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 Revista Chasqui No. 88

Televisión

 

El boom de los documentales

Ángel Rodríguez Kauth

Con atinado acierto, el irreverente ensayista y dramaturgo Jacopo Fo (2004) se interroga acerca de cuáles pueden ser las causas de por qué aquellas personas que se definen como progresistas tienden a odiar las programaciones televisivas, cualquiera fuesen ellas. Sin duda que su pregunta puede tener variadas respuestas; él -que viene marcado por su ciudadanía italiana y las desventuras que padecen bajo el gobierno reaccionario actual- lo atribuye al hecho que la televisión en Italia está en manos del Premier Silvio Berlusconi.

Este es uno de los hombres más ricos de la península itálica y, lo peor, es que se ha embanderado de modo indiscutible con la derecha más reaccionaria de su país, al punto que ha consolidado su gobierno de la mano y por acción de la Liga del Norte -dirigida por Torcuto Fini- que hace de la xenofobia y el separatismo su caballito de batalla político. Tal toma de posición ha generado un punto inflexible de crisis, con el apoyo brindado a la guerra imperio-capitalista encabezada por George Bush y Tony Blair contra Irak, aun cuando no existiese prueba alguna que la justificasen, tal como lo han demostrado recientes investigaciones independientes del Senado de los Estados Unidos, realizadas en julio de 2004, pero sobre la cual los medios de comunicación venían alertando desde mucho antes.

Caja boba repulsiva

Las personas progresistas sienten una suerte de repulsión visceral ante los contenidos de la caja boba

Mas, la reflexión de Fo no se reduce al ámbito de su país, sino que vale para los individuos de condición semejante en cualquier parte del planeta. Es un hecho fácil de observar y confirmar que la mayoría de las personas progresistas sienten una suerte de repulsión visceral ante los contenidos que ofrece y distribuye la caja boba y -remarco lo de las vísceras- ya que parece que ellos se imponen a la hora de las declamaciones sobre los contenidos intelectuales, que se supone debieran primar en quienes se consideran trabajadores de la intelectualidad.

En parte tienen buena razón en sus reacciones adversas ante la televisión; esto es así de atenernos a los programas pasatistas a los que todos tienen acceso con solo prender el televisor, en cuya pantalla chica reina el mal gusto del conductor y de los artistas o invitados que pasean -por lo general mostrando sus exuberancias físicas- ante los espectadores. La polémica entre el buen gusto y el mal gusto puede verse con claridad en las obras del filósofo I. Kant (1790) y del sociólogo P. Bourdieu (1992) en las cuales el primero reserva el buen gusto a las clases privilegiadas de la burguesía, mientras que el segundo lo encuentra también en el proletariado, aunque para él la burguesía se encargó de haberle reservado solo la categoría del mal gusto. Sin embargo, ambas se hallan en cualquier nivel de estratificación social, se trata simplemente de una cuestión que hace al gusto estético (Geiger, 1941) y que afecta a unos y otros por igual; aunque los burgueses, en una expresión más de la hipocresía de la que suelen hacer gala (Rodriguez Kauth, 1993), simulan el buen gusto y disimulan (Ingenieros, 1900) al malo haciendo como que prefieren las expresiones artísticas que entran dentro de los cánones pautados por los críticos de turno, para de tal forma ajustarse a las exigencias de su clase -o a la pretensión de clase- que permanentemente les imponen y exigen los modelos estéticos que están de moda en cada momento y espacio en particular.

El poder del zapping

Pese a ello, y dejando a un costado la interesante confrontación entre el buen y el mal gusto, es un deber señalar que en la televisión, como en la cinematografía -que rápidamente traslada sus obras a la pantalla chica- se dispone de un mecanismo poderoso, vale decir, es posible haciendo algún esfuerzo -y gracias al poder que ofrece el zapping del control remoto- salir del pasatismo de los partidos de fútbol o de los programas ómnibus insólitos de juegos infamantes para quienes participan; como así también de las telenovelas del tipo culebrón o de aquellos que hacen del cuerpo un objeto de culto sibarítico (Rodriguez Kauth, 2003). Gracias a tal avance tecnológico, es posible salir de cualquier programa que no tenga cabida dentro los límites mentales -a veces estrechos- de la intelectualidad pretendidamente progresista. Sin embargo, persisten en sus críticas impiadosas a la televisión, ya que es algo así como que queda bien rechazar la cultura popular -a la par que no se pierden oportunidades de cantarles palinodias, ya que encuadra en el progresismo hacer un culto o veneración casi religiosa de lo popular- que se testimonia en las programaciones señaladas. Esta es una consecuencia del nuevo populismo, que fuera definido recientemente por el español J. L. Cebrián (2004).


Ángel Rodríguez Kauth, argentino, Profesor de Psicología Social y Director del Proyecto de Investigación "Psicología Política", en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina.
Correo-e: akauth@unsl.edu.ar

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