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¿Por qué
Harry Potter?
- Harry Potter es el fenómeno
más notable en el campo de la literatura infantil y juvenil
de finales del siglo XX y comienzos del XXI
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- Lou San Wa, protegida contra la epidemia
neumónica con su mascarilla, lee un Harry Potter en una
librería de Hong Kong, con estanterías repletas
de ejemplares de esa historia como telón de fondo. La
imagen trasmitida a todo el mundo por una agencia noticiosa da
cuenta de la universalidad del fenómeno "Harry Potter".
Son los días del lanzamiento del último libro del
ciclo en su edición norteamericana en la fabulosa cantidad
de ocho millones y medio de ejemplares. Y cientos de miles de
pequeños lectores -y grandes también- esperan ávidamente
esas nuevas peripecias del joven aprendiz de mago. ¿Por
qué todo esto, que hace de Harry Potter el fenómento
más notable en el campo de la literatura infantil y juvenil
de finales del siglo XX y comienzos del XXI? ¿Por qué
Harry Potter?
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El
primer Harry Potter se defendía solo
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- El primer libro de lo que parecía
quedar abierto a segundas y terceras partes debió defenderse
solo. Tenía con qué. Su autora, J. K. Rowling,
lucía buen oficio de narradora: sabía crear interés
y sostenerlo, llevándolo a sus tiempos a momentos de clímax
-que es en lo que en substancia consiste un buen contar-. Y había
algo más que parecía ofrecer suculentas posibilidades
narrativas: se comenzaba a beneficiar una cantera riquísima,
el mundo de magia y magos. Y a ese mundo se le había creado
un espacio aprovechándose de uno ilustre, esos góticos
recintos escolares ingleses. Allí, en ese Colegio Hogwarts
de Magia y Hechicería podía aparecer cualquier
personaje, por extraño que pareciese, y suceder cualquier
cosa. Detrás quedaba el otro mundo, el de los buenos burgueses
y su chato sentido común -los "muggles" del
libro (tratados tíos y primo de Harry del modo más
maniqueo)-. Faltaba el héroe -que en este tipo de relatos
es el as de diamantes- y Rowling sacó a esa escena rica
de ambientes a un simpatiquísimo héroe entre infantil
y juvenil: tímido y medio despistado tras sus redondos
espejuelos, pero signado con una marca que le merece respeto
de todos los magos, la del único a quien no pudo matar
el perverso y poderosísimo Voldemort. Un héroe
siempre en riesgo -riesgo que en el tercer libro de la serie,
el del Prisionero de Azkaban, cobra especial dramatismo-, pero
siempre victorioso. Junto al héroe venía bien una
pequeña pandilla, y se la dio. Y le proveyó de
un envidioso rival y su grupo. Y para que nada faltase de cuanto
pudiese emocionar a audiencias juveniles, se creó un deporte
con sus tensos y violentos torneos: ese "quidditch"
que se juega a velocidades de vértigo, cada joven jugador
en su escoba mágica. Y, claro, Harry era el goleador.
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- En fin, todo esto hacía un magnífico
relato. No una obra maestra de la literatura para niños
y jóvenes: falto de hondura y lastrado de maniqueísmo
y efectismo -síntomas de un narrador más utilitario
que libre y poderoso.
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- La serie, nueva clave de éxito
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- Harry Potter y la piedra filosofal tuvo
buena acogida y abrió una serie. Esa fue otra clave del
creciente éxito que iba a conocer.
Los ciclos vienen de muy lejos. Del siglo XII y el Ciclo Bretón.
El éxito de una de esas historias heroicas y fabulosas
en verso invitaba a realizar continuaciones con los héroes
ya conocidos, pero en aventuras nuevas, que renovaban los temas.
La fórmula se prolonga hasta los folletones de capa y
espada del siglo XIX. Un público cautivo espera la siguiente
aventura de su héroe y su interés contagia a nuevos
lectores -o televidentes, porque el modelo lo ha aprovechado
también la televisión desde mediocres y tópicas
telenovelas hasta series de calidad, como, por dar un ejemplo
último, "Los Sopranos"-, que se uncen al convoy
de adictos. El éxito de los últimos títulos
de Harry Potter tiene que ver con su naturaleza cíclica.
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- Y entonces apareció el mago
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- Y entonces apareció el verdadero
mago -o equipos de magos- que acaba de explicar el fenómeno
Harry Potter: la mercadotecnia. Los mercaderes que manejan el
libro -que como todo en la sociedad de consumo es cosa de negocio-
vieron las posibilidades de esas historias que habían
llegado a entusiasmar a grandes públicos con un héroe
de gran simpatía y a remover en otras gentes limos obscuros
y nostalgias de espacios donde pueda tener lugar la maravilla.
Y pudimos asistir a uno de los despliegues más inteligentes
de publicidad y mercadeo que se hayan hecho nunca con un libro.
Llegadas las historias de Harry Potter a altísimos niveles
de difusión -grandes tiradas, traducción a varias
lenguas, interés de grandes casas editoras (como Beterlsman
y sus Círculos de Lectores y otras filiales)-; es decir,
teniendo cautivas enormes audiencias, se pensó en el cine.
La relación cine-literatura o, mejor, literatura-cine,
que es el orden que nos viene al caso, ha sido fecunda en frutos
comerciales (aun para la obra literaria y, en casos, para grandes
obras. Al este del paraíso de Steinbeck tuvo muy poca
acogida de público hasta que Kazan la convirtió
en un magnífico filme, con el carismático James
Dean). Esos frutos -pensaron los magos- podían ser en
el caso de Harry Potter espectaculares.
- Rowling sacó a un simpatiquísimo
héroe entre infantil y juvenil, tímido y medio
despistado
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- Harry Potter se hizo filme. Resultó
bastante simple hacer con Harry Potter y la piedra filosofal
un relato cinematográfico que satisfaciese a los fanáticos
de Potter, a la vez que trasmitía los logros narrativos
de la historia a vastas audiencias ajenas al libro. La novela
tenía largos tramos casi cinematográficos y apenas
había en ella complejidades literarias. (¡Qué
diferente fue el caso de obras más vastas, densas y ricas
como La historia interminable o El señor de los anillos,
cuyas versiones fílmicas son frustrantes para los lectores
de esas grandes sagas!).
Y, claro, al Harry Potter de La piedra filosofal siguió
el de La cámara secreta. Y la serie puede seguir: filmes
y libros cobran de esta relación opimos frutos comerciales.
La mercadotecnia, por supuesto, no se quedó allí.
Llegó a golpes de efecto tan espectaculares como eso de
convertir en noticia mundial el envío de un ejemplar de
la última obra del ciclo, autografíado por la autora,
como regalo a Nueva York y su depósito en las bóvedas
de un banco, como auténtico tesoro. Y ello como preámbulo
del impresionante espectáculo de sacar a la venta en una
sola edición local ocho millones y medio de ejemplares
y mantenerlos a buen recaudo de curiosidades y avideces de fanáticos
hasta el momento en que comenzase su febril venta.
Un libro con el que pasan estas cosas, ¿quién no
quiere leerlo? Los magos convencen al mundo de que no haber leído
Harry Potter significa permanecer al margen del libro y la cultura.
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- Balance final
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- Y bien, está la respuesta: por
lo dicho existe el fenómeno Harry Potter.
La alquimia de este éxito mágico tiene poco de
gran literatura; una buena parte de narración eficaz y
una bastante mayor de mercadeo.
Pero de todo este gran espectáculo, tan propio de los
tiempos fenicios que vivimos, queda algo sólido en el
"haber": cientos de miles de niños y jóvenes
han llegado o vuelto a la lectura o se han apasionado más
por ella gracias al joven alumno del Colegio Hogwarts de Magia
y Hechicería y sus amigos y sus enemigos y sus peripecias
y su futuro (que asegura continuidad al ciclo). Esto en el erial
de lectura juvenil que padecemos es bueno. Muy bueno.
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