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Errores comunes en el
lenguaje periodístico
Cero erratas
- La importancia del cero en el imaginario
social no es fortuita. Por suerte, el fenómeno no obedece
a un resultado de un partido fútbol, por el contrario,
está reiterado en muchas de las expresiones culturales.
Antes se decía que una persona es "un cero a la izquierda"
para indicar que era un don nadie. En esta época posmoderna
ya no se habla de cero a un lado o a otro, sino del cero absoluto.
Lula da Silva, Presidente de Brasil, llama "cero hambre"
a su campaña contra la pobreza. "Cero tolerancia"
es el nombre de un programa de la televisión, aunque bien
pudiera haberse denominado, con mayor propiedad, "intolerancia".
"Cero tarea", grita el niño sin deberes; "cero
bajas", informa el soldado; "cero errores", declaramos
en el examen sin fallas. El conteo binario es cero y uno, con
esos dígitos se puede escribir cualquier cifra en un sistema
numérico de dos elementos. Si una cantidad es muy grande,
entonces tiene muchos ceros, no decimos descomunal, exorbitante
y tremenda. Parece que el uso de este número indica el
auge cultural de la cantidad ante la cualidad. En lo cualitativo
hemos llegado al cero, o sea, a la nada, grave problema humano;
y en lo cuantitativo el cero ha adquirido una relevancia que
domina el coloquio cotidiano.
"Cero erratas" siempre ha sido el deseo de cualquier
editor. Pero ¿es posible? Las erratas, los errores inadvertidos,
también son el tormento del escritor y, cuando se advierten,
el suplicio de los lectores de los periódicos impresos
y digitales. Azorín cuenta la anécdota del famoso
impresor francés Robert Estienne (Roberto Esteban, 1503-1559).
Este señor empleaba a diez correctores cuidadosos y detallistas
en la lectura de los textos para cazar faltas. Una vez revisadas
las planchas por estos peritos, las páginas se exponían
en la vitrina de la oficina tipográfica para que los transeúntes
revisaran las últimas pruebas. El que encontraba un error
recibía un premio. Si pasaban el juicio de los curiosos,
entonces se realizaba la tirada. El chasco ocurría cuando
a pesar de este atento estudio, una vez impreso el libro, se
encontraban errores que habían pasado invisibles a las
miradas. En verdad, el texto puro es una quimera, siempre será
susceptible de perfección y corrección. Por eso
mismo, en vez de descuidar los escritos, el periodista debería
poner más atención al detalle y atender el idioma,
la herramienta que le da de comer, pues con la cuchara no se
juega, o solamente juegan con ella los cretinos.
Para evitar errores contamos en la era electrónica con
nuevas armas. Nos ayudan los diccionarios y gramáticas
incorporados a los programas de edición de textos. Sin
embargo, y resulta paradójico, parece que hoy las ediciones
salen más desmañadas, torpes y descuidadas. Las
excusas son casi siempre el apuro al redactar, el demasiado trabajo
del reportero, la improvisación. Cada día son más
numerosos y frecuentes los errores ortográficos, las faltas
de régimen y puntuación, el uso indebido de los
tiempos verbales, la estructura caótica, el vicio de la
ambigüedad por falta de léxico. Hay que ser precavidos.
Los programas de computación no son fiables, aunque nos
marquen con rojo ciertos términos con ortografía
incorrecta o dudosa, pues el que no subrayen los vocablos de
un texto tampoco es indicio absoluto de carencia de errores.
Mi máquina no marca "la mujer sería no venda
las pernas", y he querido decir "la mujer seria no
vende las piernas". El cambio entre "sería"
y "seria", "venda" y "vende", "pernas"
(molusco) y "piernas", altera el sentido sustancialmente.
La computadora no corrige el sentido de las frases. Por ello,
el cuidado al detalle, la claridad de pensamiento y el uso cotidiano
del diccionario (libro) serán siempre las mejores ayudas
al rato de trabajar.
Si lo principal en la expresión es lograr el sentido,
nos parece fundamental que procuremos alcanzar el mínimo
de claridad en el texto. El mismo Azorín señala
algunos consejos necesarios para el estilo llano. Destaco algunos
de ellos que nos pueden asistir. Coloquemos una cosa después
de otra y no miremos a los lados, o sea, evitemos las digresiones
y ordenemos las ideas para no confundir. Huyamos de la lentitud
y no divaguemos. Manejemos la elipsis, que es saber cortar la
idea cuando ya está completa para iniciar otra que haga
avanzar el pensamiento y la acción. Un ejemplo que explica
lo que acabamos de enunciar es éste: "El Ecuador
es un país mayoritariamente poblado de niños y
jóvenes; sin embargo, en el ámbito nacional conducción
y protagonismo predominan las viejas cúpulas que
no promovieron oportunamente y sin egoísmos los espacios
necesarios para una obvia renovación generacional. Esta
preocupante paradoja se muestra más evidente en el campo
de las actividades política y deportiva", (EC, A4,
18-1-2004). Este párrafo no es producto de la escritura
sino de la tarea de juntar una palabra detrás de otra.
Algunas cuestiones pueden guiarnos en nuestro análisis:
¿Por qué "El Ecuador", y no Ecuador?
¿Es poblado o está poblado? ¿No redunda
el atributo "un país", idea contenida ya en
Ecuador? ¿Poblado de o poblado por, ya que es una construcción
pasiva? ¿Por qué el adverbio no está al
lado del verbo y tiene tantas sílabas que entorpecen la
lectura? ¿"Las cúpulas" son capaces de
promover algo? ¿No faltará un adjetivo o un especificativo
a "cúpulas"? ¿La renovación cultural
es obvia? ¿Cuál es en el texto la "paradoja"?
¿Es una paradoja o un fenómeno? Si usted es capaz
de escribir la misma idea en tres renglones, entonces ha comprendido
lo que señalaba Azorín y que hemos parafraseado.
La mala calidad de los textos ahuyenta a los lectores. La calidad
de la lectura ha disminuido, los diarios sin leyentes están
liquidados. Es necesario que aprendamos a releernos, y es obligatorio
también que los medios impresos y los escritores tomemos
en serio nuestro oficio. Una propuesta sensata para ganar adeptos
a la lectura verbal, no de la imagen figurativa, sería
imitar el ejemplo del impresor Ricardo Esteban. Los diarios y
la Asociación de Editores de Periódicos (AEDP)
deberían proponer premios a los lectores que sean capaces
de hallar errores en sus páginas. Harían así
un tremendo favor a los periodistas, y otro a los lectores que
padecemos la intoxicación de las erratas y el tedio en
del estilo abstruso. Ojalá este artículo no tenga
erratas.
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