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Economía política
y economía moral: reflexiones en torno a un levantamiento
Fernando Bustamante
La fuerza de la CONAIE
reside en su capacidad de apelar a un ethos o cosmovisión
moral, que aunque plena de sentido y vigencia en las comunidades
indígenas, tiene la capacidad de penetrar profundamente
en las formas de conciencia, o en la cultura ética de
grandes capas, incluso mayoritarias de la población blanco-mestiza
y popular-urbana. Es más, creemos posible sostener que
esas ideas y sentimientos morales se hallan (aunque sea atenuadamente)
muy vivas y presentes en la propia formación más
íntima de la subjetividad de las elites, o por lo menos
de buena parte de las élites urbanas.
Este artículo pretende
reflexionar sobre el levantamiento indígena de Enero de
2001 desde una perspectiva que pretende tomar distancia frente
al análisis político coyuntural. O, mejor dicho,
pretende reflexionar sobre un hecho coyuntural desde un enfoque
que intenta apartarse de lo político-estratégico,
para sumergirse en el ámbito de los significados simbólicos
de esta acción.
Desde hace unos diez años, aproximadamente, el movimiento
indígena ha ido adquiriendo un creciente protagonismo
en la vida política ecuatoriana. De hecho, las acciones
e iniciativas políticas que sus organizaciones convocan,
han ido desplazando a otras formas y a otros actores en el espacio
central de la acción política "plebeya".
Hasta hace una década, las movilizaciones que invocaban
lo "popular" como su referente legitimatorio se basaban
en actores y métodos relativamente bien establecidos y
claramente delimitados. Estas movilizaciones giraban en torno
a dos ejes: uno electoral, cuyo actor central era el sujeto populista
de masas, y otro de acción política directa, centrado
en torno a la huelga, la manifestación y la demostración
urbana, y cuyos actores organizados eran el estudiantado, el
sindicalismo obrero y el magisterio.
La emergencia del movimiento indígena ha tenido el efecto
de modificar este panorama de manera muy importante. La lucha
"popular" directa ha pasado a ser movilizada, activada
y dirigida desde lo étnico, lo rural y lo campesino, y
ha tomado la forma de verdaderos cercos desde la periferia al
centro, y desde lo rural a lo urbano. Este cambio se ha producido,
sin que, en el plano electoral, la fuerza de la convocatoria
populista haya mermado, salvo en ciertos reductos electorales
indígenas de la sierra.
El levantamiento de enero, entre otras cosas, sirvió para
patentizar este cambio del centro de gravedad de la acción
política "plebeya". Mientras la CONAIE toma
el lugar central y hegemónico en la conducción
de las luchas populares, los esfuerzos de la Coordinadora de
Movimientos Sociales, de base urbana y vinculada tanto a los
"nuevos" movimientos de causa única, como a
los más tradicionales actores de la protesta de masas
(obreros, maestros, estudiantes), fracasó por completo
en demostrar una convocatoria importante. La CONAIE logró
establecerse como un interlocutor del Estado, en un pie de cuasi-igualdad
y ejerciendo una especie de embrionaria soberanía, mientras
que los movimientos y organizaciones urbanas quedaban por completo
al margen del núcleo de las negociaciones entre el movimiento
indígena y el Gobierno, o solo podían participar
como "invitados" de las organizaciones étnicas.
Es evidente que el alcance de las protestas, levantamientos e
insurrecciones dirigidos por la CONAIE, va mucho más allá
de interpretar un interés corporativo particularista específico.
Sería difícil comprender la capacidad de hegemonía
que la dirigencia étnica ejerce sobre el conjunto del
movimiento popular organizado si su fuerza proviniera solamente
de su capacidad de articular e interpretar reivindicaciones pura
y estrechamente étnicas. Digan lo que digan los dirigentes
indígenas, la población propiamente nativa del
Ecuador constituye una minoría (difícilmente más
de un 10% de la población total) y su estilo de vida,
parece incluso, alejado a la corriente principal de la cotidianeidad
moderna: es una vida de periferia, rural, encerrada en experiencias
comunitarias casi enclaustradas. Justamente lo contrario de lo
que se podría esperar de un movimiento con aspiraciones
(y logros) hegemónicos en una sociedad en proceso de modernización,
cada vez más abierta al mundo, y se presume, crecientemente
influida por procesos de cambio valórico y productivo
inducidos desde los centros dinámicos de la modernidad
capitalista. ¿Cómo es posible que unas organizaciones
y unas demandas arrinconadas en tierras marginales de la periferia
campesina, en provincias excéntricas respecto a los grandes
centros demográficos, políticos y culturales, y
que representa (en el mejor de los casos) a 1 de cada 10 ecuatorianos,
pueda haberse convertido en el eje conductor y en el protagonista
político central de la resistencia popular a las políticas
de ajuste macroeconómico, y además en el interlocutor
por excelencia desde lo popular frente al poder? ¿Cómo
es posible que la minoría étnica haya subordinado
a la gran masa mestiza mayoritaria y además que el campo
"atrasado" haya puesto bajo su conducción a
los movimientos sociales más avanzados, cosmopolitas y
"centrales" de las grandes ciudades?
El resto de este artículo pretende dirigirse a estas preguntas,
e intentar proponer algunas claves interpretativas que nos ayuden
a entender las causas y sentido de la "misteriosa "
convocatoria del movimiento indígena. Porque esta capacidad
política no solo se sustenta en la organización,
disciplina y espíritu de sacrificio de las comunidades
étnicas de base, ni tan solo en el apoyo de los movimientos
sociales populares urbanos, sino que cuenta con la capacidad
de movilizar el apoyo de ciertos segmentos de élite o
de élites aspirantes (parte de las iglesias cristianas,
son un ejemplo del primer caso; grupos intelectual-profesionales,
un ejemplo del segundo caso). También el movimiento indígena
logra contar con la benevolencia o con la pasividad de muchos
grupos de clase media urbana y rural, y además logra
neutralizar la oposición de muchos sectores empresariales
(sobre todo de la sierra), los cuales no consiguen una unanimidad
en torno a como enfrentar al movimiento étnico, ni logran
movilizar la voluntad política de oponérsele radicalmente.
La CONAIE puede, al menos, conseguir inducir en las elites una
cierta parálisis "moral", una reticencia a enfrentarla
drásticamente, una especie de "mala consciencia"
que conduce a la vacilación y a una moderación
culposa de las reacciones del poder frente a la presión
indígena. Los sectores más radicalmente opuestos
a la CONAIE, tales como las Cámaras empresariales de Guayaquil,
de hecho se quedan aisladas en su postura, y ni siquiera logran
concitar un consenso represivo en el seno de las propias élites.
Es como si la CONAIE hubiese logrado inducir en el poder una
especie de paralizante "mala consciencia" que detiene
el brazo represivo y le quita buena parte de su energía
coercitiva.
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