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La versión de
los medios: Terrorismo en Madrid
- La opinión pública perdona
con mayor facilidad los errores manifiestos que el ocultamiento
de la verdad
El día 11 de marzo de 2004, exactamente dos años
y medio después del derribo de las Twin Towers de Nueva
York, se cometía en Madrid el más sangriento atentado
terrorista jamás perpetrado en España y el segundo
en Europa, tras el estallido en 1988 del vuelo 103 de Pan Am
sobre Lockerbie, en Escocia. A partir de aquella siniestra mañana,
los cuatro días comprendidos entre el 11 y el 14 de marzo
marcaron una serie de hitos realmente históricos en la
esfera de la comunicación social. Y si admitimos la premisa
de que la comunicación es algo consubstancial para la
democracia, habremos de añadir que ese lapso de tiempo
pudo establecer un antes y un después en el devenir de
la convivencia mundial. El domingo 14 de marzo, día de
elecciones generales en España, se producía un
giro político de gran trascendencia para este país
y, por ende, para todo el mundo, habida cuenta de los equilibrios
internacionales relacionados con la guerra de Irak y con la tensión
entre Occidente y Oriente. Lo que en otro contexto hubiera podido
quedar en un mero episodio de política interior resultó
ser un conjunto de acontecimientos que han obligado a reflexionar
al mundo acerca de una serie de cuestiones, muchas de ellas relacionadas
con la comunicación. Dicho de otra manera, nunca más
podrá abordarse el estudio de la comunicación institucional
y de la comunicación política, sin tener en cuenta
el referente que supusieron esos cuatro días de marzo.
Aunque muchas cosas
deberán darse por conocidas, recordemos un elemento clave.
El gobierno español monocolor, derechista y centralista,
presidido por José María Aznar, se había
alineado de forma incondicional con la política belicista
de Bush, conjuntamente con los ejecutivos británico e
italiano presididos, respectivamente, por Blair y Berlusconi,
y frente a un eje franco-alemán comprometido con el sentir
común de Naciones Unidas y crítico con la contundente
intervención en Irak un año antes. La opinión
pública española había vivido los últimos
tiempos dividida en dos mitades, una de las cuales acataba silenciosamente
los dictados de los hijos sociológicos del franquismo,
mientras que la otra compuesta por un variopinto mosaico
de mentalidades, en el que hay que incluir como mínimo
a toda la gama de las izquierdas, a los nacionalismos vasco y
catalán, más o menos radicales, y a diversos movimientos
sociales de nuevo cuño- aprovechaba cualquier ocasión
para mostrar un rechazo rotundo al belicismo y a las actitudes
monolíticas y prepotentes derivadas de una mayoría
absoluta forjada cuatro años atrás. Las encuestas
pre-electorales, publicadas hasta pocos días antes del
atentado, daban por sentada una nueva victoria del Partido Popular
y, si acaso, ponían en duda la revalidación de
la mayoría absoluta por parte del candidato Mariano Rajoy,
el elegido de Aznar para su sucesión. Y es que, a pesar
de que la mitad opositora era la más ruidosa en la calle,
la otra vivía extremadamente condicionada por una relativa
bonanza económica y por el contundente y abrumador trabajo
de propaganda realizado desde algunos medios privados de comunicación
y, lo que es mucho más grave, desde la pública
Televisión Española.
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- La desinformación como ejercicio
-
- El día 11, minutos después
de las siete y media de la mañana, unas cuantas bombas
revientan los vagones de cuatro trenes de la red de cercanías
de Madrid. La carrera de la información es a partir de
ese momento muy rápida: pasados unos minutos de confusión,
pronto se sabe que los muertos se contarían con un número
de tres cifras (fueron finalmente cerca de 200) y que las bombas
viajaban, junto con trabajadores y estudiantes que se desplazaban
a la capital desde poblaciones de la periferia, en unas mochilas
que habían sido colocadas estratégicamente, para
maximizar el daño, por un grupo de jóvenes que
habían conseguido pasar desapercibidos cuando subieron
a los convoyes y descendieron de ellos en la estación
de Alcalá de Henares.
Pero si la carrera de la información fue célere,
más lo fue todavía la de la desinformación.
No parece que pueda haber dudas acerca del cómputo que
hizo el gobierno aznarista: si se alentaba la tesis de que el
atentado tenía la autoría en Al Qaeda, el precio
electoral por el apoyo a la guerra de Irak le podía costar
muy caro; si por el contrario, se daba por descontado que estábamos
ante la enésima actuación de ETA, la mano dura
preconizada por el aznarismo contra los nacionalismos vasco y
catalán (incluso para sus versiones más moderadas)
podía ofrecer unos magníficos réditos en
lo que a votos se refiere. A posteriori, los ya ex-ministros
populares han jurado por activa y por pasiva que no hubo dolo
en el engaño. Pero la gran mentira de facto comenzó
a forjarse desde que el ministro del Interior, Ángel Acebes,
hacía sus primeras apariciones públicas para explicar
lo sucedido.
Debe reconocerse que, en las primeras horas, la prueba de cargo
de la historia apuntaba a ETA, la organización armada
del independentismo vasco más enloquecido, con más
de mil muertos ya en su funesta cuenta. Incluso el jefe del gobierno
nacionalista vasco, Juan José Ibarretxe -el más
madrugador en su aparición pública- fue tajante
en la atribución de la masacre a "esas alimañas",
refiriéndose a sus compatriotas abrazados a la lucha armada.
Pero pocos minutos después, el portavoz de Herri Batasuna,
la organización ilegalizada que pasa por ser la cara política
del terrorismo vasco, salía a la palestra para condenar
el atentado y negar que hubiera de ser atribuido a ETA. La fuente,
claro está, no podía merecer mucha fiabilidad en
las esferas oficiales, pero comenzó a poner en cuestión
lo que en un principio se daba por evidente.
Antes de mediodía ocurrían algunas cosas más,
que comenzaban a hacer dudar a los analistas políticos
y demás forjadores de opinión. Se repasaban los
anteriores atentados de ETA y se recordaba que el de ese día
no encajaba, en diversos aspectos, con el modus operandi de la
organización. Y, sobre todo, ya a las once y diez, la
policía encontraba aparcada junto a la estación
de Alcalá una furgoneta que había sido robada previamente
en un barrio con fuerte presencia de inmigración magrebí
y que alojaba en su interior un teléfono celular (que
se convertiría pronto en una prueba clave), siete detonadores,
un guante, varias prendas de vestir y una cinta de casete cuya
carátula estaba escrita en árabe.
El ministro Acebes, a pesar de conocer ya los indicios hallados
por la policía, que decantaban rápidamente la balanza
hacia la pista de Al Qaeda, se aferraba en sus sucesivas comparecencias
públicas a la convicción de que la autoría
del atentado correspondía a ETA. Las evidencias le obligarían
a ir rebajando paulatinamente el énfasis de su tono. De
un matutino "no cabe ninguna duda de que ha sido ETA"
se pasó ya muy avanzada la tarde a un "no se descarta
ninguna vía de investigación, pero la prioritaria
sigue siendo ETA". Mientras tanto, sus compañeros
de gabinete estaban trabajando febrilmente. La ministra de Exteriores,
Ana Palacio, cursaba un telegrama a todos los embajadores con
esta orden: "Deberá Vuestra Excelencia aprovechar
aquellas ocasiones que se le presenten para confirmar la autoría
de ETA de estos brutales atentados, ayudando así a disipar
cualquier tipo de duda que ciertas partes interesadas puedan
querer hacer surgir". Al mismo tiempo, en el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, la presión española
consiguió una resolución de condena que citaba
a ETA, cosa que no se atrevía a hacer más que de
una manera implícita el propio Aznar en una alocución
televisiva. Pero Aznar sí que se ocupaba personalmente
de otra cosa: él mismo telefoneaba a los directores de
los principales periódicos de Madrid y de Barcelona para
decirles textualmente: "no os quepa la menor duda: ha sido
ETA". Y en palabras pronunciadas por él mismo y amplificadas
por Acebes, "cualquier otra hipótesis es una intoxicación
miserable".
La mentira puede tener un precio
-
- Una de las muchas enseñanzas o
recordatorios que nos ha traído esta crisis es que vivimos,
para lo malo y para lo bueno, en un mundo globalizado. Y mientras
el gobierno español del PP urdía esa política
comunicativa de bajos vuelos, las agencias informativas internacionales
se hacían eco de tesis muy diferentes. Aquí se
puede apuntar, a propósito, que muchos españoles
creyeron revivir durante aquellos días sensaciones similares
a las experimentadas durante el franquismo, cuando tenían
que leer Le Monde y sintonizar la Radio Pirenaica o la BBC para
tratar de conocer lo que estaba ocurriendo en el propio país.
Ya el mismo jueves del atentado, las televisiones y, en los días
sucesivos, las portadas de los más prestigiosos periódicos
de todo el mundo conferían un carácter internacional
a los sucesos de España. Los ejemplos son innumerables,
pero sirva como muestra una frase publicada por The Washington
Post: "Hubo signos de que el Gobierno [español] estaba
siendo, cuando menos, selectivo al revelar información."
Sería ingenuo preconizar que los gobiernos no pueden mentir
nunca, o que no pueden por motivos de alta seguridad- esconder
alguna verdad. Pero al mismo tiempo, hay que recordar que la
mentira es una de las cosas que hace más vulnerables a
los políticos. La opinión pública perdona
con mayor facilidad los errores manifiestos que la ocultación
de la verdad, y eso es algo que no deben olvidar nunca los gestores
de las políticas de comunicación, trabajen éstos
para gobiernos, instituciones, para empresas o para ONG. Si hasta
ahora los tratados sobre comunicación política
y sobre ética informativa solían evocar como anti-ejemplos
el caso de los papeles del Pentágono sobre la guerra del
Vietnam, o el del embargo de la información sobre la invasión
de la bahía de Cochinos, a partir de ahora podrán
añadir, como un clásico, el del fatal embuste de
Aznar y sus adláteres. Fatal para la ética política,
pero fatal incluso para sus propios intereses partidistas, por
cuanto les resultó peor el remedio que la enfermedad.
Uso y abuso de los medios públicos
-
- La televisión y, en menor medida,
la radio crecieron en Europa a partir de un modelo donde fue
preponderante la titularidad pública de medios de comunicación.
Ello ha tenido luces y sombras. En un plato de la balanza, el
positivo, podemos colocar la función que algunos de esos
grandes medios (cuyo ejemplo más palmario ha sido la BBC
británica) han ejercido como aglutinadores de una cohesión
social y cultural, como agentes de la prestación de unos
contenidos puestos al servicio del interés común
y como garantes de un cierto nivel de calidad. En el otro plato
de la balanza, el negativo, está sobre todo la dificultad
que siempre ha existido para dar con fórmulas institucionales
que preservaran a esos medios de la debida independencia y los
alejaran de su fácil instrumentalización por parte
de los gobiernos.
Televisión Española no ha sido una excepción
en ese juego de tensiones. Nacida en las tinieblas del franquismo,
a duras penas ha podido sustraerse a las acusaciones de estar
sometida a mecanismos de presión por parte de los gobernantes
de turno. Así sucedió durante la transición
hacia la democracia, así continuó siendo durante
los años de gobierno socialista y así ha seguido
-quizá más que nunca- bajo la hegemonía
del Partido Popular.
Desde el momento en que se produjo la matanza, TVE adoptó
el sesgo informativo impuesto por el gobierno de Aznar y estuvo
insistiendo en la atribución del atentado a ETA. El jefe
de informativos, Alfredo Urdazi, que tenía ya en su currículum
una sentencia judicial por haber informado poco y mal de una
huelga general, asumía personalmente una serie de decisiones,
desde luego criticadas por una buena parte de los periodistas
que trabajaban a sus órdenes, que comportaban un sometimiento
descarado a las directrices informativas del ejecutivo. Relacionar
y analizar todos los pecados informativos que por acción
o por omisión cometieron esos días TVE, la agencia
estatal Efe y algunos otros medios privados, sometidos a la política
gubernamentalista, daría material sobrado para una tesis
doctoral. Bástenos aquí citar, a título
de ejemplo, el increíble golpe de mano dado por la dirección
de TVE, ya a última hora de la vigilia de las elecciones
-cuando el Partido Popular se veía desbordado por los
acontecimientos y por la opinión pública- de improvisar
la emisión de... ¡una película sobre ETA!
El control de la información tiene unos límites
y la manipulación puede ejercerse hasta cierto punto.
En este caso, millones de personas pudieron verse afectadas por
la voluntad de generar pensamiento único; pero todo parece
indicar que a los francotiradores de la comunicación les
salió el tiro por la culata.
-
- ¿Comunicación alternativa?
¿Reacción popular?
-
- Es difícil explicar la mezcla de
sentimientos que embargaron a los ciudadanos durante los días
siguientes al atentado. Ahí estaba, claro está,
el dolor por la muerte y la devastación; pero ese dolor
era inseparable para muchos de una dimensión política.
Para algunos, la acción terrorista era la confirmación
de lo que venía preconizando el gobierno desde hacía
días, meses y años: que solo con dureza extrema
se podría terminar con el flagelo del terrorismo de ETA
(aunque el malestar político de los últimos meses
venía determinado por el hecho de que Aznar y compañía,
con ese pretexto, metían en el mismo saco a todo el nacionalismo
vasco, e incluso a toda la gama del moderado nacionalismo catalán,
más proclive al pactismo: la frase "una España
antes roja que rota", acuñada por un fascista, ha
sido últimamente adoptada como uno de los lemas de la
caverna neoliberal). Para otros, el atentado era, sin más,
una consecuencia de la alineación de Aznar con los promotores
de la intervención en Irak.
Así las cosas, el viernes 12 por la tarde, millones de
personas salieron a la calle en diversas ciudades para protagonizar
una de las manifestaciones más masivas que se puedan recordar.
El silencio de las multitudes, predominante como actitud de duelo,
era solo roto por el grito de algunos eslóganes espontáneos.
El más repetido, un machacón "¿Quién
ha sido?" dirigido a Aznar y los suyos. Treinta y seis horas
después del atentado, y a partir de las informaciones
que llegaban del exterior y de las que circulaban de boca en
boca, cada vez eran más las personas que tenían
la sensación de estar siendo víctimas de un monumental
engaño. Aznar, que tuvo como acompañante en la
marcha a su amigo Berlusconi, fue abucheado fuertemente en Madrid;
y en Barcelona, los dirigentes del Partido Popular minoritario
en Cataluña- tuvieron que escaparse de la manifestación
escoltados.
Pero lo más significativo de la reacción popular
estaba por llegar. A mediodía del sábado, jornada
de reflexión previa a las elecciones generales, comenzaron
a circular mensajes por los teléfonos celulares. Algunos
de esos mensajes se limitaban a denunciar la manipulación
gubernamental. Otros convocaban a concentrarse al anochecer delante
de las sedes del Partido Popular de las ciudades más importantes.
Todos ellos terminaban con una súplica escueta y precisa:
"Pásalo". Tal vez nunca se sabrá quien
comenzó esas cadenas. Pero lo cierto es que tuvieron un
éxito fulminante. Efectivamente, hacia las nueve de la
noche eran ya miles las personas que acudían a la cita.
Y aquellas que no habían recibido ningún mensaje
telefónico, fueron convocadas por otro medio: el propio
candidato del Partido Popular aparecía inopinadamente
en Televisión Española, para denunciar esas manifestaciones
por "ilegales" en una jornada de reflexión electoral.
Unos días después de las elecciones, el Fiscal
General del Estado, que ya no era visto por muchos como una figura
independiente del poder ejecutivo (como sería ortodoxo
en una democracia pura con auténtica separación
de poderes), antes de ser relevado de sus funciones puso un curioso
broche a su gestión, pidiendo a los jueces que actuaran
contra todos aquellos que participaron en manifestaciones en
la jornada de reflexión, día en que está
prohibido a los partidos que hagan propaganda electoral. Esa
iniciativa pasará también a la historia como una
de las más chuscas agresiones a las libertades de expresión,
de reunión y de manifestación, de que afortunadamente
gozan los ciudadanos españoles desde poco después
de la caída de la dictadura. No parece que se puedan albergar
muchas dudas sobre el hecho de que si alguien inclumplió
la normativa electoral fue el propio candidato Rajoy. Era, posiblemente,
una acción desesperada ante la constatación de
que las cosas se estaban torciendo para su partido.
Se ha discutido mucho sobre el grado de espontaneidad atribuible
a esa campaña perpetrada a través de los MSM o
de los mensajes electrónicos que también circularon
por miles. No hay ni qué decir que desde el ya tambaleante
gobierno acusó enseguida a la oposición, y particularmente
al Partido Socialista, de haberla cocinado maquiavélicamente.
Desde luego, nos encontramos ante algo indemostrable. Sea como
sea, resultaría arriesgado decir que estamos ante un nuevo
fenómeno comunicativo de grandes potencialidades. Ciertamente,
las nuevas tecnologías ofrecen a los ciudadanos posibilidades
insospechadas para generar ciertos climas. Pero está por
ver qué eficacia acabarán teniendo. Precisamente,
el aparente éxito que tuvo la iniciativa popular en este
caso puede ser el comienzo del fin de su eficacia. Cuando comencemos
a recibir (y eso ya ha ocurrido) mensajes telefónicos
convocándonos a movilizarnos por las causas más
peregrinas, ¿qué crédito les vamos a dar?
Una vez más, la previsible sobredosis de información
puede convertirse en puro ruido.
Pero de momento, y aunque no pueda tomarse como un precedente,
en este caso el invento pareció funcionar. Como es bien
sabido, al día siguiente el Partido Popular perdía
unas elecciones que, según todos los pronósticos,
iba a ganar de calle. Politólogos y comunicólogos
pueden devanarse los sesos eternamente para determinar hasta
qué punto las perdió él solito con sus palmarias
equivocaciones, o en qué medida surtió su efecto
ese fenómeno del nuevo tam-tam tecnológico. Sirva
como elemento para esa reflexión un dato significativo.
Realmente, el Partido Popular perdió pocos votos en términos
absolutos, apenas 700.000. Fue el PSOE, impulsado por un aumento
muy notable de la participación, quien consiguió
aumentar los suyos en unos tres millones. Sobre lo que no pueden
abrigarse muchas dudas, pues, es que ciertos fenómenos
relacionados con la comunicación decidieron en buena parte,
unos por activa y otros por pasiva, los resultados de las elecciones.
- Y unas cuantas cuestiones más
-
- Hemos dicho anteriormente que solo el
tema del seguidismo de las fuentes oficiales, por parte de ciertos
medios de comunicación, daría materia más
que sobrada para una tesis. Pero la crisis de esos particulares
idus de marzo ofrece, sin apartarse de la esfera comunicativa,
un variado ramillete de cuestiones que son dignas de numerosos
estudios pormenorizados. Aquí nos limitaremos a inventariar
algunas de ellas.
-
- La publicación de fotos de muertos
y heridos
-
- La intensidad de los acontecimientos hizo
palidecer en esta ocasión el eterno debate ético
que suele darse cuando guerras, catástrofes naturales
y accidentes llevan a la televisión y a las portadas de
los periódicos imágenes crudas de las víctimas.
Es un debate donde, como en tantas otras ocasiones de duda deontológica,
se sitúa en un plato de la balanza el derecho del público
a recibir una información completa y en el otro plato,
cualquier derecho humano que también haya que respetar,
en este caso el derecho a la intimidad y el derecho sobre la
propia imagen.
Entre los argumentos más citados para denostar la publicación
de ciertas imágenes suele esgrimirse, además del
respeto a la privacidad de las víctimas, la innecesidad
del testimonio gráfico para ofrecer una información
suficiente y de calidad. Por el contrario, se arguye que no se
puede sustraer al público la realidad del dolor humano
y que la difusión de los daños actúa, en
ciertos casos, como un antídoto contra la violencia.
En la situación que nos ocupa, no ha dejado de llamar
la atención el contraste entre la publicación de
las imágenes de las víctimas del atentado de Madrid
y la actitud extremamente contenida de que hicieron gala los
medios de comunicación de los Estados Unidos el 11 de
septiembre de 2001. Entonces se alzaron voces de elogio hacia
esa contención, pero no faltaron las que acusaron al sistema
mediático imperial de acatar con ello una estrategia de
la Casa Blanca, para evitar que los agentes del terrorismo pudieran
ver publicitada su devastadora acción.
-
- El uso político de documentos
secretos
-
- La misma noche de las elecciones, el día
14, el Partido Popular reconoció sin más su derrota.
Pero ante la lluvia de acusaciones que le habían caído
al margen de las urnas, y el correspondiente descrédito
que suponía para sus dirigentes, algunos de estos dirigentes
se desperezaron al día siguiente y comenzaron a reaccionar
con diversas iniciativas. Una de ellas fue la ya mencionada de
atribuir al PSOE el origen de las convocatorias llevadas a cabo
a través de los teléfonos celulares. Otra, la desclasificación
de algunos documentos del CNI, la agencia de los servicios de
inteligencia españoles. Con ello pretendían demostrar
que en la atribución del atentado a ETA no había
existido una intención dolosa de mentir, sino que el gobierno
se había limitado a trasladar a la opinión pública,
con toda transparencia, la información disponible en cada
momento. No hace falta ni decir que la hasta dos días
antes oposición replicó en el sentido de que el
gobierno en funciones había desclasificado tan solo aquellos
documentos que le proporcionaban argumentos favorables.
No es este el lugar para hacer un juicio político de esas
argucias, que el ministro del Interior y sus compañeros
de gabinete usaron para, en palabras suyas, defender la honorabilidad.
Pero sí que, siguiendo en la perspectiva adoptada, puede
hacerse la reflexión sobre el uso democrático de
la información reservada. Parece claro que las razones
de seguridad pueden ser uno de los pocos motivos aceptables para
restringir la circulación de informaciones de interés
por parte de los servidores de la cosa pública. Pero queda
abierta la polémica sobre quién y cómo puede
controlar a los controladores. Es decir, hasta qué punto
los medios de comunicación deben dar crédito a
la espita gubernamental, cuando tan difícil puede llegar
a ser distinguir en qué momentos un gobierno actúa
realmente por motivos de seguridad o en cuáles lo hace
por intereses partidistas.
-
- La rumorología
-
- Otro hecho aleccionador vino dado por
la circulación de rumores. En la mayoría de libros
de estilo de los medios de comunicación solventes se suele
recordar que las informaciones deben ser verificadas y que un
rumor, sin más, jamás debe ser elevado a la categoría
de noticia. Pero hay situaciones en que la extensión de
un rumor es tal que se hace difícil silenciarlo, aunque
solo sea para informar solventemente de que puede tratarse de
una patraña.
Al día siguiente de las elecciones comenzó a circular
profusamente por internet una nota, según la cual el gobierno
de Aznar había intentado dar una suerte de "golpe
de Estado" (sic) instando a la Junta Electoral a un aplazamiento
de las elecciones, amparándose en el clima perturbador
a que habían conducido las manifestaciones de protesta
promovidas ante sus sedes. En realidad, la versión más
difundida del falaz documento hablaba de la solicitud de que
fuera declarado el estado de excepción, término
que la habladuría internáutica convirtió
rápidamente en un incruento golpe de Estado.
El director de cine Pedro Almodóvar presentaba aquel día
su última película y, aparte de suspender alguno
de los actos previstos con tal motivo, por causa del duelo por
las víctimas del atentado, en la rueda de prensa que dio
explicó, ni corto ni perezoso, que acababa de conocer
esa información a través de internet (frivolidad
de la que se disculparía unos días más tarde).
La mayor parte de los medios de comunicación se guardaron
de publicar el asunto, que les llegaba sin contrastación
alguna. Pero algunos no pudieron sustraerse a su difusión,
aunque solo fuera como una gracia del afamado cineasta.
¿Qué medios reales hay para conseguir una auténtica
calidad de la información? ¿Cómo detener
las falsedades en el mundo multimediático e instantáneo
en que vivimos? ¿De qué sirve hablar de las bondades
de la autorregulación, cuando los agentes de la mentira
desbordan la capacidad de los informadores honestos? Ahí
quedan esas preguntas.
Cosas del idioma
-
- Y "last but not least", hay
un asunto que tal vez pueda parecer menor a algunos, pero que
cobra día a día una particular importancia: el
uso del lenguaje. De un tiempo a esta parte, está muy
en boga hablar de la necesidad de usar un lenguaje políticamente
correcto. No se puede hacer otra cosa que apuntarse entusiásticamente
a ese desideratum, si con ello se contribuye a promover un periodismo
de mayor cualidad. Otra cosa, que ahora pasaremos por alto, es
temer que unas extremas precauciones para conseguir esa corrección
puedan acabar por generar una producción periodística
incolora, inodora e insípida, y que se acabe matando el
genio comunicativo que debe tener, también, el buen periodismo.
No es necesario ser un gran experto en filosofía del lenguaje
para entender que las palabras muchas veces no son neutrales.
Existen algunos estudios que han denunciado cómo puede
llegar a ser de tendencioso, o como mínimo eufemístico,
el uso de términos "comunidad internacional",
"fuego amigo" o "daños colaterales"
puestos en liza en las últimas grandes conflagraciones.
Pues bien, en la crisis española de esos días de
marzo hubo también ejemplos de usos equivocados o peligrosos
de ciertos términos.
El más inquietante de esos ejemplos es el uso poco cuidadoso
del término "Islam" y sus derivados: hablar
de la "pista islámica", de la "autoria
islámica", de la "amenaza del Islam", etc.
Eso, en un país con una afluencia tan grande de inmigración
magrebí, como lo es actualmente España, puede relanzar
las tentaciones xenófobas. Maleen Arnárez, la defensora
del lector del diario El País, recogió en una documentada
crónica la opinión al respecto de algunos expertos,
que tenían opiniones divergentes sobre los términos
"islámico", "islamista", "yihadista",
etc. Es, ciertamente, una cuestión complicada, pero la
complejidad no puede ser pretexto para que los medios abdiquen
de sus responsabilidades. Unas fechas después de los días
de autos, unas cuantas personas de apariencia e indumentaria
árabe realizaron una pequeña manifestación
en la Plaza de Cataluña, en Barcelona. Eran pocos y las
personas que pasaban por allá les miraban con cierta indeferencia.
En las humildes pancartas que llevaban podía leerse: "El
Islam no mata". Se les veía compungidos. Y es que
tal vez alguna de las chicas que estaban allí con su shador
era la que dos días antes, cuando se dirigía a
su trabajo en autobús, había escuchado estremecida
cómo alguien a su lado musitaba la palabra "asesina"
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