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 Revista Chasqui No. 89

Opinión

 

Pero esto ni siquiera es lo más grave. Aún más problemático y censurable es el hecho que en las así llamadas democracias -y no hago excepción de los Estados Unidos y de las de Europa- no existe una prensa grande de opinión, que tenga el valor de decir a las personas y a la comunidad de naciones democráticas que el mundo atraviesa una seria crisis, que está sin timón y posiblemente encaminado a peores desastres que los del pasado.

La brecha entre países ricos y pobres se encuentra estancada. No hay despegue para los pobres. La crisis ecológica está empeorando. La carrera armamentista, sobre todo entre los Estados Unidos y China, sigue. Washington trata, con un suave fascismo, de imponer su sistema y cultura al resto del mundo. Lanza guerras intervencionistas en lugar de trabajar para la creación de un nuevo orden mundial pacífico y un convenio para la desaparición de todas las armas de destrucción masiva. Y cabe mucho que reparar en el cuerpo de las democracias occidentales, que no es tan sano y tan santo como muchos pretenden.

Ante el creciente rechazo popular de los partidos, de los políticos corruptos y de la palabrería estéril en los parlamentos, los excesos de criminalidad, el consumo de drogas y la trivial y embrutecedora industria de entretenimiento, gobernada por la violencia, el sexo y la esotérica, la gran prensa debería asumir un rol activo de crítica y liderazgo para un cambio. No es una casualidad que nuestra humanidad enfrente una confrontación de civilizaciones.

El fundamentalismo islámico, que reta a la civilización occidental, es diluvial, cavernícola en muchos de sus aspectos, y ni el régimen ya defenestrado de los Talibanes, ni el anacrónico Estado de Dios en Irán ofrecen una alternativa viable y apetecible, pero no todas sus críticas a la democracia y a la civilización occidental son elucubraciones falsas. Nuestras democracias, si quieren sobrevivir y no caer en nuevos abismos despóticos y dogmáticos, requieren urgentemente un proceso de regeneración tanto en lo legal como en lo moral. La libertad -su gran fanal- tiene que significar más que el derecho a votar cada cuatro o cinco años y realizar protestas en las calles. ¿Y dónde esta la igualdad?, hay tantos pobres, hambrientos, desempleados, desamparados y sin futuro en el mundo, hasta en los propios países ricos del norte. Parece que hacen falta tsunamis, como que el que golpeó el sur de Asia, ocasionando más de 200 mil muertos y desaparecidos e inmensa destrucción, para que estos países ricos descubran un espíritu de hermandad y un corazón samaritano.

Lamentablemente, la gran prensa aún no se encuentra preparada para asumir este desafío. Existen excepciones, esporádicos intentos de llamar la atención al curso equivocado de los gobernantes. The New York Times se atreve de vez en cuando a discrepar del mediocre Zeitgeist, que caracteriza al mundo occidental y a criticar los errores garrafales de Washington y las banalidades que emanan de la Casa Blanca. Le Monde en París también intenta mantener una línea semi-independiente de los gobernantes de turno. En Alemania aún no existe una voz periodística responsable, con el valor de sacudir al país y liberarlo del yugo del trauma de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto, que aún mantiene a los alemanes prisioneros de los tabúes rigurosamente defendidos por una prensa servil e intereses que manipulan la opinión pública.

De modo que, ¿cuál es la conclusión? ¿cabe felicitar a la gran prensa por desempeñar en nuestras democracias un papel digno de admiración, que sirva como acicate al progreso humano, a una distribución más equitativa de las riquezas, a la solución de los problemas sociales y económicos candentes, a la paz entre las naciones, a una sociedad más digna y al desarrollo de hombres con ideales y la capacidad de dar un giro a la mediocridad en la cual vivimos y asegurar un feliz porvenir para nuestros descendientes? ¿Existe la conciencia de que, lamentablemente, la prensa hasta ahora cumple con su cometido solo en parte?

 
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