La
benevolencia hacia la CONAIE y hacia sus "levantamientos",
vendría a ser expresión de una apenas barruntada
consistencia entre su plataforma de lucha y las necesidades más
fundamentales de la economía realmente existente: una
economía que no es la de Smith o Marx, sino la de sociabilidad
como fin en sí y como red de tratos ancestrales. La economía
política del poder es difícilmente reprochable
desde tal perspectiva. Los argumentos técnicos que esgrimen
los "ajustadores" de la economía son muy difíciles
de rebatir: "poner precios reales" parece el sumum
de la racionalidad, y los subsidios que agarrotan a la economía
ecuatoriana son indefensibles desde cualquier perspectiva técnica
mínimamente coherente. ¿Cómo explicarse
entonces la enorme dificultad que encuentran los expertos y sus
retaguardias del FMI, para hacer entender a la población
cuan razonable es su propuesta?. Sería tan fácil
como inútil hacer un argumento centrado en torno a la
estupidez humana (o simplemente en la estupidez ecuatoriana).
Estos argumentos siempre dejan la duda de cuál es la garantía
que el crítico lúcido tiene de hallarse exento
de tan universal enfermedad. En general la gente no suele ser
masivamente tonta por períodos muy prolongados de tiempo.
La capacidad de aprendizaje está garantizada por la necesidad
de sobrevivir y, en general, cuando se trata de ello, los humanos
suelen ser bastante hábiles. Más bien se propone
que la recalcitrante oposición a la economía política
surge del hecho de que el lenguaje y los sentimientos morales
de la gran mayoría (los "levantamientos" indígenas
operarían como la mera punta de este iceberg ético),
están construidos sobre otros supuestos y premisas, muy
distintas a las de la EP.
El "razonable" discurso técnico sencillamente
se articula en unas categorías que son "sin sentido"
para los más, mientras que lenguaje del precio "justo"
y de la reciprocidad social humana, que articula la CONAIE, en
cambio, se liga mucho más seria y estrechamente con el
sentido común de una población a la que se descuidó
de reeducar en las categorías y en los paradigmas de la
cosmovisión económico-política. De esta
manera, puede surgir la sospecha que la CONAIE habla un idioma
que conocemos muy bien y que compartimos con mucha mayor destreza
que el de los economistas. Paradojalmente, la economía
política es un lenguaje tan minoritario (o más)
que el quichua, que pocos conocen y utilizan. Pero, si es así,
los verdaderos quichua-hablantes (en el sentido de hablantes
de un lenguaje incomprensible para la mayoría), no son
los quichuas, sino los modernos modernizadores, mientras que
los quichua hablantes de las organizaciones indígenas
hablan el lenguaje que todos hablamos.
En las páginas anteriores, se ha esbozado una teoría
sobre la naturaleza de la lucha que hace de la CONAIE una expresión
universalista y amplia de una necesidad que trasciende con mucho
a sus bases sociales específicas. Se sostiene que la raíz
de su relativo éxito en arrinconar al poder político
y económico, reside en que más allá de su
apariencia de movimiento de reivindicación étnica,
defiende y sostiene (y se sostiene) en una cosmovisión
que es compartida mucha más allá de las comunidades
autóctonas. En este sentido, las organizaciones indígenas
son voceros de elementos profundamente arraigados también
en el habitus blanco-mestizo mayoritario. Tal vez los indígenas
no se hallan tan impedidos de expresarlo y darle forma consistente,
porque ellos, al contrario de la cultura mestiza, no están
compelidos a disfrazar(se) el comunitarismo económico
moral profundo, por la necesidad del "blanqueamiento"
europeizante envidioso, que atormenta al mestizaje desde ya épocas
coloniales. La economía moral entre los pueblos indios,
puede existir y salir a la luz sin disimulo, y hacerse bandera
de la autoctonía agitada como símbolo de identidad.
Los blanco-mestizos en cambio deben, de continuo, pagar peaje
a la necesidad ancestral de representarse como occidentales de
raíz europea, y por ello no pueden pronunciar el comunitarismo
colonial y tomista, que se presenta como un algo reprimido que,
sin embargo, sale a la luz como embarazosa, incómoda y
culpable tolerancia frente a los "levantamientos" organizados
por los indígenas. Tal vez, las luchas de la CONAIE, son
en buena parte, las que el mestizo urbano podría desarrollar,
si tan solo pudiese reconocerse, sin vergüenza cultural,
frente al espejo de la economía moral (que de hecho, a
menudo practica).
Pero, a la luz de este análisis, el movimiento indígena
pierde su perfil de movimiento o grupo de interés específico,
como un enderezador de entuertos y agravios inferidos a un pueblo
particular, para convertirse en el portavoz de una resistencia
mucho más amplia, potencialmente mayoritaria y profundamente
arraigada en el ethos realmente existente de las comunidades
que conforman el Ecuador. En este caso, habríamos señalado
en qué medida no es del todo absurdo ni fantasioso ver
al movimiento indígena como portador de un proyecto de
resistencia, virtualmente hegemónico, y de base mayoritaria.
Se trata, entonces, no de un proyecto de defensa de la identidad
étnica, sino de una resistencia desde una lógica
o racionalidad trans-étnica de acción colectiva.
Se trata de una acción organizada en defensa de una forma
de moralidad y no de un interés corporativo racial. Cuando
la CONAIE se levanta contra las alzas o contra la abolición
del sucre, podríamos repetirnos a nosotros mismos: "de
te fabula narratur". |