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Hay que nombrar la verdad
Ernesto Sábato
El hombre
de este tiempo vive delante de lo que acontece en el mundo entero.
Y lo hace a través de la mirada de los periodistas; ellos
son los testigos, quienes nos narran los acontecimientos. De
ellos depende el cariz con que interpretamos los hechos, el partido
que asumamos frente a lo que nos pasa como humanidad.
El periodista habrá de deponer su propia visión
de las cosas para abrirse a lo que sucede, comprendiendo que
son sus ojos y sus palabras las que llevarán a los demás
hombres la realidad de la que son parte. El periodista es así
testigo, mediador e intérprete. La suya es una tarea de
suprema responsabilidad.
A lo largo de los años en que fue gestándose mi
obra ensayística y literaria, yo mismo he colaborado con
los diarios de mi país y con importantes medios gráficos
de todo el mundo.
Desde hace más de medio siglo, esta profesión ha
estado íntimamente ligada a mi destino como escritor,
y ambas me han permitido expresar las incertidumbres de mi espíritu,
cuando trataba de hallar respuesta a las dudas que tanto me acosaban.
He realizado trabajos periodísticos cada vez que las situaciones
sociales lo exigían. Puede parecer contradictorio que
un hombre habituado al silencio y la demora que requiere el ensayo
y la literatura, sienta la necesidad, a su vez, de expresarse
a través de esa palabra inmediata, del instante, que caracteriza
a la escritura periodística.
Así también lo ha hecho Ortega, y otros genios
de la talla de Camus, Hemingway, Malraux, Sartre, Simone Weil,
y el propio Gandhi que, desde las columnas de un humilde y precario
periódico alentó su revolución espiritual,
el verdadero despertar del alma de su pueblo sometido.
Sucede que, ante determinados acontecimientos, todo intelectual
auténtico debe postergar su obra personal en favor de
la obra común, poniendo su voz al servicio de los hombres,
para ayudarlos a construir una nueva fe, una débil pero
genuina esperanza. Entonces, en el vertiginoso suceder de los
acontecimientos, la palabra que surge en respuesta logra evadir
su destino fugaz y perecedero.
En este sentido, quienes trabajamos con la palabra, escritores,
filósofos, periodistas, pensadores, y quienes a través
de sus imágenes hacen oír el clamor de tantas voces
silenciadas, todos nosotros, digo, más que una función
pedagógica, tenemos un deber ético con las sociedades.
Debemos restaurar el sentido de las grandes palabras deterioradas
por aquellos que intentan imponer un discurso único e
irrevocable.
El periodismo es un formador de opinión pública
que da un sentido crítico frente a los hechos de la vida.
Esta importante tradición creada en España por
Feijoo, en el siglo XVIII, fue luego continuada por Larra, por
Machado, por Unamuno. Basta alcanzar cualquiera de los escritos
que ellos nos dejaron para constatar su creencia en el acto de
nombrar la verdad.
Hoy, el periodismo debe reconciliarse con sus mejores señas
de identidad históricas por donde respire la libertad
de opinión y la capacidad imaginativa de sus intelectuales.
La prensa en estos últimos años ha adquirido una
notable expansión social y política, jerarquizada
por su labor en las áreas de investigación y cultura.
Quienes tienen en su poder el funcionamiento de los grandes medios,
han de permanentemente tomar conciencia de la gran transformación
a la que pueden contribuir. Capacitados, como están, para
intervenir en las graves necesidades a las que estos tiempos
nos está enfrentando.
Los revolucionarios avances tecnológicos han acrecentado
la enorme influencia que el periodismo, y los medios de comunicación,
en general, poseen sobre la conciencia de la gente. Sin duda
son actualmente uno de los principales formadores.
Por la magnitud de su alcance, este poder es a veces utilizado
por quienes pretenden perpetuar la hegemonía de un modelo
único, sin alternativa. Imponiéndonos el yugo de
una obscena globalización que justifica el sufrimiento
de millones de hombres y mujeres, a la vez que nos relegan en
una sensación de impotencia perpetua e inevitable.
La sociedad está a tal punto golpeada por la injusticia
y el dolor; su espíritu ha sido corroído tan a
menudo por la impunidad, que se vuelve casi imposible la transmisión
de valores a las nuevas generaciones. Sin embargo, la enorme
posibilidad de modificar el aciago rumbo que venimos llevando
se halla presente en el alcance ilimitado que los medios de comunicación
poseen sobre la formación de conciencia de niños,
hombres y mujeres.
Es esta una gran misión que puede llevar a cabo el verdadero
periodismo, como lo está demostrando cada vez que con
peligro y en situaciones de precariedad nos ha acercado a lo
que acontece en el mundo. En todas sus manifestaciones, la actividad
periodística debe consagrarse en un compromiso ético
que responda al desgarro de miles de hombres y mujeres, cuyas
vidas han sido reducidas al silencio a través de las armas,
la violencia y la exclusión social.
A todos ustedes, desde mi condición de escritor, quiero
expresarles mi reconocimiento por contribuir a expresar el sacrificio,
el dolor, la incertidumbre, pero también la esperanza
y el coraje de una humanidad que se resiste a desaparecer.
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