|
El
periodismo es instinto
Azorín (José Martínez Ruiz) 1873-1967
Un adolescente se halla sentado
ante una mesita; tiene delante un rimero de cuartillas; con ligera,
presta, rauda pluma, va trazando renglones, ennegreciendo los
blancos papeles; se detiene a veces; borra una palabra; escribe,
rápidamente, otra.
El artículo que ese adolescente está escribiendo
es para un semanario del pueblecito. Con gran fe, con ardimiento,
con pasión, ha ido este mozo trazando los renglones en
las blancas cuartillas. Y luego, en la modesta imprenta, ansioso,
sin perder un minuto, ha visto como esas cuartillas iban transformándose
en letras impresas. Y más tarde, con el periódico
en la mano, húmedo, oliendo a tinta fresca, ha leído
y vuelto a leer su artículo. En todo el pueblo, seguramente,
lo estarán leyendo a estas horas; no cabe duda de que
esta prosa es viva, amena, enérgica, rápida, pintoresca.
Y pasan dos o tres días de la semana; ya el domingo ha
quedado atrás; es preciso pensar en el original para el
próximo número.
Los años pasan; del pueblo, ese joven ha saltado a la
capital de provincia; de esa ciudad ha ido luego a Madrid. Ha
comenzado a vivir intensamente la vida. Ha conocido a los hombres;
la experiencia humana en todos los órdenes, en el social,
en el político, en el literario- es la gran escuela del
periodista. La adversidad ha puesto a prueba su amor al periodismo.
Sin orden, a placer, según los azares de la vida, este
mozo que nosotros hemos imaginado -y en quien acaso hayamos puesto
algo de nuestra personalidad- ha ido leyendo toda suerte de libros.
Su pasión es la palabra exacta, clara, precisa, expresiva,
Cuando escribe, desea que todos, en el sector ancho, vasto, del
periódico, puedan comprender lo que dice.
¡Cuántos escritores, profundos, cultos, eruditos,
escriben en los periódicos! ¡Y qué pocos
periodistas! Un gran periodista -católico, Luis Veuillot-
ha definido el periodista en pocos y esenciales rasgos:
El talento del periodista -ha dicho este verdadero maestro del
periodismo- consiste en la prontitud, el rasgo y, ante todo,
la claridad. El periodista no dispone más que de unas
cuartillas y de una hora para exponer el problema, batir al adversario
y dar su parecer; si escribe una palabra que no sea eficaz; si
escribe una frase que el lector no comprenda inmediatamente,
ese periodista no sabe su oficio. Que se apresure; que sea límpido;
que sea sencillo. La pluma de un periodista goza de todos los
privilegios de una conversación atrevida; debe el periodista
usar de esas prerrogativas. Pero nada de énfasis; sobre
todo, que no caiga en la tentación de buscar la elocuencia.
Así ha hablado un maestro. ¡No usar, no buscar,
no ansiar la elocuencia! La elocuencia es la enemiga capital
del buen periodista.
¿Y quién le habrá enseñado al periodista
esas cualidades esenciales que el maestro francés expresa
en su definición? ¿Cómo aprender, en una
escuela, la rapidez, la intuición repentina, el sentido
de la actualidad, la serenidad dominadora en la polémica,
la gracia y el ingenio que van ocultando la elección moral,
en un breve artículo, y va poco a poco descubriéndola,
hasta llevar dulcemente al lector hasta el final, es decir, hasta
las conclusiones que deseábamos hacerle abrazar e inculcarle?
Y si esas cualidades son innatas, no se enseñan ¿Cómo
podrán, tampoco, enseñarse las excelencias que
debe reunir en su persona un organizador de periódicos?
Un gran periódico es una máquina formidable y delicadísima;
el menor choque, la más ligera impulsividad, el más
leve apasionamiento, desconciertan el delicado organismo y hacen
tambalear toda la máquina.
¡Cuánto tacto, serenidad, conocimiento del medio
ambiente, experiencia de los hombres, se necesitan para llevar
serenamente, con naturalidad, esa máquina poderosísima
y sutil de un gran diario moderno!
¿Se aprenderá ese arte en alguna academia? Puede
ser que la guerra sea una ciencia; pero las batallas las gana
el arte. Y el arte -en la guerra y en el periodismo, tan parecido
a la guerra- es la intuición rápida del momento,
de las circunstancias y de la psicología de las muchedumbres.
¿Queréis que el periodismo decaiga, languidezca,
muera? Coartad, limitad, restringid la libertad de iniciativas
de un director u organizador de periódico.
El periodismo, en el redactor del periódico, es instinto;
en el organizador o director, es iniciativa libre, espontánea,
renovada todos los días. El limitar es libertad es desanimar
al periodismo entero. Y a la larga, nadie más que el propio
periodista -aparentemente beneficiado- sería quien padeciese
más de esa limitación infecunda. 1928
|