Ecuador DEBATE Nº 64
TEMA CENTRAL
Del conflicto social al ciclo político de la protesta
José Sánchez-Parga*
Una nueva forma de lucha, desde hace más de una década, agita la mayor parte de los países, crispa los escenarios socio-políticos, deslegitima las democracias, desestabiliza gobiernos y llega incluso a derrocar presidentes. La protesta, bajo su apariencia defensiva y "reactiva", es portadora de insospechada violencia y parece haber sustituido la anterior conflictividad social, tan fundamental para la democracia como era constitutiva de los movimientos sociales. ¿A qué nuevo orden y desorden responde el actual ciclo político de la protesta? ¿Cuáles son sus alcances globales?
En América Latina más que en otras regiones del mundo la protesta como forma reactiva de lucha ha estado presente en los mismos conflictos sociales, invistiéndolos de una politicidad variable y convirtiendo siempre al Estado en su adversario indirecto o terminal1. Esto explicaría no sólo que en América Latina las luchas hayan sido por lo general más políticas que sociales (según las conclusiones de Touraine), sino también que el actual ciclo político de la protesta, en el contexto de un reordenamiento global del mundo, haya tenido unas formas, violencias y alcances mayores que en otras regiones.
El nuevo ciclo de la protesta, que vendría a sustituir y en cierto modo a imponerse sobre el ciclo de la conflictividad social, comienza ya en la década de los 80 provocado por las políticas económicas exigidas por el FMI y el Banco Mundial en colaboración con otras agencias internacionales, y sobre todo por las exigencias de pago de la Deuda Externa. Pero será a partir de los años 90 hasta la actualidad, que la consolidación del nuevo modo de acumulación del capital y el nuevo orden económico global harán de la protesta la forma de lucha más generalizada, la más contundente y la que puede tener los efectos más inesperados.
1. El ciclo del conflicto social
El conflicto ha sido tradicionalmente considerado tan esencial a la democracia como para la libertad, y ya desde Aristóteles hasta Rousseau pasando por Maquiavelo y un pacifista como Spinoza se ha preferido siempre "mejor el conflicto con libertad que al orden sin ella". Pero además es doblemente necesario para la democracia, porque el conflicto se funda siempre en desigualdades y constituye una lucha contra ellas, siendo su causa "el deseo de igualdad"2. Al fundarse en el principio de una igualdad de derecho, la democracia da lugar a todas las luchas y conflictos por la igualdad de hecho. También Touraine se hace eco del mismo principio, que funda la democracia en el conflicto, para desarrollar su teoría del actor y de los movimientos sociales: "la existencia de un conflicto general entre actores sociales constituye la base más sólida de la democracia"3. En este sentido el conflicto social es siempre doblemente reivindicativo y democrático, ya que su demanda de mayor libertad y participación social en la producción y distribución de la riqueza, constituye el principal desafío para la democracia, puesto que fuerza al mismo orden democrático a una constante y mayor democratización de la sociedad; le impone desarrollos y cambios en las mismas instituciones democráticas, en la medida que éstas tratan y resuelven la conflictividad social.
Más aún, cuanto mayor es la participación social de los ciudadanos, tanto mayor será también su representación política; cuanto mejor identificados y compartidos son los intereses por los que luchan las diferentes clases, grupos y sectores sociales, tanto mejor podrán ser políticamente representados. Esto supone una estrecha articulación o correspondencia entre la democracia representativa o representación política de la democracia y la participación social o distribución social de la riqueza de una sociedad; las desigualdades sociales podrán ser más o menos grandes o insuperable, pero mientras se mantengan ciertos márgenes de distribución social y de participación en la riqueza socialmente producida, la democracia podrá representar políticamente toda la conflictividad en torno a la mayor distribución y a las reivindicaciones de mayor participación.
En otras palabras, sin real participación social no hay posible representación política. Y una fundamental crisis de representación política remite siempre e inevitablemente a una crisis de participación social. Por eso resulta tan irreal como extremadamente conflictivo mantener un régimen democrático en una sociedad de exclusión. Pero esto mismo explica también por qué las democracias en América Latina se encuentran forzadas a compensar y sustituir la falta de participación social de muy amplios sectores de la sociedad por su participación política clientelar y populista.
Estas razones hacen que el conflicto social sea siempre profundamente democrático, y explican por qué razón la misma democracia se fundamenta en el conflicto social. Sin embargo el hecho que las demandas y reivindicaciones del conflicto social y democrático puedan ser compartidas entre las distintas clases, grupos y sectores sociales, no impide que los intereses propios de las diferentes reivindicaciones puedan, en el marco de la lucha de clases, entrar en conflicto entre ellos y por consiguiente convertirse en objeto de negociaciones en el marco de un orden democrático.
No es por ello casual que la "tercera ola" de democratización en el mundo, que en América Latina llega por lo menos con casi una década de retraso, en los años 80, coincida con la emergencia de los "nuevos movimientos sociales", precisamente cuando el mundo asiste a una extraordinaria expansión económica, a un gran impulso al desarrollo y a un incremento de la producción de riqueza con amplios efectos distributivos: la década de los 704. Esto no significa una directa y necesaria asociación entre democracia y cualquier modelo de crecimiento económico, sino con el específico efecto distributivo que puede tener un particular modelo de crecimiento económico5. Y obviamente también con un determinado régimen político o de Estado, con disposiciones suficientes incluso institucionales para garantizar una redistribución capaz de compensar las limitaciones estructurales de distribución inherentes a todo modo de producción de riqueza.
* Investigador del CAAP (Quito).
1 "Latin America led other world regions in what, nevertheless, was an unprecedented wave of international protest; unprecedented in the scope and essentially singular cause of a global protest analogous to earlier national strikes waves... (John Walton, "Debt, Protest and the State in Latin America" en Susan Eckstein (edit. ) Power and Popular Protest. Latin American Social Movements, University of California Press, London, 1989).
2 Aristóteles, Política, V, i, 1301b; cfr. II, iv, 1266ª; II, iv, 1267. Para una elaboración más amplia sobre el tema del conflicto y democracia cfr. J. Sánchez Parga, Conflicto y Democracia en Ecuador, CAAP, Quito, 1996.
3 A. Touraine, Qu´est - ce que la démocratie?, Fayard, Paris, 1994:80.
4 "Solo en las sociedades democráticas se forman los movimientos sociales, pues la libre oferta política obliga a cada actor social a buscar el bien común al mismo tiempo que la defensa de intereses particulares" (Alain Touraine, 1994:88). Cfr. Samuel B. Huntington, The Third Wave: Democratization in the Late Twentieth Century, University of Oklahoma Press, 1991.
5 De la misma manera que se requiere precisar la posición contraria de "la cruel decisión entre rápida o sostenida expansión económica y proceso democrático" (Jagsish Bhagwati). Para un balance sobre este debate consultar Adam Przeworski, "The neoliberal Fallacy", en Journal of Democracy, vol. 3, n. 3, 1992.
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