Ecuador DEBATE Nº 48
TEMA CENTRAL
CONFLICTOS ETNICOS Y RACIONALIDAD POLÍTICA EN LA PRIMERA GUERRA YUGOSLAVA (1991-1995)*
Pavel Barsa**
La primera guerra yugoslava no fue la expresión de resentimientos arraigados en el pasado, sino la consecuencia de un conflicto de intereses materiales y de voluntades de poder en competencia en un contexto de inestabilidad política generalizada. Solo el desmoronamiento del orden económico y político, y las estrategias individuales y colectivas de reacción a este desmoronamiento, con sus efectos de feed-back aceleradores, pueden explicar la explosión de Yugoslavia.
La forma de coexistencia anterior de las comunidades étnicas no fue la causa directa del estallido, sino el instrumento y el juguete de los intereses en conflicto y de sus portadores. El nacionalismo no fue la causa de la guerra, sino el instrumento de una movilización política que redujo la pluralidad potencial de identidades de las personas a una única dimensión, la de su identidad colectiva.
En su libro sobre la lógica de los conflictos étnicos, Russel Hardin cita las palabras de un miliciano croata de Mostar quien declaraba no sentir ningún odio contra los musulmanes, aunque fuera perfectamente consciente de llevar contra ellos una guerra de exterminación. Este hombre explicaba cómo se encontraba prisionero del engranaje de un conflicto que le ofrecía una única alternativa: «En función de una lógica perversa, tenía que elegir entre abandonar su comunidad o identificarse totalmente con ella. Había crecido entre serbios y musulmanes, algunos de los cuales eran sus amigos, pero cuando se encontró con estos amigos al inicio del conflicto, ya no tenía nada que decirles. Como no quería dejar su país, decidió identificarse plenamente con su comunidad y se transformó rápidamente en asesino sistemático de presos civiles .» Al otro lado, tenemos el caso de esa actriz croata denunciada como traidora por la mayoría de sus colegas de Zagreb (sin mencionar las agresiones por parte de los políticos y periodistas) por haber actuado en una tragedia de Corneille puesta en escena en Belgrado después de los primeros bombardeos de Osijek y Dubrovnik y el inicio del asedio de Vukovar .
La mecánica del conflicto reduce la pluralidad potencial de identidades de un individuo a una única dimensión, la de su identidad colectiva. Ahí está el verdadero objetivo del nacionalismo: no se preocupa de los «intereses de la nación», sino de la producción masiva de sus miembros obedecientes, unidos por la conciencia de un destino común que se vuelve insuperable como horizonte de los destinos individuales. De ahí la índole paradójica de la «lucha para la autodeterminación nacional»: la existencia del pueblo no es la causa, sino la consecuencia de esa lucha.
El objeto de este artículo es esbozar, con la ayuda de los elementos que ofrece la literatura disponible, un análisis del estallido de la federación yugoslava desde el punto de vista de las condiciones estructurales de la lucha por el poder y los recursos por parte de las élites y del deseo de puntos de referencia, de seguridad y de autopreservación por parte de los simples ciudadanos. La mejor manera de entender algo de este proceso nos parece ser asociando un énfasis «realista» en la dinámica de los intereses y del poder a una concepción «constructivista» de las variadas identidades étnicas y nacionales como creaciones históricas dentro de las cuales se entrecruzan e interactúan procesos anónimos y complejos y proyectos concientes, estructuras funcionales contingentes y acciones intencionales de actores individuales y colectivos .
A la secuencia tradicional nación-nacionalismo-conflicto nacional, tal concepción substituye el análisis de la dinámica estructural específica del conflicto por el poder y los recursos. En las condiciones institucionales específicas de la Yugoslavia de los años ochenta, el instrumento más eficiente de esta competencia era el discurso nacionalista. La forma de coexistencia anterior de las comunidades étnicas no fue la causa directa del estallido, sino el instrumento y el juguete de los intereses en conflicto y de sus portadores. El nacionalismo no fue la causa de la guerra, sino el instrumento de una movilización política. Las reminiscencias históricas (ideologías nacionales del siglo XIX, masacres de la Segunda Guerra Mundial), no fueron el móvil sino el medio de la confrontación.LA TESIS DE LA CAPA DE HIELO
La noción de que las naciones se construyen mediante el proceso conflictivo de su autodeterminación se opone directamente a su representación como entidades colectivas estáticas, definidas desde el inicio y para siempre, y a la idea que los intereses y los conflictos entre esas entidades permiten explicar los episodios trágicos de la historia. En la misma forma de esencialismo descansa la concepción común que ve al nacionalismo post-comunista con los lentes de una metáfora muy difundida, la de la capa de hielo: el comunismo habría recubierto, cuajado y «congelado» las identidades colectivas preexistentes y los odios étnicos del pasado; en el momento del deshielo, esos reaparecen en el mismo estado en el que habían sido petrificados cincuenta u ochenta años atrás.
En sí misma, esa metáfora conlleva dos ilusiones. La primera es la idea de una nación ya preexistente. Con eso, el observador cae víctima de la misma ilusión retrospectiva que la ideología nacionalista, la cual se legitima con base a la permanencia de una identidad etno-cultural. El problema con este tipo de explicación es que no solo tiene un carácter tautológico (el explanandum se vuelve explanans), sino que se reduce a apoyar la interpretación nacionalista oficial de las instituciones federales del comunismo como un marco «artificial» cuya desaparición permite por fin que la historia retome su curso «natural» y que las sociedades de Europa Oriental reintegren su identidad etno-nacional inmutable .
La segunda ilusión producida por la metáfora de la capa de hielo es la representación del comunismo de Europa del Este como apagador y neutralizador de las diferencias y de los conflictos étnicos, como práctica e ideología abstractamente universalista, la cual no dejaría ningún espacio a las identidades específicas, y en particular a las identidades etno-culturales. Sin embargo, basta echar una mirada rápida a la historia del federalismo comunista para convencerse que los regímenes de Europa Oriental, lejos de haber eliminado las identidades nacionales políticamente construidas, por el contrario, las han reformulado e instrumentalizado. Se menciona muchas veces cómo Stalin fue a Viena en 1912 para estudiar el problema de las nacionalidades y familiarizarse con las tesis de los social-demócratas austriacos. Son precisamente los austromarxistas quienes desarrollaron la idea de federación plurinacional (Nationlitätbundestaat), la misma que sirvió de inspiración a Lenin para establecer la unión de las repúblicas soviéticas, definida por la autodeterminación de los pueblos etno-culturales que la constituyen .Los comunistas soviéticos, por supuesto, no tardaron en instrumentalizar en su propio beneficio este intento más bien respetable de encontrar una solución a uno de los problemas más candentes de Europa Central: alimentaron las diferencias étnicas y nacionales potenciales y las construyeron institucionalmente de modo que fortalecieran su poder. En el espíritu del lema «dividir para reinar», combinaron centralización y fragmentación. Como lo señala Rogers Brubaker, la política soviética era sin ninguna duda antinacionalista, pero no era antinacional: «Por supuesto, el régimen reprimía el nacionalismo, pero paralelamente, iba mucho más lejos que cualquier otro Estado anterior o ulterior en la institucionalización de la identidad nacional (nationhood) territorial y de la nacionalidad (nationality) étnica como categoría social fundamental. Así, sin quererlo, delimitó un terreno político muy propicio al nacionalismo .»
Se puede decir que el federalismo comunista (en particular el federalismo checoslovaco y yugoslavo) operó una cristalización de las identidades etno-culturales como criterio fundamental de delimitación de su territorio y de categorización política de su población: asignó a cada «nación» étnica una entidad administrativo-territorial fija y repartió a los miembros individuales de las poblaciones que controlaba dentro de esas categorías administrativas «nacionales». Desde el punto de vista de las instituciones políticas, tales como eran definidas en el papel, el federalismo comunista predeterminó su propia destrucción. Se puede citar, por ejemplo, la soberanía formal de las repúblicas soviéticas y su derecho teórico a dejar la federación, o la exigencia de un voto de mayoría nacional calificada en cada una de las dos cámaras del parlamento en el momento de votar las enmiendas a la constitución [NdT: la composición de la Cámara del Pueblo era proporcional a la población, mientras en la Cámara de las Nacionalidades, checos y eslovacos tenían representación paritaria; para validar el voto de las leyes constitucionales y ciertas otras leyes importantes, se exigía una mayoría de tres quintos de todos los diputados en la primera cámara, de tres quintos de los representantes de cada nacionalidad en la segunda], o de los elementes confederales de la constitución yugoslava de 1974. Todos esos mecanismos forjaron una estructura institucional portadora de una lógica que difícilmente podía impedir la desintegración de federaciones legitimadas por discursos nacionalistas una vez que el poder de los partidos dirigentes empezaba a vacilar . Más aún cuando el apoyo simbólico del régimen al concepto de autodeterminación nacional era asociado a una represión permanente de la sociedad civil, prohibiendo así el desarrollo de una pluralidad de identificaciones sociales y culturales. La descentralización formal sin democratización y sin pluralismo, y el papel central del «derecho a la autodeterminación» en la ideología oficial, a lo que conviene añadir la atomización social típica de los regímenes totalitarios, hicieron del discurso etno-nacionalista el instrumento de movilización política más eficiente del período post-comunista.
No basta explicar el éxito del nacionalismo político por su semejanza con la retórica del régimen comunista, «pueblo» y «nación» sustituyendo la noción de «clase» como colectividad de referencia. La fuerza del discurso nacionalista descansa esencialmente en el hecho que da una respuesta a la cuestión de la legitimidad del Estado. La legitimidad de las federaciones comunistas como estados era en gran parte estrechamente relacionada con los fundamentos ideólogicos de la legitimidad de los regímenes comunistas . Eso era verdad particularmente para la Unión Soviética, y en gran parte para Yugoslavia (lo era menos para Checoslovaquia). Para Lenin, la necesidad de un Estado común de los soviets derivaba naturalmente de la unidad de la clase obrera en su lucha contra la burguesía. Por eso, los bolcheviques eran inicialmente convencidos que otras repúblicas se unirían a la Unión Soviética a medida que se extendería la revolución a lo largo de Europa. Aún cuando tuvieron que redimensionar sus ambiciones poco realistas, el sujeto de la construcción federal siguió siendo definido antes que nada por características de clase como el pueblo «trabajador» o «soviético»: varios pueblos y nacionalidades se juntaban para edificar el comunismo, o el socialismo autogestionario en el caso yugoslavo .
Desde el punto de vista político, la identidad de los habitantes de esos estados tenía dos facetas: cada uno de ellos era miembro, por un lado, de una comunidad político-ideólogica, y por otro, de una comunidad etno-territorial (o eventualmente de una «nacionalidad» no territorial). El fin del comunismo volvió problématica la primera de esas facetas, pero no la segunda . Ese fenómeno concernía no solo a la población, sino también a la nomenklatura: en la mayor parte de las repúblicas soviéticas, así como en Serbia, Eslovenia o Macedonia, la identificación de los dirigentes comunistas con las instituciones de las repúblicas les permitió sin muchos problemas ungirse como defensores de los intereses nacionales. Los que ocupaban una posición relacionada exclusivamente con las instituciones federales no tenían esa posibilidad, como lo manifiesta la marginalización total de Gorbachov en comparación con el éxito de Yeltsin.DEL «ANARCO-ESTALINISMO» AL NACIONALISMO
Yugoslavia era un ejemplo flagrante de este proceso. Cuando llegaron al poder, los comunistas tuvieron que administrar la herencia de las tradiciones nacionalistas y «yugoslavistas» del siglo XIX, y también la del reino de Yugoslavia, caracterizado primero por la dominación serbia, luego por las masacres recíprocas de las etnías balcánicas prisioneras de la máquina infernal de la Segunda Guerra Mundial. Tito ofreció a un país lastimado la oportunidad de un nuevo rumbo bajo la forma de una federación de papel imitada del modelo soviético y teóricamente fundada en la igualdad de todas las naciones que la componían -en la práctica, por supuesto, era el puño de hierro del aparato represivo del Partido el que garantizaba esa armonía. Hasta mediados de los años cincuenta, los comunistas yugoslavos tenían en perspectiva una rápida desaparición del problema de las nacionalidades gracias al desarrollo del socialismo y la construcción del «hombre nuevo» yugoslavo . A partir de mediados de los años sesenta, el reconocimiento que persistían intereses económicos distintos se unió a una progresiva admisión oficial de la pluralidad de los intereses nacionales. La transición de los sesenta a los setenta tuvo lugar bajo el signo de reformas constitucionales que descentralizaron siempre más el poder real en beneficio de las repúblicas. Este proceso fue coronado por la adopción de la constitución de 1974, la cual confirmó y fortaleció la repartición del poder entre seis repúblicas y dos provincias autónomas . Eso fue precedido por manifestaciones de la extrema-izquierda universitaria, que atacaron al régimen en el nombre de su propia ideología, y por la «primavera croata» (1969-1971), que puso en evidencia la existencia de una intelectualidad portadora de un nacionalismo romántico y la de una voluntad de autonomía política y económica más sustancial dentro de la misma dirección comunista croata. Tito puso fin a esos dos movimientos con medidas represivas, acompañadas por purgas antireformistas en Serbia, Macedonia y Eslovenia. Sin embargo, la mayor parte de las reivindicaciones de los comunistas croatas fueron integradas a la nueva constitución, mientras las corrientes reformistas no nacionalistas eran totalmente sofocadas .
Con esa descentralización, Tito ratificó el desarrollo de los intereses específicos de las repúblicas como substituto a una verdadera reforma del sistema yugoslavo en su conjunto. En lugar del pluralismo democrático, se instituyó el pluralismo de las élites burocráticas, quienes apelaban a los intereses de una población definida en términos etno-nacionales. Elegir la «nacionalización» en lugar de la democratización es una maniobra política clásica de los regímenes comunistas debilitados; sin embargo, en el caso de una Yugoslavia multicultural, esa estrategia predeterminaba la autodestrucción del Estado federal .
La «nacionalización» federalista podría también explicarse como una reacción a las críticas de la extrema-izquierda universitaria, quien reprochaba al régimen su incapacidad de realizar sus propios ideales oficiales. La descentralización y la afirmación que había que tomar en cuenta en la construcción del socialismo autogestionnario no solo el interés de la «clase obrera» y del «pueblo trabajador» en su conjunto, sino también el derecho a la autodeterminación y los intereses específicos de las diversas nacionalidades, eran la consecuencia de los esfuerzos para legitimar la existencia de Yugoslavia desde otras fuentes que el universalismo marxista. A la utopia obrera se añadía el principio de nacionalidad, lo cual debía manifestarse ulteriormente como el principal instrumento de desestabilización de la misma Yugoslavia .
La constitución de 1974 definía Yugoslavia como una comunidad de naciones soberanas en el marco de sus respectivas repúblicas, y el ejercicio del poder se apoyaba en el consenso entre los componentes de la federación. Las decisiones de las dos cámaras de la Asamblea Federal, así como cualquier eventual enmienda de la constitución, también tenían que obedecer a este principio, lo cual otorgaba un derecho de veto a cada una de las repúblicas. La constitución garantizaba además el derecho a la autodeterminación de los pueblos, aún hasta una eventual secesión; no obstante, no especificaba ningún procedimiento concreto de separación. Esos son solo algunos de los rasgos más evidentes que permiten dudar de la viabilidad del sistema. En la definición de Zarko Puhovski, ese fortalecimiento de los poderes republicanos y locales a costa del centro unificador -todo eso sin que el «papel dirigente» del Partido sea cuestionado- podría describirse como una especie de «anarco-estalinismo» .Esa federación -en realidad, más bien una confederación- no podía funcionar sin la unidad de poder del Partido comunista; la constitución y sus mecanismos eran solo el barniz legitimador de los verdaderos procesos de decisión, los cuales acontecían fuera de este marco institucional formal. Así mismo, el partido comunista «federalizado» en los textos funcionaba en la realidad en el marco de un «centralismo democrático» muy efectivo, lo que le permitía llamar al orden cualquier disidencia sin ningún escrúpulo federalista. Sin embargo, cuando el poder totalitario empezó a debilitarse, las instituciones formales instauradas por la constitución de 1974 llegaron a funcionar como instrumentos de poder de las élites burocráticas de las diferentes repúblicas .
Con el declive de la ideología y del poder del centro federal, y aún más con el desplome de la polarización geopolítica que justificaba la especificidad yugoslava a nivel internacional, la estrategia titista de redistribución y fragmentación del poder entre repúblicas definidas en base étnica podía difícilmente evitar una deriva conflictiva. Detrás de la fachada de «unidad y hermandad» (lema oficial del régimen), los resentimientos y los reproches recíprocos iban acumulándose, ya que los «acuerdos» entre las repúblicas y sus representantes no descansaban en procedimientos democráticos ni negociaciones equitativas, sino que dependían en última instancia de la autoridad férrea del mariscal Tito, apoyada por el ejército yugoslavo. Las palabras proféticas de Milovan Djilas describen muy bien la situación de los años ochenta: «Ahora que Tito ha muerto y que nuestra situación económica está empeorando, vamos a observar una tendencia natural a la centralización del poder. Sin embargo, esa centralización no tendrá éxito, ya que va contra los intereses de los centros de poder etno-políticos de las repúblicas. No se trata de un nacionalismo clásico, sino de un peligroso nacionalismo burocrático apoyado en intereses económicos. Así empezará el desmoronamiento del sistema yugoslavo .»
La agonía del comunismo debilitó la legitimidad del Estado federal y permitió así que las élites políticas locales mezclen el problema de la transición democrática y de la liberalización económica con la cuestión de la existencia de la misma Yugoslavia: la reivindicación de democratización fue retraducida en términos de reivindicación de autodeterminación nacional y el problema de la eficiencia y de la justicia del sistema económico en problema de redistribución de los recursos económicos entre las repúblicas . Para las élites de éstas, resultó siempre más fácil responsabilizar a las otras repúblicas (y a los otros pueblos) por todas la dificultades encontradas por la población mientras seguían aprovechándose de todas la ventajas de la federación. La inflación de la retórica nacionalista y la explotación de los recursos federales sin ofrecer ninguna contribución en contraparte (o sea la estrategia del free rider) eran la manera más eficiente de llegar al poder y mantenerse en el. Detrás del ritual del consenso comunista, la lucha de los representantes de las repúblicas por el poder y los recursos causaba ya estragos mucho antes de la desintegración del sistema en los años 1990-1991.LA ESTRATEGIA DE MILOSEVIC Y EL TRIANGULO CROATO-SERBIO
No puede decirse, entonces, que el nacionalismo fue artificialmente contenido y reprimido por el régimen de Tito, ya que fue al contrario más o menos concientemente preparado a nivel institucional e idéologico por ese mismo régimen. En la hora del declive post-titista del poder del Estado-partido, no había nada más fácil para las élites de las distintas repúblicas que abanderarse de los colores nacionales para seducir a unas sociedades desorientadas y atomizadas. El ascenso de Milosevic al poder gracias a su hábil instrumentalización de la cuestión serbia en el Kosovo enseñó el camino a los otros dirigentes. El líder serbio suprimió de hecho la autonomía de las provincias de Kosovo y de Voivodina y logró hacer de Montenegro un aliado dócil (1988). Con eso, trastornó el frágil equilibrio de la presidencia colegiada, asegurándose el control de cuatro de los ocho votos disponibles. A pesar de su retórica todavía «yugoslavista», la legitimación del régimen de Milosevic descansaba siempre más en la defensa abierta de los intereses serbios. Para Milosevic, Yugoslavia ya no era aceptable sino como «Serboslavia» bajo su dirección. Tal objetivo presuponía de hecho la secesión de los territorios, o incluso de las repúblicas, en los que Milosevic, como defensor autoproclamado de los serbios, no podía forjarse una base de apoyo por razones demográficas.
Milosevic puso las élites de las otras repúblicas frente a una alternativa muy clara: o vivir en una Yugoslavia dominada por los serbies, o eligir el camino del irredentismo nacionalista. Los comunistas eslovenos, y en particular los aderentes de la organización juvenil, alrededor del semanario Mladina, así como los nacionalistas croatas dirigidos por Tudjman, lo entendieron enseguida. Su conflicto con Milosevic se transformó rápidamente en colaboración secreta para desmantelar el país. El esfuerzo de definición de las respectivas «esferas de influencia» se caracterizaba por un objetivo común, lo cual podría resumirse como sigue: «a cada uno el más amplio poder posible en su propio Estado».Sin embargo, con la excepción de Eslovenia, las élites post-comunistas yugoslavas no tuvieron la suerte de Vladimir Meciar y Vaclav Klaus en su empresa de desmembramiento de Checoslovaquia. Los dos líderes de la federación checoslovaca solo tuvieron que ponerse de acuerdo sobre la separación de sus dos repúblicas, sin tener que enfrentar el problema de la existencia de minorías nacionales checas o eslovacas territorialmente homogéneas bajo la jurisdicción del vecino. La situación yugoslava era muy diferente: la consecuencia institutional de la separación era también la independencia de repúblicas preexistentes y ya fuertemente autónomas en su marco anterior casi confederal; sin embargo la legitimación de las élites que querían dividirse Yugoslavia descansaba en una definición estrechamente étnica de sus naciones, y parte de esas entidades étnicas vivía fuera del territorio de sus respectivas républicas. La lógica del conflicto por las poblaciones, los territorios y los recursos se tradujo por la defensa simultánea de dos principios que se excluían mutuamente: el principio de intangibilidad de las fronteras de las repúblicas y el principio de autodeterminación etno-nacional. El problema era que cada entidad nacional negaba a las minorías ajenas dentro de sus propias fronteras el beneficio del segundo principio, mientras lo reivindicaba para sus propias minorías fuera de esas fronteras .
En modo bastante convincente, Rogers Brubaker sostiene que la lógica del conflicto croato-serbio, a diferencia de la disputa entre Ljubljana y Belgrado, comportaba tres instancias: «"el conflicto croata tenía desde el inicio un carácter fundamentalmente ternario y descansaba en la dinámica compleja de un juego con tres participantes: una minoría nacional emergente (los serbios de Croacia), un Estado con ambiciones nacionalistas nacientes (Croacia) y un Estado-nación exterior (Serbia) .» Más que de un simple conflicto entre hegemonismo serbio y separatismo croata, se trataba de tres procesos parcialmente entrecruzados, y esos tres procesos se reforzaban mutuamente.
El conflicto armado y la intervención de un ejército yugoslavo progresivamente «serbizado» fue entonces el efecto de una dinámica interactiva compleja, la cual se tradujo por lo que los estudios de estrategia llaman el «dilema de la seguridad»: en un ambiente de desconfianza recíproca, el miedo al adversario lleva a uno, preocupado por su seguridad, a fortalecer sus propias capacidades de reacción; por supuesto, el adversario percibe ese fortalecimiento como la preparación de una agresión y toma medidas simétricas . Algo muy parecido a este tipo de lógica empezó a manifestarse con una evidencia siempre más nítida en las relaciones entre los serbios (mayoritarios) de la provincia croata de Krajina y el gobierno de Zagreb en la segunda mitad del año 1990 y la primera mitad del año siguiente . Los tres polos del triángulo, o sea el Estado nacionalista naciente, la minoría nacional y el Estado-nación protector, entretenían una relación de determinación y reforzamiento recíprocos, y la identidad de cada uno se definía esencialmente en función de la identidad de los demás.
Desde este punto de vista, no hay que subestimar la autonomía relativa del componente serbio de Krajina: los habitantes de esa provincia reaccionaban simultáneamente a la propaganda obsesiva de Belgrado (la cual describía los nacionalistas croatas como si fueran los ustashis fascistas de la Segunda Guerra Mundial, con la idea subyacente que el régimen de Tudjman no podía faltar de proyectar la exterminación física de los serbios) y a las tendencias discriminatorias de la nueva élite croata, atizando los recuerdos todavía muy vivos del régimen de terror de Pavelic . Inversamente, el proceso de radicalización de la minoría serbia tendía inevitablemente a legitimar e intensificar la voluntad de «nacionalización» de Croacia por parte del régimen de Zagreb; éste veía en los esfuerzos de auto-organización serbia una prueba del hecho que una política agresivamente nacionalista era el único medio de preservar la integridad y la supervivencia del joven Estado croata y de su pueblo. Finalmente, esa dinámica parecía comprobar la pertinencia de la política de los líderes post-comunistas serbios, quienes identificaban la nueva Serbia como legítima protectora de todos los serbios y única garante de su supervivencia cultural y física. El círculo sangriento de la mala voluntad, de la desconfianza y del miedo ya se estaba cerrando.LA RACIONALIDAD POLITICA DE LAS ELITES
Como lo saben muy bien quienes estudian las paradojas de la acción colectiva, en ausencia de coordinación y sanción centrales, resulta a veces racional no respetar las reglas del juego de la coexistencia y esforzarse al contrario por sacar mayor provecho de la situación de competencia por los recursos sin ninguna consideración para los otros jugadores, aún corriendo el riesgo de un conflicto violento. En el contexto post-titisto, o sea en ausencia de un Estado central fuerte y legítimo, eso explica gran parte de lo que ocurrió. En la base del comportamiento de las élites post-comunistas, no hay un culto místico de la nación orgánica, sino la defensa de sus intereses racionales. Como lo explican Laura Silber y Alan Little, periodistas y autores de un excelente libro sobre el fin de Yugoslavia, a los mediadores internacionales que intentaron intervenir para solucionar el conflicto les faltó, desde el principio, una clara comprensión de las motivaciones y de la lógica estructural que alimentaba las estrategias de los actores. Convencidos que se trataba del despertar de odios tribales atávicos emergiendo de una larga hibernación, los diplomáticos occidentales «actuaron como si su objetivo fuera demostrar la futilidad y la irracionalidad de la guerra yugoslava; todo lo que tenían que hacer era convencer las partes de este truismo, y una vez que se les hubiera caido la venda de los ojos, los dirigentes yugoslavos harían callar las armas. No veían (o no querían ver) que, para la mayor parte de los líderes yugoslavos, la guerra se había vuelto una estrategia profundamente racional .»
La misma observación puede hacerse a propósito de muchos análisis históricos o culturales del conflicto: juzgan la guerra entre serbios y croatas desde el punto de vista de las diferencias en la autocomprensión nacional y en el contexto civilizacional secular de los dos pueblos. Así, hay quien explica que la identidad nacional serbia descansa en el cristianismo ortodoxo y no tiene ningún arraigo territorial muy definido, mientras la identidad nacional croata se remonta a tradiciones estatales medievales que se mantuvieron bajo la dominación húngara, y luego austro-húngara, hasta 1918. O sea que los serbios nadarían en el éter mefítico de una mística oriental de la sangre y del alma, mientras los croatas serían firmemente anclados al terruño de una sana identidad político-territorial, típica de la civilización occidental . Sin ninguna duda, esas diferencias, así como las que rigen la percepción de la primera Yugoslavia (1918-1940) y los recuerdos de los horrores de la Segunda Guerra Mundial en los representantes de los dos pueblos, son importantes para entender las especificidades de la retórica de cada uno de los lados y sus estrategias de manipulación de la conciencia popular. Sin embargo, no nos dicen nada de las verdaderas lógicas de poder. La supuesta territorialidad de la nación croata no impidió a Tudjman ratificar importantes documentos político-jurídicos que incluían la emigración croata ultramarina y los croatas de Bosnia-Herzegovina en el marco de la ciudadanía croata, mientras no manifestaba ningún escrúpulo en reducir al estado de ciudadanos de segunda categoría los serbios residentes en Krajina desde hacía siglos. Hay que resistir a la tentación de muchos comentadores de la «tercera guerra de los Balcanes», quienes derivan directamente sus análisis de la situación presente de consideraciones históricas de larga duración. Este conflicto no fue el prolongamiento o la repetición del pasado, sino un proceso activo en el que las reminiscencias del pasado son reelaboradas e instrumentalizadas.
La primera guerra yugoslava no fue entonces la expresión de resentimientos arraigados en el pasado, sino la consecuencia de un conflicto de intereses materiales y de voluntades de poder en competencia en un contexto de inestabilidad política generalizada. Solo el desmoronamiento del orden económico y político, y las estrategias individuales y colectivas de reacción a este desmoronamiento, con sus efectos de feed-back acceleradores, pueden explicar el estallido . En este contexto, la identificación nacionalista proporcionó a los individuos no solo una protección física, sino también una orientación moral y un apoyo existencial en medio de una situación de violencia caótica. Desde que los nacionalistas acabaron de monopolizar el poder bajo la forma de un estado, pudieron ofrecer a los habitantes de este estado, en cambio de su lealtad, una garantía definitiva de seguridad física, y luego la perspectiva de un bienestar material mediante la instauración de une paz civil duradera .ANARQUIA, AUTOPRESERVACION Y VIOLENCIA ETNICA
Después de la muerte de Tito, la relativa asimetría funcional entre un poder central legítimo (o sea respetable y respetado) capaz de garantizar la paz civil gracias a su control de las instituciones militares y represivas (ejército, policía, cárceles, etc.) y los otros actores colectivos e individuales de la sociedad (cuyos conflictos de intereses supuestamente no podían expresar en modo violento, precisamente por la existencia de ese monopolio) empezó a estar desestabilizada: «En ausencia de Tito, ese sistema difuso no asignaba a nadie bastante poder ni autoridad como para tomar decisiones efectivas y nadie podía verse asignado la responsabilidad de una situación de crisis, de caos o de una reacción política inadecuada .»
En razón de su estructura multiétnica, Bosnia-Herzegovina era una especie de Yugoslavia en más chico, y la dinámica del conflicto bosnio reprodujo en gran parte las características de la guerra serbo-croata. Si la suerte sonrió a los eslovenos y, en definitiva, también a los croatas, los nacionalistas musulmanes dirigidos por Alija Izetbegovic, eran casi predestinados a ser los perdedores, ya que por la naturaleza de los equilibrios demográficos, no disponían de una base territorial republicana a partir de la cual habrían podido participar de igual a igual en el despedazamiento de Yugoslavia. El sueño de un estado islámico, acariciado por Izetbegovic en los años setenta, se evidenció como irrealizable y el democratismo relativo manifestado por el líder musulmán es también la traducción de la acceptación de los límites constitutivos de su proyecto político . Esa acceptación lo llevó a la elaboración de un programa relativamente moderado de coexistencia multicultural de las tres principales comunidades bosnias. La realización de tal programa era sobre todo adaptada al espacio y a las instituciones yugoslavas, por el sistema de equilibrio y de limitación recíprocas del poder de las diferentes comunidades étnicas y nacionales que promovían. Desde luego, históricamente, la estabilidad de Bosnia-Herzegovina había dependido siempre de la estabilidad del conjunto en el que estaba inmersa, que se trate del imperio otomán, de Austria-Hungría o de Yugoslavia. Para Bosnia, el desmantelamiento de Yugoslavia por entidades estatales basadas en una definición estrictamente etno-nacional de su identidad podía difícilmente traducirse de otra manera que por una guerra civil marcada por expulsiones y masacres masivas.
En las primeras elecciones de noviembre de 1990 vencieron los nacionalistas de las tres comunidades. La defensa de la identidad colectiva de comunidades definidas por sus características étno-religiosas derrotó la visión de una coexistencia de los individuos basada en una identidad ciudadana bosnia . En el curso de la campaña electoral, los tres partidos nacionalistas evocaron, a propósito, los odios del pasado y suscitaron una espiral de miedos recíprocos para poder afirmarse como los únicos actores políticos capaces, precisamente, de controlarla. Su lema era «nosotros o el caos». Más allá de sus rivalidades declaradas, los éxitos de los tres partidos se reforzaban mutuamente: cuanto más uno de esos partidos movilizaba los sentimientos nacionales de una comunidad, mayor temor provocaba en las otras comunidades, y este temor reforzaba aún más la legitimidad de los defensores nacionalistas de cada comunidad. No hay ninguna duda que los principales responsables del desencadenamiento de ese espiral fueron primero el líder serbio de Bosnia Radovan Karadzic y sus aliados de Krajina y de Belgrado, luego la sucursal bosnia del partido nacionalista croata HDZ de Tudjman . Sin embargo, esa dinámica no hubiera funcionado sin la movilización nacionalista de los musulmanes, presentada por Izetbegovic como el único medio de defender las poblaciones en un contexto de vacío de poder y de amenaza física. Segun él, la homogeneización de las «identidades políticas» era la única manera que los musulmanes se unifiquen y organicen y la condición necesaria de su supervivencia. Aunque se le pueda atribuir un carácter más «defensivo» en comparación con la retórica étnica agresiva y fascistoide de los nacionalistas croatas y serbios de Bosnia, el nacionalismo musulmán intensificó la dinámica destructiva del «dilema de la seguridad» .
El problema del control de la violencia -o sea la lucha por la définición de su monopolio legítimo- precede lógicamente (y, muchas veces, también prácticamente) a la cuestión de las reglas de asignación de los derechos, de las oportunidades y de los recursos, o sea al problema del régimen político y económico. En la opinión de Mark Thompson, Alija Izetbegovic tuvo el mérito de identificar con claridad lo que estaba verdaderamente en juego en la lucha política en Bosnia. Al contrario de su rival musulmán no nacionalista, Adil Zulfikarpasic, Izetbegovic es caracterizado por Thompson como un «realista», porque entendió que no se trataba solo de una reforma del sistema económico y político, sino del control de la violencia y de la supervivencia física de las poblaciones . Hubiera que matizar esa evaluación unilateramente positiva: no olvidemos que Izetbegovic tampoco era un simple observador, sino un co-participante, y sus propias concepciones políticas tuvieron un efecto «performativo» sobre los acontecimientos. En ese sentido, él también contribuyó a la lógica de la escalada conflictiva.
Los análisis de Xavier Bougarel ofrecen una ilustración impresionante de esa lógica. Describen la fragmentación del monopolio de la violencia legítima en beneficio de una serie de grupos armados capaz de autolegitimarse en el nombre de la defensa de «su» población . Primero, hay los ejércitos relacionados con las entidades estatales en formación, quienes se apoyan inicialmente sobre el ejército federal yugoslavo en el caso de los serbios, sobre las estructuras de la policía y de la Defensa territorial en el caso de los croatas y de los musulmanes. Otro tipo de grupo armado es constituido por las milicias político-mafiosas formadas por extremistas ultra-nacionalistas y elementos criminales. Finalmente, tenemos las milicias de autodefensa local. El primer tipo de milicia es móvil y ofensivo, el segundo es estático y defensivo. Esos tres tipos de fuerzas armadas expresan tres modos de organización de la violencia: la monopolización, la privatización y la socialización . El conflicto armado en Yugoslavia y en Bosnia puede ser interpretado como un proceso de descomposición, recomposición y restauración progresiva del monopolio estatal de la violencia a medida que los dos tipos de milicia son integrados a los ejércitos nacionales.
La desmonopolización y remonopolización de la violencia como instrumento de amenaza pero también de defensa de la existencia física de las poblaciones está íntimamente relacionada con el desmoronamiento del sistema de reproducción material de la sociedad bosnia y con los intentos de reconstituirlo en los territorios controlados por los diferentes actores. En Bosnia, Bougarel subraya que la destrucción de la economía empezó ya desde la toma de poder por la coalición de los nacionalistas después de la elecciones de 1990. Los nacionalistas serbios, croatas y musulmanes empezaron enseguida a dividirse el control de la economía bosnia, desde los puestos ministeriales hasta las direcciones de las empresas. Ese despedazamiento territorial e institucional y esa «comunitarización» de la producción material provocaron la desarticulación de sus redes e infraestructuras y el derrumbe progresivo del sistema en su totalidad, lo cual fue coronado por el estallido de la guerra. La existencia material de la población y de los combatientes llegó así a depender integralmente por una parte del apoyo de las entidades estatalo-comunitarias o de la ayuda humanitaria internacional, por otra del saqueo y del mercado negro manejado y controlado por los grupos armados.
Más que en la producción, la economía de guerra descansaba entonces en la redistribución parasitaria de los recursos extraídos de los territorios «étnicamente limpios», el pago de derechos de tránsito por las poblaciones prófugas, la recaudación de un «diezmo» sobre los convoyes humanitarios, la extorsión y el saqueo de los abastecimientos de los enclaves asediados, etc. La lógica operativa de las redes mafiosas o rentistas podía funcionar alternativamente en armonía o en contradicción con la lógica del conflicto étnico. Así, por ejemplo, las unidades serbias que tomaron el monte Igman en junio de 1993 manifestaron más interés en el control de los circuitos del mercado negro abasteciendo a Sarajevo que en el cumplimiento de sus objetivos político-militares . Igualmente, ciertas unidades musulmanes acceptaban con gusto «indemnizaciones» substanciales para abandonar sus posiciones ante una ofensiva serbia. En 1993 y 1994, pudieron comprobarse muchos casos de colaboración entre las fuerzas armadas de los tres campos enemigos en base a arreglos puramente financieros . Lo que podría pasar por una anomalía desde un punto de vista estrictamente nacionalista no era nada más que una de las posibles estrategias racionales desde el punto de vista de la competencia por el poder y los recursos.EL MURO DE LA IDENTIDAD NACIONAL
En términos humanos, más allá de las terribles masacres que marcaron el curso del conflicto, el resultado de esta lucha por el poder es clarísimo: «Bajo la presión del ejército serbo-federal y gracias a la homogeneización de la misma Croacia, me encontré, como millones de croatas, arrinconada contra la pared de la identidad nacional. La guerra nos ha reducido a esa única dimensión' Lo que la gente apreciaba anteriormente como una parte de su identidad cultural -y como alternativa a un comunismo omnipresente, un medio para sobrevivir- se había vuelto una identidad política, un traje imposible de quitarse. Sus mangas son demasiado cortas, su cuello es muy estrecho, su color no les gusta, y su tejido les provoca irritación. Pero no pueden hacer nada, no tienen nada más que ponerse .» Nada mejor que estas palabras de Slavenka Drakulic puede resumir la situación en la que se encuentran hoy los ciudadanos de la ex-Yugoslavia. Los nacionalistas han empezado por poner las poblaciones en una situación de peligro mortal, para luego ofrecerles una protección y alistarlas en las filas de sus nuevas naciones. Slavenka Drakulic y sus mismos amigos antinacionalistas acabaron por admitir que no podían sobrevivir de otra manera que como croatas, serbios o musulmanes. Pocos años después, con la guerra de Kosovo y la expulsión de los serbios, víctimas del delirio hegemónico de su propio gobierno, la reducción del mosaico balcánico a un ajedrez monótono compuesto de cuadros de proporciones homogéneas ya entró en su fase final
* Texto traducido del checo por Marc Saint-Upéry.Editado en francés en la Revista "M" Nº 84, 1996.
** Pavel Barsa enseña Ciencias Políticas en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Masaryk de Brno (República Checa). Es autor de dos libros: Politická teorie multikulturalismu, CDK, Brno, 1999 (Teoría política del multiculturalismo) y, en colaboración con Maxmilián Strmiska, Národní stát a etnicky konflikt. Politologická perspektiva, CDK, Brno, 1999 (Estado nacional y conflicto étnico. Una perspectiva politológica)..Russell Hardin, One for All. The Logic of Group Conflict, Princeton University Press, Princeton, New Jersey, 1995, p. 148.
Slavenka Drakulic, Balkan-Express. Fragments from the Other Side of War, Hutchinson, Londres, p. 101-110.
Uso aquí el concepto de «realismo» en un sentido bastante genérico para describir un enfoque que define los procesos políticos en términos de regulación y resolución de conflictos de intereses, con una atención prioritaria hacía las modalidades de expresión y de canalización de la violencia en esos conflictos. En cuanto al «constructivismo», se trata de una concepción anti-esencialista de la existencia de grupos y categorías sociológicas, es decir un enfoque que evita considerarlos como entidades ontológicas autónomas o como especies de «individuos colectivos» actuando como tales en el curso de la historia, sino más bien como construcciones históricas. Rogers Brubaker sitúa esa perspectiva en la confluencia de cuatro tendencias intelectuales: 1) la insistencia en la noción de «red» como metáfora clave para entender las realidades sociales; 2) el uso del individualismo metodológico en el marco de una teoría de la acción racional; 3) la insistencia en el carácter contingente, construido, lábil y cambiante de los reagrupamientos sociales; 4) una sensibilidad postmoderna que enfatiza en el carácter fragmentario, efímero y movedizo de todas la fronteras claramente definidas y artificialmente consolidadas. Véase Rogers Brubaker, «Rethinking Nationhood. Nation as Institutionalized Form, Practical Category, Contingent Event», Convention, vol. 4, n° 1, otoño 1994, p. 3-14.
La supuesta existencia de los pueblos como actores históricos autónomos que tienden a la autorealización es implícita, por ejemplo, en la descripcion hecha por Hélène Carrère d'Encausse del derrumbe de la Unión soviética. Véase La Gloire des nations ou la fin de l'Empire soviétique, Fayard, Paris, 1991
Para una breve descripción de la solución a la cuestión nacional preconizada por los austromarxistas y de la posición ambivalente de los bolcheviques rusos hacia ella, véase Norbert Leser, Zwischen Reformismus und Bolschewismus. Der Austromarxismus als Theorie und Praxis, Hermann Böhlaus, Viena, Coloña y Graz, 1982, p. 95-108, y Peter Kuleman, Am Beispiel des Austromarxismus. Sozialdemokratische Arbeitsbewegung in Österreich von hainfeld bis zur Dollfuss Diktatur, Junius, Hamburgo, p. 120-135.
Brubaker, «Rethinking Nationhood», p. 6-7. Véase también Rogers Brubaker, «Nationhood and the National Question in the Soviet Union and Post-Soviet Eurasia: An Institutionalist Account», Theory and Society, n° 23, febrero 1994, p. 47-78.
Para una descripción sinóptica de los mecanismos de base del federalismo soviético, checoslovaco y yugoslavo del punto de vista de un autor comunista, véase Viktor Knapp, «Socialist Federation-A Legal Means to the Solution of the Nationality Problem: A Comparative Study», Michigan Law Review, n° 82, abril-mayo 1984, p. 1213-1228. Para una perspectiva más reciente y más objetiva, véase Valerie Bunce, «From State Socialism to State Disintegration: A Comparison of the Soviet Union, Yugoslavia and Czechoslovakia», ponencia presentada en la conferencia «Democracy, Markets and Civil Societies in Post-1989 East Central Europe», Harvard University, 17-19 mayo 1996. Como Brubaker, Bunce percibe la desintegración nacionalista como un producto del federalismo comunista.Sobre la diferencia entre esos dos niveles de legitimidad, véase por ejemplo J. H. Herz, «The Territorial State Revisited. Reflections on the Future of the Nation-State», International Politics and Foreign Policy, éd. J. Rosenau, The Free Press, New York, 1969, p. 83.
Véase Knapp, «Socialist Federation"», p. 1215, Vojin Dimitrijevic, The 1974 Constitution as a Factor in the Collapse of Yugoslavia or as a Sign of Decaying Totalitarianism, Working Papers of the European University Institute, Badia Fiesolana, San Domenico, Italia, 1994, p. 16, y Nenad Dimitrijevic, «Yugoslavia, Socialism, Nationalism and their Consequences», manuscrito, 1992.
Véase Valerie Bunce, «From State Socialism to State Disintegration"», p. 12-13.Leonard Cohen, Broken Bonds. The Disintegration of Yugoslavia, Westview Press, San Francisco y Oxford, 1993, p. 23.
La primera constitución de 1946 era una réplica de la constitución soviética estalinista de 1936. Las de 1953 y 1963 eran destinadas a legitimar la noción de «socialismo autogestionario». La constitución de 1974 fue precedida y seguida por un número considerable de enmiendas y modificaciones, en 1967, 1968, 1971, 1981 y 1988. Véase Vojin Dimitrijevic, The 1974 Constitution, p. 2.
Los representantes más significativos de la corriente reformista dentro de la élite comunista serbia eran Marko Nikezic y Latinka Perovic; en Macedonia, se trataba de Krsto Crvenkovski y, en Eslovenia, de Stane Kavcic. Parecería que aún los reformistas croatas (dirigidos por Marko Tripalo) pensaban más en una liberalización del sistema económico y político que en un renacimiento nacional, y su alianza con los nacionalistas croatas era más bien dictada por consideraciones tácticas contingentes. Véase Vojin Dimitrijevic, The 1974 Constitution, p. 8-9.
Catherine Samary, La déchirure yougoslave. Questions pour L'Europe, L'Harmattan, Paris, 1994, p. 59; Bogdan Denitch, Ethnic Nationalism: The Tragic Death of Yugoslavia, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1994, p. 54; Mark Thompson, A Paper House. The Ending of Yugoslavia, Vintage, Londres, p. 208-209.
Véase Nenad Dimitrijevic, «Yugoslavia, Socialism, Nationalism and their Consequences», p. 7.
Zarko Puhovski, Socijalisticka konstrukcija zbilje, Zagreb, 1990, p. 108.
Véase Vojin Dimitrijevic, The 1974 Constitution, p. 15-16, 18 et 30-34.
Russel Hardin, op. cit., p. 142.
Bogdan Denitch, op. cit., p. 60 y Zoran Dindic, Jugoslavija kao nedovrsena drzava, Knjizevna zajednica Novog Sada, Novi Sad, 1988, p. 15, 30-33 y 100-104.Los representantes nacionalistas de los musulmanes bosnios no escapan a esa contradicción cuando rechazan el derecho a la autodeterminación de los serbios de Bosnia mientras apoyan los esfuerzos de autonomía de sus correligionarios de la región del Sandjak, en el territorio de la república de Serbia. Véase Xavier Bougarel, Bosnie. Anatomie d'un conflit, La Découverte, Paris, 1996, p. 56. La formulación de la parte introductiva de la constitución de 1974, la cual decreta un derecho a la autoderminación que puede ir hasta la separación, deja abierta la cuestion de saber si, por «nación», se entiende un pueblo definido por su etnicidad o por su pertenencia a un estado (las repúblicas autónomas, en este caso). Es entonces imposible saber si la autodeterminación se aplica también a las minorías nacionales dentro de las dichas repúblicas. Véase Vojin Dimitrijevic, The 1974 Constitution, p. 16-17.
Rogers Brubaker, «National Minorities, Nationalizing States, and External National Homelands in the New Europe», p. 120.Para una definición clásica del dilema de la seguridad, véase John Herz, «Idealist Internationalism and the Security Dilemma», World Politics. A Quarterly Journal of International Relations, vol. II, octubre 1949-julio 1950, p. 157-180.
Por supuesto, se trata de un esquema «ideal-típico» que no puede tomar en cuenta la diversidad de las motivaciones sicológicas de los dirigentes individuales y los impulsos paranóicos de poblaciones embrutecidas por la propaganda nacionalista de los dos campos, ni tampoco las varias provocaciones orquestradas para mejor desencadenar las pasiones.
Brubaker, «National Minorities,», p. 123.
Laura Silber y Allan Little, The Death of Yugoslavia, BBC Books, Penguin, Londres, 1995, p. xxiv.Véase por ejemplo Josef Krulic, «Les Croates, les "Musulmans" bosniaques, les Serbes et la question de l'État-nation», en Serge Cordellier, Elisabeth Poisson, (eds.), Nations et nationalismes, La Découverte, Paris, 1995.
Russel Hardin, op. cit., p. 178.
Una de las fuentes más profundas de la legitimidad del régimen de Tito era precisamente la seguridad física que los comunistas yugoslavos garantizaban a poblaciones agotadas por las masacres de la Segunda Guerra Mundial. La tesis de la racionalidad de la identificación etno-nacional en un contexto de desmoronamiento de las autoridades federales y de lucha por el territorio y los recursos es defendida, entre otros, por James Coleman, «Rights, Rationality and Nationality», en A. Breton y G. Galeotti (eds.), Nationalism and Rationality, Cambridge University Press, Cambridge, 1995., p. 1-13.James Gow, Legitimacy and the Military. The Yugoslav Crisis, Pinter Publishers, Londres, 1992, p. 7.
Sobre las posiciones de Izetbegovic, tal como las expresó en su famosa Declaración islámica, véase Ivo Banac, «Bosnian Muslims: From Religious Community to Socialist Nationhood and Postcommunist Statehood, 1918-1992», en Mark Pinson (ed.), The Muslims of Bosnia-Herzegovina. Their Historic Development from the Middle Ages to the Dissolution of Yugoslavia, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1994, p. 129-153, y Noel Malcolm, Bosnia. A Short History, Macmillan, Londres, 1994, p. 219.
Sobre las organizaciones políticas que defienden una posición «ciudadana», véase la entrevista de Xavier Bougarel, «Du bon voisinage au crime ethnique», revista M, n° 84, agosto-septiembre 1996. El primer intento de forjar una identidad común de todos los bosnios, sin consideración de su origen étnico o confesional, fue obra de Benjamin Kallay, ministro de finanzas de la Bosnia austro-húngara de 1882 a 1903. Kallay quería fomentar el uso del término bosnjaci, tradicionalmente utilizado solo para designar a los musulmanes, a todos los habitantes del país (los católicos se designaban así mismo como latinci o kriscjani, y los ortodóxos como hriscjani o vlasi), y deseaba que el idioma local sea llamado bosnio. Prohibió el uso de calificativos refiriéndose a la etnia o a la religión en el nombre de las instituciones. Sus esfuerzos no tuvieron éxito, ya que la creación de un particularismo bosnio era el signo demasiado evidente de una voluntad de fragmentar la solidaridad de los eslavos del Sur, en particular de los serbios y croatas, contra la dominación de los Habsburgos. Véase Mark Pinson, «The Muslims of Bosnia Herzegovia under Austro-Hungarian Rule, 1978-1979», en Mark Pinson (ed.), op. cit., p. 84-128, y Malcolm, op. cit., p. 147-149. Después de 1945, como lo señala Vesna Pesic, el régimen totalitario impidió no solo la formación de una identidad bosnia de tipo ciudadano, sino también la constitución de los grupos étnicos como actores colectivos democráticos. En eso hay sin ninguna duda una de la razones de la impotencia de la mayoría de los habitantes frente a las manipulaciones de los activistas nacionalistas -a pesar del hecho que, antes de la guerra, todos los sondeos demonstraban un fuerte grado de tolerancia étnica en la vida cotidiana. Véase Vesna Pesic, «Drustveni i drzavni aspekt multikuturalnosti u Bosnii i Hercegovini», en Bozidar Jaksic, Interculturality in Multiethnic Societies, Belgrade, 1995, p. 113-123.
En una entrevista con Mark Thompson realizada antes de las primeras elecciones libres, el vice-presidente del HDZ en Bosnia-Hercegovina declaró que su objetivo era una Bosnia soberana en el marco de una confederación yugoslava, y añadió: «Bosnia es una antigua tierra croata, nunca fue serbia. Tiene fronteras comunes con Croacia de dos lados, mientras que con Serbia es de un solo lado. Queremos entrar en la Comunidad europea y luchar contra el comunismo y la hegemonía serbia.» Citado por Mark Thompson, op. cit., p. 98.
Xavier Bougarel, Bosnie. Anatomie d'un conflit, La Découverte, Paris, 1996, p. 89. Citemos una de las declaraciones más famosas de Izetbegovic: «En unos cuatro o cinco años, tal vez podremos atravesar los campos de minas y alcanzar el horizonte de una sociedad ciudadana. Mientras tanto, desgraciadamente, nuestro partido tiene el deber de ser parcial. Los partidos que se esfuerzan por representar toda la gente son pequeños y débiles. Hay aquí un verdadero peligro de guerra civil; el objetivo principal de nuestro partido es preservar la unidad de Bosnia-Herzegovina. Estamos entrando en un período lleno de incertidumbres y, hasta ahora, los musulmanes no tuvieron dirección política. Lo que necesitamos es un partido grande y también el poder político.» Citado por Mark Thompson, ibid., p. 99.
«(Izetbegovic) daba la impresión que entendía perfectamente los valores liberales que enarbolaba su rival Zulfikarpasic; sin embargo, a diferencia de Zulfikarpasic, sabía que los musulmanes bosnios podían ser aniquilados si no se unían. Los partidos no nacionalistas tenían razón de decir que los partidos nacionalistas no tenían ninguna propuesta en materia de programa económico, ¿pero quién se preocupaba de economía en una situación en la cual lo que estaba en juego era la mera seguridad física?» Mark Thompson, ibid., p. 103-104.
Xavier Bougarel, Bosnie. Anatomie d'un conflit, La Découverte, Paris, 1996, p. 102-112.
Xavier Bougarel, ibid., p. 103.
Xavier Bougarel, ibid., p. 128.
Xavier Bougarel, ibid., p. 128-129.
Slavenka Drakulic, op. cit., p. 135-136.
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