- El periodismo
corrupto
Enrique Roldós,
periodista uruguayo
En ausencia de reglas legales que la defiendan,
la actividad periodística en América Latina está
controlada por políticos y empresarios. Este escenario
alienta la corrupción de los comunicadores y condiciona
a la prensa independiente.
Una de las materias preferidas de la prensa
es la corrupción de los otros y escasas veces los periodistas
nos interrogamos públicamente sobre qué sucede
dentro de nuestra profesión. Esta situación condujo
a que en Uruguay, hace pocas semanas, el director y propietario
de la revista Posdata se agraviara porque algunos órganos
de prensa informaron sobre las instancias judiciales en que se
encontraba involucrado por delitos económicos. De inmediato
se le contestó con un dato obvio: su revista difundía
muy frecuentemente información surgida de los tribunales.
No podía pretender ser una excepción.
Este caso es representativo de un fenómeno
bastante extendido en el mundo, el del «periodista dueño
de medios». Se trata de un híbrido profesional en
el que se confunden la libertad de prensa con la libertad de
empresa. Equilibrar en una misma persona el interés de
lucro con el afán de verdad parece una tarea difícil,
dado que los mismos se encuentran en permanente tensión.
La situación se agrava en medios de pequeño o mediano
porte sin demasiada solvencia económica.
Trabajo insalubre
Es corruptor aquel que, para ascender en
su carrera, un día se encarniza, interrogando a un candidato
presidencial y al siguiente le sostiene el micrófono a
otro, para que declare lo que se le ocurra.
En cambio el periodista profesional no
padece esta tensión: recibe un salario y de él
no se espera que hable de un mundo imaginario o recortado, sino
que refleje e interprete la realidad. Sin embargo, no siempre
el producto que recibe el público es el esperado, porque
los medios no funcionan en ambientes de laboratorio. La posición
política de la empresa, su inserción en un conglomerado
multimedia y el peso de sus avisadores -con gritos o susurros-
ponen trabas a su línea periodística. En estas
circunstancias -presentes en la mayoría de los medios
latinoamericanos- el profesionalismo retrocede hasta embotarse,
refugiándose en lo oficial y en aquello que afirman las
fuentes interesadas. La investigación propia se transforma
en una rareza y, cuando existe, muchas veces no está comprometida
con el público sino que es funcional a los intereses de
determinados grupos de poder.
¿Es corrupto el periodista que trabaja
dentro de este esquema? No lo es necesariamente, ni la mayoría
de las veces, pero sin dudas podría desarrollar su profesión
en un medio que le proporcionara mayores libertades. Aun con
las limitaciones que la empresa impone, se debe aspirar a un
ejercicio honesto de la profesión; a que el periodista
refleje la verdad, que actúe con equilibrio en los reportajes
y en los espacios de opinión, en lugar de plegarse a los
intereses del medio periodístico para el que trabaja.
Es corrupto aquel que, para ascender en
su carrera, un día se encarniza interrogando a un candidato
presidencial y al siguiente le sostiene el micrófono a
otro, para que declare lo que se le ocurra. En Uruguay son varios
los periodistas que han obtenido permisos para operar emisoras
de radio como recompensa por su parcialidad en los reportajes.
Obviamente, estas recompensas tienden a reproducir las adhesiones
políticas y las restricciones a la información.
La falta de compromiso con la profesión
y con la realidad -que evidencian las conductas antedichas- tienen
un límite impuesto por las nuevas tecnologías y
la globalización. El ingreso de la televisión para
abonados alcanza, en algunos departamentos del país, una
penetración del 80 por ciento y muestra otros ejemplos
de periodismo, si no modélicos en sí mismos, largamente
avanzados respecto a la situación uruguaya.
Política y negocios
El departamento donde la corrupción
de los periodistas ha llegado más lejos en Uruguay es
el de Maldonado, centro de blanqueo de dinero proveniente de
Argentina, Brasil y Paraguay. Los pesados impuestos que afectan
a los propietarios de residencias de veraneo llenaron las arcas
municipales de Maldonado y dieron amplio margen de manejo a la
administración para comprar medios y periodistas. Radioemisoras
de color partidario opuesto a la administración municipal
del Partido Nacional se volvieron repentinas partidarias de la
misma, y siete periodistas locales fueron contratados en dependencias
municipales. También en Maldonado, un periodista de la
prensa escrita apareció de la noche a la mañana
como dueño de una radioemisora de FM. Una grabación,
presentada ante la Junta Departamental de Maldonado por un edil,
evidenció la práctica de esta política;
probó que a las radios y semanarios se los compraba con
avisos y a los periodistas con empleos. De esta forma se clausuraba
todo espacio para la expresión discrepante con el oficialismo,
tanto local como nacional.
Existe asimismo otras formas menores de
corrupción periodística, como la venta de tapas
de revistas y suplementos para mejorar la cotización de
algún jugador de fútbol o aumentar la de una actriz,
recurso muy utilizado en Argentina. En este proceso intermedian
inevitablemente los periodistas. En Uruguay se constata abundantes
casos de venta de tapas y notas «atadas» en suplementos
económicos, a cambio de publicidad en los mismos o en
los diarios a los que estos pertenecen. Los citados son subproductos
periodísticos donde la calidad de redactor se une a la
de productor publicitario, con un claro predominio de esta última
condición, de modo que la nota que se publica es la que
aporta publicidad.
En muchos países se utiliza también
la venta de impunidad: en posesión de una noticia se negocia
su no publicación a cambio de fuertes sumas de dinero.
Claro que en estos casos la corrupción del industrioso
empresario periodístico no tiñe necesariamente
al periodista que obtuvo la información. Por el contrario,
tiende a frustrar sus motivaciones y lo incita a buscar aires
más propicios.
La vinculación entre propaganda y periodismo se advierte
igualmente en la radio, detrás de reportajes a empresarios
en espacios que no se definen como «de negocios»
o «de empresa», sino que parecen formar parte de
los programas periodísticos.
En una importante cantidad de medios argentinos
la crítica de libros, asociada a los intereses de las
grandes editoriales, es un «clásico» del mismo
calibre que la cinematográfica. El favoritismo de los
cronistas se traduce luego en fajas elogiosas para los libros
o extractos convidadores en los avisos de películas o
cajas de vídeos. En estos casos el sobre de fin de mes,
proveniente de los elogiados, llega a ser más voluminoso
que el del diario para el que trabajan.
Corrupción del periodismo deportivo
En muchos países se utiliza también
la venta de impunidad: en posesión de una noticia se negocia
su no publicación a cambio de fuertes sumas de dinero.
El interés subalterno no se limita
a la política sino que también se aprecia en el
fútbol. Cuando la Asociación Uruguaya de Fútbol
contrató con la firma Torneos y Competencias la exclusividad
para la transmisión de los partidos de fútbol,
los canales privados de televisión aérea uruguayos
perdieron la posibilidad de emitir gratuitamente imágenes
de los goles de los partidos de fin de semana. (En cambio, lo
hizo un espacio privado contratado en el canal estatal). Este
hecho les produjo un importante daño económico,
razón por la cual comenzaron una campaña tendiente
a revertir esta situación. Al cabo de los años,
los mismos periodistas que argumentaron fogosamente en defensa
de la «libertad de prensa» y se lamentaban de las
privaciones que sufriría el público, dejaron de
tratar el tema aunque la situación fuera la misma de antes.
Sucede que sus canales adquirieron los derechos de transmisión,
pero son dueños también de la televisión
para abonados y los emiten por este medio.
El periodista deportivo tiene el mismo
deber de objetividad que quien se ocupa de asuntos políticos;
sin embargo, mientras el cronista político tiene el trabajo
más o menos asegurado, el deportivo depende del entusiasmo
del público: a mayor entusiasmo, mayor audiencia y más
lectores. Entre los que se desempeñan en este ámbito
pocos se sustraen a la tentación de «inflar»
a equipos y jugadores e ingresan así en una zona bastarda
de la profesión. De esta manera, una aislada actuación
destacada de un jugador es juzgada como «consagración
definitiva» y las especulaciones sobre su cotización
millonaria en dólares están a la orden del día.
La inflación alcanza a las consideraciones previas a partidos
de selección que se aprecian difíciles. En estos
casos se considera que el equipo es capaz de ganar «siempre
que sus individualidades logren conjuntarse» o aparece
el uso de alguna frase por el estilo. En las valoraciones posteriores
se explican las malas actuaciones por el fallo individual de
algún jugador que se hizo expulsar, la malignidad del
árbitro, el fixture que favoreció al adversario,
el estado de la cancha o el error del técnico. Son escasos
los antecedentes de cronistas deportivos, respetados en el Río
de la Plata, que se hayan animado a afirmar reiteradamente que
hay cosas más importantes que el fútbol, ubicándolo
en su verdadero lugar de entretenimiento en el que no se juega
ni la patria, ni el honor, ni la identidad nacional.
¿Cuál es el móvil
de este exceso? El traslado a otro país para transmitir
la actuación de un equipo uruguayo. Esto representa la
venta de publicidad en las transmisiones radiales y salarios
extras y viáticos para los periodistas que se desplazan.
Implica asimismo la venta de pasajes en charters organizados
para «acompañar a Uruguay a ...».
Un caso uruguayo, que supera a todos los
otros, es el de un periodista cuya línea editorial consiste
en defender a un poderoso contratista de jugadores quien, mediante
el chantaje, ha llegado a controlar las decisiones de los clubes
y de la misma Asociación Uruguaya de Fútbol.
El caso de este deporte vale para otros
como el automovilismo o el básquetbol y es fácilmente
trasladable a otros países. Quizá sea esta la zona
donde cuesta más reconocer al periodismo por debajo del
negocio. Ello no implica que no existan quienes encaren este
trabajo con profesionalismo, que atiendan el lado humano de los
deportistas y juzguen con ecuanimidad las actuaciones de los
equipos y jugadores. Pero pierden trece a cero frente a la enorme
mayoría.
Un caso uruguayo, que supera a todos los
otros, es el de un periodista cuya línea editorial consiste
en defender a un poderoso contratista de jugadores quien, mediante
el chantaje, ha llegado a controlar las decisiones de los clubes
y de la misma Asociación Uruguaya de Fútbol
Raíz de la corrupción
periodística
Aquí cabría preguntarse en
qué es corrupto el periodista. Tal vez no lo sea tanto
por el hecho de recibir dinero de terceros, como por el de engañar
a miles o millones de personas que no reciben lo que esperan
de él, esto es una explicación sincera y exacta
de la realidad.
¿Estuvimos refiriéndonos a la fatalidad, a un juego
de buenos y malos? No; en realidad nos ocupamos de un problema
estructural. La corrupción en la profesión periodística
-fenómeno con el que convivimos habitualmente en América
Latina- es el producto de democracias débiles en las cuales
la prensa independiente es un bien escaso. Son las propias empresas
quienes alientan la corrupción profesional y ésta
se transforma, muy a menudo, en condición para el ingreso
y el progreso laboral.
La corrupción de los periodistas
es un fenómeno «ambiental» que no podrá
erradicarse sin el establecimiento legal del fuero periodístico
y la consagración del habeas data. Es justamente la ausencia
del fuero periodístico -unida a una débil presión
moral del gremio y la sociedad- quien permite que, impunemente,
la corrupción se instale en la profesión. Solo
la consagración de normas éticas, la colegiatura
de los periodistas y la existencia de un cuerpo legal fuerte
serán capaces de jerarquizar el trabajo periodístico.
Ellos sí podrán crear reglas de juego que consagren
el derecho a la información y el derecho a informar como
un valor principal por defender.
Allí donde ya existan algunas de
estas normas deberá darse la lucha por su profundización,
con el fin de lograr -al cabo de los años- la creación
de una cultura al respecto. Este resultado no será, por
supuesto, fruto de un año ni de una década de esfuerzos.
Pero, debe entenderse, mientras la función
de la prensa en la sociedad no sea estatuida legalmente y el
rol de empresarios y periodistas no esté definido, la
elevación del profesionalismo no será posible;
menos aún la defensa de los periodistas que son perseguidos
por cumplir con su deber.