- El hombre ni por instinto es nómada
moral, porque fatalmente está clavada su cuna en un retazo
cualquiera del mundo, y en él nacen sus primeros amores,
asegura sus intereses o emplea el producto de sus esfuerzos,
da vida a otros seres, cree en las mismas ilusiones, ora bajo
la nave de los templos levantados por sus padres, sufre las mismas
angustias de los demás o se regocija con idénticos
sucesos, y, por último, muere también como los
demás, es decir, en suma, el hombre tiene una patria.
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- Verla grande, libre, fuerte, próspera,
culta, llena de equilibrio moral, es su mejor ideal, pues nadie,
ningún ser en el mundo, puede ni debe sentir orgullo nacional
si su patria es pobre, vasalla, débil, atrasada, corrompida.
Un súbdito inglés lleva en sí una fuerza
enorme de orgullo por el simple hecho de haber nacido inglés.
Lo mismo un yankee, un alemán, un francés, un escandinavo.
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- ¡Cosa enorme sentirse desligado
moral e intelectualmente de su patria! ¡Cosa terrible ver
que su patria no representa, no significa, no tiene ningún
relieve en el mundo! ¡Cosa inicua no sentir orgullo de
la patria!
Y se llega al indiferentismo cuando el ambiente es hostil para
el que piensa; se cae en el despego cuando la patria, por mal
dirigida, permanece oscura e ignorada; se reniega de la patria,
por fin, cuando en ella se invierten los valores morales que
dan significación y nobleza a la vida humana, es decir,
cuando la mentira, la traición, el engaño, la deslealtad,
la simulación, constituyen méritos que se premian,
virtudes que se exaltan y ejemplos que se imitan.
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