Ecuador DEBATE Nº 46
 
 ENTREVISTA

ENTREVISTA

Reinventar la izquierda. Entrevista con Massimo D'Alema.*

Giancarlo Bosetti

INTRODUCCION A CARGO DE MARC SAINT UPERY

Se habla mucho en latinoamérica de la famosa <<tercera vía>> de Tony Blair, como si fuera (para los que la alaban) la solución novedosa, única y milagrosa a los problemas de redefinición estratégica de la izquierda europea, y tal vez mundial, o más bien (para los que la denuncian) una nueva prueba de la naturaleza genéticamente traicionera de la social-democracia. La ingeniosa operación de relaciones públicas de Blair (aún más curiosa cuando se sabe que Gran-Bretaña, por una orgullosa conciencia de su propio y supuestamente inimitable excepcionalismo, raramente se propuso, como Francia, presentarse como modelo político universal) no se merece ni ese exceso de honor ni tan feroz crítica. A pesar de sus esfuerzos de auto-estilización publicitaria, que pretenden por ejemplo colocar el gobierno de Jospin en el campo del social-estatismo arcáico, la política real, concreta y cotidiana de Blair no se diferencia tanto de las de los otros gobiernos de izquierda y centro-izquierda europeos, por la buena razón que todos enfrentan más o menos los mismos retos estratégicos con una gama de recursos muchas veces parecidos.

Es verdad que hay matices importantes, y no sólo retóricos (aunque los consejeros de Blair son maestros de las fórmulas sintéticas y halagadoras), entre las políticas públicas de las diferentes fuerzas de la izquierda social-demócrata europea. Pero más que a los impulsos ideológicos innovadores o arcaizantes de sus líderes, esos matices se deben a diferencias históricas en la relación entre estado y sociedad civil, en los mecanismos administrativos concretos heredados de trayectorias particulares de construcción del aparato estatal, en las mentalidades y las constelaciones discursivas generadas por la composición y la interacción específica de las clases medias y de los sectores populares en cada nación, y en la naturaleza de las políticas conservadoras o neoliberales antecedentes.

En realidad, por su débil compromiso europeo, por su populismo moralista, que mezcla individualismo victoriano, sensibilidad social de matriz religiosa y guiños autoritarios a los lectores de los tabloides sensacionalistas, por su afinidad cultural con un imaginario sociológico más <<trasatlántico>> que europeo (donde hay unos pobres merecedores y una underclass parasítica, donde el estado es siempre un ogro insaciable e ineficiente y la empresa privada, que sea tienda familiar o gigante multinacional, entidad productiva o máquina de especulación, una fuente de dinamismo y progreso) y sus lazos estrechos con los <<nuevos demócratas>> de Clinton, se podría considerar el caso Blair como más bien atípico y marginal en el paisaje político del viejo continente. En este sentido, nos parece instructivo proponer a los lectores de Ecuador Debate la visión expresada por otro líder de la izquierda europea, aún más cuando su llegada al poder (posterior a esa entrevista) marca el fin de la última herencia de la guerra fría: la prohibición tácita de la participación en el poder del más grande y menos ortodoxo partido comunista de Europa occidental, hoy renovado y transformado bajo el nombre de Partido Democrático de la Izquierda (PDS, miembro de la Internacional Socialista).

La fragmentación de la escena política italiana, y en particular la inestabilidad permanente del centro de origen demócrata-cristiano con el que Massimo D'Alema quiere plasmar su nuevo bloque histórico, se traduce ya en inicios muy dificultosos para el nuevo gobierno D'Alema. Tampoco dispone de una mayoría o de un sistema electoral que le ofrezcan los medios de sus ambiciones. Pero la relevancia política de una visión en la cual los elementos de ruptura y de continuidad con las tradiciones del movimiento obrero europeo son articulados de manera tal vez más fina y menos superficialmente ideológica que en el blairismo merece ser tomada en serio, aún por quienes podrían desear criticarla desde posiciones de izquierda más radicales.

LA ENTREVISTA

Giancarlo Bosetti: Actualmente, trece de los quince países de Europa occidental están gobernados por partidos de izquierda o de centro-izquierda. Lo que probablemente suscita más curiosidad sobre un líder de izquierda es ¿qué margen de maniobra realmente tiene? ¿Qué márgenes prácticos tiene hoy día un partido político que está en el gobierno y que sigue considerándose a sí mismo «de izquierda» ? Parecería que éstas son siempre menores, en una era de economía y de competencia globales, en una Europa que obedece a los criterios de Maastricht, cuando todos los programas de gobierno son sometidos a exigencias muy fuertes: reducción del déficit del sector público y corte de los gastos de jubilación, salud y seguridad social. ¿En esas condiciones, que significa «izquierda»?

Massimo D'Alema: Trataré de contestar modificando la pregunta: la cuestión no es «¿qué margen de maniobra tiene la izquierda?», pero «¿qué margen de maniobra tiene la política?» Por ancho o estrecho que sea ese espacio disponible para la política en Europa, está en realidad casi totalmente ocupado por la izquierda. Hay una paradoja bastante curiosa y cautivadora en el hecho que esa resurgencia occurrió justo cuando surgieron dudas sobre los márgenes de maniobra que le quedan a la izquierda. Entonces, uno se pregunta por qué los electores europeos, después de la fase neoliberal de los últimos años, se están volviendo hacia la izquierda. Hay dos razones. La primera es el miedo. La opinión pública europea tiene miedo que la lógica de la competencia global destroce las formas de organización cívica y social que han caracterizado a nuestro continente, la parte del mundo donde se vive mejor. Por eso se vuelven hacia una fuerza política dotada de anticuerpos para enfrentar esa amenaza. La segunda razón es política: la izquierda europea ha sabido darse una segunda vida y se mostró dipuesta a revisar el compromiso social que ha caracterizado la social-democracia en este siglo. Se trata de un doble movimiento: el cansancio de los electores y su miedo al neoliberalismo, más la oferta de una forma moderna y flexible de bienestar social.

GB: La izquierda ha dedicado muchos años a construir y apoyar el modelo europeo de bienestar de la posguerra. Pero el hecho mismo de que los partidos y sindicatos de izquierda lucharon por el estado de bienestar (welfare state) los condujo finalmente a una larga cadena de derrotas. La izquierda fue acusada de ser conservadora, de defender un status quo, mientras la derecha parecía innovadora.

MD'A: Digamos que la opinión pública europea y la izquierda se encontraron en la mitad del camino. Por un lado, la sociedad sintió el aprieto de la inseguridad después de diez o quince años de revolución neoliberal. El espejismo de una competencia global que «nos haría ricos a todos» produjo resultos contradictorios. Hubo más oportunidades, pero también más ansiedades. Era necesario un nuevo pacto social. Por otro lado, tenemos una izquierda que, en parte por sus derrotas, no se contentó con seguir en su actitud defensiva de los últimos veinte años, sino que trató de probar algo nuevo.

GB: Lo que me lleva de nuevo a mi primera pregunta: ¿qué márgenes de maniobra tiene la izquierda? Veamos el aspecto más difícil de este «nuevo compromiso social»: el tema del desempleo. No se puede decir que el problema no era previsible. En 1993, un documento firmado por Jacques Delors, entonces presidente de la Comunidad, describió el problema a nivel europeo. Pero desde entonces, ni los gobiernos nacionales, ni Bruselas, han sido capaces de solucionar el problema del desempleo estructural: la cifra supera los veinte millones. Hablando del espacio político para la izquierda, también hay que hablar de eso.

MD'A: Es cierto. Eso es el gran desafío, el gran desafío que la izquierda, los partidos políticos en general y los gobiernos europeos han sido incapaces de enfrentar. Aclaramos primero lo que una estrategia de lucha contra el desempleo no puede ser. Bueno, no puede basarse en políticas tradicionales de expansión. Naturalmente, eso no significa que el desempleo puede ser reducido sin crecimiento, lo cual es siempre una condición necesaria, aunque no suficiente, para crear empleo. Las previsiones de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarollo Económico] contemplan una fase de expansión, pero sus efectos sobre el empleo serán mínimos si se confía solo en mecanismos espontáneos.

GB: ¿Entonces, que puede hacerse de positivo?

MD'A: Hay varios tipos de intervención: una política de apoyo a la industria que estimulará el crecimiento en áreas tradicionalmente subdesarolladas, como el sur de Italia, Irlanda o Gales; una política infraestructural al estilo Delors (no se trata de fortalecer solo las infraestructuras materiales, sino también las no materiales: redes, telecomunicaciones y formación profesional); políticas de educación; políticas de reducción de la jornada laboral; políticas para fomentar la flexibilidad en el mercado laboral. Todas esas políticas deben ser combinadas y acompañadas por un manejo de la movilidad.

GB: ¿Qué quiere decir con el «manejo de la mobilidad»?

MD'A: Ahí ponemos el dedo en la llaga de los sistemas rígidos, como el italiano. El desempleo estructural puede ser convertido parcialmente en movilidad, o sea el hecho de mover a los trabajadores de un empleo a otro, de sectores en declive a sectores en crecimiento. No tenemos los medios primero para dar un subsidio a los trabajadores de los sectores en crisis durante la fase de transición, luego darles la formación necesaria, y tercero encontrarles un puesto en otro sector. No se puede hablar seriamente de lucha contra el desempleo sin políticas sociales de ese tipo. Y, al menos para nosostros en Italia, la reforma del estado de bienestar es imprescindible: es estático, corporatista y presupone que el trabajador tendrá siempre el mismo empleo. Europa tiene un modelo significativo en Holanda, donde se han introducido muchas de las políticas que estoy sugiriendo, incluyendo el trabajo a tiempo parcial, un fuerte sistema de formación y recapacitación de los trabajadores, y un subsidio a la movilidad. Pero no se equivoque: reducir la jornada laboral no es una fórmula mágica, ni un nuevo Dios que puede asumir el papel que anteriormente tuvo el crecimiento. La reducción de la jornada laboral es una ayuda, pero si solo contamos en ésta, fracasaremos.

GB: Todos los que han estudiado el problema piensan que el pleno empleo es una cosa del pasado. Hay que encontrar otras soluciones que permitan a la población ajustarse a la escasez de trabajo. Ha habido muchas propuestas fantasiosas, pero es obvio que el instrumento principal debe ser la idea de un «ingreso universal de ciudadanía». Las fórmulas son varias, al igual que las formas de aplicarlas, pero una vez que la Unión Monetaria Europea sea una realidad, que los sistemas de jubilación estén alineados con las tendencias demográficas y que las cuentas públicas sean reequilibradas -solo entonces las condiciones permitirán abrir una nueva etapa en la política social, por lo menos en Europa: garantizar a cada ciudadano un mínimo vital, lo que permitirá también una máxima movilidad.

MD'A: Estoy convencido que lo que se necesita es una forma de estado social universal, extensivo y neutro, y no se lo podrá lograr con instrumentos corporatistas. El objetivo del pleno empleo, en el sentido tradicional de tener el mismo trabajo toda la vida, ya no parece realista. Entonces, el objetivo que podemos fijarnos es que cada ciudadano tenga su papel en la sociedad mediante el trabajo. Al mismo tiempo, tenemos que evitar a toda costa la formación de una sociedad dual. Desde este punto de vista, los modelos europeo y estadounidense están ambos equivocados, pues ambos producen dualismo: en Europa bajo la forma de desempleo estructural a largo plazo, en Estados-Unidos bajo la forma de una división entre un mundo de trabajadores altamente y medianamente calificados y un mundo de trabajo ocasional, pobreza y marginalidad social. El objetivo central del nuevo estado de bienestar europeo debe ser de evitar esa brecha. Siempre habrá gente sin empleo, pero no deberá haber desempleo a largo plazo ni personas excluidas de la comunidad. La sociedad debe garantizar que cada persona pueda sobrevivir a la transición entre las diferentes fases de empleo, desempleo y nuevo empleo gracias al ingreso universal de ciudadanía, y también al derecho a la formación profesional, lo que será decisivo si no queremos que los desempleados se queden «afuera» para siempre. Lo crucial en la definición del margen de maniobra de la izquierda y de la naturaleza del nuevo pacto social es crear un sistema incluyente en el que un ciudadano que se encuentre sin trabajo por un cierto tiempo seguirá «dentro» del sistema, que le proporcionará apoyo económico, formación profesional, herramientas para encontrar una nueva oportunidad de empleo y un chance de seguir adelante, hoy o mañana. Las estrategias de empleo y la reforma del estado de bienestar caminan juntas, porque solo juntas pueden vencer el peligro de una sociedad dual.

GB: Esa puede ser la principal dinámica a medio plazo de la nueva política económica y social según Massimo D'Alema, ¿pero podemos decir lo mismo de la izquierda europea? ¿Cuál es la perspectiva de un proyecto que una y coordine los partidos social-demócratas en toda Europa.

MD'A: Cada uno sigue su propio camino, pero podríamos decir que la fase actual es de comparación entre las diferentes vías. Ciertas posiciones son un poquito más conservadoras, pero hay una mayor conciencia que, al fin y al cabo, solo luchas transnacionales podrán enfrentar el desempleo. Pero no nos equivoquemos, el papel del estado-nación es todavía importante y seguirá siéndolo.

GB: Más la economía supera rápidamente las fronteras de los países.

MD'A: Y los estados-naciones deben actuar dentro del marco de las estrategias macroeconómicas transnacionales: la necesidad de ajustarse a estas estrategias ejerce una cierta coacción y puede deshacer políticas. La izquierda europea está ya discutiendo estos problemas, y surgen posibles objetivos comunes, entonces hay una cierta coordinación. El hecho que, en la cumbre de junio de 1997 en Luxemburgo, los gobiernos europeos por fin se decidieron a hablar de desempleo y a instituir un monitoreo de las políticas nacionales a nivel europeo, así como a movilizar más recursos en este sentido, se debió a la presión de los socialistas europeos y a las discusiones entre ellos. Sin embargo, la cumbre no planteó la cuestión de la reducción de la jornada laboral como criterio de convergencia para la unidad europea. Eso hubiera sido un verdadero salto cualitatitativo, lo que Delors pedía, pero aún no ha llegado la hora.

GB: ¿Tiene la izquierda europea de ahora una cultura común de innovación política y social, o lo único que tiene en común son sus raíces?

MD'A: Sí se está formando una identidad, hay fuertes similaridades en los debates culturales. Si usted compara nuestra posición sobre la reforma del estado de bienestar y el «Informe sobre la justicia social» del partido laborista inglés, encontrará muchas convergencias.

GB: Hay también fuertes contrastes. Por ejemplo, entre la línea más propensa a la intervención estatal de los socialistas franceses y la línea más liberal del New Labour británico, y dentro del SPD alemán entre Oskar Lafontaine («la izquierda debería hacer el trabajo de la izquierda») y el innovador Gerhard Schroeder.

MD'A: Las diferencias se colocan en un eje que va de la defensa más conservadora del compromiso social tradicional hasta las posiciones más liberales. Podríamos verla como una línea que corre desde Lafontaine a Tony Blair, pasando por Lionel Jospin. Pero hay otra línea de demarcación: la que se refiere a la Unión Europea. La izquierda liberal y la izquierda social-demócrata tradicional son también parte de un debate entre una «izquierda europea» y una «izquierda nacional». Desde este punto de vista, Blair es el más conservador, el más nacionalista, aunque él sea la figura más innovadora en el eje liberal-conservador. O sea que para entender la izquierda europea, usted tiene que tomar en cuenta dos coordenadas.

GB: La izquierda europea, izquierda italiana incluida, ha sido criticada por minimizar las diferencias entre izquierda y derecha, tanto en la ideología como en la práctica política. Se dice que hay siempre menos diferencias entre los dos campos. Es una crítica «de izquierda» a la izquierda. Algunos intelectuales desprecian lo que llaman el excesivo oportunismo de los líderes de la izquierda que se adueñan de las «posiciones de la derecha», de la cultura de la competencia económica, etc., para conseguir votos. La misma crítica fue formulada desde la iglesia católica, por una de sus figuras más importantes, el cardenal Carlo María Martini, arzobispo de Milán. El decía que los «llamados progresistas» y los «llamados conservadores» parecen insensibles a la suerte de los marginados, de los desposeídos y de los inmigrantes. Martini rechazó las políticas que son incapaces de fomentar instituciones y mecanismos de solidaridad humana, dejando esa misión solamente a la iglesia. Es claro que la flecha del cardenal Martini estaba dirigida a herir más la izquierda que la derecha.

MD'A: Seamos claros: la posición de una fuerza que quiere gobernar es diferente a la de alguien que quiere desempeñar una actitud de solidaridad. Aquí no veo una diferencia entre la izquierda y la iglesia, pero entre un compromiso social y un compromiso político. Hay también una izquierda muy comprometida en lo social que sin dudas es mucho más atenta a los problemas de los marginados.

GB: Sería entonces que existe un divorcio entre un gobierno de izquierda y una política de solidaridad?

MD'A: No, pero en la política -al menos que uno renuncie a su responsabilidad de gobernar-, hay que conseguir una mayoría de votos. Entonces hay que construir una plataforma equilibrada, que tome en cuenta los intereses de los excluidos, pero no se centre solo en sus intereses, sino sencillamente no se puede gobernar. Hay una diferencia estructural, se trata de funciones diferentes, no de una diferencia de cultura. Pero hay también una izquierda de la solidaridad, aquella de las ONG y del voluntariado social, no hay solo la iglesia. Y esa izquierda hace otro trabajo: organizar la solidaridad. La política debe incluir la solidaridad, pero en el marco de un equilibrio que debe tomar en cuenta los intereses de toda la sociedad. Si no fuera así, la política sería solo una especie de testimonio moral. Sería lindísimo, pero espero que la iglesia no contemple una situación en la que la derecha gobierna mientras la izquierda, junto con los curas, organiza la solidaridad. Es una división del trabajo muy tradicional, y ya ha sido probada. ¿Quién quiere volver a esa situación?

GB: ¿Es la izquierda en el poder menos sensible a la suerte de los excluidos que cuando está en la oposición?

MD'A: No es cierto. Hemos sido en el gobierno de Italia desde un año y medio, y la ley de inmigración que hemos promovido no era la que quería la derecha. La oposición hizo obstrucción parlamentaria en este tema. Nuestra ley se preocupa de los problemas de delincuencia y de seguridad, cierto, pero también crea nuevas formas de inclusión y reconoce los derechos de los inmigrantes, incluyendo los derechos a la ayuda social, lo que no existía antes. En el mismo tiempo hemos propuesto reformas constitucionales que permitirían a los inmigrantes que no son ciudadanos italianos pero que viven en Italia votar en las elecciones locales. Nuestra ley de protección a los niños pobres es totalmente innovadora, y no creo que el gobierno Berlusconi haya jamás contemplado algo por el estilo. Por primera vez, el gobierno italiano ha asignado un billón de liras [600 millones de dólares] para un millón y medio de niños que viven por debajo de la línea de pobreza. No se nos puede acusar de insensibilidad, aunque la verdad es que tratamos de plantear el problema de los excluidos en un marco en el que la solidaridad es un elemento de nuestra política, no su centro. Un programa político debe preocuparse también del desarollo y de la producción de riqueza. Sin ésta, sería difícil practicar la solidaridad.

GB: El PDS no gobierna solo. Hace parte de una coalición de centro-izquierda, «El Olivo», que incluye a los verdes y a unos centristas cristianos-liberales. ¿Que pasaría si la izquierda gobernara sola? ¿Cuán diferente sería su programa del actual?

MD'A: El centro-izquierda no es solo una coalición de fuerzas políticas; eso es un aspecto superficial y secundario de lo que está pasando. En substancia, el centro-izquierda representa una forma de gobierno que responde a las necesidades de sociedades complejas; responde al hecho que el bloque tradicional de izquierda de la sociedad ya no constituye la mayoría. Nuestra coalición política de gobierno refleja una alianza social que incluye fuerzas de la clase media, trabajadores independientes, cuellos blancos, intelectuales, los más altos niveles del trabajo calificado, las partes las más innovadoras y abiertas del empresariado, las masas de mujeres y de jóvenes que están tradicionalmente fuera del mercado laboral, y los trabajadores auxiliares. Eso es el centro-izquierda. No es por casualidad que Tony Blair, quien gobierna con un solo partido, describe también su política como de centro-izquierda. El centro-izquierda es un proyecto de alianza social que va más allá del bloque que apoyaba el estado de bienestar tradicional. Se trata también de un proyecto cultural, basado sobre un nuevo sincretismo que une la izquierda con corrientes del pensamiento religioso y del pensamiento liberal. Pienso que este sincretismo es útil para la evolución del pensamiento político en los momentos de crisis, mientras la pureza ideológica es una señal de esclerosis. Desde este punto de vista, aún el marxismo, cuando fue concebido, era una forma de sincretismo.

GB: Sin embargo, tenía las características de una doctrina sistemática desde el inicio.

MD'A: Pero surgió de una mezcla de elementos heterogéneos: la filosofía alemana clásica, las tradiciones de la Ilustración, el espíritu de la revolución francesa y la ciencia económica británica. Marx fue el que los conjugó y creó un sistema a partir de líneas de pensamiento muy distantes. Asimismo, una nueva cultura de izquierda se está formando en Europa. Que se traduzca por un solo partido o por alianzas depende de la realidad histórica de cada país. Lo que quiero decir es que el centro-izquierda es la fórmula social y cultural para gobernar sociedades complejas, una posición abierta a la globalización pero también atenta a los intereses de los trabajadores y a la solidaridad.

GB: Pero qué peso individual debe tener el componente de izquierda y el de centro? En Italia, hay quien subraya el papel de la coalición como tal, y quien insiste en el papel de la izquierda en la coalición.

MD'A: En Italia, el centro-izquierda ha tomado la forma de la alianza del Olivo, y la razón es muy simple: el centro católico quiere mantener su identidad política independiente por razones históricas, y no se dejará absorber por la izquierda. Ya lo hemos probado cuando creamos el frente electoral progresista en 1994, y perdimos. El Olivo fue una gran innovación, porque dio al centro la posibilidad de mantener su independencia dentro de una alianza orgánica con la izquierda. El Olivo suscitó una escisión en el centro, permitiendo el desarollo de una bipolaridad democrática en Italia. En el pasado, el centro no quiso verse obligado a escoger entre una alianza con la izquierda u otra con la derecha. Estoy convencido que la bipolaridad italiana mantendrá esta nueva forma.

GB: ¿Hay algo irreversible en esta combinación?

MD'A: Por mucho tiempo habrá un centro y una izquierda en esta alianza. La alianza entre una izquierda socialista-liberal, una fuerza moderada que es básicamente católica y una fuerza ecologista es ahora un hecho estratégico.

GB: El mayor componente de la izquierda italiana es heredero de la tradición del partido comunista. Cuando se formó el PDS, hubo una escisión que dio lugar al Partido de la Refundación Comunista . Este último obtiene más o menos el 9% de los votos, mientras que el PDS alcanza el 20%. Todo esto hace que exista una relación compleja entre el PDS y su propia herencia. El pasado comunista y el pasado de los comunistas italianos son todavía temas candentes. Se pide muchas veces al PDS que «se arrepienta» de los errores y de los crímenes del comunismo. Pero también es cierto que la fuerza del PDS viene en parte de su herencia comunista, y esto posibilitó que sea la clave de una nueva mayoría de gobierno. Para resumir, hay alguna gente que dice «arrepiéntanse» de su pasado, mientras otros dicen «pueden estar orgullosos de ello». ¿Quién tiene la razón?

MD'A: Hay algo de verdad en las dos posiciones. Por un lado, y sin ninguna duda, es necesario reflexionar profundamente sobre los errores pasados de la izquierda italiana, las responsabilidades del Partido Comunista Italiano y el mantenimiento más allá de cualquier límite tolerable de sus vínculos con el «socialismo real»: el estalinismo de Togliatti, las limitaciones de Berlinguer, etc. No diría que hemos formulado todas las posibles críticas. La discusión sigue adelante, pero ya no es una cuestión de abjuración política. Ya no es un tema político, en el sentido que no es un problema decisivo para la gran mayoría de la población. Solo el 9% de nuestros ciudadanos perciben la relación entre el PDS y el PCI como negativa, y hay entre un 10% y 11% de ellos que tienen sentimientos favorable hacia el PDS precisamente porque aprecian su continuidad con el PCI. En todo caso, yo mantengo que la relación del PDS con el viejo Partido Comunista puede ser considerada tanto una ventaja como una carga, porque no hay dudas que el PCI tenía su proprio movimiento de reforma interna, y no solo por razones de propaganda exterior. Este movimiento de reforma tenía una originalidad cultural propria, no relacionada con el comunismo ortodoxo. Paradójicamente, la tradición cultural del PCI era más abierta al pensamiento político liberal que algunos partidos social-demócratas europeos. No es casual que el socialismo europeo no perciba a Gramsci como un pensador totalitario sino como un marxista herético, aún mucho más que Karl Kautsky. El pensamiento de Gramsci ayudó a romper con la ortodoxia comunista no solo por sus críticas al estalinismo, sino también por sus críticas al estatismo y a las concepciones económicas de la social-democracia.

GB: ¿La izquierda todavía tiene un sentido político para los electores europeos? ¿Aún puede llegarles al corazón o se trata solo de producir líderes capaces y pragmáticos? En otras palabras Blair, Jospin y D'Alema son probablemente mejores que sus adversarios, ¿pero qué gran diferencia hace?

MD'A: No es la primera vez que escucho la tesis que la izquierda se habría convertido en el único heredero de la habilidad política, de la techné politiké. Esto implicaría que la derecha está integrada solo por idiotas. Pero las cosas no son así La izquierda conduce el proceso de recuperación de la economía de manera diferente a la derecha, aunque parezca que ambas practiquen «el mismo oficio». En Italia, las medidas que tomamos para equilibrar las cuentas públicas nos hicieron ganar el reconocimiento del FMI, pero desde que estamos en el gobierno, los asalariados han visto su sueldo aumentar en 4,9%, mientras la inflación subió solo 1,6%, o sea 3,3% de aumento real (por primera vez desde 1992). En lugar de recortar los gastos sociales, introdujimos un impuesto progresivo por la entrada en el Sistema Monetario Europeo, que grava esencialmente los ingresos altos y medios. Esto es una diferencia substancial, yo diría hasta brutal, entre la izquierda y la derecha. La derecha seguramente hubiera actuado de otro modo. Pero hay mucho más que decir a favor de la izquierda: una capacidad de proyectar, de renovar, y de perseguir nuevos rumbos en la construcción de la sociedad. Si las tentativas de reformar y reconstruir la sociedad no quieren reducirse al manejo de los efectos de la globalización, tendrán que transcender los límites del estado-nación. Aquí estoy de acuerdo con Delors, quien es mucho más avanzado que Blair porque entiende que el margen de maniobra no solo de la izquierda sino de la política en general será siempre más estrecho si no se toma en cuenta la dimensión supranacional.

 
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