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 Revista Chasqui No. 89

Televisión

 

Violencia familiar por televisión

Producir para incomunicar

María Leonor Arias

Esta es una época de confusión. El cambio acelerado de costumbres genera anómia y caos. De allí, que muchos comunicadores plantean su actividad profesional en los medios como un proceder de aportación de claridad, de información y visualización sobre diversas opciones de vida o, incluso, se postulan ellos mismos como portadores y promotores de valores.

El fenómeno no es nuevo, ni exclusivo de América Latina. Recuérdese que Pat Buchanan llegó a postularse como candidato presidencial en los Estados Unidos, y derivó en líder de una fracción de uno de los terceros partidos norteamericanos, el Reformista, construido sobre otro referente mediático, Ros Perot. Y Buchanan no era más que un comunicador, un comentarista de televisión.

Esta constatación -aparente digresión en el tema de esta nota- muestra que realidad y emisión mediática difieren; desde hace algunos años, Jesús Martín Barbero, Néstor García Canclini y Guillermo Orozco Gómez vienen planteando que se deben analizar los procesos comunicacionales (mediáticos) como integrantes de un contexto cultural que los contiene.

Algunas causas

Por un lado, para bajar costos de producción y, por otro lado, para simplificar los mensajes y conquistar o retener segmentos de audiencia, la televisión se llena de violencia.

Se prefiere mostrar la vida privada como curiosidad o transgresión a los usos más o menos aceptados (¿moralmente?) por la sociedad tradicional.
Así, la sociedad de esta era global ha comenzado con los talk-show, especie de muestrario de intimidades y agresiones de la dulce vida familiar. Se ha ampliado el espectro de ofertas de la pantalla con programas de chimentos (rumores) sobre la farándula o, más exactamente, sobre la vida privada de actrices, modelos y futbolistas (los miembros habituales de la farándula o jet set locales) y con programas transgresores, donde se puede observar fenómenos físicos, como el hombre más pequeño del mundo (o el más alto, si viene al caso), el que come vidrios (y, por supuesto, después es hospitalizado y demanda judicialmente reparaciones financieras por daños a su salud a la productora de televisión) o de burla o broma a espectadores mediante cámaras ocultas (cámaras sorpresa, las llaman) que, convenientemente posproducidas, permiten ver la desesperación del hombre al que se le destruye su automóvil o se le rodea su casa con escombros de su propia acera, hecha añicos por una supuesta cuadrilla municipal.


María Leonor Arias, argentina, autora de la tesis "Televisión y violencia, una aproximación al estudio de la recepción", 2000

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