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Errores comunes en el
lenguaje periodístico
La pluma es lengua del
alma
- El 11 de abril, a un mes de la tragedia
provocada por el terrorismo en los trenes madrileños,
el equipo de fútbol Real Madrid perdía el juego
contra el Osasuna, de Navarra, por un marcador apabullante: tres
a cero. En medio del relato y cuando la suerte estaba echada,
el locutor del canal ecuatoriano Telesistema, con toda la cachaza
del mundo y creyendo que había encontrado una analogía
perfecta, declaraba que este desastre se asemejaba al acto terrorista
ocurrido hacía treinta días. La fecha, el lugar
y el drama parecen avalar la comparación. Sin embargo,
el comentarista Muñoz lo interrumpe de inmediato y amonesta
ante los televidentes: la relación es descabellada, pues
no deben igualarse dos eventos tan desemejantes. Con sensatez
y cordura, le aconseja que se retracte. Pero el locutor no se
inmuta. Convencido tal vez de su ingenio o sin entender por qué
debe disculparse, prosigue el relato de las escaramuzas, haciendo
caso omiso de la insinuación del compañero. Ante
tamaño disparate, un locutor profesional se hubiera excusado,
consciente de la burrada y de su responsabilidad social como
comunicador. ¡Qué gol hubiera cantado si con honradez
y grandeza de espíritu se hubiera disculpado! Pero no
lo hizo. El error es triple: primero, por su temeridad, segundo
por no tener la valentía de reconocer la falta, y tercero
por desconocer las responsabilidades de su oficio ante las cámaras.
En una entrevista acerca de la televisión, concedida a
una revista quiteña y tijereteada o censurada por el editor,
me referí a las pavorosas contradicciones que vive este
medio de información. Así, mientras el comentarista
del noticiario invita a practicar valores como la honestidad
y el respeto, a continuación se transmite una telenovela
que promueve el robo, la violencia, el asesinato y la pendencia.
La tele no crea necesidades sino que se aprovecha de ellas, inaugurando
nuevos deseos. Volar, poseer un teléfono digital no son
necesidades creadas por el medio de información, por el
contrario, son respuestas a las necesidades naturales de comunicarnos
y desplazarnos. En televisión, confundir es el juego.
Suponer que el medio produce necesidades, es como creer que la
batidora genera la necesidad de comer papillas. La televisión
incita, llama, persuade, entretiene, a veces entrega información
de dudosa validez. La televisión promueve deseos que se
basan en nuestras necesidades de supervivencia, autoestima y
socialización.
Los contenidos de la tele responden unas veces a las expectativas
de los espectadores, y siempre a los intereses comerciales y
empresariales de los dueños del medio. "Cada sociedad
tiene su propio circo y espera que, concluida la función,
los asistentes vuelvan con menos desgana a una anodina vida cotidiana"
(Brown). La televisión es parte de la industria del entretenimiento,
por ello divierte, distrae, despreocupa, camufla, relaja y maquilla.
Los efectos de estas intenciones tienen nefastas consecuencias
en los televidentes: alelamiento, vagancia mental, alienación,
desinformación, conformismo y ceguera. La televisión,
como otros entretenimientos, forma parte de la cultura coprológica,
que consiste en producir heces fecales culturales que son alimento
de los consumidores de mierda cultural. Si se vive en una cultura
coprológica, entonces los coprófagos se alimentan
de excrementos, y a ello responde la televisión como una
forma de cultura.
Los programas del género talk show, en los cuales se pueden
incluir algunos noticiarios, son el moderno reemplazo del antiguo
confesionario, lugar donde los creyentes descargaban sus culpas
a Dios para alcanzar el perdón. La diferencia con ese
sacramento es que ahora los pecados se hacen públicos
y no existe el secreto de confesión ni la intimidad. El
atractivo de estas confesiones, además del morbo y el
escándalo, responde a un proceso cultural denominado catarsis,
o sea, a la purificación grupal. Los griegos usaban la
catarsis en el teatro clásico, suponiendo que se lavan
las culpas mediante procesos de imitación, proyección
y atribución de iguales enredos, en donde la acción
mimética nos libera. La gran diferencia con el teatro
griego es que los argumentos narrados en las confesiones televisadas
son estúpidos, mal actuados y, sobre todo, sin un análisis
de los problemas representados. Si en esos programas existiera
un estudio de los casos y una interpretación cultural
de ellos, el público sacaría algo de provecho.
Pero ¿pueden los presentadores de televisión analizar
algo?
Todo programa televisado es cultural y lingüístico,
pertenece al mundo de la cultura de una sociedad. La calidad
de los programas es directamente proporcional a la calidad de
los televidentes. Ahora bien, cultura no es un sinónimo
de educación. Si por cultural nos referimos a productos
culturales con esa intención, debemos considerar que el
aprender y reflexionar es siempre un trabajo individual, a veces
divertido, siempre esforzado. Una sociedad que oscila entre la
mojigatería y la hipocresía para señalar
lo educado, y lo burdo y vulgar para indicar lo grosero y vulgar,
genera el tipo de televisión que padecemos si somos tan
valientes como para prenderla.
En un acto de audacia, prendo el aparato. Es una entrevista sobre
el TLC (Tratado de Libre Comercio.) En diez minutos escucho las
siguientes perlas idiomáticas del periodista: "Como
se dice vulgarmente, el quid del problema es... Es un carro full
equipo. Ya trataremos este problema en un acápite especial.
¿Cuáles serían los peligros potenciales
de esa negociación? Ahí habrá que potenciar
la negociación. Se deberá hacer una difusión
a nivel popular. ¿Cómo hacemos un esquema paulatino
sobre esto? Vamos a ver las imágenes de video y audio
que hemos preparado. Pasemos a pensar de que es el Ecuador del
futuro." Por fin apago y salgo de la calamidad informativa.
Si usted, amigo lector, es capaz de resolver y advertir esos
errores, ya sabe por qué la televisión atonta.
En el capítulo dieciséis de la segunda parte de
El Quijote, el caballero andante se topa con Diego de Miranda,
hidalgo manchego al que apodará "el caballero del
Verde Gabán". Ante una pregunta de éste sobre
el oficio de las letras, don Quijote responde que "la pluma
es lengua del alma". Cosa semejante se debiera atribuir
al profesional que se coloca frente a las cámaras. Con
frecuencia el micrófono se convierte en el esfínter
del alma. Un uso responsable del micro respeta la corrección
idiomática y el contenido del mensaje para que el efecto
de imitación nos invite a hablar y a pensar con juicio.
El buen uso del idioma es parte de nuestra identidad. Sin ella
no hay imagen real que mostrar, solamente existe máscara,
maquillaje, apariencia e imágenes televisadas que, desde
luego, son sensaciones y signos, no pensamientos. Qué
juicioso era el loco don Quijote y cuánto conocía
de la naturaleza humana. Indudable.
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