Ecuador DEBATE Nº 52
 
 COYUNTURA POLITICA

Economía política y economía moral: reflexiones en torno a un levantamiento

Fernando Bustamante

La fuerza de la CONAIE reside en su capacidad de apelar a un ethos o cosmovisión moral, que aunque plena de sentido y vigencia en las comunidades indígenas, tiene la capacidad de penetrar profundamente en las formas de conciencia, o en la cultura ética de grandes capas, incluso mayoritarias de la población blanco-mestiza y popular-urbana. Es más, creemos posible sostener que esas ideas y sentimientos morales se hallan (aunque sea atenuadamente) muy vivas y presentes en la propia formación más íntima de la subjetividad de las elites, o por lo menos de buena parte de las élites urbanas.

Este artículo pretende reflexionar sobre el levantamiento indígena de Enero de 2001 desde una perspectiva que pretende tomar distancia frente al análisis político coyuntural. O, mejor dicho, pretende reflexionar sobre un hecho coyuntural desde un enfoque que intenta apartarse de lo político-estratégico, para sumergirse en el ámbito de los significados simbólicos de esta acción.
Desde hace unos diez años, aproximadamente, el movimiento indígena ha ido adquiriendo un creciente protagonismo en la vida política ecuatoriana. De hecho, las acciones e iniciativas políticas que sus organizaciones convocan, han ido desplazando a otras formas y a otros actores en el espacio central de la acción política "plebeya". Hasta hace una década, las movilizaciones que invocaban lo "popular" como su referente legitimatorio se basaban en actores y métodos relativamente bien establecidos y claramente delimitados. Estas movilizaciones giraban en torno a dos ejes: uno electoral, cuyo actor central era el sujeto populista de masas, y otro de acción política directa, centrado en torno a la huelga, la manifestación y la demostración urbana, y cuyos actores organizados eran el estudiantado, el sindicalismo obrero y el magisterio.
La emergencia del movimiento indígena ha tenido el efecto de modificar este panorama de manera muy importante. La lucha "popular" directa ha pasado a ser movilizada, activada y dirigida desde lo étnico, lo rural y lo campesino, y ha tomado la forma de verdaderos cercos desde la periferia al centro, y desde lo rural a lo urbano. Este cambio se ha producido, sin que, en el plano electoral, la fuerza de la convocatoria populista haya mermado, salvo en ciertos reductos electorales indígenas de la sierra.
El levantamiento de enero, entre otras cosas, sirvió para patentizar este cambio del centro de gravedad de la acción política "plebeya". Mientras la CONAIE toma el lugar central y hegemónico en la conducción de las luchas populares, los esfuerzos de la Coordinadora de Movimientos Sociales, de base urbana y vinculada tanto a los "nuevos" movimientos de causa única, como a los más tradicionales actores de la protesta de masas (obreros, maestros, estudiantes), fracasó por completo en demostrar una convocatoria importante. La CONAIE logró establecerse como un interlocutor del Estado, en un pie de cuasi-igualdad y ejerciendo una especie de embrionaria soberanía, mientras que los movimientos y organizaciones urbanas quedaban por completo al margen del núcleo de las negociaciones entre el movimiento indígena y el Gobierno, o solo podían participar como "invitados" de las organizaciones étnicas.
Es evidente que el alcance de las protestas, levantamientos e insurrecciones dirigidos por la CONAIE, va mucho más allá de interpretar un interés corporativo particularista específico. Sería difícil comprender la capacidad de hegemonía que la dirigencia étnica ejerce sobre el conjunto del movimiento popular organizado si su fuerza proviniera solamente de su capacidad de articular e interpretar reivindicaciones pura y estrechamente étnicas. Digan lo que digan los dirigentes indígenas, la población propiamente nativa del Ecuador constituye una minoría (difícilmente más de un 10% de la población total) y su estilo de vida, parece incluso, alejado a la corriente principal de la cotidianeidad moderna: es una vida de periferia, rural, encerrada en experiencias comunitarias casi enclaustradas. Justamente lo contrario de lo que se podría esperar de un movimiento con aspiraciones (y logros) hegemónicos en una sociedad en proceso de modernización, cada vez más abierta al mundo, y se presume, crecientemente influida por procesos de cambio valórico y productivo inducidos desde los centros dinámicos de la modernidad capitalista. ¿Cómo es posible que unas organizaciones y unas demandas arrinconadas en tierras marginales de la periferia campesina, en provincias excéntricas respecto a los grandes centros demográficos, políticos y culturales, y que representa (en el mejor de los casos) a 1 de cada 10 ecuatorianos, pueda haberse convertido en el eje conductor y en el protagonista político central de la resistencia popular a las políticas de ajuste macroeconómico, y además en el interlocutor por excelencia desde lo popular frente al poder? ¿Cómo es posible que la minoría étnica haya subordinado a la gran masa mestiza mayoritaria y además que el campo "atrasado" haya puesto bajo su conducción a los movimientos sociales más avanzados, cosmopolitas y "centrales" de las grandes ciudades?
El resto de este artículo pretende dirigirse a estas preguntas, e intentar proponer algunas claves interpretativas que nos ayuden a entender las causas y sentido de la "misteriosa " convocatoria del movimiento indígena. Porque esta capacidad política no solo se sustenta en la organización, disciplina y espíritu de sacrificio de las comunidades étnicas de base, ni tan solo en el apoyo de los movimientos sociales populares urbanos, sino que cuenta con la capacidad de movilizar el apoyo de ciertos segmentos de élite o de élites aspirantes (parte de las iglesias cristianas, son un ejemplo del primer caso; grupos intelectual-profesionales, un ejemplo del segundo caso). También el movimiento indígena logra contar con la benevolencia o con la pasividad de muchos grupos de clase media urbana y rural, y además logra neutralizar la oposición de muchos sectores empresariales (sobre todo de la sierra), los cuales no consiguen una unanimidad en torno a como enfrentar al movimiento étnico, ni logran movilizar la voluntad política de oponérsele radicalmente. La CONAIE puede, al menos, conseguir inducir en las elites una cierta parálisis "moral", una reticencia a enfrentarla drásticamente, una especie de "mala consciencia" que conduce a la vacilación y a una moderación culposa de las reacciones del poder frente a la presión indígena. Los sectores más radicalmente opuestos a la CONAIE, tales como las Cámaras empresariales de Guayaquil, de hecho se quedan aisladas en su postura, y ni siquiera logran concitar un consenso represivo en el seno de las propias élites. Es como si la CONAIE hubiese logrado inducir en el poder una especie de paralizante "mala consciencia" que detiene el brazo represivo y le quita buena parte de su energía coercitiva.

 
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