Ecuador DEBATE Nº 50
 
 ANALISIS

EL ABISMO DE LA POBREZA:
QUITO 1988-89*

Jacqueline Peltre-Wurtz**

La pobreza no es una condición de vida fundada en una cultura que suscite arraigo y orgullo, sino un abismo del que se intenta salir a través de la resistencia física, los conocimientos adquiridos en la penuria y el intercambio de culturas con quienes se encuentran fuera de ese abismo, dentro de los límites de territorios precisos.

 

"¿Pero qué haría usted en mi lugar?" Siempre surgía la misma pregunta durante las entrevistas que realicé en Quito a varias familias pobres entre 1988 y 1989. Profesionalmente, mi misión consistía en estudiar la vida cotidiana de estas familias, pero mis interlocutores también sentían la necesidad de que me pusiera en su lugar para imaginar una solución a una situación insoportable. Nunca había escuchado yo este llamado de auxilio expresado de manera tan insistente durante mis anteriores investigaciones; significaba que la pobreza es un mundo aparte, trágico. Mi propósito es, pues, efectuar un análisis que dé testimonio fiel de esta experiencia.

La pobreza significa "falta de dinero, de recursos". De acuerdo con George Simmel (1971: 176), lo que sitúa a una persona dentro de un grupo caracterizado por la pobreza es la asistencia o el derecho a la asistencia otorgado por una sociedad. En este fin de siglo, el redescubrimiento de la pobreza en el tercer mundo y la reaparición de ésta en los países ricos han llevado a los Estados y a los grandes organismos internacionales a medir la pobreza, en la mayoría de los casos tomando como referencia el consumo alimentario, con el fin de establecer políticas de asistencia .

Para Jean Labbens (1978: 103), la pobreza no sólo es una cuestión de subsistencia. Al retomar las tres dimensiones de la estratificación de Max Weber, Labbens afirma que "para ser pobre, se tiene que carecer tanto de fortuna como de ocupación remuneradora (clase), de fuerza social (poder), audiencia y respetabilidad (estatus)". Es así como se pone de manifiesto el papel esencial desempeñado por las desigualdades sociales, que colocan a los pobres en la base de la pirámide social.

Estas definiciones, sean de orden económico, alimentario, sociológico o político, son incompletas, pues no integran el sufrimiento fisiológico y psicológico que atormenta, desgasta y acaba a los pobres. Al comparar la pobreza con un abismo, se traduce la situación de la gente pobre de Quito como de otras partes, que tienen el sentimiento de sofocarse, de hundirse, de estar en el fondo de un abismo y que intentan aferrarse, mantenerse y escapar de esa situación. Esta vida inhumana se opone a la emergencia y la conservación de la cultura. Geneviéve de Gaulle-Anthonioz, que conoció los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, no se equivocó, al reconocer en la gente pobre de las afueras de París, los estigmas que la marcaron en Ravensbrück (Glorion, 1997:76) . Charlotte Delbo (1966, 1970, 1971), quien también fue deportada, analizó de manera implacable las tres fuerzas de la supervivencia: para resistir en los campos de concentración, había que ser joven y tener un sentido de adaptación fuera de lo común para adquirir rápidamente nuevas experiencias; también era importante conservar su cultura a base del recuerdo, conservar los vestigios del status y de las cualidades anteriores a fin de seguir siendo uno mismo en las barracas o durante los trabajos forzados. En Quito, para resistir e intentar escapar de la pobreza, la gente tiene que valerse de estas mismas fuerzas.

La resistencia física contra la pobreza

El Estado ecuatoriano confió a uno de sus servicios, el CONADE (Consejo Nacional de Desarrollo), la tarea de establecer recomendaciones nutricionales para el conjunto de la población. Estas recomendaciones se basan en las de la FAO y de la OMS y utilizan tablas alimentarias nacionales. En colaboración con el INEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), que lleva un registro de los precios de los alimentos en el país, el CONADE calcula mensualmente lo que cuestan las raciones alimentarias recomendadas a los ecuatorianos, para cada región y para cada gran ciudad, en función de la edad y de ciertas situaciones, como el embarazo y la lactancia. Los organismos internacionales estiman que, en promedio, para las familias situadas en el límite de la línea de pobreza, el costo de la canasta familiar es igual al del resto de los gastos indispensables (vivienda, salud, educación infantil, etc.). Así, en Ecuador, las familias cuyos ingresos son inferiores al doble del costo de la canasta familiar, se sitúan por debajo de la línea de pobreza y aquéllas cuyos ingresos son inferiores al costo de esta canasta, se encuentran por debajo de la línea de indigencia. Este método me pareció válido para las familias estudiadas en Quito. Pude comprobar, tras realizar una encuesta, que estas familias se encuentran efectivamente en la situación de pobreza o indigencia descrita por el CONADE.

En el estudio se analizó una muestra de doce familias de tamaño y orígenes diversos viviendo en distintos barrios de Quito. En dos ocasiones distintas, conviví con cada una de ellas durante quince días, entre 1988 y 1989. Aunque el estudio es preciso en términos cuantitativos, no puede aplicarse a la generalidad y, por lo tanto, constituye un testimonio de las condiciones de vida de aquéllos que viven por debajo de la línea de pobreza, es decir, el 48% de la población de Quito en 1990 (Laspina, Vallejo, 1995: 33).

Los recién nacidos y los niños de temprana edad tienen dificultades para resistir a la pobreza. Durante el estudio, un bebé murió de bronquitis y de malnutrición y, de los 30 niños de entre 2 y 5 años que registré durante mis dos visitas, 17 presentan malnutrición crónica , mientras que los demás se encuentran muy cerca del límite aceptable, salvo tres casos situados muy por encima del promedio. Dada la cantidad de niños (nueve de cada diez) en malas condiciones de salud, o en condiciones apenas aceptables, puede inferirse que las condiciones de sus mayores tampoco son muy buenas.

Los varones han logrado superar la etapa más difícil, pero las mujeres atraviesan aún por períodos de embarazo y lactancia que las debilitan, ya que, como lo veremos más adelante, su condición de pobreza no les permite adquirir la carne y leche necesarias para satisfacer sus necesidades específicas de hierro y calcio. Los mayores de 65 años se encuentran prácticamente ausentes de estas familias urbanas pobres (3 de cada 156, en vez del 4,33% nacional en 1990), aunque la muestra es demasiado pequeña como para sacar conclusiones definitivas.

No basta con tratar de resistir físicamente a la pobreza; para evitar caer en sus redes hay que adquirir ciertos conocimientos. Por ejemplo, para maximizar las posibilidades de mantenerse en buena salud, hay que ser hábil, porque se trata de consumir una ración energética suficiente a pesar de contar con bajos ingresos. Pocas veces mencionado, este conocimiento sale a relucir únicamente cuando las familias aceptan que un investigador conocido observe su alimentación cotidiana durante un largo período, asociándola a su historia, su economía, sus relaciones sociales así como a las vicisitudes de su vida cotidiana.

El combate contra la subalimentación: un conocimiento arraigado en la pobreza

En el estudio se analizó una muestra de doce familias, comprendiendo 76 personas en la primera encuesta y 80 en la segunda. En total se realizaron 156 observaciones:

- el 9% de los individuos se encuentra más próximo de la línea de pobreza que de indigencia,
- el 22% se encuentra más próximo de la línea de indigencia que de pobreza,
- el 69% vive por debajo de la línea de indigencia.

Lo lógico sería constatar una subalimentación generalizada, sin embargo, no es así :

a) el 53% de las personas consume la ración energética recomendada (entre el 90 y el 110% de la ración; teniendo en cuenta los errores de observación, es difícil lograr una mayor precisión),

b) el 16% tiene una alimentación moderadamente insuficiente (el 80 al 89% de la ración recomendada),

c) el 20% cuenta con una alimentación seriamente insuficiente (entre el 50 y el 79% de la ración),

d) el 11% consume menos del 50% de la ración recomendada .

En resumen, mientras que nueve de cada diez personas de la muestra viven cerca de la línea de indigencia, siete de cada diez cuentan con una ración energética normal o casi normal. El examen detenido de la encuesta muestra que, con la costumbre, parece como si se hubiese adquirido un conocimiento preciso del valor energético de los alimentos y de sus principales nutrientes, sobre todo de las proteínas (ni calorías ni proteínas forman parte del vocabulario de las personas interrogadas). Los pobres que entrevisté en Quito compran en función de lo que cuesta más barato por caloría consumida , sin dejar de tener en cuenta la composición proteica de los alimentos y, sin duda también, de los minerales y vitaminas específicos.

De acuerdo con las recomendaciones del CONADE, cada persona de la muestra debe consumir en promedio 1.991 kilocalorías diariamente , distribuidas entre los grandes grupos de alimentos, de modo que la ración contenga una proporción equilibrada de los diferentes nutrientes que requiere el organismo. En realidad, cada persona consume en promedio 1.774 kilocalorías, es decir, el 88% de la ración recomendada, mientras que sus ingresos medios, inferiores en un 54% a la línea de pobreza ecuatoriana, la sitúa entre los indigentes.

Con el fin de comparar precios escalonados a lo largo de dos años caracterizados por una fuerte inflación, utilicé como unidad el tiempo de trabajo pagado conforme al salario mínimo por 100 kilocalorías. Globalmente, los alimentos que cuestan menos de 4 minutos de trabajo por 100 kilocalorías (plátano verde o maduro, azúcar, grasas vegetales, cereales, tubérculos y raíces) se consumen (1.430 kcal) según las cantidades recomendadas (1.389 kcal). Evidentemente, las familias desconocen las recomendaciones, que sólo manejan los expertos. Los alimentos más costosos por kilocaloría se compran con parsimonia. De entre los alimentos más baratos, el arroz se consume en mayores cantidades que las recomendadas ya que, teniendo en cuenta su precio, es el que aporta más proteínas. El plátano verde o maduro, más barato que el arroz, pero mucho menos rico en proteínas, se consumió en mayores cantidades que las recomendadas durante un período en que el precio de los cereales se encareció. Naturalmente, la gente pobre no puede darse el lujo de conservar sus hábitos alimenticios cuando los precios suben. El azúcar sigue consumiéndose en mayores cantidades que las recomendadas, sobre todo porque engaña el hambre cuando se utiliza en agüitas azucaradas de bajo costo. En cambio, es sorprendente que las grasas vegetales, ricas en vitaminas liposolubles y en ácidos grasos específicos indispensables, se consuman en tan pocas cantidades, pese a su bajo costo por kilocaloría. Unos cuantos minutos de trabajo (4,7) reservados a la compra de alimentos no recomendados, podrían destinarse a comprar grasas vegetales. Sin embargo, el consumo de diversos estimulantes (café, cerveza, especias, golosinas, etc.), considerados no indispensables por el CONADE, posiblemente obedezca a necesidades psíquicas (aferrarse a la vida u olvidarla), mucho más imperantes que las necesidades fisiológicas.

Los especialistas en nutrición afirman que antes de resolver el problema del equilibrio alimentario, primero hay que atender el de la subalimentación. La gente pobre observada en Quito ha resuelto en gran medida este segundo problema, a pesar de su indigencia e intenta, como ya lo he demostrado, combatir la malnutrición privilegiando los alimentos de bajo costo pero ricos en proteínas. Como no cuentan con otro recurso, prácticamente todas las familias se siguen viendo afectadas por la malnutrición. Así, de las calorías costosas recomendadas, las familias sólo se procuran el 41% de aquéllas de origen animal , cuyas proteínas son de calidad superior a las de los vegetales , sólo consumen el 53% de las calorías provenientes de las frutas y hortalizas, ricas en vitaminas y minerales específicos, y absorben únicamente el 37% de las kilocalorías generadas por las leguminosas, cuyos aminoácidos esenciales, complementarios de los de los cereales, mejoran la calidad de las proteínas vegetales si se ingieren en un mismo platillo. Así, las 1.744 kilocalorías diarias consumidas por persona cuestan 50 minutos de trabajo pagados con el salario mínimo , mientras que la ración recomendada de 1.991 kilocalorías requiere de 87 minutos de trabajo. El acceder al 88% de la ración calórica por sólo el 57% de su costo constituye un logro, aun si la malnutrición persiste.

Este conocimiento subestimado no se transforma en cultura porque se desarrolla en un mundo de sufrimiento en el que se trata más bien de olvidar los cálculos cotidianos necesarios para alimentarse eficazmente. Por ello, me inclino en favor de Jean Labbens, quien difiere de Oscar Lewis en cuanto al concepto de cultura. Para este último, "la palabra cultura implica esencialmente cierta tradición del modo de vida transmitido de generación en generación" (1963: 29), lo que le permite afirmar que existe de una cultura de la pobreza. Para J. Labbens, no hay que confundir cultura y adaptación forzada a una situación. "Para poder hablar de verdadero fenómeno cultural, el comportamiento tendría que estructurarse con base en un sistema original y coherente de valores, capaz de resistir al cambio" (1978: 164). Yo añadiría: o capaz de asimilar el cambio. Ahora bien, la gente pobre anhela precisamente este cambio para lograr salir del abismo y "quitarse la ropa de pobre", tal como decía un niño quiteño. Los pobres repudian la pobreza y las dolorosas experiencias que van asociados a ella.

 

Saber quién soy y dónde estoy, fundamento de las culturas humanas

La pobreza, al igual que el universo de los campos de concentración, no es generadora de cultura, sino de conocimientos adquiridos bajo circunstancias difíciles. La pobreza deja huellas muy hondas e indelebles en todos aquéllos que logran escapar de ella. No obstante, los pobres , como los deportados, llevan consigo culturas ligadas a sus diversas identidades sociales y a sus relaciones con uno o varios territorios.

Al evocar estas identidades y sus relaciones, se libera el habla, se expresa por fin lo que consuela, lo que es motivo de orgullo, lo que brinda seguridad, lo que enaltece; ya no se siente vergüenza. El hecho de discutir con el encuestador sobre la educación de los niños va creando un puente que los une en una misma cultura de padres de familia. El hecho de mostrar o describir su experiencia profesional es causa de orgullo, ya sea que se trate de un albañil que lleva al investigador por el lugar donde trabaja, de la revendedora de frutas que le habla de sus relaciones de confianza con los transportistas agrícolas de su región natal, o del basurero que le explica cómo separa los desechos de basura de la ciudad en su relleno.

Al evocar los vínculos que siguen uniendo al individuo con su familia, con los amigos del pueblo natal (en el caso de los inmigrados urbanos), o al evocar aquéllos que ha forjado con compañeros de trabajo o vecinos, influye profundamente en su afectividad. Por supuesto, estos vínculos dan lugar a la solidaridad financiera, pero el hecho de participar en diversos tejidos sociales refuerza aún más la capacidad de cada cual para identificarse con algo ajeno a la pobreza. La escuela y la religión, paralelamente a la solidaridad ordinaria, desempeñan un papel específico. La primera de estas instituciones proporciona los medios para enfrentarse mejor al mundo y la segunda ayuda a brindarle un sentido. Todos buscan el aura de respetabilidad que ambas confieren siempre y cuando sean respetadas sus reglas y sus leyes (obtención del diploma escolar, matrimonio, bautizo). Si sólo una minoría logra cumplirlos, es porque el sistema escolar rechaza a los rezagados, porque las parejas son inestables, porque es imposible imaginar un bautizo sin fiesta ostentosa ni padrino con dinero. De este modo, tanto la cultura escolar como religiosa, tal como las viven las familias estudiadas, desempeñan un papel ambiguo, a veces de valorización y, a menudo, de exclusión.

Por consiguiente, el investigador observa que las familias relacionadas entre sí por valores comunes son menos vulnerables. Asimismo, advierte el papel esencial que desempeña el hábitat en la formación de identidades individuales y colectivas. Siete de cada doce familias consideran ser propietarias de su casa, aunque ninguna pueda comprobar la validez de sus títulos eventuales de propiedad. No obstante, en la casa, el patio o el jardín se expresa la libertad, la creatividad, la personalidad de cada cual. Habitar un lugar propio es una manera de estar en uno mismo. Tan es así que la conquista de ese territorio adopta a veces la forma de invasión por decenas de familias de una hacienda en la que construyen sus refugios de la noche a la mañana, un fenómeno muy conocido en Latinoamérica. Si la acción colectiva se logra, se convierte entonces en un título de gloria inolvidable. En cambio, la amenaza de perder esta propiedad se vive siempre como un desarraigo. Esto puede suceder tras un deslave de lodo, frecuente en la región, que destruye la cabaña construida en un terreno muy inclinado, poco vigilado y al que se aferra la gente pobre. La pérdida de la propiedad puede ser provocada también por la precariedad del refugio familiar ­fabricado con varas superpuestas y bolsas de plástico a manera de techo­ expuesto a ráfagas de viento en altitud (3.000 metros), donde los niños mueren literalmente de frío. Asimismo, el hecho de volverse simple inquilino de su vivienda, como es el caso de las otras cinco familias, equivale a descender aún más en el abismo de la pobreza. Sin embargo, el vivir en una vivienda alquilada, prestada u ocupada ilegalmente, permite por lo menos mantener alejada a la pobreza. Aun si ya no puede dársele el toque personal duradero a la vivienda, ni proyectar en ella el futuro, el muro o el alambrado de púas seguirán marcando el territorio del hogar. Es de aquí de donde se toman las marcas de referencia que sirven para controlar el o los barrios donde se teje la red de relaciones familiares, así como de otros lugares, a veces alejados, donde se ha desarrollado la historia de cada cual. En esos lugares se mantienen con frecuencia sólidos vínculos sociales y económicos y el pasado conserva un grato sabor.

El papel que desempeña la vivienda en la formación de la personalidad es tal que su pérdida marca rápidamente la ruptura con la mayor parte de los vínculos sociales y acelera la degradación de los individuos. Las familias quiteñas observadas no vivieron esa tragedia mientras estuve yo con ellas, mas no por ello deja de atormentarlas. Xavier Emmanuelli (1995: 228), recuerda que "el territorio es la noción más arcaica y, por lo tanto, la más vulnerable, la única intocable; es común a todos los seres vivos. Los seres humanos sin territorio son seres perdidos." Además, el vínculo con el territorio en el que vivieron estos "seres perdidos" se mantiene aun cuando hayan desaparecido los valores que los vinculan a la sociedad. De la misma manera, Xavier Lerolle, psicoterapeuta, evoca a estos jóvenes de los barrios populares de las afueras de París "« sin raíces », nacidos sin valores ni puntos de referencia, de estructura psicótica... No pueden abandonar « su barrio », el lugar en el que se criaron... Nunca podrán decir « yo trabajo » porque no pueden hablar en primera persona. Su violencia es el único lenguaje que conocen..." (1996:18).

Por un "derecho de ciudadanía"

Los pobres, por lo tanto, sobreviven siempre y cuando conserven la salud, su participación efectiva en una cultura, así como su refugio-territorio ­base indispensable para inventar conocimientos específicos. En cuanto a la sociedad, ésta puede brindarles cuando mucho asistencia. Las familias de Quito que viven en el límite de la línea de pobreza probablemente salgan solas de ese abismo. A veces, ciertos jóvenes decididos, apoyados por sus familias, logran abrirse camino a través de la educación. La sociedad ecuatoriana proporcionará a las demás familias una ayuda alimentaria y médica variable, según las políticas del momento, sin ambición ni proyecto a largo plazo. La pobreza, ese espacio sin cultura propia, persiste. Sólo gracias a la promulgación y aplicación de leyes nacionales que concreticen la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, puede dárseles a los pobres "derecho de ciudadanía" ahí donde viven, sólo así puede colmarse el abismo de la pobreza. Este tipo de políticas busca controlar el liberalismo mundial que lleva a los países del tercer mundo hacia la economía de mercado, que enriquece globalmente al planeta generando desigualdades económicas nunca antes vistas en ninguno de estos países. Las fuerzas económicas y las minorías activas solidarias de los pobres se oponen en lo esencial: el derecho a la dignidad, un combate que parece no tener fin.

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