Ecuador DEBATE Nº 61
 
 DEBATE ANALISIS

Cultura, nacionalismo (y asesinato político?)

Angel Montes del Castillo*

En el contexto de los estudios en Antropología Social, las prácticas políticas y sus extremos terroristas, practicados por las llamadas "Nacionalidades Históricas", abstraen el que la dimensión política es una parte, más no la totalidad de las identidades colectivas. Así, el discurso nacionalista, desde el punto de vista de esta disciplina, encierra varios problemas -fradudes conceptuales- al contrastarlos con la dinámica social y las transformaciones a las que están sujetas, y son parte, las culturas. La historia y la cultura común como soporte a una identidad fija, constante, revelan una visión escencialista, útil para un juego de poder, de confrontación, que niega la diversidad interna en cada colectividad.

La cuestión de las identidades colectivas, un tema recurrente en la Antropología y la Sociología contemporáneas, asociado a la cultura y al nacionalismo, se ha reactivado en los últimos años, especialmente en Europa, de la mano de las transformaciones políticas y sociales más recientes. En España, el debate ha adquirido características propias por su relación directa con la historia inmediata y con la transición política reflejada en la construcción del Estado de las Autonomías.

La exuberancia y radicalidad del discurso nacionalista de las llamadas "nacionalidades históricas" en España, desvirtuado o atenuado en algunos caso, en la práctica política de los "pactos" de los mismos partidos nacionalistas, ha tenido como consecuencia la existencia de un discurso dominante sobre la identidad polarizado en las reivindicaciones autonomistas e independentistas de esas Comunidades, basadas en el boomerang de un supuesto derecho de autodeterminación. De forma que la política nacional gira, en este momento y desde hace años, más en torno a la confrontación y la violencia política, dialéctica y simbólica en unos casos y armada y sangrienta en otros, entre País Vasco y Cataluña con Madrid, que alrededor de los grandes problemas sociales y económicos de la sociedad española en su conjunto.

Sin embargo, la dimensión política no es más que una parte de la identidad colectiva, bien es cierto que fundamental, y la fragmentación, descentralización y distribución del poder central, sea en forma de estado autonómico, federal o cualquiera otra, no es un asunto que concierna sólo a estas comunidades, regiones o autonomías, denominadas "nacionalidades históricas". Por el contrario es un asunto que afecta por igual a todos los territorios del Estado español actual en razón, en principio, de la misma Constitución.

La Constitución aprobada por el Parlamento y por el pueblo español en 1978 inauguró en España una nueva forma de Estado social, democrático y de derecho, caracterizado por la descentralización del poder en favor de unas entidades políticas nuevas llamadas Regiones Autónomas, Autonomías o Comunidades Autónomas. La expresión política de esa nueva forma de Estado y de ese proceso de descentralización han sido los diferentes Estatutos de Autonomía que, a partir de 1978, se han ido aprobando y desarrollando en las 17 regiones autónomas y que en este momento constituyen el Estado español, junto con las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.

Causa, para unos, y consecuencia, para otros, de este proceso descentralizador del Estado, originado según unos desde la sociedad civil y los partidos políticos, y desde el mismo Estado según otros, ha sido la activación de nuevas formas de experimentar y construir las identidades colectivas en relación a la nueva organización territorial, a sus respectivas historias locales y, sobre todo, a sus culturas regionales.

En el caso de España, la transición política del régimen autoritario al sistema democrático, tuvo, entre otros muchos, como efecto inmediato, paralelamente con la creación de la Comunidades Autónomas y sus respectivos Estatutos de Autonomía, también la proliferación de historias autonómicas regionales y de estudios sobre las culturas locales, que han tratado de razonar, justificar y articular el mapa autonómico. El Estado de las Autonomías en España se configuró, de acuerdo con la Constitución de 1978, desde el punto de vista de las ciencias sociales, sobre la base de elementos históricos regionales y de las culturas tradicionales y, desde el punto de vista político, sobre la base de un proyecto político de descentralización y autonomía política en el marco del Estado-nación.

Así, en la mayor parte de las Comunidades o Regiones Autónomas en los años anteriores y posteriores a la aprobación de la Constitución, aparecieron diversas publicaciones desarrollando la historia regional y las culturas locales de los distintos territorios autónomos con fines diversos. En unos casos, simplemente con el objetivo de reforzar la identidad cultural regional existente y estimular una mayor conciencia regional. Así sucedió en Cantabria y Murcia, por ejemplo; en otros casos, además, para construir un proyecto de región de base histórica y fortalecer su integración, siempre dentro del marco político del Estado nación, y con proyección internacional en el contexto de la Unión Europea. Este ha sido el caso de Valencia y Andalucía entre otros; y en otros casos, por último, la publicación de historias regionales y de estudios sobre la cultura local ha tenido como finalidad principal poner los fundamentos de un proyecto político autónomo e independiente del Estado-nación y con objetivos de autogobierno, autodeterminación e independencia, y reivindicar recientes utopías nacionales y soberanistas bastante alejadas, por cierto, de la tendencia de los países europeos constructores de una entidad supranacional como la Unión Europea. Así ha sucedido en el País Vasco, de forma más virulenta, y en Cataluña, de modo más tenue, hasta ahora.

 
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