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 Revista Chasqui No. 87

Ensayos

 

El gran fiasco del enlace fue la retransmisión de Televisión Española

Un mes después, una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el instituto demoscópico oficial, indicaba que la boda del Príncipe heredero fue seguida por un 49,3 por ciento de la población. La otra mitad fue moderadamente entusiasta o indiferente. Pocos en contra. No es de buena educación oponerse a una boda tan políticamente correcta.
Todos los diarios y revistas lanzaron grandes ediciones especiales y la prensa extranjera difundió la boda por todo el orbe. Se esperaba que los madrileños y los españoles en general se lanzaran a las calles enjaezados para celebrar con los Borbones y olvidar la tragedia del 11-M, tan cercana.

Pero la lluvia, las dudas sobre la pareja, el exceso de almíbar y cuento ­príncipe conoce periodista divorciada, cara popular de televisión, y se enamoran por encima de diferencias de clase y con rumor de oposición de la Reina­ menguaron el fuego festivo.

Dos días antes del enlace, las luces coloreadas encendidas en Madrid para celebrar la alianza se apagaron por la congestión de paseantes y tráfico provocado. Y la gente se enfadó. Quejas estéticas aparte (hubo, y muchas), era una ocasión para ver otro Madrid, una ciudad de ensueño principesco y hadas de neón. Por un momento parecía que había vuelto la movida. Las luces se apagaron y la gente se enfadó. Mal fario, pronosticaron las gitanas en los portales oscuros.

¡Si García Lorca y Hemingway lo hubiesen visto. Qué copla, qué cuento!

El rey de la televisión

Juan Carlos I es el rey de la televisión. La restauración monárquica no habría sido posible sin democracia y sin televisión. En las postrimerías del franquismo, dos escenas vívidas en la pequeña pantalla perviven en la retina de cada español:

· La muerte en atentado del delfín de Franco, el almirante Carrero Blanco, que abrió el futuro democrático y alimentó durante demasiado tiempo el mito benéfico de ETA.
· La jura de un rey joven ante las todavía cortes franquistas, con un príncipe niño al lado acompañado de su real madre y las infantas. Niños asustados pero firmes ante tanto sable, tanta medalla de ex combatiente de una guerra ilegal ­"la gloriosa Cruzada del 18 de julio"­ y tanto procurador franquista de negro traje y alma turbia.
Son escenas convertidas en imaginería popular y dogma de una democracia en busca de legitimación.

La vigencia y legitimidad de la corona se ha convertido en el mayor dogma de la moderna democracia española. Primero por la restauración, su papel de puente con el pasado lejano y con el cercano. El Rey como garante de una transición sin sangre ni juicios. Después, como encarnación viviente de la democracia. Símbolo deífico y no cuestionado.

Al fin, por los propios intereses dinásticos, asentados en una tupida red de relaciones y compromisos. De políticos y otros poderes que ven en la monarquía el freno a demandas más amenazantes para sus propios intereses o eso que se ha dado en llamar el "ser de España". Ser cuestionado hasta lo más profundo de su esencia por las más rancias grietas de la piel de toro.

La monarquía y sus dos garantes

Políticos y medios han sido los dos garantes del sistema de la monarquía constitucional, escasamente rellena de contenido político y muy amplificada en la opinión, y sobre todo en el sentimiento público.

Si la democracia se funda más en el sentir que en la opinión pública, la Corona es un instrumento utilísimo para su afianzamiento y perpetuación.
La monarquía es en España modernidad y europeísmo. Hoy sin tercios en Flandes, pero con idéntica voluntad, antaño basada en la comunión de la fe y hoy en el sueño europeísta.
Visitas a ciudades y autonomías, besos y entrelazar de manos. "¡Guapos!", gritan a los Reyes en Sevilla como a la Macarena, Reina del Cielo. "¡Vivan los Reyes!", claman regidores y alcaldes en tierras más frías. Escenas de alto profesionalismo real, como la reciente del consuelo a los familiares de las víctimas durante los funerales de la matanza de Atocha.

Imágenes para la historia de la televisión y de España. Portadas irrepetibles de diarios y revistas. Ventas, ventas, ventas. Audiencia. Comunión de medios y público en éxtasis real.
La realeza es, aquí como en todos sitios, audiencia, difusión y venta de publicidad. Negocio asegurado y una ocasión de quedar bien y conectar con el pueblo. De la democracia dinástica a la democracia popular por gracia de los medios.

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