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Ecuador DEBATE Nº 65
TEMA CENTRAL
Regionalismos
El regionalismo ha sido asociado en el pasado con el problema de las minorías étnico lingüísticas oprimidas o explotadas por el centralismo de los Estados nacionales. Se trataba de minorías en regiones situadas en la periferia del mundo capitalista, que sufrían los males del subdesarrollo. El enfoque de los estudios era el espejo de la ideología de las elites políticas e intelectuales, que inspiraban estos movimientos: las teorías tercermundistas de la dependencia y de la relación desigual entre centro y periferia, proporcionaban elementos de identidad. Los objetivos iban desde el reformismo autonomista hasta el radicalismo separatista.
El título de uno de los primeros trabajos politológicos, que estudiaron el fenómeno, una colección de ensayos editada por Dirk Gerdes en 1981, y que llevaba el significativo título La Rebelión de las Provincias2, quería señalar precisamente las intensiones de rebelión de las regiones sacrificadas en el marco de los respectivos Estados naciones. Córcega, Flandes, Escocia, Cerdeña y la Bretaña. El enfoque, que veía los vínculos entre las luchas por la defensa de la cultura y de la identidad nacional y la crítica a modelos dominantes de desarrollo y de organización social, se encontraba también en el volumen de 1983 de dos sociólogos italianos Melucci y Diani, que presentaban como ejemplo Escocia, Quebec, Occitania y Bélgica3.
Los regionalismos de los años 70 contribuyeron ciertamente al debilitamiento de las instituciones centralistas y a la afirmación de los modelos de identificación regional, pero las teorías de la dependencia fueron rápidamente desmentidas e incluso por las nuevas características del regionalismo europeo de los años 80. La gran renovación y el extraordinario éxito de los regionalismos en Europa ha tenido lugar de hecho en aquella década. Pero desde aquella década en adelante, no han habido ya los regionalismos geográficamente y económicamente periféricos del continente, los que impugnarían la bandera, la autonomía institucional y de la identidad regional. Han sido por el contrario las regiones ricas las que hicieron explotar el problema de la nacionalidad al interior de los estados unitarios, y han sido ellas las que mantienen vivo y lo proponen en el orden del día en la Unión Europea.
En dos de los casos estudiados en el libro de Gerdes, la situación se ha justamente invertido. Flandes ha conocido un desarrollo extraordinario gracias al modelo económico de las medianas y pequeñas empresas en contraste con el empobrecimiento de la Walonie, golpeada por la crisis de la minería. Ahora los flamencos son todavía más orgullosos de la propia identidad y reivindican siempre mayores poderes en el Estado belga. Escocia no es ya una región agrícola y en depresión, sino que gracias al petróleo del mar del Norte ya puede hacer pesar en Londres su voluntad de autonomía, fundada sobre una identidad antigua de muchos siglos.
Otro ejemplo de región agrícola que se ha transformado en las últimas décadas en una región industrial con tecnología mucho más avanzada es Baviera, cuya fuerte identidad viene hoy reforzada justamente por el nivel de riqueza y del bienestar alcanzados. El caso de Baviera merece atención, mientras que por los privilegios que goza en cuanto Land en un sistema federal esto no suele ser tomado en consideración por los estudios de los movimientos regionalistas. Otros ejemplos de movimientos regionalistas que han emergido de la historia y han nacido justamente, y en épocas recientes en regiones ricas y desarrolladas son aquellos del país Vasco, de Cataluña en España y de la Liga Norte en Italia.
Se trata de pocos ejemplos. Son únicamente los más significativos de un fenómeno, que se ha constituido en toda Europa Occidental. No existe hoy Estado europeo, que no tenga su regionalismo, algunas veces nacidos de manera artificial, por imitación o de forma improvisada. En política, se sabe, es siempre posible inventar. Tanto más cuando existen razones objetivas que impulsan hacia esta dirección. Estas son conocidas.
Casi todo nace de la crisis de gobernabilidad de los Estados nacionales, agravados por la burocratización e incapacitados para sostener la complejidad del Estado social. Los Estados nacionales van perdiendo muchas de sus funciones frente a la globalización: si hace 25 años, ésta podía ser una hipótesis de un sociólogo como Bell, o hace 35 años, la de un ideólogo como de Rougemont, hoy se ha convertido en una realidad. La europeización a su vez rompe las barreras de los Estados nacionales y crea una arena, que si bien es de dimensiones geográficas limitadas, tiene sus dimensiones económicas y demográficas propias.
Frente a estos nuevos horizontes, que se abren perspectivas de bienestar y de convivencias y se suscitan también ansias y temores, nace la necesidad de encontrar y reencontrar una identidad que tenga confines más limitados. Estas identidades son por otra parte alimentadas por la variedad de historias de los pueblos europeos, por la multiplicidad de sus culturas.
Se asiste por consiguiente a una revitalización de las tradiciones regionales, a la más convincente defensa de la propia lengua, a la reivindicación de un propio y original modelo de desarrollo económico y de relaciones sociales. La contestación del Estado central es justificada también por exigencias de participación y de democratización4.
Los movimientos colectivos, que tienen su razón de ser en el territorio, han dado vida a nuevos partidos políticos o han reanimado los antiguos, algunos de los cuales más que seculares. En todos los sistemas de la Europa Occidental han entrado en la arena política numerosos partidos de ámbito subnacional. Estos partidos recogen votos en las elecciones a todo nivel, en particular como es natural en aquellos locales y regionales, y sobre todo, como se recordará más adelante, en las elecciones europeas. Algunos de ellos han adquirido un papel importante en los respectivos sistemas políticos y han merecido la atención de los estudiosos5.
Veremos más adelante la función que las elecciones europeas desarrollan para la vitalidad y para la identidad de los partidos regionalistas y veremos también el puesto que la integración europea ocupa en los programas de muchos de ellos. En primer lugar, recordemos los varios procesos de regionalización de los Estados en la Europa Occidental.
Las reformas regionales en los estados de la Europa occidental
Junto a los partidos, en algunos casos gracias también a los partidos, se han desarrollado y han adquirido siempre más conciencia del propio papel, las instituciones subestatales, que los mismos Estados han considerado oportuno crear y potenciar.
El proceso de regionalización ha conocido en casi todos los países de la Unión Europea una expansión y una aceleración, incluso en el curso de los años 80. Las reformas regionales parecen dar razón a las teorías neo-institucionalistas: en muchos casos la acción legislativa promovida desde arriba, ha impulsado si no incluso creado desde la nada, sentimientos de pertenencia regional, primera etapa hacia la reconstrucción de una específica identidad.
Bélgica se ha convertido formal y constitucionalmente en un estado federal en 1993. En 1995 han sido elegidos directamente los parlamentos de Flandes y de Walonie. Ya la Reforma de la Constitución de 1971 había definido la existencia de tres regiones Flandes, Walonie y Bruselas, y de tres comunidades, una de lengua francesa, las otras de lengua flamenca y alemana. La reforma de 1971 es el resultado de una regionalización de la sociedad y de la política belgas, que duraba desde hacía décadas. En 1963 había sido fijado el confín lingüístico, pero ha sido únicamente en los años 80, precisamente con las leyes de 1980, 1981, 1988 y 1989, que el proceso de descentralización ha adquirido en Bélgica ritmos más acelerados, hasta dar vida a la federalización de los años 90. Estos desarrollos institucionales han debilitado el partido regionalista de Flandes, la Volksunie, pero han reforzado la identidad flamenca6.
2D. Gerdes (hrsg.), Der Aufstand der Provinz, Regionalismus in Westeuropa, Campus, Frankfurt am M. New York, 1981.
3A. Melucci, M. Diani, Nazioni senza Stato. I moviminti etnico-nazionali in Occidente, Loeschet, Torino, 1983.
4La más reciente y profunda exposición de las regiones y de las formas de los procesos de regionalización en Europa occidental se encuentra en M Keating, The New Regionalism in Western Europe. Territorial Restructuring and Political Change, Edward Elgar, Cheltenham 1998.
5El primer volumen de un cierto relieve sobre varios partidos regionalistas ha estado a cargo de L. De Winter, Non-State wide parties in Europe, Institut de Ciéncies Polítiques i Socials, Barcelona, 1994.
6Sobre los lejanos orígenes y recientes desarrollos de los regionalismos en Bélgica cfr. K. Deprez, L. Vos, Nationalisme in Belgë. 1780-2000, Houekiet, Antwerpen, 1999.
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