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60
Minutes II sigue la línea del programa original, con un
enfoque un tanto más ligero pero con la misma fuerza y
un equipo pleno de experiencia que incluye a Charlie Rose, Robert
Simon y Dan Rather. Rather, el hombre detrás de la emisión
sobre Irak, empezó su carrera periodística en modestos
medios de comunicación del estado de Texas. Sus reportajes
pronto atrajeron la atención de la CBS en Nueva York,
cadena a la que se incorporó como corresponsal en 1962.
Nominado director de la estación afiliada a CBS en Dallas,
sería en esta ciudad donde su marca periodística
empezaría a ser legendaria. El 22 de noviembre de 1963,
Rather se había prestado como voluntario para cubrir la
parte final del desfile presidencial que recorría las
calles de la ciudad en ese día. Al percibir una conmoción
de lejos, emprendería una vertiginosa búsqueda
informativa que le permitiría obtener antes que ningún
otro periodista datos certeros sobre el atentado contra el Presidente
John F. Kennedy y su fallecimiento. Gracias a su sagacidad, CBS
sería la primera cadena televisiva que daría a
conocer el magnicidio al mundo.
Promovido como corresponsal
en Washington y luego en el extranjero, Rather insistiría
en ser enviado a Vietnam como reportero. Su trabajo allí
iniciaría una nueva era en la cobertura del conflicto
armado. Otros corresponsales enviaban a sus medios historias
basadas únicamente en declaraciones de diplomáticos
y portavoces del ejército. Rather, por el contrario, incursionó
directamente en medio de la acción bélica, enviando
las primeras imágenes reales de la guerra, las mismas
que contrastaban con la posición oficial, plena de ideología
por sobre hechos. De vuelta en los Estados Unidos, CBS lo promovería
de nuevo, nombrándolo corresponsal en la Casa Blanca.
Durante el escándalo de Watergate, su estilo sería
percibido como abrasivo, liberal, contrario a Nixon y a su administración.
En 1981, Rather reemplazó
al legendario Walter Cronkite como principal presentador de noticias
de CBS, puesto que aún ocupa. Su relación con 60
Minutes se inició en la década de los setenta,
cuando por un año trabajó como presentador para
el programa. Desde 1998 es uno de los corresponsales fundadores
de 60 Minutes II. En ese espacio continúa cada semana
haciendo públicas investigaciones originales sobre temas
de actualidad. El 28 de abril de 2004, Rather estaría
una vez más al vórtice de una primicia: su reportaje
sobre Abu Ghraib brindó las primeras imágenes de
lo sucedido a un público incrédulo. Tres días
más tarde, la prensa escrita tomaría el relevo
en las páginas de The New Yorker.
La
nueva generación de reporteros no ha tomado el relevo
de las viejas glorias del periodismo estadounidense
The New Yorker Seymour
Hersh
Creado en 1925, The New Yorker
es tal vez la más persistente paradoja del periodismo
estadounidense. Concebido como un semanario humorístico-social,
se transformó gradualmente en un medio cuya profundidad
ha marcado a generación tras generación de lectores.
El significado de su nombre en inglés -el neoyorquino-
responde al enfoque local con el que se fundó. Sin jamás
abandonar el mismo, ha evolucionado hacia la cobertura de temas
de interés nacional y global. Sus páginas han acogido
a escritores de la talla de Salinger, Nabokov, E. B. White, Kincaid
y Kundera. Sus ilustraciones han hecho historia de la mano de
figuras como Hockinson, Thurber, Saxon y Addams.
Desde un punto de vista periodístico,
durante gran parte de su historia The New Yorker ha sido una
excepción por su total independencia editorial. Su fundador
y primer editor, Harold Ross, estableció que la publicidad
no influenciaría el contenido de la revista. Los miembros
de su equipo de escritores jamás interactuarían
con el departamento comercial de la revista. Aún más,
incluso en medio de la Gran Depresión, Ross optó
por aceptar anuncios selectivamente, eliminando aquellos objecionables
sin importar su potencial económico. A todo ello se uniría
un respeto poco usual por autores y lectores, una preocupación
obsesiva por exactitud factual y una aversión extrema
contra el sensacionalismo. William Shawn, el sucesor de Ross,
insistiría en esas políticas. Bajo tal clima se
publicarían reportajes de importancia insospechada. The
New Yorker denunciaría con igual vigor la caza de brujas
del senador McCarthy, la segregación racial y la destrucción
del medio ambiente, entre otros muchos temas.
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