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Muerte y terrorismo:
estética bélica en los medios
- El mundo globalizado contemporáneo
se encuentra estupefacto ante un hecho social como es el terrorismo,
que siempre ha existido, pero que hoy adquiere perspectivas dramáticas
y, como en todo drama, tiene pasiones y razonamientos encontrados,
contradictorios por demás. Es que el terrorismo, tanto
el de los Estados como el de la oposición a ellos, ha
desempolvado una magnitud que solamente tiene precedentes en
el Holocausto, aunque esto solo vale para el terrorismo de los
Estados políticamente constituidos. Queda por afuera,
aunque no por eso con menor dramatismo y escatología,
la acción terrorista de los grupos organizados en oposición
a los Estados, que nada tienen que ver con los ácratas
del siglo XIX y principios del XX.
Si bien es cierto,
desde antaño la guerra trae consigo el miedo a perder
objetos y, de ellos, es la vida el bien más valioso, también
es verdad que lo trágico de la guerra no son solamente
las víctimas, sino que, como observa atinadamente Thily,
"la tragedia fundamental es simple: la coerción da
resultado; aquellos que imponen una fuerza considerable a sus
semejantes obtienen sumisión y de esa sumisión
se derivan los múltiples beneficios del dinero, bienes,
respeto, acceso a placeres negados a gente menos poderosa".
Por ello, en la actualidad la guerra y sus originales formas
de presentación no solo continúa arrastrando ese
temor, sino que le ha añadido uno nuevo: la destrucción
por sorpresa y, sobre todo, el terror a las posibles acciones
terroristas que penden amenazantes como una espada de Damocles
sobre la ciudadanía de países y continentes.
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- La clave del éxito
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- En este último punto se encuentra
la clave exitosa del quehacer belicoso terrorista. Con buen criterio,
el psicólogo español Alonso Fernández (1994)
señaló que el éxito del terrorismo estriba,
fundamentalmente, en el pánico previo que siembra entre
sus posibles víctimas antes de cometerse un atentado al
que se espera que ocurra. Esa es una acción capaz de imprimir
terror entre la población que posiblemente se vea afectada,
o que supone que así lo será.
Y este fenómeno psicosocial, por nada desdeñable,
es el que sirve para devanar los sesos entre los responsables
de las comunicaciones de masas. Es algo así, con un ejemplo
pedestre, como un perro que intenta morderse la cola. Gira en
derredor de la incógnita de qué es lo que se debe
hacer con la información que se tenga al respecto. Otro
tanto les ocurre a los servicios de espionaje o, como se les
llama actualmente, de inteligencia que, normalmente, quedan ante
el público como poco inteligentes cuando tales actos ocurren.
Es que si ellos ponen en conocimiento de la población
la información que poseen, bien saben que aquella entra
en pánico, con lo cual se corre el riesgo cierto de que
sea peor el remedio que la enfermedad y, si no se lo hacen, el
riesgo es que no se tomen medidas individuales y colectivas que
eviten correr riesgos innecesarios ante las posibles acciones
terroristas. Algo semejante les ocurre a los sismólogos,
cuando tienen datos de que en una región ocurrirá
un terremoto.
Por otra parte, los servicios de inteligencia, cuando conocen
de un posible atentado de tal naturaleza, quedan entrampados
en una posición que los descoloca. Por un lado, si lo
avisan a través de los medios y no sucede, no solamente
han provocado alarma sino que son objeto del reproche y ridiculizados
por quienes se han visto afectados por las medidas de alerta
máxima, en especial los comerciantes que ven afectados
sus negocios y hasta de los propios ciudadanos que son objeto
de molestias en sus desplazamientos habituales. Por otra parte,
si no ponen en alerta a la población y movilizan esas
incómodas medidas, pero el ataque se lleva a cabo, quizás
por la utilización de las mismas, entonces el reproche
será mayúsculo, acusándoselos de ineficientes,
al no haber tomado las precauciones necesarias.
Más, queda una tercera alternativa. ¿Son creíbles
los servicios cuando anuncian haber desbaratado alguno o varios
planes terroristas? Por lo general, son objeto de chanzas y mofas
por parte del público y de la prensa, ya que no tienen
elementos ciertos con los cuales demostrar su eficacia en las
operaciones preventivas que realizaron en sigilo, precisamente
por el secreto con que necesariamente se rodea su accionar.
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- Ocurre con la prensa libre
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- Algo semejante le ocurre a la prensa libre.
Si comunica lo que conoce se convierte en alarmista y, entonces,
los gobiernos y también el público la acusan de
provocar el pánico entre la población. Pero si
no lo hace, para evitar el pánico concomitante, termina
por convertirse en cómplice de gobernantes desalmados.
Vale decir, por mangas o por faldas (de una forma o de otra)
unos y otros están metidos en la misma trampa que les
ha tendido el terrorismo con sus estrategias de destrucción
de los lazos psicosociales que unen a una comunidad.
Es que el terrorismo en cualquiera de sus formas, estatal u opositor,
siempre ha de salir ganando, aunque no cuente con el aval poblacional.
Su éxito estriba precisamente en que, se cometa o no el
acto terrorista, la simple amenaza de su latencia ya produjo
ganancias para el logro de sus objetivos.
Frente a esto, la prensa tiene una solución, cual es la
de no caer en la siempre peligrosa y castrante autocensura, a
la vez que debe manejar con talento y discreción la información
con que cuenta. Esto no es fácil, pero tampoco imposible.
En este lugar, nada mejor que recordar las palabras de Camus
al reflexionar sobre el uso de la guillotina:
"... cuando el silencio o las astucias del lenguaje contribuyen
a mantener un abuso que debe suprimirse, o una desgracia que
puede aliviarse, no hay otra solución que hablar claro
y demostrar la obscenidad oculta bajo el manto de las palabra."
Que nadie dude que la guerra entablada entre el terrorismo estatal
y el terrorismo opositor oculta, bajo palabras bonitas, una carga
de sadismo y crueldad inigualables y es esa hipocresía
encubierta la que debe ser puesta a la luz.
Es que en la actualidad, el terrorismo de Estado ha dejado de
ser, en la mayoría de los casos, aquel que conocimos en
Iberoamérica como los años de plomo y sobre el
cual Cronehed realiza un lúcido análisis. Hoy,
el terrorismo de Estado es una multiplicación de Estados
que atacan con diversas armas para lograr sus espurios objetivos
que, a fuer de verdad, siempre esconden un sustento económico
tras la superficie de vocablos grandilocuentes como paz, libertad
y democracia, las que han sido vaciadas de contenido.
Estética del terror
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- Mientras se está en guerra, los
discursos de los contendientes se convierten en violentos. Los
lenguajes pretenden legitimar, desde la estrategia de cada uno,
a las acciones bélicas con textos e imágenes emitidas
a través de los medios. El propósito implícito
es no solo la derrota del discurso del enemigo, sino también
la de los pacifistas internos que están en desacuerdo
con la guerra por tenerla como criminal, tal como ocurrió
en 1799 con el afamado pensador alemán I. Kant, como así
también con el olvidado librepensador argentino J. B.
Alberdi.
El consumidor de informaciones provenientes de la guerra, sean
los propios o del enemigo, se sumerge de manera pasiva en la
masa de información oceánica que le hacen llegar
los medios, lo cual le enajena la conciencia a través
del uso de las estrategias militares de los bandos en pugna.
A la estética de la muerte la encontramos, por ejemplo,
en las imágenes de los soldados acariciando los misiles
-o cualquier otro instrumento destructivo- que llevan dentro
suyo muerte y destrucción, armas a las que no cejan en
pintarles leyendas con nombres de personas amadas, o con un mensaje
de muerte para su eventual destinatario anónimo que está
del otro lado. Así podemos regocijarnos con la belleza
de los instrumentos que fueron creados para sembrar muerte, pánico
y destrucción. Es que el arte clásico no determina
la naturaleza de lo bello en una forma perfectamente definida,
que siga una norma o un canon que gobierna la apariencia.
Admiración por la muerte
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- La admiración por la muerte ha
estado en la base de la cultura fascista desde comienzos del
siglo XIX, tal como lo expresara, musicalmente, el genio de Wagner
y, literariamente, lo hiciera J. G. Fichte en 1808 y que posteriormente
hicieran suyos los grandes y sanguinarios dictadores europeos
del siglo siguiente. Pareciera que lo que se intenta es que las
armas sean más admiradas por el público que temidas
por sus destinatarios, que en cualquier momento pueden ser vueltas
contra ellos, en una suerte de paradoja del destino. Y es que
en este encuentro, entre arte y comunicación, estimo que
bien vale para la segunda aplicar, con criterio analógico,
aquello que se utiliza como metáfora en el primero: "[en
el arte] lo que manda es el ojo del observador." Por ello,
en la comunicación masiva, si el ojo de los observadores
ha sido entrenado a percibir algo como bueno o malo a través
de la reiteración de consignas discursivas, pues entonces
el ojo lo verá de la forma en que se lo instruyó.
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- Referencias bibliográficas
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- · ALBERDI, J. B. (1879): El crimen
de la guerra. W. M. Jackson, Bs. Aires.
· ALONSO FERNANDEZ, F. (1994): Psicología del terrorismo.
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Emecé S. A., Bs. Aires.
· CRONEHED, J.: (1998) Terror. Un análisis introductorio.
Universitetsbiblioteket, Lund.
· FICHTE, J. G.: (1808) Discursos a la Nación Alemana.
Orbis, Bs. Aires, 1984.
· KANT, E.: (1795) La paz perpetua. Tecnos, Madrid, 1985.
· REICH, W.: (1992) Orígenes del terrorismo. Ed.
Pomares-Corredor, Barcelona, 1994.
· RODRIGUEZ KAUTH, A (2000): El discurso político
(la caída del pensamiento). Espacio Editorial, Bs. Aires.
· RODRIGUEZ KAUTH, A (2003): El miedo, motor de la historia
individual y colectiva. Eurotheo, Univ. Complutense Madrid.
· RODRIGUEZ KAUTH, A (2004): Psicología, arte y
política. Ediciones Cooperativas, Bs. Aires.
· TILLY, Ch.: (1990) Coerción, capital y los Estados
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