Revista Chasqui
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 Alcides Arguedas Periodista

"TERRIBLE NO SENTIR ORGULLO POR LA PATRIA"

Yo creo que una de las grandes reglas de la prudencia humana es abstenerse de injuriar o amenazar a quienquiera que sea. Ni las amenazas, ni la injurias debilitan a un enemigo, porque más bien la una le obliga a vivir alerta y la otra no hace sino aumentar su odio y volverlo más industrioso en los medios de hacer daño. Atraerse el odio sin esperanza de cosechar ninguna ventaja, es estar guiado por la temeridad y la imprudencia.
 
Porque se necesita ser estúpido de veras para devolver, como hacen los políticos criollos, un mal con otro mayor.
 
En nuestras democracias desatentas y desmemoriadas, cualquier hombre después de cinco años de alejado del Poder, no es nada, no significa nada, ese hombre en el Poder no ha hecho otra cosa que holgar con pequeñas fruiciones, satisfacer pequeñas ambiciones de amor propio, rodearse de aparato, vivir entre ruido de aplausos o músicas de danza, satisfacer los apetitos y la codicia de los suyos, transigir con el delito, premiar con cargos públicos la villanía de los serviles o la adhesión de sus parientes, perseguir a sus adversarios como a enemigos personales, mentir, engañar y simular.

El hombre ni por instinto es nómada moral, porque fatalmente está clavada su cuna en un retazo cualquiera del mundo, y en él nacen sus primeros amores, asegura sus intereses o emplea el producto de sus esfuerzos, da vida a otros seres, cree en las mismas ilusiones, ora bajo la nave de los templos levantados por sus padres, sufre las mismas angustias de los demás o se regocija con idénticos sucesos, y, por último, muere también como los demás, es decir, en suma, el hombre tiene una patria.
 
Verla grande, libre, fuerte, próspera, culta, llena de equilibrio moral, es su mejor ideal, pues nadie, ningún ser en el mundo, puede ni debe sentir orgullo nacional si su patria es pobre, vasalla, débil, atrasada, corrompida. Un súbdito inglés lleva en sí una fuerza enorme de orgullo por el simple hecho de haber nacido inglés. Lo mismo un yankee, un alemán, un francés, un escandinavo.
 
¡Cosa enorme sentirse desligado moral e intelectualmente de su patria! ¡Cosa terrible ver que su patria no representa, no significa, no tiene ningún relieve en el mundo! ¡Cosa inicua no sentir orgullo de la patria!
Y se llega al indiferentismo cuando el ambiente es hostil para el que piensa; se cae en el despego cuando la patria, por mal dirigida, permanece oscura e ignorada; se reniega de la patria, por fin, cuando en ella se invierten los valores morales que dan significación y nobleza a la vida humana, es decir, cuando la mentira, la traición, el engaño, la deslealtad, la simulación, constituyen méritos que se premian, virtudes que se exaltan y ejemplos que se imitan.
 

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