Ecuador DEBATE Nº 61
 
 DEBATE ANALISIS

Mención aparte merece en este punto la ilegalización en el año 2002 de Batasuna, un partido político que apoyaba las tesis de la banda terrorista ETA. Es importante dejar claro que el motivo de su ilegalización no fue su ideología (otros grupos defienden opciones similares) sino la pertenencia de este grupo al entramado terrorista.

Una banda terrorista no está compuesta únicamente de pistoleros, sino que éstos necesitan un aparato logístico que dé cobertura y publicidad a sus acciones; en el caso de Batasuna, ha quedado probado sin lugar a dudas que existían conexiones financieras (hasta el punto de que subvenciones recibidas por Batasuna como partido político habían contribuido a financiar actividades terroristas), apoyo operativo a través de las sedes y locales reconocidos legalmente, etc.

Batasuna cumplía así una función esencial en la estrategia política de la banda, empleando la apariencia de un partido político para hacer uso de los privilegios y facilidades que el sistema democrático concede a estos grupos para apoyar la violencia terrorista y destruir la democracia desde dentro. No se trataba por tanto de una mera coincidencia objetivos, ni de una tolerancia por Batasuna de los medios de ETA, sino de una división de funciones dentro de una organización única cuya dirección correspondía a la banda terrorista.

Lógicamente, la ilegalización de Batasuna no ha afectado a otros partidos, que siguen defendiendo la independencia del País Vasco, pero que, a diferencia de ésta, no participan en la lucha armada.

Cuando, como en la España de hoy, existe la posibilidad de defender una determinada opción política dentro de un sistema democrático, sólo hay una explicación posible para defender esta ideología desde la violencia: la imposibilidad de lograr los resultados deseados con las reglas del juego democrático. Así, en una democracia, el terrorismo se configura como un medio totalitario para imponer un sistema político por parte de quienes consideran que su ideología está por encima de la voluntad popular.

La estrategia de ETA

Desde este punto de partida hay que estudiar la acción de ETA, carente de racionalidad en términos políticos democráticos, pero dotada de una implacable coherencia interna, que afirma que todos los medios son aceptables para lograr los objetivos de ETA, es decir, la segregación de una parte de los territorios español y francés, en contra de la voluntad de sus habitantes, y la creación de un Estado marxista.

Dentro de este esquema general, ETA ha observado un cierto pragmatismo que le ha permitido adaptarse a la nueva situación derivada de la consolidación de la democracia en España, modificando su estrategia para evitar caer en la irrelevancia política. Podemos distinguir dos grandes etapas.

Desde la transición española a la democracia a mediados de los '70 hasta los años '90 el planteamiento estratégico de la banda terrorista era claro y no admitía discusión: se trataba de aplicar la lógica de "cuanto peor, mejor" y lograr una situación insoportable para el gobierno español, que le obligara a negociar con ETA el abandono de la violencia a cambio de concesiones políticas. Se trataba de "acumular fuerzas" (es decir, muertos) de cara a la negociación, hasta sobrepasar un supuesto "umbral de resistencia" a partir del cual el Estado español debiera aceptar las condiciones de la banda terrorista.

A partir de los años '90 sin embargo la situación se modifica radicalmente: los éxitos policiales y el creciente rechazo de la opinión pública debilitan fuertemente a la organización y la llevan a una situación crítica, en la que los dirigentes cobran conciencia de que en ningún caso pueden lograr sus objetivos mediante un enfrentamiento directo con el Estado español. Tuvo especial relevancia en este proceso el llamado "espíritu de Ermua", un clamor popular anti terrorista derivado del secuestro y posterior asesinato en el verano de 1997 de un Concejal del Partido Popular de esta pequeña localidad.

ETA sustituye pues la estrategia anterior de lucha frontal con el Estado español (y, en menor medida, francés) por una aproximación indirecta, consistente en la formación de un amplio frente nacionalista que defendiera los objetivos de independencia del País Vasco.

La toma de conciencia por parte de la banda terrorista de la irrelevancia de sus acciones para el fin que pretendían lograr coincidió en el tiempo con una radicalización del nacionalismo democrático, que vio cómo la sociedad vasca de manera creciente consideraba que el fin del terrorismo era un problema más grave y urgente que las tradicionales reivindicaciones nacionalistas, minando su base electoral.

Se va forjando así un acercamiento entre los partidos nacionalistas y la organización terrorista, que el Presidente del Partido Nacionalista Vasco Xavier Arzallus describe gráficamente mediante un reparto de funciones en que unos (ETA) "sacuden el árbol" y otros (los partidos nacionalistas) "recogen las nueces" (4). ETA mata y algunos partidos obtienen los réditos políticos.

A primera vista no parece fácil percibir cuáles pueden ser los réditos políticos de la violencia terrorista, pero si observamos el discurso y la argumentación habitual del nacionalismo vasco vemos que la persistencia de la violencia permite mantener la ficción de que existe un conflicto abierto entre el pueblo vasco y el Estado Español, lo que a su vez justificaría la necesidad de avanzar hacia el objetivo de la secesión de España. La violencia se atribuye a un supuesto conflicto subyacente, y el terrorismo pasa a ser considerado un síntoma de un problema más amplio en lugar de reconocerse su responsabilidad como causante del clima de violencia.

Buena prueba de esta convergencia de intereses es que en los comunicados que la organización terrorista hace públicos durante la tregua (septiembre de 1998 a noviembre de 1999) no se menciona en absoluto la negociación con el Estado, sino que se afirma que España y Francia deberán reconocer las decisiones de los vascos (es decir, de los vascos nacionalistas) (5); ETA considera que se ha pasado de una dinámica de resistencia a otra de construcción.


4 La frase de Arzallus aparece por primera vez en documentación de la banda terrorista intervenida al líder sindical Rafael Díez Usabiaga; en ella se relata una reunión entre representantes del Partido Nacionalista Vasco y de ETA celebrada en 1991. La expresión cobró gran relevancia pública, hasta el punto de convertirse en el resumen de la relación entre ETA y el PNV, a raíz del libro de las periodistas Carmen Gurruchaga e Isabel San Sebastián "El árbol y las nueces" (Ed. Temas de Hoy, Madrid 2000)
5 Martínez Gorriarán, Carlos "La ruptura de la tregua de ETA", Claves de Razón Práctica nº 100, marzo de 2000.
 
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