Ecuador DEBATE Nº 67
 
 TEMA CENTRAL

inestable, pero a veces muy íntima, con el poder político. Desde antes de la independencia (1825), la mayoría de los que hoy llamamos intelectuales exhibió una mentalidad escolástica, premoderna, tradicionalista, autoritaria y apegada estrechamente al poder estatal fáctico, a pesar de las muchas lecturas de autores ilustrados franceses y británicos y pese a adoptar de modo ostentoso una ideología liberal-democrática y una programática modernizante. Desde entonces la característica distintiva de la gente culta boliviana, incluyendo a los militantes de corrientes izquierdistas, es la falta de una tradición crítica, moderna, abierta a la ciencia, al análisis y al cuestionamiento de las propias premisas. No hay duda de que los intelectuales podrían haber realizado una labor más efectiva para implantar una actitud básicamente crítica en estas tierras.

En los últimos veinte años se ha pasado en un lapso temporal muy breve de una cultura premoderna, conservadora y santurrona, a la imitación indiscriminada (y a menudo con una justificación cínica) del llamado paradigma neoliberal y postmodernista, y en esta empresa los intelectuales contemporáneos han jugado un rol ciertamente notable, aunque no decisivo. En el resto de América Latina la situación es similar. En Chile el historiador Alfredo Jocelyn-Holt, en tono pesimista, se hizo la siguiente pregunta: De qué han servido el análisis y la reflexión a lo largo de las últimas décadas, si una mayoría de los intelectuales de aquel país habría pasado "del avanzar sin transar al transar sin parar" (título de una obra suya de 1998), es decir del rigorismo ético al oportunismo irrestricto. Como dijo Octavio Paz en El ogro filantrópico (1979), los intelectuales han estado obsesionados por el poder, "naturalmente" antes que por la expansión del saber.

En Bolivia y a comienzos del siglo XXI la mayoría de los izquierdistas tampoco contribuye a superar la pesada herencia de épocas y culturas anteriores. Sus críticas demasiado generales del imperialismo y la globalización encubren su inclinación a preservar convenciones irracionales y rutinas anti-éticas. Esta postura coadyuva a consolidar la credulidad de las masas mal informadas con respecto a programas mesiánico-milenaristas, la simpatía por jefaturas carismáticas, su baja productividad laboral y la escasa capacidad de acumulación cognoscitiva. La picardía de los políticos de todas las corrientes sería impensable o, por lo menos, inofensiva, sin la ingenuidad de las capas populares, ingenuidad alimentada por las izquierdas bolivianas. El papel del Movimiento al Socialismo (MAS) es paradigmático en este sentido.

En los últimos años, cuando el modelo neoliberal empieza a resquebrajarse y cuando variados miembros de las élites gobernantes desempolvan sus opiniones críticas con respecto al capitalismo, resurge una nueva ola de liderazgos populistas, mesiánicos y autoritarios, ola reivindicada obviamente por no pocos militantes progresistas bolivianos. Hoy en día se puede constatar una cierta continuidad en la relación asimétrica de los intelectuales y militantes progresistas con respecto a las capas subalternas de la nación, continuidad que abarca una gran parte del siglo XX. La modernización tecnocrática, implementada a partir de 1985, ha devaluado indudablemente el estatismo y el colectivismo, pero ha dejado incólume una porción considerable de la tradición autoritaria y ha generado una homogeneización notable de toda la vida privada y pública, lo que tampoco suscita ningún repudio de los sectores progresistas de la nación. Al igual que la generación precedente, ellos no han sabido mantener una distancia razonable con respecto a la tradición cultural en la que se han criado y, al mismo tiempo, siguen utilizando su posición relativamente privilegiada para evitar el surgimiento de una auténtica consciencia crítica en los sectores mayoritarios de la población.

Como se sabe, la instauración del modelo neoliberal, pero también los cambios socio-económicos acaecidos a nivel mundial en los últimos veinte años han significado en Bolivia el hundimiento del movimiento sindical, la drástica reducción del proletariado minero y la declinación de las ideas socialistas clásicas. Es por ello que las diferentes fracciones de la izquierda boliviana han descubierto tardíamente la relevancia de las cuestiones étnico-culturales, pero se han consagrado a esta temática con una intensidad curiosa y hasta agresiva. Casi toda la actividad de la izquierda boliviana a comienzos del siglo XXI tiene que ver con asuntos y motivos asociados a las etnias llamadas originarias, un apelativo reciente, inexacto y premeditadamente ambiguo.

Es por ello que comprender la izquierda boliviana significa hoy entender sus vínculos con el movimiento étnico-cultural, ya que, con la posible excepción del Partido Obrero Revolucionario (POR), que tiene ahora sólo un rol testimonial, todo el antiguo culto de lo proletario y obrero ha sido echado por la borda. En otras palabras: el marxismo clásico, de cuño libertario, humanista e individualista, ha sido reemplazado por oscuras invocaciones a la etnia, la tierra y el colectivismo, y la inspiración crítica y analítica del llamado socialismo científico ha sido sustituida por el fárrago postmodernista.

Es indudable que hay un renacimiento de factores étnico-culturales, no solamente en Bolivia sino en dilatadas regiones del mundo, donde este tipo de pugnas interétnicas ha terminado a menudo en baños de sangre. No sólo los habituales conflictos entre clases sociales antagónicas, sino las confrontaciones entre diferentes tribus, así como las animadversiones basadas en religiones y lenguas, constituyen uno de los rasgos más importantes y paradójicos de nuestra era. Ni marxistas ni liberales se imaginaron la fuerza y la relevancia sociales que han llegado a tener esos elementos considerados largo tiempo como irracionales, anacrónicos y depasados por el progreso científico-técnico.

La legitimidad de muchas de las reivindicaciones étnico-culturales está fuera de toda duda. De este hecho se aprovecha la izquierda con notable virtuosismo. Por ello hay que considerar algunos de los aspectos concomitantes de este problema, que son cuestiones desagradables (tabúes) y por ello dejadas habitualmente de lado. Me refiero en primer lugar a la cultura del autoritarismo en las comunidades indígenas, a los vínculos entre el resurgimiento étnico y los recursos naturales, el asunto de la productividad laboral y la dimensión de las metas últimas de desarrollo.

Las civilizaciones precolombinas no conocieron ningún sistema para diluir el centralismo político, para atenuar gobiernos despóticos o para representar en forma permanente e institucionalizada los intereses de los diversos grupos sociales y de las minorías étnicas. La homogeneidad era su principio rector, como puede detectarse parcialmente aun hoy en el seno de las comunidades campesino-indígenas. Esta constelación histórico-cultural no ha fomentado en estas latitudes el surgimiento autónomo de pautas normativas de comportamiento y de instituciones gubernamentales que resultasen a la larga favorables al individuo y a los derechos humanos como los concebimos hoy. También entre los militantes progresistas hay tabúes, aun después del colapso del socialismo. Así como antes entre marxistas era una blasfemia impronunciable achacar al proletariado algún rasgo negativo, hoy sigue siendo un hecho difícil de aceptar que sean precisamente los pueblos originarios y los estratos sociales explotados a lo largo de siglos __ y por ésto presuntos depositarios de una ética superior y encargados de hacer avanzar la historia __ los que encarnan algunas cualidades poco propicias con respecto a la cultura cívica moderna y a la vigencia de los derechos humanos. En este campo las corrientes de izquierda sólo se preocupan por consolidar los aspectos autoritarios en el mundo indígena. El ejemplo más claro es la actividad política cotidiana del MAS y del MIP (Movimiento Indígena Pachakuti).

En Bolivia los conflictos étnicos han adquirido en los últimos años una notable intensidad porque la llamada etnicidad __ igual que los credos religiosos __ sirve como vehículo e instrumento de justificación para pugnas por recursos naturales cada vez más escasos, como tierra, agua y energía. Y el más preciado a largo plazo es el menos elástico: la tierra. Aunque estos procesos evolutivos no pueden ser

 
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