Ecuador DEBATE Nº 68
 
 ANÁLISIS

Salvador Allende, narcisismo, crisis y bancarrota de la Izquierda chilena de los años 1970

Roberto Santana

La historia del comportamiento de los diferentes componentes de la izquierda chilena implicados en la experiencia política de la Unidad Popular en el período 1970-1973, guarda aún numerosas "zonas de sombra". Mas allá de la abundante literatura fuertemente ideologizada, hay por suerte algunos trabajos realizados con rigor e imparcialidad que han contribuido a iluminar importantes espacios de la complejidad de los procesos sociales y políticos que tuvieron lugar en esa época.

A pesar de todo, se puede todavía establecer un abundante repertorio de temas "en espera" de ser abordados o de ser sometidos a aproachs interpretativos viniendo de otras ópticas disciplinarias. Entre ellos: ¿Quiénes fueron los actores decisivos en la radicalización política?, ¿Cuál era el carácter de la socialización política de los militantes de los partidos de izquierda?, ¿Qué actitud de las direcciones y de los militantes frente a la perspectiva de una confrontación armada?, ¿Qué rol jugaron los "actores culturales" en la exacerbación política (mass medias, música popular "comprometida", pintura mural)?, y otros más...

Yo me propongo tocar aquí el tema de los actores de la radicalización de la política y de las masas populares durante el gobierno de Salvador Allende y la posición asumida por éste frente al fenómeno. Me parece que la cuestión de las responsabilidades políticas de los principales actores de la izquierda en la confrontación social que tuvo lugar entre 1970 y 1973 permanece como un campo poco frecuentado. No se trata por cierto de establecer una cualquiera culpabilidad histórica ni de iniciar juicios personalizados puesto que, como se sabe, todo proceso histórico es el resultado de una diversidad de actores y de una gran variedad y complejidad de circunstancias. Pero no por ello debe hacerse tabla rasa del hecho de que en todos los procesos sociales y políticos, democráticos o revolucionarios, hay siempre responsables políticos de primer orden y conviene por lo mismo abordar el tema buscando ayudar a entender mejor ciertos pasajes de la historia que aparecen todavía bastante en la bruma. El lector verá que siguiendo esta lógica, este artículo no entra en el tema de las iniciativas y de las acciones de la oposición de derecha ni de aquéllas del gobierno norteamericano a través de la CIA, tanto mas que el autor considera que estas fueron eficaces en la media en que encontraron del lado de la izquierda condiciones que les fueron extraordinariamente favorables.

La interrogación mayor para el caso que nos interesa parece ser ésta ¿Cómo un gobierno de izquierda con un programa reformista o de transición al socialismo, que de cierta manera en sus objetivos representaba la continuidad con el populismo redistribuidor de las presidencias anteriores, que debía, supuestamente, ser realizado en la legalidad y en el respeto de las instituciones democráticas, es desbordado por la extrema izquierda y termina navegando a la deriva con un Estado en plena descomposición, por lo mismo inmanejable, sobre una sociedad convulsionada por la lucha de clases y sometida al desencadenamiento de las pasiones y de la violencia?

Es sin duda cierto que la Unidad Popular con sus promesas de reparación de injusticias, de ocuparse del mejoramiento de las condiciones de alimentación, de vivienda, de la previsión, de la salud para todos, de una mejor educación, etc., representaba de cierta manera una radicalización de las políticas populistas tradicionales y así haciendo abría amplios espacios para la expresión popular de reivindicaciones y para futuras fuertes movilizaciones sociales, sea siguiendo las políticas y la acción gubernamental, sea apartándose eventualmente y peligrosamente de éstas, en todo caso con grados diversos de intensidad. El gobierno de Allende tenía necesariamente que contar con esas previsiones para su propio campo y encontrar manera de hacerles frente.

En cuanto a la estrategia económica propuesta por el programa, si bien las nacionalizaciones de las explotaciones mineras podían contar con un fuerte consensus político, la integración al "Area de propiedad social" de los llamados "monopolios industriales estratégicos" (a expropiar a la burguesía nacional), las grandes empresas de la distribución (a expropiar), el comercio exterior y la actividad financiera (a nacionalizar), constituían por el contrario dominios expuestos a una alta conflictividad, pero como nada estaba precisado ni calendarizado se podía pensar en su viabilidad política en un mediano y largo plazo contando sobre negociaciones eficaces y sin pretender apresurar los ritmos y quemar las etapas. Era una cuestión de dosificación de prudencia y en ciertos momentos también de audacia, pero sobre todo de capacidad creativa de los responsables políticos, condiciones obligadas para un tránsito a un posible socialismo democrático.

La viabilidad de tal programa fue cuestionada desde el interior del gobierno y desde el exterior por fuerzas que estuvieron por quemar las etapas, por no dejar tiempo al reformismo oficial de estabilizar las primeras conquistas y de consolidar los primeros pasos de una transición que necesariamente debía ser imaginada como durable. Esas fuerzas consideraban llegada la hora para avanzar resueltamente hacia la revolución socialista, con todas sus implicaciones en términos de cambio no solamente de estructuras sino también de régimen político e institucional, sin descartar por cierto la eventualidad del fantasma de la "dictadura del proletariado". Estas posiciones eran propias de las fracciones radicalizadas del Partido Socialista y principalmente del MIR, pero también de otros componentes de la UP (MAPU y la Izquierda Cristiana). No es aquí el momento de discutir sobre la inadaptación de tales postulaciones a las condiciones concretas del Chile de ese entonces y a lo ilusorio que era pretender pasar al socialismo en un brevísimo plazo histórico. Basta con hacer alusión a dos hechos. Primero, nadie estuvo, ni antes ni después del triunfo de Allende, interesado en la constitución de un "partido único" de la revolución, sola garantía hasta allí conocida para la posibilidad de la toma revolucionaria del poder por la clase obrera y otras fuerzas populares. Segundo, los partidarios de la revolución Ahora! subestimaban la potencia de unas fuerzas armadas sólidamente estructuradas, dotadas de gran autonomía y modernizadas en tecnología militar y en sus servicios de inteligencia, preparadas como para librar una lucha exitosa contra el "enemigo interior". Dos de sus características se oponían a toda pretensión de que las fuerzas armadas facilitarían la instalación en el país de un sistema socialista revolucionario: su prestigio legalista, que venía de una tradición de respeto institucional (garantes de la Constitución) y la posición de clase de la mayor parte de la oficialidad superior, ligada por relaciones de familia (parentesco, matrimonio) íntimamente a la burguesía. La pretensión de instalar en un corto plazo, sin pasar por la destrucción o al menos la división de la institución militar, una dictadura popular revolucionaria (puesto que en la lucha de clases se trata de eso) aparecía en 1970 como una verdadera utopía. Frente a este desafío mayor, a pesar del discurso revolucionario, no hubo en ninguno de los partidos de la izquierda chilena una estrategia de guerra popular, razón por la cual no hubo tampoco ninguna proposición seria de cómo atacar a la potencia militar garante del sistema que se buscaba reemplazar. La constitución de un ejército popular, con o sin parte de efectivos salidos de esas fuerzas militares, nunca estuvo en la discusión de ninguno de los componentes de la izquierda chilena.

El tema es entonces cómo y por qué el gobierno de Salvador Allende se dejó desbordar por el revolucionarismo al cual incitaban el Partido Socialista, partido del presidente, el MIR y otros componentes minoritarios de la Unidad Popular. A riesgo de ser acusado de "revisionista" por tocar críticamente el valor sagrado de la izquierda chilena post-golpe de Estado, la imagen canonizada por la ideología, yo me voy a permitir proponer aquí algunas pistas destinadas a argumentar que la primera responsabilidad en la derrota histórica de todas las izquierdas chilenas, hay que atribuirla al propio creador de la llamada "unidad popular", al presidente Salvador Allende.

No soy historiador, he seguido en el extranjero a lo largo de los años la evolución de la izquierda chilena y en general de la situación política en el país y me he atrevido a veces a escribir algún análisis crítico tocando la política, en función de alguna coyuntura excepcional o de mis "estados de alma" de antiguo militante. Aprovecho para decir que, personalmente, yo no pude nunca imaginarme a Salvador Allende como revolucionario. Y tenía mis razones. Siete años pasados en Cuba entre 1961 y 1967, me habían permitido conocer muchos líderes y procesos revolucionarios de América Latina y de otros continentes, y la comparación no favorecía en nada a nuestro líder popular y a otros líderes del socialismo chileno que frecuentaron la isla caribeña en esos años y que me fueron también conocidos. Por lo demás, yo había tenido militancia en los años 1950 en el PC y en la campaña presidencial del FRAP (Frente de Acción Popular) de 1957. Luego de mi vuelta a Chile retornando de Cuba a comienzos de 1968, mis actividades políticas de terreno ligadas al MIR (para mi, más que un partido, un proyecto para el mediano y largo

 
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