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El
gran fiasco del enlace fue la retransmisión de Televisión
Española
Un mes después, una
encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS),
el instituto demoscópico oficial, indicaba que la boda
del Príncipe heredero fue seguida por un 49,3 por ciento
de la población. La otra mitad fue moderadamente entusiasta
o indiferente. Pocos en contra. No es de buena educación
oponerse a una boda tan políticamente correcta.
Todos los diarios y revistas lanzaron grandes ediciones especiales
y la prensa extranjera difundió la boda por todo el orbe.
Se esperaba que los madrileños y los españoles
en general se lanzaran a las calles enjaezados para celebrar
con los Borbones y olvidar la tragedia del 11-M, tan cercana.
Pero la lluvia, las dudas sobre
la pareja, el exceso de almíbar y cuento príncipe
conoce periodista divorciada, cara popular de televisión,
y se enamoran por encima de diferencias de clase y con rumor
de oposición de la Reina menguaron el fuego festivo.
Dos días antes del enlace,
las luces coloreadas encendidas en Madrid para celebrar la alianza
se apagaron por la congestión de paseantes y tráfico
provocado. Y la gente se enfadó. Quejas estéticas
aparte (hubo, y muchas), era una ocasión para ver otro
Madrid, una ciudad de ensueño principesco y hadas de neón.
Por un momento parecía que había vuelto la movida.
Las luces se apagaron y la gente se enfadó. Mal fario,
pronosticaron las gitanas en los portales oscuros.
¡Si García Lorca
y Hemingway lo hubiesen visto. Qué copla, qué cuento!
El rey de la televisión
Juan Carlos I es el rey de
la televisión. La restauración monárquica
no habría sido posible sin democracia y sin televisión.
En las postrimerías del franquismo, dos escenas vívidas
en la pequeña pantalla perviven en la retina de cada español:
· La muerte en atentado
del delfín de Franco, el almirante Carrero Blanco, que
abrió el futuro democrático y alimentó durante
demasiado tiempo el mito benéfico de ETA.
· La jura de un rey joven ante las todavía cortes
franquistas, con un príncipe niño al lado acompañado
de su real madre y las infantas. Niños asustados pero
firmes ante tanto sable, tanta medalla de ex combatiente de una
guerra ilegal "la gloriosa Cruzada del 18 de julio"
y tanto procurador franquista de negro traje y alma turbia.
Son escenas convertidas en imaginería popular y dogma
de una democracia en busca de legitimación.
La vigencia y legitimidad de
la corona se ha convertido en el mayor dogma de la moderna democracia
española. Primero por la restauración, su papel
de puente con el pasado lejano y con el cercano. El Rey como
garante de una transición sin sangre ni juicios. Después,
como encarnación viviente de la democracia. Símbolo
deífico y no cuestionado.
Al fin, por los propios intereses
dinásticos, asentados en una tupida red de relaciones
y compromisos. De políticos y otros poderes que ven en
la monarquía el freno a demandas más amenazantes
para sus propios intereses o eso que se ha dado en llamar el
"ser de España". Ser cuestionado hasta lo más
profundo de su esencia por las más rancias grietas de
la piel de toro.
La
monarquía y sus dos garantes
Políticos y medios han
sido los dos garantes del sistema de la monarquía constitucional,
escasamente rellena de contenido político y muy amplificada
en la opinión, y sobre todo en el sentimiento público.
Si la democracia se funda más
en el sentir que en la opinión pública, la Corona
es un instrumento utilísimo para su afianzamiento y perpetuación.
La monarquía es en España modernidad y europeísmo.
Hoy sin tercios en Flandes, pero con idéntica voluntad,
antaño basada en la comunión de la fe y hoy en
el sueño europeísta.
Visitas a ciudades y autonomías, besos y entrelazar de
manos. "¡Guapos!", gritan a los Reyes en Sevilla
como a la Macarena, Reina del Cielo. "¡Vivan los Reyes!",
claman regidores y alcaldes en tierras más frías.
Escenas de alto profesionalismo real, como la reciente del consuelo
a los familiares de las víctimas durante los funerales
de la matanza de Atocha.
Imágenes para la historia
de la televisión y de España. Portadas irrepetibles
de diarios y revistas. Ventas, ventas, ventas. Audiencia. Comunión
de medios y público en éxtasis real.
La realeza es, aquí como en todos sitios, audiencia, difusión
y venta de publicidad. Negocio asegurado y una ocasión
de quedar bien y conectar con el pueblo. De la democracia dinástica
a la democracia popular por gracia de los medios.
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