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El
impacto de la televisión
Thomas Grey Wicker
La televisión añadió
un nuevo y poderoso elemento que acrecentó la desconfianza
entre prensa y público, y entre prensa y gobierno. Cuando
Vietnam se convirtió en una preocupación doméstica
para los Estados Unidos, la pantalla de televisión había
transformado el negocio de las noticias. Los medios electrónicos,
desde ese momento, se sobrepusieron a la prensa por varias razones.
Una fue la inmediatez y poder
de la noticia vista. Ninguna noticia escrita o hablada podría
transmitir el impacto de un Jack Ruby arrancando la vida de Lee
Harvey Oswald o de cualquier otro evento entre miles. Más
importante aún fue el alcance de la televisión.
Para 1960, las cadenas, las estaciones locales y los sistemas
de transmisión por cable se habían extendido hasta
el último rincón del país. En lo tocante
a las noticias y negocios públicos, el efecto fue profundo:
áreas apartadas, por mucho tiempo dependientes de sucintos
noticieros radiofónicos y de periódicos regionales
o locales, habían iniciado el contacto vivo y frecuente
con Washington, el estadio de los Yanquis, una guerra asiática,
una revolución en Grecia, una revuelta de derechos civiles
en Alabama, el espacio extraterrestre y la superficie lunar.
Personas que habían vivido aisladas y que ignoraban casi
todo lo que acontecía en el gran mundo estaban ahora enteradas
de los negocios públicos; personas que consideraban las
noticias como irrelevantes y aburridas las veían ahora
transformadas, gracias al poder de la televisión, en fascinantes
imágenes visuales. El nuevo interés por las noticias
que generó la televisión benefició indirectamente
a la mayoría de los periódicos.
Junto con el interés
por las noticias, la televisión también creó
interés por recolectar y difundir las noticias, y por
quienes las recolectaban y difundían. En efecto, es difícil
imaginar el surgimiento del interés público por
la prensa o los medios sin atender al interés por las
estrellas de los noticieros televisados, como Walter Cronkite
y David Brinkley. En el otoño de 1977, Cronkite se convirtió
en figura central de los arreglos de la visita a Israel del presidente
egipcio Anwar el-Sadat. Uno de los grandes éxitos de la
diplomacia moderna se logró gracias a entrevistas separadas
hechas en televisión a Sadat y al primer ministro israelí
Menahem Begin.
Durante los años de
Vietnam, el impacto, alcance y omnipresencia de la televisión
creó una situación que ningún gobierno en
estado de guerra había enfrentado jamás. El avance
efímero de la guerra durante 1966 y 1967 se hizo patente
a todos los norteamericanos gracias a la televisión; no
siempre aparecía como la guerra que, según las
declaratorias de Lyndon Johnson, Robert McNamara y Dean Rusk,
se estaba ganando. Los mismos comentaristas de televisión,
muchos de los cuales expresaban cautelosamente puntos de vista
apegados a la posición oficial de Washington, eran incapaces
de ofrecer imágenes más agradables.
Ningún comentario podía
contrarrestar el desfile nocturno de imágenes de guerra
que irrumpían en los hogares norteamericanos. En mi opinión,
ese desfile, más que cualquier otro factor, hizo que la
mayoría del público se declarara en contra de la
guerra. La famosa escena de un soldado prendiendo fuego a una
casucha de paja con su encendedor fue solo lo más impresionante
dentro de la enorme sucesión de horrores y sorpresas.
La repulsa pública que finalmente sobrevino no se debió
solo a la intensidad de estas experiencias domésticas:
muertes, quemaduras, las horribles consecuencias de los vuelos
de los B-52, villorios regados con napalm, infelices refugiados
que exhibían su desesperanza frente a las cámaras
insensibles. Se debió también a la totalidad de
tales experiencias, al horror aparentemente interminable e inútil
que pasaba de una administración a otra y que aleteaba
noche tras noche, año tras año en los hogares y
en la conciencia de los norteamericanos. La televisión
convirtió la guerra en algo inescapable y finalmente agudizó
hasta extremos intolerables las preguntas fundamentales: ¿para
qué? ¿hasta dónde? Ninguna fuente oficial
dio jamás respuestas suficientemente convincentes. Pero
hasta el momento, en que para la mayoría de norteamericanos
resultó clara la inutilidad esencial de la guerra, los
informes gráficos e indigeribles que ofrecía la
televisión fueron otro motivo para que muchos vieran la
prensa con incomodidad y desconfianza.
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