentarse. En los últimos años, aun los países latinos que más producen se quejan de la escasa producción que ha habido recientemente; esto se debe en parte, a que mucho del cine subvencionado por el estado no ha sido rentable.

En Argentina, un país con una de las mejores leyes de cine en Latinoamérica, el fondo destinado a subsidiar las películas estrenadas este año no les alcanzó. En Brasil, el gobierno tuvo que cortar, hace varios años, todo el apoyo que daba a su cine, forzando a la producción local a disminuir radicalmente la cantidad de películas. Adicionalmente, hay varias películas de gran calidad que ni siquiera se han estrenado en sus propios países, ironía que sucede en México, Brasil, Bolivia, Venezuela, Argentina, entre otros.

Son raras las películas latinas de estos últimos dos años que han demostrado ser un buen negocio: "Sexo, Pudor y Lágrimas" (México), "Todo el Poder" (México), "La Estrategia del Caracol" (Colombia), "El Chacotero Sentimental" (Chile), o "Manuelita" (Argentina), películas de mucho éxito en sus propios países, pero son solo excepciones en una industria que no llega a ser del todo rentable. Lo que sí prueban estas pocas películas es que el público existe, y está dispuesto a ver cine latino si el tema le atrae lo suficiente. Y aquí viene el problema principal del cine latinoamericano: el público está convencido de que lo que producimos es de baja calidad, y en consecuencia no ve nuestro cine con la misma frecuencia que ve una película norteamericana.

En Estados Unidos, esta forma de expresión existe principalmente porque es un buen negocio y no necesariamente por su valor cultural o artístico.

El mercado cinematográfico ecuatoriano

Producir cine en el Ecuador es casi un milagro. Con un promedio de un largometraje cada tres años, hablar de una industria cinematográfica ecuatoriana es algo aún muy lejano. No existe ningún tipo de ayuda gubernamental para la producción, lo que dificulta mucho las cosas, pues el cine local no ha podido todavía ser rentable. "Ratas, Ratones, Rateros" ha logrado convocar a cerca de 110.000 espectadores en Quito y Guayaquil, con más de quince semanas en cartelera. Esto la convierte no solo en la película ecuatoriana más exitosa de la última década (y posiblemente de la anterior), sino también en una de las diez películas más taquilleras de los últimos años. Sin embargo, a pesar de tener tan buenos resultados y de haber tenido un costo relativamente bajo, inferior a US$ 250.000, la película va a ser un fracaso económico si no consigue una distribución importante en el extranjero, pues el mercado ecuatoriano no logra sustentar por sí solo al cine nacional. Con un boleto de cine que se promedia en menos de un dólar, la situación hoy en día es realmente dramática. A raíz de la terrible devaluación de nuestra ex-moneda el sucre, se ha dado una absurda guerra de precios entre los cines, que ha logrado mantener el boleto en Ecuador como el más bajo de Latinoamérica (excepto tal vez en Cuba), a pesar de tener uno de los porcentajes de asistencia mas altos del continente. Al dividir los ingresos entre productor y exhibidor, lo que queda a duras penas cubre una cuarta parte del costo de la película.

Puede parecer increíble que la película ecuatoriana más exitosa sea un fracaso económico a nivel local, por esta misma razón hay que poner la mira hacia afuera. De hecho, en el momento que el precio del boleto regrese al valor que tenía antes de la devaluación (hace un año y medio), se podrá contar con una película que genere entre cien y doscientos mil dólares en el Ecuador, con lo cual se cubriría un gran porcentaje de su costo (asumiendo que se trabajará con un presupuesto mínimo). Adicionalmente, en Ecuador se maneja mucho la venta de paquetes publicitarios o de auspicio a empresas interesadas en tener una imagen pública favorable, con lo cual se puede cubrir el porcentaje restante e inclusive tener ganancia. Cualquier venta adicional hacia el extranjero, pequeña o grande, sería también una ganancia. De cualquier manera, esta visión un poco optimista no cambia el hecho de que el cine es un negocio de alto riesgo (aquí y en todas partes).
En el caso de "Ratas, Ratones, Rateros", el éxito obtenido en el Ecuador responde a que el público local se vio retratado en la pantalla. Una película puede tener muchos ganchos, y siempre es esencial que el guión y la dirección sean sólidos, al igual que las actuaciones y el lado técnico, pero uno de los mayores atractivos para el espectador es el poder identificarse con personajes y situaciones familiares.

El tener una ley de cine o un apoyo estatal ayudaría mucho a minimizar el riesgo implícito en esta actividad, pero en las condiciones tan variables que tienen nuestros países, esta ley debe ser de alguna forma también auto-sustentable, de manera que logre perdurar. Entre las propuestas más interesantes que se discuten hasta ahora, se ha planteado el que un porcentaje de los impuestos a espectáculos públicos (por cierto, uno de los más altos en Latinoamérica, algo que se tienen que reducir ya) vaya hacia un fondo de producción local de cine. Habría que definir si un porcentaje de las ganancias de las películas deberían regresar a este fondo (algo lógico), de manera que se pueda continuar produciendo. Otra alternativa es que la empresa privada que invierte en una película (un producto cultural), pueda deducir esa inversión de sus impuestos. En realidad, fórmulas existen: es la burocracia y la corrupción de nuestros gobiernos lo que frena su realización. El único apoyo que brinda hoy el Estado al cine ecuatoriano es la exoneración de los impuestos altísimos que tienen los espectáculos públicos. Afortunadamente, los cines locales están interesados en mostrar películas ecuatorianas, ya que no existe un monopolio entre los exhibidores y los distribuidores. Esto no es así en toda Latino-américa, pero como en todo sistema de oferta y demanda, en el momento que el público demuestre más interés por nuestro cine, los distribuidores y exhibidores tendrán que mostrarlo.

¿Una visión demasiado optimista?

No haría cine en mi país si pensara que no hay un futuro positivo para esta industria. Creo que es esencial para todos los países latinos tener material en las pantallas con el que nos identifiquemos y por eso siento una cierta obligación y orgullo por tratar de desarrollar nuestra industria cinematográfica. La competencia es igual de dura en todo el mundo y entrar al mercado norteamericano o europeo no es fácil, ni para los cineastas de esos países. Por naturaleza, el cine implicará siempre un riesgo muy grande, pero el reto está en encontrar la manera de minimizar las posibilidades de fracaso para seguir produciendo y eso se aplica tanto a Ecuador como a Latinoamérica y el resto del mundo.

 

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