Revista Chasqui
  Lenguaje

Juan Manuel Rodríguez, español por nacimiento, ecuatoriano por adopción. Decano del Colegio de Comunicación de la Universidad San Francisco de Quito, novelista y escritor. Correo-e: juan@mail.usfq.edu.ec

Errores comunes en el lenguaje periodístico

La pluma es lengua del alma

El 11 de abril, a un mes de la tragedia provocada por el terrorismo en los trenes madrileños, el equipo de fútbol Real Madrid perdía el juego contra el Osasuna, de Navarra, por un marcador apabullante: tres a cero. En medio del relato y cuando la suerte estaba echada, el locutor del canal ecuatoriano Telesistema, con toda la cachaza del mundo y creyendo que había encontrado una analogía perfecta, declaraba que este desastre se asemejaba al acto terrorista ocurrido hacía treinta días. La fecha, el lugar y el drama parecen avalar la comparación. Sin embargo, el comentarista Muñoz lo interrumpe de inmediato y amonesta ante los televidentes: la relación es descabellada, pues no deben igualarse dos eventos tan desemejantes. Con sensatez y cordura, le aconseja que se retracte. Pero el locutor no se inmuta. Convencido tal vez de su ingenio o sin entender por qué debe disculparse, prosigue el relato de las escaramuzas, haciendo caso omiso de la insinuación del compañero. Ante tamaño disparate, un locutor profesional se hubiera excusado, consciente de la burrada y de su responsabilidad social como comunicador. ¡Qué gol hubiera cantado si con honradez y grandeza de espíritu se hubiera disculpado! Pero no lo hizo. El error es triple: primero, por su temeridad, segundo por no tener la valentía de reconocer la falta, y tercero por desconocer las responsabilidades de su oficio ante las cámaras.

En una entrevista acerca de la televisión, concedida a una revista quiteña y tijereteada o censurada por el editor, me referí a las pavorosas contradicciones que vive este medio de información. Así, mientras el comentarista del noticiario invita a practicar valores como la honestidad y el respeto, a continuación se transmite una telenovela que promueve el robo, la violencia, el asesinato y la pendencia. La tele no crea necesidades sino que se aprovecha de ellas, inaugurando nuevos deseos. Volar, poseer un teléfono digital no son necesidades creadas por el medio de información, por el contrario, son respuestas a las necesidades naturales de comunicarnos y desplazarnos. En televisión, confundir es el juego. Suponer que el medio produce necesidades, es como creer que la batidora genera la necesidad de comer papillas. La televisión incita, llama, persuade, entretiene, a veces entrega información de dudosa validez. La televisión promueve deseos que se basan en nuestras necesidades de supervivencia, autoestima y socialización.

Los contenidos de la tele responden unas veces a las expectativas de los espectadores, y siempre a los intereses comerciales y empresariales de los dueños del medio. "Cada sociedad tiene su propio circo y espera que, concluida la función, los asistentes vuelvan con menos desgana a una anodina vida cotidiana" (Brown). La televisión es parte de la industria del entretenimiento, por ello divierte, distrae, despreocupa, camufla, relaja y maquilla. Los efectos de estas intenciones tienen nefastas consecuencias en los televidentes: alelamiento, vagancia mental, alienación, desinformación, conformismo y ceguera. La televisión, como otros entretenimientos, forma parte de la cultura coprológica, que consiste en producir heces fecales culturales que son alimento de los consumidores de mierda cultural. Si se vive en una cultura coprológica, entonces los coprófagos se alimentan de excrementos, y a ello responde la televisión como una forma de cultura.

Los programas del género talk show, en los cuales se pueden incluir algunos noticiarios, son el moderno reemplazo del antiguo confesionario, lugar donde los creyentes descargaban sus culpas a Dios para alcanzar el perdón. La diferencia con ese sacramento es que ahora los pecados se hacen públicos y no existe el secreto de confesión ni la intimidad. El atractivo de estas confesiones, además del morbo y el escándalo, responde a un proceso cultural denominado catarsis, o sea, a la purificación grupal. Los griegos usaban la catarsis en el teatro clásico, suponiendo que se lavan las culpas mediante procesos de imitación, proyección y atribución de iguales enredos, en donde la acción mimética nos libera. La gran diferencia con el teatro griego es que los argumentos narrados en las confesiones televisadas son estúpidos, mal actuados y, sobre todo, sin un análisis de los problemas representados. Si en esos programas existiera un estudio de los casos y una interpretación cultural de ellos, el público sacaría algo de provecho. Pero ¿pueden los presentadores de televisión analizar algo?
Todo programa televisado es cultural y lingüístico, pertenece al mundo de la cultura de una sociedad. La calidad de los programas es directamente proporcional a la calidad de los televidentes. Ahora bien, cultura no es un sinónimo de educación. Si por cultural nos referimos a productos culturales con esa intención, debemos considerar que el aprender y reflexionar es siempre un trabajo individual, a veces divertido, siempre esforzado. Una sociedad que oscila entre la mojigatería y la hipocresía para señalar lo educado, y lo burdo y vulgar para indicar lo grosero y vulgar, genera el tipo de televisión que padecemos si somos tan valientes como para prenderla.

En un acto de audacia, prendo el aparato. Es una entrevista sobre el TLC (Tratado de Libre Comercio.) En diez minutos escucho las siguientes perlas idiomáticas del periodista: "Como se dice vulgarmente, el quid del problema es... Es un carro full equipo. Ya trataremos este problema en un acápite especial. ¿Cuáles serían los peligros potenciales de esa negociación? Ahí habrá que potenciar la negociación. Se deberá hacer una difusión a nivel popular. ¿Cómo hacemos un esquema paulatino sobre esto? Vamos a ver las imágenes de video y audio que hemos preparado. Pasemos a pensar de que es el Ecuador del futuro." Por fin apago y salgo de la calamidad informativa. Si usted, amigo lector, es capaz de resolver y advertir esos errores, ya sabe por qué la televisión atonta.

En el capítulo dieciséis de la segunda parte de El Quijote, el caballero andante se topa con Diego de Miranda, hidalgo manchego al que apodará "el caballero del Verde Gabán". Ante una pregunta de éste sobre el oficio de las letras, don Quijote responde que "la pluma es lengua del alma". Cosa semejante se debiera atribuir al profesional que se coloca frente a las cámaras. Con frecuencia el micrófono se convierte en el esfínter del alma. Un uso responsable del micro respeta la corrección idiomática y el contenido del mensaje para que el efecto de imitación nos invite a hablar y a pensar con juicio. El buen uso del idioma es parte de nuestra identidad. Sin ella no hay imagen real que mostrar, solamente existe máscara, maquillaje, apariencia e imágenes televisadas que, desde luego, son sensaciones y signos, no pensamientos. Qué juicioso era el loco don Quijote y cuánto conocía de la naturaleza humana. Indudable.
 

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