Ecuador DEBATE Nº 65
COYUNTURA
Tampoco debe olvidarse que los actores envueltos en el debate sobre la integración regional también cambiaron. La transnacionalización económica significó una notable pérdida de poder político para algunos representantes tradicionales del empresariado nacional, que fueron reemplazados por ejecutivos de corporaciones extranjeras. La despolitización y delegación democrática desembocó en un menor papel de los parlamentos, los gobiernos locales e incluso de los sindicatos, al centuarse el déficit en la información pública se empobreció la discusión sobre la inserción regional.
La vida política en muchos de los miembros de la CAN o el Mercosur derivó hacia una "democracia delegativa" 1, con un fuerte protagonismo presidencialista, a veces con sesgo autoritario, con el consiguiente debilitamiento de las instancias parlamentarias, y la erosión de los mecanismos de participación ciudadana (por ejemplo, la presidencia de Perú con A. Fujimori, C. Menem en Argentina) Es visible el caso del Mercosur, su evolución se estancó en un acuerdo intergubernamental, donde las "cumbres presidenciales" deben decidir sobre una amplia variedad de temas. La incapacidad de generar políticas productivas regionales tiene como una de sus expresiones más agudas, la ausencia de una política agrícola común tanto en la CAN como el Mercosur, pese a ser un sector clave desde el punto de vista productivo y exportador de cualquiera de sus miembros. Incluso se llegó a postular acuerdos comerciales "sin política" tal es el caso de la negociación de un tratado de libre comercio entre Bolivia y Chile, países que si bien no mantienen relaciones diplomáticas formales parecían dispuestos a vincularse únicamente en el plano comercial.
Los actores estatales que podían incidir en encauzar la integración también fueron muy golpeados. Varias agencias estatales claves en el diseño de las políticas de desarrollo fueron desmanteladas e incluso se desvaneció el concepto de "planificación" del desarrollo. Al carecerse de estrategias claras de desarrollo en el plano nacional era más que difícil acordar planes compartidos a nivel regional.
Los esquemas actuales de integración no permitieron detener este proceso de deterioro. En el caso del NAFTA se acentuó todavía más la dependencia comercial de México, mientras que la CAN o el Mercado Común Centroamericano que no lograron fortalecerse políticamente, viven el riesgo de debilitarse todavía más por los acuerdos comerciales de casi todos sus miembros con los Estados Unidos. El MERCOSUR logró detener la propuesta del ALCA, pero las promesas de concretar una unión aduanera y profundizar espacios para políticas comunes no se han concretado.Es evidente que todos estos bloques comerciales poseen diferencias muy importantes entre ellos, y no se pretende olvidarlas, pero es necesario advertir que más allá de esa diversidad, estos procesos regionales no han logrado detener el constante rezago de la región en el comercio global, no han servido para enfrentar colectivamente las grandes crisis y no han superado sus problemas internos. También está claro que las potencialidades de uno y otro acuerdo para generar otro tipo de integración son distintas, y sin desechar esas opciones, es importante reconocer que no han sido aprovechadas de manera adecuada, no se asumieron las responsabilidades para llevarlas adelante y nadie parece dispuesto a pagar los costos que las nuevas posturas pudieran significar.
Conceptos difusos, prácticas diversas
A pesar de todos estos problemas, la idea de la integración regional sigue contando con importantes apoyos. En el pasado se apelaba a la imagen de la "unidad" de América Latina, buscándose un compromiso político ya que la articulación entre países era parte de una plataforma política, respondían tanto a demandas nacionales como a buscar formas alternativas de presentarse frente al mundo. En aquellas ideas de décadas atrás la articulación entre países se correspondía con estrategias de desarrollo nacional y con ciertos objetivos de incidencia a nivel mundial (ver por ejemplo a Devés Valdés, 2003).
Las referencias a la "unidad Latinoamericana" se mantienen en la actualidad, pero el contenido de la discusión es muy distinto. El relacionamiento entre los países pasa a considerarse esencialmente en un plano comercial; se confunde "integración" con "acuerdos comerciales". Seguramente el mejor ejemplo del abordaje conceptual de esos años fue la propuesta de "regionalismo abierto" de la CEPAL (1994). La elaboración cepalina concebía a la integración como un proceso esencialmente comercial, en particular basado en las rebajas arancelarias y apertura de los mercados nacionales al exterior; la liberalización no sólo era dentro de una región sino al mundo, suponiéndose que operarían mecanismos de competitividad convencionales que permitirían una mejor inserción exportadora.
Las ideas cepalinas fueron funcionales a las reformas de mercado y por lo tanto se expresan en un "vacío de la política" en varios planos: ignoran la política internacional (por lo cual no consideran la geopolítica regional ni los conflictos sobre la seguridad); no se discuten adecuadamente las políticas de desarrollo en la perspectiva regional; y finalmente, existe un vacío en la política ciudadana (no se exploran en detalle la promoción de la participación ciudadana y la apropiación política de la integración). Es por lo tanto una visión "contractual" de la integración, donde los gobiernos intercambian concesiones comerciales, con una institucionalidad mínima, y promotores de la globalización. El ejemplo, a juicio de CEPAL, era el TLCAN.
Las ideas de la CEPAL entendían que la globalización, en especial la económica, representaba un aspecto positivo, y por lo tanto la integración era una mediación para acelerar la inserción en ella. Esto tiene una consecuencia clave donde el "regionalismo abierto" no contradecía la globalización actual sino que era funcional a su promoción. La propuesta de CEPAL ponía como ejemplo al TLCAN, un acuerdo de libre comercio ortodoxo, donde se subordinaban temas claves (como laboral, ambiental y manejo de fronteras), y no se establecían mecanismos de coordinación política. La CEPAL no logró advertir que el TLCAN antes que un marco de integración se constituyó en un instrumento de relacionamiento asimétrico y en una nueva forma de manejo y regulación de los capitales; tampoco advirtió que no generó mayor autonomía en México sino que acentúo la asociación funcional de su economía, vía el sector de "maquilas", a las demandas productivas en EE.UU.
El "regionalismo abierto" de la CEPAL y otras ideas parecidas se desarrollaron en paralelo a las reformas neoliberales, nunca lograron detenerlas y son responsables de haber promovido indefiniciones en temas claves (en especial en el plano político), y esa misma indefinición permitía que esas ideas fueran invocadas en muy diferentes contextos y reflejando distintas posiciones conceptuales. Se generó una enorme confusión donde los gobiernos de América Latina hablaban una y otra vez del "regionalismo abierto" para defender posiciones diversas y a veces contradictorias, incluyendo las reformas propias del Consenso de Washington. En algunos casos el "regionalismo abierto" de la CEPAL no sólo era funcional al neoliberalismo de esos tiempos, sino que además lo promocionaba al insistir en aspectos como la desregulación comercial.
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