Ecuador DEBATE Nº 46
 
 COYUNTURA

POLITICA

EL JUEGO DEL DESCONCIERTO

Fernando Bustamante

En Ecuador, desafortunadamente, existen percepciones ciudadanas muy arraigadas, respecto a la inoperancia, pesadez y carencia de ideas adecuadas del Estado para hacer frente a la coyuntura. Las esferas e instituciones políticas aparecen desconcertadas, irrelevantes y empantanadas en discusiones y decisiones que parecen siempre quedarse muy por debajo de lo que se requiere para detener el vendaval.

UN PAIS DESCOMPUESTO

Los primeros dos meses del presente año, han sido testigos de una aceleración en los procesos de quiebre económico, político y social del Ecuador. El motor fundamental de esta situación ha sido el profundo deterioro de la situación económica y financiera, así como la profunda crisis de la caja fiscal. Sin embargo, el comportamiento de las variables económicas está relacionado estrechamente con una reiterada disfuncionalidad del sistema político y de sus principales actores para encontrar, acordar e implementar respuestas adecuadas al este proceso de deterioro. Más aún es posible afirmar que buena parte de trayecto de la pendiente nacional, ha sido resultado de estas disfunciones políticas, que no solo impiden un correcto manejo de los problemas económicos, sino que son parte de las causas de su empeoramiento.

La crisis económica tiene un conjunto de manifestaciones cruciales, entre las cuales, y de manera preponderante deben citarse las siguientes: a) El grave y no resuelto déficit fiscal, b) La quiebra e insolvencia cada vez más extensa del sistema bancario y financiero c) la fuga de capitales y una galopante agudización de la desconfianza de los inversionistas locales e internacionales, d) El derrumbe del sucre en los mercados cambiarios y el abandono, por parte del Banco Central, del sistema de bandas cambiarias, reemplazado por un sistema de libre flotación, e) La contracción de las reservas del Banco Central, f) Una inflación que amenaza con dispararse y transformarse en un proceso hiperinflacionario g) Una sostenida y duradera contracción de los ingresos provenientes del comercio exterior, fruto de la reducción de los precios del petróleo y de otros productos, h) La persistencia de fuertes presiones sociales y políticas en favor de un mayor gasto público.

El hundimiento de la economía ha estado asociada a un aumento de ciertas formas de conflictividad social. Esta última tiene dos vertientes muy claramente distinguibles: una organizada, de tipo corporativo, que expresa el malestar y encrespamiento de los grupos que se sienten injustamente golpeados por las políticas económicas vigentes, o que tratan, no sin desesperación, de transferir a terceros las penurias que enfrentan. La segunda, que canaliza formas anómicas de desintegración de la convivencia colectiva: delincuencia, violencia cotidiana, acción directa al margen de la ley y de las instituciones, y finalmente, de manera escalofriante, la aparición de fenómenos de violencia criminal directamente política, como lo atestiguan los asesinatos de Saúl Cañar y Jaime Hurtado.

El sistema político ha sido afectado también por este deterioro: en primer lugar, por la agudización de las percepciones de ineficacia halla una expresión muy nítida en el derrumbe de la aprobación ciudadana a la gestión del Ejecutivo que preside Jamil Mahuad. De hecho, muchos observadores interpretan la crisis económica y social como -en buena medida- resultado del impasse político en que parece sumirse el Ecuador. Para estos observadores, las medidas económicas que podrían detener la crisis, son claras y conocidas; el problema estriba en la incapacidad nacional para encontrar la formula política que permita adoptarlas e implementarlas de manera consistente y radical. La solución al enigma del "buen gobierno" parece tan elusiva como siempre, con el agravante de que las circunstancias imponen, de manera abrumadora, la necesidad de dar con esta respuesta. La paradoja estriba en que parece ser que todos reconocen, al menos retóricamente la necesidad de esta formula, y proclaman su voluntad de cooperar en su diseño y construcción, pero al mismo tiempo, todos parecen actuar de manera que nos aleja de ella. Está es una situación que la teoría de las decisiones ha descrito abundantemente en términos de la lógica del pánico: en tal situación todos comparte un mismo objetivo: protegerse y salvarse, y todos hacen lo que para cada uno parece razonable con tal propósito. Sin embargo, la suma colectiva de estas acciones individualmente racionales, tiene por objeto el fracaso de todos en conseguir sus propósitos. Es lo que pasa cuando todos intentan simultáneamente abordar un bote salvavidas, durante un naufragio

Por ello, en lo que sigue, nos concentraremos en discutir algunos elementos de este impasse político y en las posibles maneras en que puede ser enfrentado.

EL "GRIAL" DE LOS CONSENSOS

Si tomar las decisiones adecuadas para hacer frente a la crisis, requiere un acuerdo mayoritario (supuesto plausible en un sistema democrático representativo), y si las medidas que este acuerdo ha de implicar son de tal severidad y magnitud, que esa mayoría debe ser lo más alta posible (no una simple mayoría, sino una mayoría calificada); parece lógico suponer que lo adecuado es lograr poner de acuerdo a un segmento muy amplio de la opinión, y de los órganos de representación política. Esto implica aceptar que todos los participantes de esta potencial mayoría reconocen y palpan que está en su interés cooperar con medidas que, aunque los afecten y perjudiquen en algún grado, pueden salvarlos de la destrucción completa, y más aún, pueden ofrecerles la perspectiva de ventajas mucho mayores en el largo plazo.

Desgraciadamente, la experiencia indica que esto no es tan simple ni depende de la buena voluntad de todas las partes. ¿A qué se debe que no es posible a personas razonables cooperar en una empresa que es vital para todas?. Una respuesta que permite entender, al menos en parte, esta paradoja, dice relación con el problema de la "desconfianza". Dicho directamente: cuando se trata de hacer un trato de este tipo, es preciso repartir los costos, y en tal situación nadie quiere correr un riesgo excesivo de terminar siendo el "pato de la boda". Pagar su cuota y luego descubrir que hubo otros que no solo se eximieron de hacerlo, sino que además se beneficiaron del "bien común" logrado a costa de los esfuerzos colectivos. En este caso, cada uno presume que el otro, el interlocutor, aprovechará cualquier ocasión que tenga, para beneficiarse por si solo y no pagar la cuenta. En tal situación, es razonable y prudente pata todos y cada uno tomar precauciones ante la posible deslealtad del socio potencial, buscando un tomar un seguro, lo que normalmente implica o no llegar al trato, o intentar hacerlo en términos tales que cada uno, por separado, se asegure de terminar siendo aquel que pueda captar privadamente los beneficios de la acción común, sin tener que pagar -al menos en su integridad- los costos de las acciones. Esto generalmente toma la forma de la ejecución de un "golpe" preventivo que me asegura de los beneficios aun en caso de que otros traicionen la causa común y traten de hacer lo mismo que yo. Por lo demás cada uno asume que los otros "son como uno", y, apenas tengan oportunidad harán lo propio (desertaran). Son mi suspicacia y desconfianza hacia los otros, lo que hace que yo deje de ser confiable para los otros. Se parte del supuesto que para todos y cada uno, lo óptimo sería embolsarse los beneficios sin pagar por ellos, y que todos actuaran así, sino por codicia, al menos por prudencia: "si los demás van a traicionar, yo no deseo ser el único gil" que se quede al margen. De esta forma la cooperación se derrumba aun antes de haberse iniciado.

El problema central consiste en hallar una manera de asegurarme que nadie desertará y buscara aprovechar para si y solo para si del bien colectivo que se busca. En este caso particular que nos ocupa, la estabilidad económica y política resulta un bien colectivo, necesario a todos. Sin embargo, en el caso Ecuatoriano, nadie en particular está dispuesto a perder lo suyo sino tiene garantías de que el otro también pagará su cuota de sacrificio.

En Ecuador, desafortunadamente, existen percepciones ciudadanas muy arraigadas, respecto a la inoperancia, pesadez y carencia de ideas adecuadas del Estado para hacer frente a la coyuntura. Las esferas e instituciones políticas aparecen desconcertadas, irrelevantes y empantanadas en discusiones y decisiones que parecen siempre quedarse muy por debajo de lo que se requiere para detener el vendaval. Esto ha llevado a nuevos récords en el nivel, ya de por si muy alto, de desprestigio de la organización política del país, lo cual a su vez estimula la sensación de que cada cual debe buscar la forma de salvarse como pueda y a costa de quien fuese. De hecho, en gran media, la acción de los políticos parece marcada por obsesiva necesidad de proteger y salvar los distintos intereses personales, grupales, corporativos y estrechamente partidistas que cada cual encarna o quiere representar. En esta lógica de "sálvese quien pueda", se expresan síntomas de pánico político y/o de aprovechamiento inmediatista de las circunstancias para obtener ventajas particulares a horcajadas de la coyuntura (patrón de conducta generalizado, de oportunismo automático). El deterioro de la credibilidad del sistema institucional y una cultura cívica que se han desarrollado en la desconfianza, y que han consagrado la máxima prudente de que "el que pestañea pierde" hacen especialmente difícil lograr el tan mentado proceso de "concertación" de una mayoría calificada para la puesta en marcha de un modelo nacional post-petrolero. Es muy difícil en este contexto pedirle a la gente que seriamente considere ceder lo que considera suyo o que renuncie a tomar estos onerosos seguros que bloquean un real y operativo consenso.

LA LOGICA OPERATIVA DE LOS CONSENSOS

La lógica de la acción concertada nos indica de manera clara que no basta que la gente desee cooperar para lograr la cooperación. Se necesita algo mas que el reconocimiento de cada cual de la conveniencia de subirse al mismo bote. La práctica y la teoría políticas nos indican que existen un conjunto de condiciones y mecanismos que son necesarios para hacer viable la cooperación y llevar a la práctica un consenso. Entre estas maneras quisiéramos mencionar al menos las tres que siguen:

1) Diseñar las políticas y decisiones de tal manera que si alguno deserta, a) nadie obtiene el beneficio esperado b) el desertor no tiene manera de recoger los beneficios de su deserción. Esto se expresa en la frase: "o nos hundimos todos o nos salvamos todos". En esta situación el desertor que desea ahorrarse los esfuerzos que demanda la acción común, debe tener la certeza que su ahorro le saldrá muy caro: pagará el costo mucho mayor que su abstención acarreará sobre todos los involucrados. En cambio, debe saber que la posibilidad de que el mismo se salve depende de que no escatime los sacrificios que se le piden. Para que se de esta situación es preciso que todos los participantes sepan que no pueden ganar por separado y a costa de los demás, y que aquello que pueden ganar sea muy inferior a lo que perderán por tratar de aprovecharse unos de otros. Cabe preguntarse si esa es la situación del Ecuador actual, y si esa es la percepción que tienen ciertos actores claves. Si no fuese así, debe buscarse y qué debe hacerse para poner a todos en la situación de cooperar y o perecer, o al menos saber quienes en realidad si pueden salvarse desertando, puesto que con ellos no podrá ser el anhelado consenso: son, estructuralmente, socios poco confiables.
Cómo alterar las percepciones de los "ilusos" que creen- esta vez equivocadamente- que pueden desertar rentablemente, y hacerlos comprender la verdadera situación que enfrentan?. Es posible suponer que en el Ecuador de 1999 hay los dos tipos de desertores potenciales: los que tienen su propio bote salvavidas, y los que se imaginan tenerlo. A los primeros es preciso destruirles su bote particular, y a los segundos darles una serie de evidencias parciales, de aquello a lo que se exponen si siguen adelante con sus fantasías de invulnerabilidad.

2) Otra circunstancia en la cual los consensos y la lealtad a los pactos de ellos se deriva, se hacen mas factibles; es cuando todas las partes se hallan bajo la "sombra de un tercero". Este "tercero" es un actor que sin ser parte del pacto, lo garantiza, y tiene para ello, la capacidad y el poder para imponer sanciones al no cumplimiento. Este sujeto o agente que garantiza desde afuera al pacto, puede ser un arbitro (solución hobbesiana; todos acuerdan entregarle o aceptan que tiene el poder para constituirse en garante), o una amenaza frente a la cual ninguno de los actores puede protegerse privadamente. En el primer caso, podemos poner como ejemplo el acuerdo de dos partes en una guerras civil, para permitir que algún organismo internacional despliegue fuerzas de paz y elementos disuasivos para asegurar que un cese de hostilidades sea creible para todas las partes. En el segundo caso, es la "sombra" de un posible enemigo de un bien común de todos los participantes, la que asegura la confianza: todos saben que todas las contrapartes tienen mucho más que perder frente a este enemigo externo, que las ganancias potenciales de una deslealtad hacia sus virtuales socios. Esta es la lógica que explica la concertación y los acuerdos de gobernabilidad, en transiciones democráticas, como la española, la chilena o la uruguaya. El espectro del caudillo, de Pinochet o de los militares ha servido para dar un incentivo abrumador a la concentración y para que todos los integrantes de esta tengan la certeza de las intenciones e intereses de los socios: nadie puede imaginar a los socialistas chilenos desestabilizando a la su coalición de Gobierno o al sistema democrático, puesto que ya se sabe el precio que por ello podrían pagar (lo saben muy bien y en carne propia)..

Esta es también la lógica de los "estados de excepción" en la República Romana, y en último término del cesarismo. Hemos visto de que manera la disciplina y el consenso "silencioso" del acatamiento florecen en estos casos de grave peligro, por ejemplo, en el Perú de Fujimori, en la Bolivia del último Paz Estenssoro o en la Argentina de Menem. En efecto, en tales casos, la instauración y consolidación de estos regímenes semi-democráticos, o simplemente excluyentes y de poder altamente centralizado, ha sido sustentada en un amplio consenso espontáneo sobre la necesidad de "dejar hacer" al jefe, ante la imposibilidad de encontrar otras formas de resolver las amenazas inminentes que a todos afectaban. Esta es una forma de consenso, en donde la garantía está dada por la convicción de que para todos, la alternativa es mucho peor, y que para nadie es mejor "desertar" que acatar.

3) Finalmente, se puede dar garantías que permitan hacer coincidir el interés particular con el colectivo, mediante el sistema de las "prendas". En ausencia de un "tercero" hobbesiano, los participantes pueden utilizar un sistema de rehenes para asegurarse de la lealtad del socio potencial. Se entrega al otro un bien o el control sobre un interés de magnitud, presumiblemente tan alta, que cada parte se hace enormemente vulnerable a la represalia de los otros en caso de deslealtad. En la antigüedad, era frecuente que los monarcas garantizaran treguas y tratados de paz enviando a la corte enemiga a miembros muy cercanos de su propia familia. Estos encumbrados rehenes eran la prenda que permitía "confiar" en el otro y en que cumpliría su palabra.

En todos estos casos, la importancia de los mecanismos, estriba en que se está creando una estructura de incentivos objetiva que da respaldo material a los posibles compromisos a lo que las partes están dispuestos a llegar. Sea porque los intereses son construidos como comunes, o mejor dicho, porque aquella parte de los intereses que son comunes resultan más importantes para las partes, que aquellos que se puedan conseguir individualmente; sea porque hay una amenaza común (el momento más peligroso para las coaliciones es cuando esta amenaza deja de existir), sea porque están en condiciones de hacerse mutuamente vulnerables: en todas estas instancias, se trata de dar señales inequívocas de que es posible confiar en un extraño, presumiblemente dotado de intereses no coincidentes con los propios.

Por supuesto que es posible tener otro tipo de confianza: la confianza en su sentido más ético, en la cual una confía en que la naturaleza moral del otro le impedirá traicionar. Pero este caso, a nuestro juicio es relevante en circunstancias en que a) existe una comunicación no dañada entre las partes, y b) como resultado de ello, existe lo que podríamos llamar una "comunidad moral". Esto es, una concordancia de afectos, ideas éticas, necesidades y un espacio de convivialidad comunal que nos permite reconocernos en los otros. Sin embargo, una situación de comunidad moral, es precisamente el tipo de circunstancia que no parecería requerir de negociaciones o concertaciones para llegar a consensos. La búsqueda de los consensos presupone que estos ya están rotos, y que las partes se enfrentan a través del abismo de sus propias diferencias. La búsqueda de la comunidad moral, haría inútil la búsqueda de los consensos y pactos de gobernabilidad. Podría alguien, sin duda, plantear que el camino verdadero para resolver los impasses que afligen al Ecuador, estaría en la reconstitución de esta comunidad, o al menos (si uno cree que ella nunca existió), que permitiese fundarla. Pero parece muy difícil que en una sociedad compleja y moderna, pueda lograrse esa idílica situación, al menos en un futuro previsible, y sin otros radicales cambios de forma de vida. Por ello, parece ser, que al menos en estas circunstancias, estamos condenados a tratar de concertar lo ya desconcertado. Sin embargo, como tratamos de mostrar en las páginas anteriores, la búsqueda de los consensos, si ha de ir más lejos que la redacción de buenos propósitos comunes, requiere que prestemos atención a las condiciones objetivas que permiten llegar a y ceñirse a pactos y compromisos mas o menos estables y firmes. Esto requiere en primer lugar crear una situación (si es que esta puede ser creada), en que los actores estén en condiciones de comunicar efectivamente señales productoras de confianza, y en una sociedad que ha abandonado los espacios de la comunidad moral, estas señales generadoras de confianza deben ser un conjunto frío y duro de incentivos y amenazas.

Resumamos el repertorio de posibilidades y reflexiones sobre cuál de estas nos es accesible:

1) Buscar una política o paquete de políticas que logre dar a todos un conjunto de beneficios que para todos y cada uno sea mayor que el de la alternativa y que el de "actuar por su cuenta". Si no es posible hacerlo con todos, entonces, al menos hacerle esta oferta a los actores cruciales necesarios para lograr la mayoría calificada política y social que mencionamos al principio. El problema, es aquí, el que la mayor parte parece creer que tiene salidas individuales preferibles a la cooperación. Es entonces pertinente preguntarse de qué manera se cierran esas puertas de escape privadas, y si es posible hacerlo.

2) La presencia del "tercero" (Pinochet, Abimael Guzmán, la hiperinflación etc.). Desafortunadamente la historia muestra que a menudo los "vándalos" tienen que estar ad portas para que los ciudadanos se convenzan de nombrar un dictador o se pongan democráticamente de acuerdo en los arbitrios para hacer frente eficazmente a la situación. En muchos casos, la eficacia de la sombra del tercero es función de una experiencia, a menudo larga, de padecimientos comunes en sus manos (España, Chile). En Ecuador desearíamos evitar el tener que llegar a ese punto. Estamos buscando una concertación para evitar llegar a ello, no para salir de ello. Siendo, empero, la mente humana como es, parece no poder asimilar la magnitud de los peligros que la acechan, sino cuando los efectos de estos ya son sensibles. Esto está vinculado al problema de la tasa de descuento a futuro (problema que los fumadores conocen muy bien: emprenden seriamente la tarea de dejar el hábito solo cuando han tenido el primer diagnóstico de enfisema). En todo caso, podríamos preguntarnos si existe ese tercer actor hobbesiano que pudiese asumir la función de disciplinar por temor a todas las partes del aun teórico "pacto nacional".

3) Finalmente, la pregunta política que cabría hacerse es ¿Qué prendas mutuas podemos imaginar, que sean de naturaleza tal que den suficiente confianza a todas las partes llamadas a concertar?. ¿Cuáles son los equivalentes ecuatorianos y contemporáneos a los rehenes de nuestros reyes arcaicos?. ¿Qué toma el lugar de los familiares del monarca, en la vida de los poderosos actuales? ¿Qué es aquello que hoy sintetiza las nociones de valor y vulnerabilidad, de manera análoga a como lo hacían los cuerpos de los nobles en otrora?. Es posible que la respuesta vaya por los derroteros de la economía política, y que sea entre los intereses materiales contemporáneos que podamos encontrar las palancas sobre las cuales la vulnerabilidad mutua pueda asentarse.

CONCLUSION: ¿ES FACTIBLE LA AUTOGENERACION DEL LIDERAZGO POLITICO EN EL ECUADOR?

Hemos presentado una serie de condiciones analíticas para una política de consensos políticos. Como vemos, llegar a ellos tiene dos grandes premisas: que exista efectivamente un bien común (no hemos problematizado ese supuesto, aunque podría hacerse), que solo puede lograrse mediante la cooperación de todas las partes pertinentes, y, en segundo término, que puedan crearse las condiciones objetivas de la confianza: imposibilidad de privatizar beneficios, amenaza común y mutua vulnerabilidad.

Queda ahora por ver si el actual liderazgo político del Ecuador puede ser el protagonista de esta nueva lógica. Es preciso insistir que para que ello pueda ser posible, deben darse una serie muy concreta de condiciones estructurales dentro de su proceso de toma de decisiones. Si así fuese, no hay ninguna razón, en principio para que los actuales dirigentes políticos y sus partidos no puedan ajustar su lógica de acción a las demandas del momento. Esto implicaría una autorenovación de la élite política. Nada lo hace apriori imposible y no sería la primera vez o lugar donde ello ocurre. Por ejemplo, en la Bolivia de los años ochenta, fueron segmentos de la propia dirigencia del MNR, incluyendo a sus fundadores (como Víctor Paz Estenssoro) y muchos de los "padres" de la Revolución de 1952, los que procedieron a desmontar radicalmente el sistema que ellos mismos habían creado. Dicho esto, es preciso reconocer que este "autoreciclaje" de las élites políticas y de su modus operandi, suele ser difícil y a menudo imposible. No es posible predecir de antemano si será preciso la irrupción de "outsiders" que recompongan el sistema de decisiones desde afuera, o puede ser que la iniciativa venga desde elementos al interior del "establishment", y que por tanto el cambio no requiera de una radical renovación de las élites constituidas. Por lo tanto, no es posible a estas alturas afirmar, respecto a este punto, si el Ecuador seguirá el camino Boliviano, y sean los propios actores protagónicos actuales los que reconstituyan el funcionamiento del espacio político, si transitará más bien por las aguas del modelo Peruano (y presumiblemente Venezolano), que han requerido una drástica redefinición de la política y de su personal.

 
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