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El
boom de los documentales
Ángel Rodríguez
Kauth
Con atinado acierto, el irreverente
ensayista y dramaturgo Jacopo Fo (2004) se interroga acerca de
cuáles pueden ser las causas de por qué aquellas
personas que se definen como progresistas tienden a odiar las
programaciones televisivas, cualquiera fuesen ellas. Sin duda
que su pregunta puede tener variadas respuestas; él -que
viene marcado por su ciudadanía italiana y las desventuras
que padecen bajo el gobierno reaccionario actual- lo atribuye
al hecho que la televisión en Italia está en manos
del Premier Silvio Berlusconi.
Este es uno de los hombres
más ricos de la península itálica y, lo
peor, es que se ha embanderado de modo indiscutible con la derecha
más reaccionaria de su país, al punto que ha consolidado
su gobierno de la mano y por acción de la Liga del Norte
-dirigida por Torcuto Fini- que hace de la xenofobia y el separatismo
su caballito de batalla político. Tal toma de posición
ha generado un punto inflexible de crisis, con el apoyo brindado
a la guerra imperio-capitalista encabezada por George Bush y
Tony Blair contra Irak, aun cuando no existiese prueba alguna
que la justificasen, tal como lo han demostrado recientes investigaciones
independientes del Senado de los Estados Unidos, realizadas en
julio de 2004, pero sobre la cual los medios de comunicación
venían alertando desde mucho antes.
Caja boba repulsiva
Las personas progresistas
sienten una suerte de repulsión visceral ante los contenidos
de la caja boba
Mas, la reflexión de
Fo no se reduce al ámbito de su país, sino que
vale para los individuos de condición semejante en cualquier
parte del planeta. Es un hecho fácil de observar y confirmar
que la mayoría de las personas progresistas sienten una
suerte de repulsión visceral ante los contenidos que ofrece
y distribuye la caja boba y -remarco lo de las vísceras-
ya que parece que ellos se imponen a la hora de las declamaciones
sobre los contenidos intelectuales, que se supone debieran primar
en quienes se consideran trabajadores de la intelectualidad.
En parte tienen buena razón
en sus reacciones adversas ante la televisión; esto es
así de atenernos a los programas pasatistas a los que
todos tienen acceso con solo prender el televisor, en cuya pantalla
chica reina el mal gusto del conductor y de los artistas o invitados
que pasean -por lo general mostrando sus exuberancias físicas-
ante los espectadores. La polémica entre el buen gusto
y el mal gusto puede verse con claridad en las obras del filósofo
I. Kant (1790) y del sociólogo P. Bourdieu (1992) en las
cuales el primero reserva el buen gusto a las clases privilegiadas
de la burguesía, mientras que el segundo lo encuentra
también en el proletariado, aunque para él la burguesía
se encargó de haberle reservado solo la categoría
del mal gusto. Sin embargo, ambas se hallan en cualquier nivel
de estratificación social, se trata simplemente de una
cuestión que hace al gusto estético (Geiger, 1941)
y que afecta a unos y otros por igual; aunque los burgueses,
en una expresión más de la hipocresía de
la que suelen hacer gala (Rodriguez Kauth, 1993), simulan el
buen gusto y disimulan (Ingenieros, 1900) al malo haciendo como
que prefieren las expresiones artísticas que entran dentro
de los cánones pautados por los críticos de turno,
para de tal forma ajustarse a las exigencias de su clase -o a
la pretensión de clase- que permanentemente les imponen
y exigen los modelos estéticos que están de moda
en cada momento y espacio en particular.
El
poder del zapping
Pese a ello, y dejando a un
costado la interesante confrontación entre el buen y el
mal gusto, es un deber señalar que en la televisión,
como en la cinematografía -que rápidamente traslada
sus obras a la pantalla chica- se dispone de un mecanismo poderoso,
vale decir, es posible haciendo algún esfuerzo -y gracias
al poder que ofrece el zapping del control remoto- salir del
pasatismo de los partidos de fútbol o de los programas
ómnibus insólitos de juegos infamantes para quienes
participan; como así también de las telenovelas
del tipo culebrón o de aquellos que hacen del cuerpo un
objeto de culto sibarítico (Rodriguez Kauth, 2003). Gracias
a tal avance tecnológico, es posible salir de cualquier
programa que no tenga cabida dentro los límites mentales
-a veces estrechos- de la intelectualidad pretendidamente progresista.
Sin embargo, persisten en sus críticas impiadosas a la
televisión, ya que es algo así como que queda bien
rechazar la cultura popular -a la par que no se pierden oportunidades
de cantarles palinodias, ya que encuadra en el progresismo hacer
un culto o veneración casi religiosa de lo popular- que
se testimonia en las programaciones señaladas. Esta es
una consecuencia del nuevo populismo, que fuera definido recientemente
por el español J. L. Cebrián (2004).
Ángel Rodríguez
Kauth, argentino, Profesor
de Psicología Social y Director del Proyecto de Investigación
"Psicología Política", en la Facultad
de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina.
Correo-e: akauth@unsl.edu.ar
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