Etica y Comunicación
- Nada más frecuente que la mentira
y, por desgracia, ninguna moneda, como ella, es la más
vigente en el mercado diario
La ética fija en el ser responsable una línea coherente
de pensamiento y actitud que, afirmada por principios morales
universales, llega a la comunidad y constituye cultura. Nada
exige tanta presencia ética como la comunicación,
que relaciona persona y sociedad, en la autenticidad de sus contenidos
verdaderos y en la coherencia de su revelación digna.
La fundamentada constatación de lo verídico y la
necesidad social de compartirlo se encuentran y relacionan con
frecuencia en la pasión del anuncio transformador e impresionante.
Esa pasión conduce al comunicador a la revelación
de lo constatado en la medida conseguida por la vocación
personal iluminadora o por la sed social de novedad; un cierto
litigio entre lo impresionante y lo necesario, lo sorpresivo
y lo definidor, lo auténtico y lo generador de fantasías,
desequilibran la severidad objetiva y desarman la coherencia
necesaria de verdad y dignidad.
En ese litigio, la verdad padece, la objetividad sufre mermas
dañinas y la comunicación genera de modo espúreo
"mentiras, calumnias, insultos", que con frecuencia
alteran al más sereno, turban el juicio público
y violentan el ejercicio de la justicia. Más aún,
siendo la comunicación el poder mayor entre todos los
que conforman el mundo de las aspiraciones sociales, la susceptibilidad
del comunicador que no quiere perder nada de lo que descubrió
y valora su prestigio y la nerviosidad de los sujetos de información
y de los afectados por ella, agigantan sus apasionamientos y
de inmediato la violencia demuestra su poder o su impotencia,
dejando ambas amargura insatisfecha.
Por otra parte, el vulgar placer común de mentir y el
miedo a la verdad, por elemental que ella fuera, han desnaturalizado
socialmente nuestros criterios, sobre todo el de los conductores
culturales y políticos y de modo singular el de esa gleba
de áulicos que cortejan la inseguridad personal de los
más notables, difundiendo toda suerte de alteraciones
de la verdad y confundiendo sus más objetivos significados.
Nada difícil saber qué es verdad y nada tan fácil
como ofenderla. También nada más frecuente que
la mentira y, por desgracia, ninguna moneda, como ella, es la
más vigente en el mercado diario.
En momentos no muy distantes vivimos un entredicho, que abrió
en el país distancias insospechadas, entre el Poder, que
siempre se considera en la verdad, y la libertad de comunicación
que publicó las palabras críticas de un conocido
empresario, en un contexto adverso, algo duro, que a la autoridad
le ofendió. A la distancia y sin apasionamiento alguno,
sí creemos que el criterio de quienes respondieron por
el Poder a las expresiones del empresario, se ubicaron muy lejos
de la realidad y de la serena objetividad, interpretando muy
negativamente la crítica recia, pero no ofensiva y encontrando,
como para presentarla a juicio, mentira, calumnia, ofensa e insulto,
lo que fue explosiva ligereza.
El Habeas Corpus concluyó el episodio, en el que se puso
en juego un derecho muy noble de la comunidad: el de la comunicación.
La violencia de una interpretación equivocada confundió
la mentalidad social y no logró restauración alguna
de lo que juzgó ofensa, para el derecho del supuestamente
ofendido. Jamás se piensa y se deja sin esclarecimiento
siempre a esa gran confusión mental que soportan nuestras
comunidades, cuando por cualquier razón o motivo egoísta,
se juega con los términos y significados.
La serenidad y la justicia exigen severa proporción en
las actitudes para que lo ético sea lo dominante de toda
relación social y la comunicación la mantenga y
fortifique.
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