Ecuador DEBATE Nº 67
TEMA CENTRAL
Apuntes dispersos sobre la izquierda boliviana en su relación con los intelectuales y el movimiento étnico
H. C. F. Mansilla
Hasta la introducción del modelo neoliberal en 1985, en Bolivia la opinión pública que de modo impreciso podemos llamar popular estaba prefigurada o, por lo menos, fuertemente influida por concepciones nacionalistas, populistas y anti-imperialistas.
Paralelamente existían las corrientes intelectuales (sobre todo universitarias y de tertulia), que tradicionalmente, como en toda América Latina, se situaban algo más a la izquierda y estaban teñidas de marxismo. A partir de 1952 una mixtura de nacionalismo y socialismo fue la tendencia probablemente mayoritaria de los intelectuales y de los partidos de izquierda. Pese a todos su matices y diferencias internas, era un movimiento social de amplio espectro favorable a un acelerado desarrollo técnico-económico, a la acción planificadora del Estado en la esfera económica y a una reforma "progresista" de los campos educativo y cultural.
En Bolivia estos movimientos nacionalistas e ideologías socialistas, que menospreciaban el legado liberal-individualista y la democracia liberal-representativa, tenían como objetivo una modernización acelerada dirigida por un Estado centralizado y poderoso, pero restringida a sus aspectos técnico-económicos. Por todo ello es imprescindible analizar, aunque muy someramente, la tradición cultural y los valores preconscientes de orientación que resultaron determinantes en esta constelación. Deliberadamente coloco este punto al comienzo de mi texto, pues se trata de una problemática de comprensión difícil y dejada a menudo de lado porque toca fibras delicadas, incómodas e íntimas de la identidad de las izquierdas.
Resumiendo se puede afirmar que el tema es importante porque los intelectuales y los partidos políticos izquierdistas perpetuaron y aun reproducen hoy elementos del legado histórico con marcado carácter autoritario. Por ejemplo: alrededor de 1950 los pensadores de izquierda y los nacionalistas asociaron la democracia liberal y el Estado de Derecho con el régimen presuntamente "oligárquico, antinacional y antipopular" que fue derribado en abril de 1952. En el plano político-cultural estas corrientes socialistas y nacionalistas promovieron un renacimiento de prácticas autoritarias y el fortalecimiento de un Estado omnipresente y centralizado. Este mismo programa era el propugnado por la izquierda pro-cubana y por los grupos partidarios de la guerrilla guevarista. A partir de 1952 y en nombre del desarrollo acelerado, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y los partidos que le sucedieron en el gobierno reavivaron las tradiciones del autoritarismo y el centralismo, las formas dictatoriales de manejar "recursos humanos" y las viejas prácticas del prebendalismo y el clientelismo en sus formas más crudas.
Todo ésto fue percibido por una parte considerable de la opinión pública como un sano retorno a la propia herencia nacional, a los saberes populares de cómo hacer política y también como un necesario rechazo a los sistemas "foráneos" y "cosmopolitas" del capitalismo. Esa fue también la actitud socio-cultural prevaleciente en el MNR, en sus muchas escisiones partidarias y en los innumerables grupúsculos de la izquierda radical hasta el advenimiento del neoliberalismo. Recién a partir de 1985 se hacen esfuerzos efectivos por desterrar toda esta tradición socio-cultural tan profundamente arraigada.
Los pensadores nacionalistas más originales (como Carlos Montenegro y Augusto Céspedes) y los socialistas más importantes (como Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta Mercado) otorgaron poca importancia a la mentalidad prevaleciente, ya que ésta constituiría el "factor subjetivo" o la "superestructura ideológica", que sería barrida del horizonte social por los procesos materiales de urbanización e industrialización. En la época en que les tocó actuar aceptaron de manera tácita el autoritarismo y el burocratismo cotidianos en la administración pública, en el partido y en los hábitos sociales porque ellos provenían de esa misma herencia cultural. El autoritarismo __ practicado generosamente en regímenes nacionalistas y socialistas __ parecía ser altamente favorable para sus fines de un progreso acelerado dirigido desde arriba y desde el centro. La carencia de valores y procedimientos democráticos en el socialismo realmente existente (cuyo ejemplo más cercano y llamativo era Cuba), la dignidad ontológica inferior atribuida al individuo y el uniformamiento de las pautas de comportamiento en los regímenes totalitarios no concitaron ninguna protesta de su parte. Desperdiciaron una brillante oportunidad al no criticar los regímenes totalitarios y al apoyar dictaduras convencionales como la de Fidel Castro, llamado por Octavio Paz el último representante del caudillismo hispano-árabe. Con la autoridad moral e intelectual que poseían, Almaraz, Quiroga Santa Cruz y Zavaleta Mercado habrían realizado una labor encomiable y hasta titánica __ que hubiese sido apreciada en todo el continente __, si hubieran cuestionado el socialismo realmente existente (en Europa Oriental y en el Tercer Mundo) y la cultura política autoritaria en las fuerzas de izquierda y en los sindicatos, todo ésto sin renegar de sus posiciones izquierdistas y de sus anhelos progresistas. Ellos pensaron la revolución y el socialismo como metas al alcance de la mano, y no se preocuparon, al mismo tiempo, por los avatares de la democracia en el ámbito institucional, práctico y cotidiano.
Después de 1985 muchos militantes de izquierda, cuando ingresaron a la vida política convertidos rápidamente en neoliberales, reanudaron una antigua convención, válida desde el comienzo de la era colonial e intensificada notablemente con la Revolución Nacional de 1952: el aparato estatal ha sido visto como el botín de guerra que debería ser utilizado sin contemplaciones para el ascenso social. Como casi todos estos militantes izquierdistas en funciones gubernamentales no poseían fortuna personal en el momento de "tomar el poder", creyeron que tenían el derecho de apoderarse de fondos fiscales para mejorar de una vez y para siempre su situación económica y su status social. Los intelectuales y militantes izquierdistas en función pública no hicieron nada efectivo para detener los fenómenos de corrupción sistemática que dura hasta hoy, aunque de forma mitigada después de octubre de 2003. Muchos de ellos se han servido del erario nacional con una perseveran¬cia digna de mejores causas. Se puede constatar una actitud esquizofrénica de los militantes progresistas en cuanto funcionarios estatales: por un lado fomentan activamente la implementación de reformas modernizantes y, por otro, preservan viejas normativas convencionales. Pocos intelectuales han sido acosados por el aguijón de la duda acerca de su praxis política. Siempre tenían y tienen razón en el momento de emitir un juicio o realizar una actuación. No cambiarán sus hábitos porque desconocen totalmente el moderno principio de la crítica y el auto-análisis. Me extiendo indebidamente en esta temática por la razón siguiente: el comportamiento y los valores de orientación de los dirigentes de los nuevos movimientos sociales y de los líderes de los partidos izquierdistas y populistas serán probablemente muy similares a los reseñados aquí, pues todos estos grupos provienen del mismo acervo común y de una tradición cultural muy parecida.
En este lugar y en el mismo sentido es bueno recordar que el rasgo determinante y preocupante de la gente culta del Alto Perú y luego de Bolivia reside desde la época colonial en una relación ambivalente e
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