Ecuador DEBATE Nº 62
 
 COYUNTURA

LOS DESAFIOS DEL SISTEMA MULTILATERAL DESPUÉS DEL 11-S Y LA GUERRA DE IRAK

Mabel González Bustelo*

Los atentados del 11-S y la guerra de Irak han contribuido a enmarcar el nuevo orden económico global con un reordenamiento bélico del mundo, donde la "guerra antitrerrorista" se convierte en el principio, capaz de legitimar cualquier medida o estrategia, incluso por encima del ordenamiento político (ONU) y legal internacional y de ahí la necesidad de alternativas multifederales y anti-imperialistas en todos los ámbitos, comenzando por el derecho internacional.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la respuesta posterior de EE UU y de algunos de sus aliados han abierto la puerta a un período peligroso en las relaciones internacionales. EE UU decidió catalogar esos atentados como una guerra, en lugar de calificarlos como un crimen contra la humanidad, y declaró una guerra global antiterrorista que ha tenido como primeros pasos Afganistán e Irak, pero puede ir mucho más lejos, especialmente si George Bush es reelegido en las próximas elecciones en noviembre de 2004. En realidad esta guerra es un intento de imponer la hegemonía de EE UU en un sistema que algunos analistas califican de neoimperial, en el sentido de que rompe con la concepción del equilibrio y acuerdo entre poderes, y se apoyaría más en el poder unilateral de un país. A la vez, el sistema de instituciones y reglas con el que se rigió el mundo en el último medio siglo se vería alterado en función de los intereses de EE UU.

Antes del 11 de septiembre el sistema multilateral era débil y sufría muchas tensiones. Este sistema está compuesto por Estados que definen sus relaciones en términos de poder y, por tanto, algunos Estados tienen más capacidad que otros para defender sus intereses. Sin embargo, desde la II Guerra Mundial el mundo se fue dotando de unas instituciones que, con mayor o menor éxito y tensiones, definieron algunas grandes líneas de lo que deberían ser las relaciones entre los Estados y de éstos con sus pueblos. Desde la creación de la ONU o instituciones regionales como la Organización de Estados Americanos y la Unidad Africana, hasta las instituciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC), o la elaboración de tratados internacionales relativos a los derechos humanos y la tortura, la protección del medio ambiente, el sistema internacional ha ido adoptando, con avances y retrocesos, instrumentos para regular sus relaciones y evitar el dominio de la ley del más fuerte.

"Se ha producido además un importante cambio en el alcance y contenido del Derecho Internacional. Las formas del Derecho Internacional del siglo XX ­desde las leyes que regulan la guerra hasta las concernientes a los crímenes contra la humanidad, las cuestiones medioambientales y los derechos humanos- han creado componentes de los que puede decirse que forman un marco emergente de 'derecho cosmopolita', derecho que circunscribe y delimita el poder político de los Estados individuales".1 El 11 de septiembre y los acontecimientos posteriores parecen haber dejado de lado esta agenda. EE UU intenta imponer sus prioridades y para ello se basa en su fuerza militar, su poderío económico y comercial, el peso diplomático en las instituciones y una serie de explicaciones, que giran esencialmente alrededor de la responsabilidad de liderar la guerra global contra el terrorismo.

Cuando sucedió el 11 de septiembre, había transcurrido una década desde el final de la Guerra Fría. Estados Unidos asumía su papel como la mayor potencia mundial debatiéndose entre participar de los instrumentos multilaterales y conservar su poder para gestionar sus intereses. O, en otras palabras, trataba de mantener esa hegemonía combinando la negociación con posibles rivales (y en algunos casos aliados estratégicos) como la UE, China y Rusia con un uso limitado de la fuerza en el Tercer Mundo.2

La Unión Europea de 15 miembros adoptó la moneda común y preparó una expansión hacia el Este que integró a diez Estados y que la convertirá, como conjunto, en la primera potencia demográfica y comercial del mundo. A pesar de las dificultades y diferencias internas (inherentes a todo proceso de cesión de soberanía) en la década de los noventa Europa trataba de avanzar en la definición de aspectos como su política exterior y de seguridad común y adoptaba medidas para avanzar en la cohesión y desarrollo interno. Rusia entró, por su lado, en un proceso de debilidad tras el colapso de la Unión Soviética, que hizo decaer su poder político, económico y comercial. Mantiene sin embargo su influencia por su poder de veto en la ONU y parte de su capacidad militar, aunque sus fuerzas armadas están muy debilitadas. De todos modos, ha tratado de mantener su influencia en el área de lo que fue la ex URSS, como Chechenia, Georgia y las repúblicas de Asia Central.

Japón hizo frente a problemas económicos que le obligaron a frenar su carrera de actor global y centrarse en la zona de Asia y Pacífico.3 Por su parte China, con una combinación de ortodoxia política comunista y apertura comercial y económica, inició un proceso de crecimiento que puede convertirla en actor global. Indonesia y los denominados tigres asiáticos vieron truncado su florecimiento económico y algunos de ellos cayeron en una crisis que tuvo efectos en sus poblaciones y a nivel global, incluso en América Latina. La crisis mexicana y la posterior de Argentina marcaron también la evolución de ese continente.

Al tiempo, las pretensiones de principios de la década, de que el mundo sería un lugar más pacífico tras el final de la Guerra Fría y de que los derechos humanos se convertirían en un estándar global, habían caído en el vacío. Ni el "nuevo orden mundial" del presidente George Bush padre (que suponía consolidar el "poder blando" (o sea, no solamente militar, de EE UU a través de su fuerza tecnológica, económica, comercial, cultural y su papel en la ONU) se convirtió en realidad, ni la Agenda para la Paz que el secretario general de la ONU, Boutros Boutros-Ghali, presentó en 1992 había logrado avanzar. La defensa de los derechos humanos siguió siendo selectiva, y las intervenciones humanitarias (Somalia, Grandes Lagos, Balcanes) también selectivas, tardías y dependientes de los intereses de los Estados poderosos.

Muchos Estados de Asia, África y América Latina avanzaban en un proceso de desintegración o debilitamiento motivado por la corrupción, las herencias del colonialismo, una integración dependiente y subordinada en la economía global y modelos de Estado poco adaptados a sus características históricas, impuestos desde fuera y no incluyentes. En estos países donde los ciudadanos no están protegidos ni tienen cubiertas sus necesidades básicas, imperan formas de violencia que sustituyen a la ley y se generan economías ilegales que integran a grupos sociales y excluyen a la mayoría de la población.


* Mabel González Bustelo es analista del Centro de Investigación para la Paz (CIP-FUHEM, Madrid). La autora agradece las sugerencias y comentarios de Mariano Aguirre para realizar este trabajo.
1 David Held y Anthony McGrew, Globalización / Antiglobalización, Paidós Estado y Sociedad, 109, Barcelona, 2003.
2 Inmanuel Wallerstein, "Entering Global Anarchy", New Left Review, mayo-junio de 2003.
3 Mariano Aguirre, "Nous avons le pouvor de refaire le monde", Enjeux Internationaux, Nº 2, otoño, 2003, Bruselas. "¿En las puertas de un mundo nuevo?", 2003 (en prensa).

 
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