Nuevos desafíos en las salas
de redacción
Rubén Darío
Buitrón
En
el periodismo latinoamericano es común el facilismo con
que muchos jefes, editores y reporteros asumen sus obligaciones
con el público. Sin espacios internos diarios para hacer
crítica y autocrítica de su trabajo cotidiano,
sin entender la necesidad de encontrar nuevos ángulos
y voces a cada noticia, sin plantearse construir y mantener una
agenda propia que marque distancias con la competencia y se acerque
a la gente, la mayoría de salas de redacción se
mantiene en la cómoda pero obsoleta escuela del periodismo
declarativo (dijo, añadió, agregó, finalizó)
que no cuenta la realidad sino que la filtra (y la distorsiona)
a través de los criterios subjetivos de analistas, juristas,
constitucionalistas, comentaristas, expertólogos y todólogos.
Como dice el periodista español Antoni Piqué, "leyendo
los diarios en América Latina, nadie sabe bien qué
pasa sino lo que algunos dicen que ocurre. No se advierten los
procesos sino instantáneas, momentos inconexos: ruedas
de prensa, declaraciones, comunicados. De ahí la excesiva
importancia de articulistas, columnistas, comentadores, enterados,
opinólogos y otras especies paraperiodísticas en
el menú editorial de los medios del continente".
Existen muchas justificaciones para esa manera de hacer periodismo.
Se aduce, por ejemplo, que no hay tiempo para buscar nuevas voces
y que las de siempre, las que se repiten casi todos los días
en casi todos los medios, "son calificadas, conocedoras
y expertas en los temas sobre los cuales se las consulta".
Pero el resultado es nefasto: los medios se vuelven relacionadores
públicos, oficinas de mercadeo, asesores de imagen, publicistas
y promotores de esos personajes, y dejan de ser medios...
A fuerza de la sobrexposición
mediática, las opiniones de los expertólogos se
convierten en influyentes oráculos, en conceptos definitivos
e irrefutables para que la sociedad trate de armar consensos
en torno a sus criterios ampliamente difundidos, casi en simultáneo,
por la prensa escrita, la radio y la televisión.
En otros casos, las consultas a esos personajes (siempre listos
para dar declaraciones) son un disfraz del medio o de los periodistas
para editorializar sobre hechos en los cuales hay que simular
que se hace información, cuando en realidad se quiere
hacer opinión.
Si se quiere aparentar
equilibrio informativo en esas situaciones, a lo mucho se escogerá
a dos expertos con criterios opuestos entre sí, pero por
lo general la selección de los todólogos estará
filtrada por la subjetividad, las simpatías o antipatías
de quienes en la sala de redacción deciden a quién
consultar y a quién no. Y es muy probable que esa selección
tenga que ver más con la ideología o el parecer
de los que manejan las redacciones que con el interés
de la sociedad de recibir pedagogía en los temas que le
atañen.
Gracias a la promoción gratuita y reiterativa de sus ideas
y su imagen, los analistas, juristas, constitucionalistas, expertólogos
y todólogos -muchos de ellos representantes o ex representantes
de organismos internacionales, cámaras de la producción,
movimientos sociales y sindicales- llegan a ocupar estratégicos
espacios de poder, como directores de importantes instituciones
públicas, ministros de Estado, consultores de empresas
nacionales, funcionarios de corporaciones mundiales con intereses
en el ámbito local y, sobre todo, asesores en la sombra
de líderes políticos o de gobiernos nacionales.
Algunos, inclusive, se convierten en herramientas de presión
política a nombre de los sectores que representan.
Rubén Darío Buitrón, ecuatoriano, periodista, escritor
y asesor editorial.
Correo-e: rubendariobuitron@yahoo.com