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Errores comunes en el
lenguaje periodístico
Nueva Colonización
- A propósito de una traducción
del español al inglés, un distinguido profesor
universitario comentaba que el trabajo consistía en pasar
el texto de una lengua antigua a una moderna. Y en una reunión
académica sobre las técnicas de educación
a distancia, un petimetre profesor, recién horneado en
alguna universidad usaíta, comentaba que "los files,
los chats, los links, los prints, deletear, los exits y brain
storm" eran necesarios en la clase, y hacía gala
de toda la jerga de las NTCI (Nuevas Tecnologías de la
Comunicación e Información.)
Dejadas a un lado la veracidad y carga peyorativa de la afirmación
temporal, el primer caso es un juicio de valor que advierte acerca
de la supuesta modernidad de una lengua muy cercana a la tecnología
y es clarinada para estar alertas frente al embate del inglés
(lo moderno) ante la antigualla de nuestro castellano. El segundo
caso es un ejemplo de la nueva colonización a que están
sometidos los profesionales instruidos, que no formados, en el
extranjero. En esta intromisión de términos ajenos,
el vehículo principal son las voces que, llamadas a educar,
funcionan como canales inconscientes de la expansión del
imperio: profesores y periodistas. Muchas veces los lacayos más
efectivos para la nueva colonización suelen ser las personas
instruidas y que sirven a la masa desde la moda de la ignorancia.
Cuando una lengua está viva, también sufre cambios,
pues en esas mutaciones que los hablantes imprimen a su idioma
radica la vitalidad de un idioma y su vigencia para expresar
el mundo cambiante. Es obvio entonces que con la globalización
mercantilista exista una acelerada influencia entre los idiomas;
por tanto, el traspaso y préstamo de palabras serán
actividades cada vez más vigentes y señal de la
vitalidad de nuestro sistema lingüístico de expresión.
Sin embargo, hay que tener cuidado, pues como la miga de pan
se traga la salsa del plato, una lengua puede morir por absorción
de la otra. Algunas contaminaciones son fatales.
La aberración del "spanglish", por ejemplo,
consiste en acomodar unos términos y construcciones idiomáticas
como nos dé la gana, o sea, sin utilizar las normas para
incorporar palabras nuevas al léxico. No siempre el contagio
con otro idioma deriva en buenos resultados. Hay contagios perversos
y hasta dañinos, como el de un locutor de radio que suele
despedirse de su programa con un gracejo agringado y despersonalizado
diciendo: "hasta sun" (soon = pronto.)
Por ello, con la circulación del "Diccionario pan
hispánico de dudas", el director de la Real Academia
Española manifestaba que "el dominio de la lengua
no es erudición ni adorno: es una cuestión de
identidad, una cuestión de ser". Con ello se nos
indica que el idioma proporciona un carácter ontológico
al ser que expresa (la persona), y a la vez otorga la diferencia
individual que marca a cada humano, haciéndole que se
revele su ser a través de la expresión. Esto es
radical, si se entiende, pues la expresión, aquello que
se manifiesta a los demás, revela (a veces esconde) lo
que cada uno es, nos muestra y recupera nuestro ser perdido entre
los objetos del mundo. De este modo me encuentro yo, y yo encuentro
al otro en el diálogo, donde para entendernos debemos
recurrir a formas semánticas semejantes. "Uno es
más si tiene mayor dominio lingüístico",
entonces la falta de ese dominio produciría humanos minusválidos
o impedidos, inauténticos y masificados.
En este mismo sentido, el filósofo E. Nicol en su obra
Metafísica de la expresión, siguiendo a M. Heidegger,
ha explicado que mediante el idioma cada persona desvela su identidad
y sus diferencias. También es en esta expresividad a través
de la lengua, donde cada individuo demuestra su verdad y libertad:
"el acto de expresión es el de la libertad",
pero una libertad comunitaria y social, por ello el respeto a
reglas y normas permite que los otros intervengan con nosotros
en una interacción dialógica. Solamente la expresión
posibilita que seamos libres, pues "la expresión
es la forma ontológica de la libertad."
Para el periodista y comunicador, el problema de la expresión
es insoslayable porque deben vivir abiertos a la forma dialógica,
o sea, su actividad única y definitiva es estar operando
el diálogo. Es en esa acción de apertura, a través
de la expresión, donde su profesión cobra pleno
sentido. Por ello, el cuidado del idioma, la búsqueda
correcta de nuevas expresiones, conocer las reglas de traducción
y calco para incrementar vocablos que tal vez no existan en nuestro
castellano, no puede ser un acto irresponsable sino el resultado
de un estudio muy meditado y cuidadoso. La actualización
del idioma, sistema dinámico por excelencia, por estar
anclado en la realidad social, es una tarea seria y responsable.
Da mucha pena, lástima y extrañamiento, ver con
cuanta ligereza muchas cabezas parlantes y juntapalabras (no
periodistas) descalabran una posesión que no es de ellos,
sino un bien cultural que todos hemos ayudado a acrecentar y
mantener. Si cada vez son más las cosas que nos separan
como personas que las que nos unen, se vuelve urgente replantearnos
la necesidad de cuidar con pasión este bien del idioma
castellano heredado de nuestros ancestros. El idioma es bien
social, dañarlo es una irresponsabilidad e irrespeto a
nuestra comunidad de hispanohablantes.
Para el periodista, el idioma es la herramienta para informar
y comunicar, y la pérdida de lectores de los medios impresos
constituye muchas veces la evidente consecuencia por el descuido
con el que tratamos los mensajes. Los principales siervos, esclavos
y mercenarios del nuevo colonialismo promovido por la globalización
tecnológica y cultural somos los comunicadores que enturbiamos,
enfermamos y prostituimos el sentido de la expresión,
sin darnos cuenta de que nuestra mediación para la destrucción
es grave cuando se nos ha formado comunicadores para ser mediadores
en la construcción de una sociedad libre y verdadera.
Los esbirros de lo moderno suelen ser propagadores y emisores
gratuitos de la nueva Babel. Hasta pronto.
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