Pero esto ni siquiera es lo
más grave. Aún más problemático y
censurable es el hecho que en las así llamadas democracias
-y no hago excepción de los Estados Unidos y de las de
Europa- no existe una prensa grande de opinión, que tenga
el valor de decir a las personas y a la comunidad de naciones
democráticas que el mundo atraviesa una seria crisis,
que está sin timón y posiblemente encaminado a
peores desastres que los del pasado.
La brecha entre países
ricos y pobres se encuentra estancada. No hay despegue para los
pobres. La crisis ecológica está empeorando. La
carrera armamentista, sobre todo entre los Estados Unidos y China,
sigue. Washington trata, con un suave fascismo, de imponer su
sistema y cultura al resto del mundo. Lanza guerras intervencionistas
en lugar de trabajar para la creación de un nuevo orden
mundial pacífico y un convenio para la desaparición
de todas las armas de destrucción masiva. Y cabe mucho
que reparar en el cuerpo de las democracias occidentales, que
no es tan sano y tan santo como muchos pretenden.
Ante el creciente rechazo
popular de los partidos, de los políticos corruptos y
de la palabrería estéril en los parlamentos, los
excesos de criminalidad, el consumo de drogas y la trivial y
embrutecedora industria de entretenimiento, gobernada por la
violencia, el sexo y la esotérica, la gran prensa debería asumir un rol activo
de crítica y liderazgo para un cambio. No es una casualidad que nuestra humanidad
enfrente una confrontación de civilizaciones.
El fundamentalismo islámico,
que reta a la civilización occidental, es diluvial, cavernícola
en muchos de sus aspectos, y ni el régimen ya defenestrado
de los Talibanes, ni el anacrónico Estado de Dios en Irán
ofrecen una alternativa viable y apetecible, pero no todas sus
críticas a la democracia y a la civilización occidental
son elucubraciones falsas. Nuestras democracias, si quieren sobrevivir
y no caer en nuevos abismos despóticos y dogmáticos,
requieren urgentemente un proceso de regeneración tanto
en lo legal como en lo moral. La libertad -su gran fanal- tiene
que significar más que el derecho a votar cada cuatro
o cinco años y realizar protestas en las calles. ¿Y
dónde esta la igualdad?, hay tantos pobres, hambrientos,
desempleados, desamparados y sin futuro en el mundo, hasta en
los propios países ricos del norte. Parece que hacen falta
tsunamis, como que el que golpeó el sur de Asia, ocasionando
más de 200 mil muertos y desaparecidos e inmensa destrucción,
para que estos países ricos descubran un espíritu
de hermandad y un corazón samaritano.
Lamentablemente, la gran prensa
aún no se encuentra preparada para asumir este desafío.
Existen excepciones, esporádicos intentos de llamar la
atención al curso equivocado de los gobernantes. The New
York Times se atreve de vez en cuando a discrepar del mediocre
Zeitgeist, que caracteriza al mundo occidental y a criticar los
errores garrafales de Washington y las banalidades que emanan
de la Casa Blanca. Le Monde en París también intenta
mantener una línea semi-independiente de los gobernantes
de turno. En Alemania aún no existe una voz periodística
responsable, con el valor de sacudir al país y liberarlo
del yugo del trauma de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto,
que aún mantiene a los alemanes prisioneros de los tabúes
rigurosamente defendidos por una prensa servil e intereses que
manipulan la opinión pública.
De modo que, ¿cuál
es la conclusión? ¿cabe felicitar a la gran prensa
por desempeñar en nuestras democracias un papel digno
de admiración, que sirva como acicate al progreso humano,
a una distribución más equitativa de las riquezas,
a la solución de los problemas sociales y económicos
candentes, a la paz entre las naciones, a una sociedad más
digna y al desarrollo de hombres con ideales y la capacidad de
dar un giro a la mediocridad en la cual vivimos y asegurar un
feliz porvenir para nuestros descendientes? ¿Existe la
conciencia de que, lamentablemente, la prensa hasta ahora cumple
con su cometido solo en parte?