Ecuador DEBATE Nº 52
 
 COYUNTURA POLITICA

La benevolencia hacia la CONAIE y hacia sus "levantamientos", vendría a ser expresión de una apenas barruntada consistencia entre su plataforma de lucha y las necesidades más fundamentales de la economía realmente existente: una economía que no es la de Smith o Marx, sino la de sociabilidad como fin en sí y como red de tratos ancestrales. La economía política del poder es difícilmente reprochable desde tal perspectiva. Los argumentos técnicos que esgrimen los "ajustadores" de la economía son muy difíciles de rebatir: "poner precios reales" parece el sumum de la racionalidad, y los subsidios que agarrotan a la economía ecuatoriana son indefensibles desde cualquier perspectiva técnica mínimamente coherente. ¿Cómo explicarse entonces la enorme dificultad que encuentran los expertos y sus retaguardias del FMI, para hacer entender a la población cuan razonable es su propuesta?. Sería tan fácil como inútil hacer un argumento centrado en torno a la estupidez humana (o simplemente en la estupidez ecuatoriana). Estos argumentos siempre dejan la duda de cuál es la garantía que el crítico lúcido tiene de hallarse exento de tan universal enfermedad. En general la gente no suele ser masivamente tonta por períodos muy prolongados de tiempo. La capacidad de aprendizaje está garantizada por la necesidad de sobrevivir y, en general, cuando se trata de ello, los humanos suelen ser bastante hábiles. Más bien se propone que la recalcitrante oposición a la economía política surge del hecho de que el lenguaje y los sentimientos morales de la gran mayoría (los "levantamientos" indígenas operarían como la mera punta de este iceberg ético), están construidos sobre otros supuestos y premisas, muy distintas a las de la EP.
El "razonable" discurso técnico sencillamente se articula en unas categorías que son "sin sentido" para los más, mientras que lenguaje del precio "justo" y de la reciprocidad social humana, que articula la CONAIE, en cambio, se liga mucho más seria y estrechamente con el sentido común de una población a la que se descuidó de reeducar en las categorías y en los paradigmas de la cosmovisión económico-política. De esta manera, puede surgir la sospecha que la CONAIE habla un idioma que conocemos muy bien y que compartimos con mucha mayor destreza que el de los economistas. Paradojalmente, la economía política es un lenguaje tan minoritario (o más) que el quichua, que pocos conocen y utilizan. Pero, si es así, los verdaderos quichua-hablantes (en el sentido de hablantes de un lenguaje incomprensible para la mayoría), no son los quichuas, sino los modernos modernizadores, mientras que los quichua hablantes de las organizaciones indígenas hablan el lenguaje que todos hablamos.
En las páginas anteriores, se ha esbozado una teoría sobre la naturaleza de la lucha que hace de la CONAIE una expresión universalista y amplia de una necesidad que trasciende con mucho a sus bases sociales específicas. Se sostiene que la raíz de su relativo éxito en arrinconar al poder político y económico, reside en que más allá de su apariencia de movimiento de reivindicación étnica, defiende y sostiene (y se sostiene) en una cosmovisión que es compartida mucha más allá de las comunidades autóctonas. En este sentido, las organizaciones indígenas son voceros de elementos profundamente arraigados también en el habitus blanco-mestizo mayoritario. Tal vez los indígenas no se hallan tan impedidos de expresarlo y darle forma consistente, porque ellos, al contrario de la cultura mestiza, no están compelidos a disfrazar(se) el comunitarismo económico moral profundo, por la necesidad del "blanqueamiento" europeizante envidioso, que atormenta al mestizaje desde ya épocas coloniales. La economía moral entre los pueblos indios, puede existir y salir a la luz sin disimulo, y hacerse bandera de la autoctonía agitada como símbolo de identidad. Los blanco-mestizos en cambio deben, de continuo, pagar peaje a la necesidad ancestral de representarse como occidentales de raíz europea, y por ello no pueden pronunciar el comunitarismo colonial y tomista, que se presenta como un algo reprimido que, sin embargo, sale a la luz como embarazosa, incómoda y culpable tolerancia frente a los "levantamientos" organizados por los indígenas. Tal vez, las luchas de la CONAIE, son en buena parte, las que el mestizo urbano podría desarrollar, si tan solo pudiese reconocerse, sin vergüenza cultural, frente al espejo de la economía moral (que de hecho, a menudo practica).
Pero, a la luz de este análisis, el movimiento indígena pierde su perfil de movimiento o grupo de interés específico, como un enderezador de entuertos y agravios inferidos a un pueblo particular, para convertirse en el portavoz de una resistencia mucho más amplia, potencialmente mayoritaria y profundamente arraigada en el ethos realmente existente de las comunidades que conforman el Ecuador. En este caso, habríamos señalado en qué medida no es del todo absurdo ni fantasioso ver al movimiento indígena como portador de un proyecto de resistencia, virtualmente hegemónico, y de base mayoritaria. Se trata, entonces, no de un proyecto de defensa de la identidad étnica, sino de una resistencia desde una lógica o racionalidad trans-étnica de acción colectiva. Se trata de una acción organizada en defensa de una forma de moralidad y no de un interés corporativo racial. Cuando la CONAIE se levanta contra las alzas o contra la abolición del sucre, podríamos repetirnos a nosotros mismos: "de te fabula narratur".
 
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