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 Revista Chasqui No. 90

Prensa

 

Nuevos desafíos en las salas de redacción

Rubén Darío Buitrón

En el periodismo latinoamericano es común el facilismo con que muchos jefes, editores y reporteros asumen sus obligaciones con el público. Sin espacios internos diarios para hacer crítica y autocrítica de su trabajo cotidiano, sin entender la necesidad de encontrar nuevos ángulos y voces a cada noticia, sin plantearse construir y mantener una agenda propia que marque distancias con la competencia y se acerque a la gente, la mayoría de salas de redacción se mantiene en la cómoda pero obsoleta escuela del periodismo declarativo (dijo, añadió, agregó, finalizó) que no cuenta la realidad sino que la filtra (y la distorsiona) a través de los criterios subjetivos de analistas, juristas, constitucionalistas, comentaristas, expertólogos y todólogos.

Como dice el periodista español Antoni Piqué, "leyendo los diarios en América Latina, nadie sabe bien qué pasa sino lo que algunos dicen que ocurre. No se advierten los procesos sino instantáneas, momentos inconexos: ruedas de prensa, declaraciones, comunicados. De ahí la excesiva importancia de articulistas, columnistas, comentadores, enterados, opinólogos y otras especies paraperiodísticas en el menú editorial de los medios del continente".

Existen muchas justificaciones para esa manera de hacer periodismo. Se aduce, por ejemplo, que no hay tiempo para buscar nuevas voces y que las de siempre, las que se repiten casi todos los días en casi todos los medios, "son calificadas, conocedoras y expertas en los temas sobre los cuales se las consulta".

Pero el resultado es nefasto: los medios se vuelven relacionadores públicos, oficinas de mercadeo, asesores de imagen, publicistas y promotores de esos personajes, y dejan de ser medios...

A fuerza de la sobrexposición mediática, las opiniones de los expertólogos se convierten en influyentes oráculos, en conceptos definitivos e irrefutables para que la sociedad trate de armar consensos en torno a sus criterios ampliamente difundidos, casi en simultáneo, por la prensa escrita, la radio y la televisión.

En otros casos, las consultas a esos personajes (siempre listos para dar declaraciones) son un disfraz del medio o de los periodistas para editorializar sobre hechos en los cuales hay que simular que se hace información, cuando en realidad se quiere hacer opinión.

Si se quiere aparentar equilibrio informativo en esas situaciones, a lo mucho se escogerá a dos expertos con criterios opuestos entre sí, pero por lo general la selección de los todólogos estará filtrada por la subjetividad, las simpatías o antipatías de quienes en la sala de redacción deciden a quién consultar y a quién no. Y es muy probable que esa selección tenga que ver más con la ideología o el parecer de los que manejan las redacciones que con el interés de la sociedad de recibir pedagogía en los temas que le atañen.

Gracias a la promoción gratuita y reiterativa de sus ideas y su imagen, los analistas, juristas, constitucionalistas, expertólogos y todólogos -muchos de ellos representantes o ex representantes de organismos internacionales, cámaras de la producción, movimientos sociales y sindicales- llegan a ocupar estratégicos espacios de poder, como directores de importantes instituciones públicas, ministros de Estado, consultores de empresas nacionales, funcionarios de corporaciones mundiales con intereses en el ámbito local y, sobre todo, asesores en la sombra de líderes políticos o de gobiernos nacionales. Algunos, inclusive, se convierten en herramientas de presión política a nombre de los sectores que representan.


Rubén Darío Buitrón, ecuatoriano, periodista, escritor y asesor editorial.
Correo-e: rubendariobuitron@yahoo.com

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