Ecuador DEBATE Nº 52
 
 ENTREVISTA

El Estado nacional no tiene el mismo papel en la Costa. Sigue una corriente histórica desde los inicios de la República. La Costa, sobre todo en el área de influencia del Guayas, donde se considera que el Estado nacional es algo así como un artefacto manejado por los serranos, artificial y explotador contra el cual hay que resistir. La Costa busca ya una autonomía en cuanto a su inserción sin mediaciones nacionales como región productora en el mercado mundial, al estilo de la experiencia decimonónica, pero en el contexto actual de la globalización. Entonces, el ajuste estructural se imposibilita no solamente por las repercusiones que provoca la resistencia social y étnica, y por un Estado que ya no dispone de instrumentos para hacerlo, sino por las dimensiones de una desarticulación regional del país. Una posibilidad que parece estar en el ambiente podría ser un autoritarismo estatal que se imponga en ambos aspectos, una tendencia que quizás está en curso y que cada vez más se podría definir como un ejercicio de violencia sobre la resistencia popular y el empuje de las exigencias de autonomía regional. La dolarización puede ser leída en este sentido. Mantener o sostener la dolarización en las crisis financieras que se vendrán tarde o temprano y la extensión del conflicto colombiano pueden dar las razones de mayor peso para un salto a un autoritarismo estatal.
HI. Todo esto vendría a hacernos volver a la Coyuntura del año 99 cuando el conflicto regional instala la demanda de la descentralización también desde otros actores. Emergen actores como Manabí, se instalan peticiones desde autoridades regionales, locales. Esta demanda tiene un sentido múltiple pero diríamos que en el caso de la demanda regionalista de Guayaquil, nos encontramos con una región que tiene un fuerte desarrollo económico y con la posibilidad de articularse al mercado mundial en forma diversa a lo que ha sido su vinculación.
AG. Una vinculación autónoma del Estado nacional aunque no independiente.
HI. La autonomía de Guayaquil o la cuenca del Guayas tendría que ver con la constitución de un espacio socioeconómico con la capacidad de generar su propia autoridad política.
A.G. El problema es que probablemente esa autoridad política no es tan necesaria en el sentido del proyecto decimonónico de Estado nacional para la Costa. Digo que la Costa también retoma un proyecto de hace dos siglos pero en una situación de globalización. En el siglo XIX, en torno a Guayaquil sobre todo, los territorios vinculados al mercado mundial con la apertura de la frontera agrícola cacaotera y el poblamiento, se iban esbozando en regiones por medio de esa vínculo. La Costa de alguna manera se desarrolló así. Las vinculaciones Sierra Costa eran muy esporádicas y distendidas, casi inexistentes durante una buena parte del año puesto que viajeros y arrieros no podían transitar por los caminos durante meses de lluvia, cuando la corriente de Humboldt se aleja y entra la del Niño. Hay que leer a los viajeros del siglo XIX al respecto. No hay relaciones económicas relevantes hasta aún décadas luego de la construcción del ferrocarril a fines del siglo XIX y, sobretodo, hasta la crisis del cacao y la mundial de 1930. Tampoco había casi vínculos culturales. En cuanto a las políticas, las había pero distendidas. Recordemos que fue recién la Revolución Liberal que en 1912 consigue una real vinculación económica de las dos regiones y que en 1925 la Revolución Juliana prosigue la unificación nacional a nivel del estado de las políticas públicas con la fundación de instituciones, como el Banco Central, los organismos de regulación de las entidades financieras, el monopolio estatal de la emisión monetaria. Una pregunta que siempre me intrigó es: ¿por qué la Costa siguió junto a la Sierra en un proyecto conjunto a lo largo del siglo XIX y el primer cuarto del XX? Quizás, la respuesta sea simple: porque era la alternativa que mayor autonomía daba a los poderosos grupos familiares de plantadores, banqueros y comerciantes guayaquileños, esa pequeña oligarquía que emerge en la segunda mitad del siglo; era tal vez la alternativa que menos amenazaba su vinculación autónoma con el mercado mundial de aquella época. La otra alternativa hubiera sido una supeditación al Perú, una desventajosa competición con grupos familiares aún más poderosos de banqueros, terratenientes y exportadores de la Costa peruana (del guano, el azúcar y el algodón) y la supeditación a un Estado con mayor capacidad de intervención.
Hay que contar con las refluencias del pasado sin duda, pero también con las afluencias del presente: el avance de la globalización, la extensión de las redes internacionales, la caducidad del Estado nacional. Hoy en día, la cuenca del Guayas tiene la posibilidad, tanto como de hecho tendría la Sierra, de vincularse al mercado mundial casi directamente por medio del sistema internacional de transportes, los canales de comercio internacionales, las redes de información y las financieras ubicuas. Para ninguna de ellas es imprescindible del Estado nacional, más aún con una apertura general de las fronteras económicas que tiende a eliminar las aduanas. Al fin y al cabo es lo que nos demuestra una de las más poderosas y exitosas economías mundiales de exportación: la de las drogas. Esa vinculación autónoma, sin un Estado nacional que negocie las condiciones de inserción, es una posibilidad realizada. La dolarización es un paso más en ese sentido, una preparación aún más avanzada para la inserción autonomizada de algo así como ciudades con regiones de influencia o control en el mercado mundial y las redes. Precisamente, la dolarización lo que trataba es de eliminar las tentaciones de una política monetaria, una regulación del cambio monetario, una regulación estatal general. Ahora queda pocos instrumentos de lo que fue la noción del siglo XX de una política económica nacional. La pregunta que se esboza ahora sería por lo tanto: ¿una ciudad región como la guayaquileña o la quiteña necesita un Estado nacional para insertarse en el mercado y las redes globalizadas? Tal vez lo que se requiere es una suerte de nueva Gobernación del Guayas y las instituciones de una sociedad civil regional, como la Junta de Beneficencia, la Comisión de Tránsito, los organismos de gestión de la ciudad y de la cuenca fluvial, etc.; o sea instituciones de administración local. Tal vez hoy en día, ya los peligros de absorción o de supeditación de los países vecinos ya no son tales, como lo fueron en el siglo XIX y al menos hasta mediados del XX y la región del Guayas puede realizar un nuevo proyecto de autonomía, con apenas pocos vínculos y negociaciones con la Sierra y sin ningún proyecto político nacional.
HI. Aquí cabría preguntarse sobre los alcances de un proyecto regionalista, en el sentido de si sería factible pensar en una articulación federal del Estado ecuatoriano. La factibilidad de que existiera una redefinición de un Estado nacional que reconoce la autonomía de diversas unidades regionales, eso sería una alternativa a otra posibilidad, a otra hipótesis que podría ser la secesión del Estado nacional en un caso extremo.
 
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