Violencia
familiar por televisión
Producir para incomunicar
María Leonor Arias
Esta es una época de
confusión. El cambio acelerado de costumbres genera anómia
y caos. De allí, que muchos comunicadores plantean su
actividad profesional en los medios como un proceder de aportación
de claridad, de información y visualización sobre
diversas opciones de vida o, incluso, se postulan ellos mismos
como portadores y promotores de valores.
El fenómeno no es nuevo,
ni exclusivo de América Latina. Recuérdese que
Pat Buchanan llegó a postularse como candidato presidencial
en los Estados Unidos, y derivó en líder de una
fracción de uno de los terceros partidos norteamericanos,
el Reformista, construido sobre otro referente mediático,
Ros Perot. Y Buchanan no era más que un comunicador, un
comentarista de televisión.
Esta constatación -aparente
digresión en el tema de esta nota- muestra que realidad
y emisión mediática difieren; desde hace algunos
años, Jesús Martín Barbero, Néstor
García Canclini y Guillermo Orozco Gómez vienen
planteando que se deben analizar los procesos comunicacionales
(mediáticos) como integrantes de un contexto cultural
que los contiene.
Algunas causas
Por un lado, para bajar costos
de producción y, por otro lado, para simplificar los mensajes
y conquistar o retener segmentos de audiencia, la televisión
se llena de violencia.
Se prefiere mostrar la vida
privada como curiosidad o transgresión a los usos más
o menos aceptados (¿moralmente?) por la sociedad tradicional.
Así, la sociedad de esta era global ha comenzado con los
talk-show, especie de muestrario de intimidades y agresiones
de la dulce vida familiar. Se ha ampliado el espectro de ofertas
de la pantalla con programas de chimentos (rumores) sobre la
farándula o, más exactamente, sobre la vida privada
de actrices, modelos y futbolistas (los miembros habituales de
la farándula o jet set locales) y con programas transgresores,
donde se puede observar fenómenos físicos, como
el hombre más pequeño del mundo (o el más
alto, si viene al caso), el que come vidrios (y, por supuesto,
después es hospitalizado y demanda judicialmente reparaciones
financieras por daños a su salud a la productora de televisión)
o de burla o broma a espectadores mediante cámaras ocultas
(cámaras sorpresa, las llaman) que, convenientemente posproducidas,
permiten ver la desesperación del hombre al que se le
destruye su automóvil o se le rodea su casa con escombros
de su propia acera, hecha añicos por una supuesta cuadrilla
municipal.
María Leonor Arias, argentina, autora de la tesis "Televisión
y violencia, una aproximación al estudio de la recepción",
2000