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MATONISMO PERIODÍSTICO
José Ortega y Gasset
- Jamás hubo en España tantos
periódicos como ahora*. Sobre todo el número de
semanarios ha aumentado en proporción desmesurada. Los
quioscos aparecen inundados de estas publicaciones hebdomadarias.
He ahí un fenómeno que a primera vista os llena
de optimismo.
-
- El pueblo español pensáis
se ha reconciliado por fin con la letra impresa. Ya comienza
a sentir la avidez de la lectura síntoma de robustez espiritual.
¿No hay razón para confiar en el porvenir de España?
Pero aproximaos a esos quioscos y comprad por vía de investigación
esos semanarios, abrid sus páginas, y vuestro optimismo
se os caerá a los pies, como un pobre pájaro herido.
Un denso vaho de mentecatez os azotará el rostro. Sentís
la sensación de haberos asomado a una cloaca. Arrojáis
las inmundas hojas con asco y os quedáis meditando tristemente
en su existencia, como fenómeno de la sociedad española.
- ¿Cómo se explica la cantidad
y la naturaleza de estas ínfimas publicaciones? En primer
término, ello se debe a la relativa baratura de las artes
gráficas. Pero hay, mejor dicho, se cree que hay una
vía corta del éxito: el escándalo. Estos
semanarios de escándalo, o tienen vida propia a los cuatro
números, o sucumben forzosamente. Para atraer al público,
a una zona del público cuyos gustos y urdimbre espiritual
son aún cavernarios, se utiliza el lenguaje más
soez posible, se ataca a la gente en la forma más bárbaramente
estúpida y se estampan las calumnias más monstruosas.
De esta suerte el uso de la imprenta, quién se lo hubiera
dicho a Gutemberg, llega a su máxima degradación.
Dijérase que todos los matones de la nación, todos
los grupos de taberna, todos los destinados al presidio o procedentes
de él, evolucionando con los tiempos, han sustituido sus
viejas armas blancas y de fuego, por las negras de la letra
impresa. Antaño practicaban la exacción de dinero
mediante amenazas epistolares; hoy se usa el chantaje periodístico.
En política antigua, la manera de deshacerse de un adversario
era pagar a un asesino para que lo matase; hoy basta con pagar
a cualquier mercenario de la pluma para que le injurie y le calumnie;
a ser posible para que le mate civilmente.
- Jamás el idioma castellano escrito
cayó tan bajo. Hasta ahora el hecho de ser escritor público
que denotaba cierta distinción espiritual, ya está
siendo una vergüenza. Siempre en todos los pueblos y en
todas las lenguas, hubo creaciones satíricas, pero el
aguijón iba oculto en galas del arte y buen gusto; actualmente,
en España, la sátira se ha hecho sinónima
de estercolero.
-
- Todo esto revela un relajamiento en la
conciencia pública española que induce a amargas
reflexiones. Un pueblo dotado de alguna sensibilidad moral no
permitiría una de dos, o que hubiese periódicos
que escriban esas cosas, o que hubiese hombres de los cuales
tales cosas pueden escribirse sin ventilarlas ante los tribunales.
Un pueblo donde estos dos hechos no se excluyan indica haber
caído en una indiferencia, en una postración moral
que es signo de honda gravedad para su porvenir.
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