Ecuador DEBATE Nº 65
 
 COYUNTURA

EL ABRIL QUE SE LLEVÓ AL CORONEL QUE NO MURIÓ EN EL INTENTO1

Pablo Ospina2

El final abrupto del gobierno del Coronel Gutiérrez que culminó el 20 de abril, tiene como sus protagonistas a las clases medias y una menor participación de los sectores populares. El rechazo a toda dirección política y a los políticos, incide en una mayor deslegitimación de los partidos y la representación política. Desde 1977, la gente está firmando una revocatoria del mandato presidencial desde las calles.

¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? (). 1) la imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las "alturas", una crisis en la política de la clase dominante que abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar con que "los de abajo no quieran", sino que hace falta que "los de arriba no puedan" seguir viviendo como hasta entonces

V. I. Lenin3

Las ondas cortas

La coyuntura abierta por los resultados electorales del 17 de octubre de 2004 se cerró abruptamente el 20 de abril de 2005. Entre octubre y abril un gobierno extremadamente débil pareció fuerte por dos razones: a) logró una mayoría parlamentaria frágil e inestable cuya conformación derivó directamente de la exitosa confabulación que los partidos mayoritarios4 hicieron contra los minoritarios al momento de establecer el sistema estadístico para la asignación de los puestos de elección popular en las elecciones locales; y, b) mantuvo una serie de gestos anti- oligárquicos y antipolíticos acompañados de entregas bastante des - institucionalizadas de fondos públicos sobre todo en provincias pequeñas, lo que le granjeó cierta popularidad entre los más pobres. Gutiérrez guardó hasta el fin de su gobierno un apoyo que osciló entre el 30 y el 40% de la población adulta5. Es muy probable que estas cifras bajaran en los momentos culminantes de la crisis, pero no oscurecen la comparación relevante: ni Jamil Mahuad (depuesto en enero de 2000) ni Abdalá Bucaram (depuesto en febrero de 1997) pueden ostentar un récord semejante en el momento de su caída. Este apoyo, como se probó después, no significaba una aprobación militante y activa. Era simplemente una indisposición a salir a la calle para echar abajo al gobierno.

Desde el 8 de diciembre de 2004 (día de la a todas luces ilegal sustitución de la Corte Suprema de Justicia) la agitación social aumentó. Pero fue ante todo una movilización de clases medias dirigida por los gobiernos locales en asocio con sectores de lo que Franklin Ramírez ha llamado la "alta sociedad civil"6 . En Guayaquil, el alcalde recurrió al expediente de la autonomía local y la seguridad ciudadana para ampliar su base de sustento, mientras en Quito los gobiernos locales lo hicieron convocando a "asambleas" locales similares a aquella que lideró parte importante de la revuelta anti - bucaramista de 1997, en la que destacó la alianza de la Izquierda Democrática con el movimiento Pachakutik. El momento culminante de esta agitación fue el de las multitudinarias marchas de enero y febrero de 2005 en Guayaquil, Quito y Cuenca. En la marcha de Quito, y sobre todo en la de Cuenca, se notó la presencia creciente de una fracción más radical de los convocados que no solo combatían la inconstitucionalidad en la designación de la Corte Suprema de Justicia y abogaban por el regreso al "Estado de Derecho", sino que gritaban por la salida de Lucio Gutiérrez e incluso de todos los políticos.

En esta fase, la participación de los sectores populares siguió siendo pequeña. A los factores mencionados antes para explicar la débil movilización popular, se sumó la cruel desconfianza que suscitaban los convocantes de las marchas y los dirigentes del anti - gutierrismo. El ambiente en los barrios del sur de Quito era de no apoyar una movilización que tuviera la más mínima oportunidad de ser interpretada como un apoyo a los partidos políticos tradicionales. Varios sectores de la izquierda también estaban inmovilizados: apoyaban los golpes contra el control que el caudillo del Partido Social Cristiano, León Febres Cordero, mantenía en la administración judicial, pero desconfiaban de la alianza con Bucaram y de los gestos anti - oligárquicos vacíos de contenido programático de Gutiérrez. Sucumbieron en el intento de llevar a cabo la delicada operación de no apoyar a ninguna de las fracciones en pugna ("Ni Abdalá ni León"), y terminaron por acompañar la desmovilización popular.

La situación sufrió un primer cambio el 2 de abril. El regreso de Abdalá Bucaram desde su exilio en Panamá hizo que la mayoría parlamentaria gobiernista tan trabajosamente forjada, se resquebrajara por la que había sido siempre su mayor fisura: la que separaba al PRIAN (aparato electoral del magnate Alvaro Noboa) y al PRE (partido acaudillado por Bucaram). Pero además, el regreso del ausente creó en Quito un ambiente de indignación mucho más fuerte en las clases medias y una desconfianza mayor en los sectores populares que hasta entonces no se habían mostrado dispuestos a la movilización contra Gutiérrez. La protesta espontánea de paseantes de la Plaza Grande contra los ministros y el Presidente reunidos en la Catedral por la misa en honor de Juan Pablo II, fue una señal de que el ambiente se caldeaba también en algunos sectores populares. El segundo factor que llevó al aumento de la agitación fue la constante imposibilidad de los partidos parlamentarios de llegar a un acuerdo sobre el cambio de la CSJ. Durante cuatro meses fingieron una y otra vez que estaban "a punto" de lograrlo. La incapacidad de arriba exasperó el ánimo de abajo.

Ese ambiente caldeado fue recogido por las Asambleas de Pichincha y de Quito, que terminaron por arrastrar tras de sí a la dirección del alcalde Paco Moncayo que mostró durante toda la crisis una lamentable timidez. Sus vacilaciones deben ser explicadas no solamente por la incapacidad personal de Moncayo. Su apelación a las Fuerzas Armadas posterior al regreso de Bucaram expresaba un cálculo de las elites tanto quiteñas como guayaquileñas: veían que ese factor de poder era todavía reacio a una salida que forzosamente tendría que ser extra ­ institucional (tal como en realidad ocurrió). La incomodidad en la oficialidad por el regreso de Bucaram, oficialidad mayoritariamente serrana, no era suficiente para cambiar el orden de cosas. Mientras tanto, una salida institucional parecía distante por la relación de fuerzas en el Congreso. Las elites guayaquileñas se distanciaron de la radicalidad que parecía dominar a Quito.

Sobre todo, para forzar una salida, faltaba la gente en las calles. Las Asambleas de Quito y Pichincha la convocaron para el martes 12 y miércoles 13 de abril. Hubo movilizaciones de grupos ligados a las instituciones convocantes, pero no fue ni masiva ni sostenida, tal como había vaticinado el socialcristiano Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil. Fue una movilización importante, pero lejos de la expectativa que la indignación social parecía abrir sobre el éxito de la movilización. En la Radio La Luna una señora, el miércoles en la noche, explicó la razón: "No confiamos en los políticos que la convocan". Además, el horario de las manifestaciones coincidía con los momentos de trabajo: había que movilizarse de noche. Esta pequeña emisora es escuchada fundamentalmente (aunque no únicamente) por sectores de clase media políticamente radicalizada. Este sector social no quería que su lucha fuera interpretada como un apoyo a los partidos políticos que repudiaba o a cualquier otra organización. La desconfianza inmoviliza.


1 Este análisis se basa en informes de la prensa, en mensajes de los amigos y en conversaciones con algunos analistas y participantes. Esto es especialmente importante para la primera parte del texto. Entre los amigos agradezco especialmente las informaciones de Antonio Gaybor, Xavier Guachamín, Marc Saint Upéry, Alejandra Santillana, Sofía Ortega, Angel Jácome, Lita Jácome y Ana María Larrea. Ellos descubrirán rápidamente los plagios de sus ideas cuando las lean. Una parte importante de mis percepciones sobre las actitudes políticas de los sectores populares proviene también de mi trabajo político en el sur de Quito con la Comisión de Vivencia Fe y Política.
2Profesor del área de historia de la Universidad Andina Simón Bolívar e investigador del Instituto de Estudios Ecuatorianos.
31980 [1916] "La bancarrota de la II Internacional". En V. I. Lenin. En torno a la dialéctica. Moscú: Ed. El Progreso, p. 22.
4Partido Social Cristiano, derecha, Izquierda Democrática, socialdemócrata, Pachakutik, izquierda.
5Basta conversar con los taxistas, con sectores barriales marginales del sur o con personas de sectores populares de cualquier provincia menor para constatarlo. Una encuesta del 18 de abril confirmaba que en Quito y Guayaquil la aceptación a la gestión de gobierno superaba el 40% (Hugo Barber, com. Pers.). Hay que entender bien lo que la gente responde. La aceptación no significa lealtad. Pero significa que no estaban dispuestos a salir a la calle para derrocarlo.
6Un grupo de ONG o proyectos de ONG y de "personalidades" civiles muy dependientes de su peso en los medios de comunicación, que lideraron parte de la lucha en nombre de la "defensa de la legalidad" (Franklin Ramírez, Quito, charla del 8 de mayo de 2005).

 
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