Ecuador DEBATE Nº 54
COYUNTURA
¿Y DESPUES DEL 11 DE SETIEMBRE, NUEVA YORK?
Aníbal Quijano
Nueva York es la única ciudad del universo que conozco en que nadie es extranjero. ¿Respecto de quién podría serlo?. En sus calles, en las de Manhattan sobre todo, caminan todas las identidades del mundo. Todas son diversas y todas son iguales. Y por lo tanto, libres. Allí habitan todas las libertades conquistadas en el mundo, todos pueden creer, sentir, pensar, hablar, comer, vestir, andar, amar, soñar, a su propia manera. Todos pueden asumir su identidad o inventarse una si hace falta, libremente. Por eso mismo, la tentación identitaria está ausente, porque es innecesaria.
En cierto modo, Manhattan preludia, casi es, el futuro (¿la utopía?) de un mundo en que, por fin, nadie fuera más el extranjero de nadie, donde todos pudiéramos ser socialmente iguales en tanto que diversos, cultural e individualmente, y en que todos pudiéramos ser más plenamente individuales cuanto más sociales y viceversa ("a la visconversa", le gustaba decir a mi amigo Luis Lander en Caracas, y así suena, en realidad, más ceñido). Porque allí hasta la soledad no puede ser sino social.
No hay ninguna otra ciudad en ese país que se le parezca. Usted sale cinco minutos fuera de Nueva York y ya es extranjero. Las demás que conozco tienen otros atractivos, sin duda. Las libertades de la vida de San Francisco no parecían brotar de su propio suelo social y cultural. Era una manera decidida por habitantes foráneos y que no llegó, no parece haber llegado, a tener la solera del tiempo y su capacidad de reproducción. Y no he encontrado en el mundo ninguna manera más provinciana que las ciudades provincianas de Estados Unidos. Las provincias del resto del mundo tienen prejuicios y estereotipos menos construidos, como ocurre con los pueblos viejos de los países viejos, que parecen brotados naturalmente del suelo, y donde sus prejuicios y sus normas duran y cambian viviendo, como sus plantas y sus cerros. Los pueblos de la provincia en Estados Unidos no tienen, no me parecen tener, esos mismos atributos.Hay en el mundo ciudades más ilustres, más hermosas, más ricas, más pobladas de gentes y de soledad, más amables quizá. He trajinado y amado las calles y las noches de muchas de ellas, en países y tiempos muy diferentes, prolongo sus caminos y sus soledades. Pero viviendo y observando sus cambios he llegado a sospechar que todas ellas soñaban con ser como Nueva York, hasta habían comenzado a imitarla. Querían ser tan altas, tan diversas, tan tendidas al futuro, incluso tan desvestidas de antiguedad, como ella. Nueva York había llegado a ser vista como la ciudad más ciudad del mundo, una conquista de toda la especie, un símbolo y un horizonte de su aventura. ¿Por qué?
No es mía solamente la idea de que en ningún otro espacio/tiempo se enraizaron tanto como en Estados Unidos yanqui las ideas de libertad y de igualdad social de los individuos. Allí la idea de libertad individual fue una de las condiciones mismas de la nueva existencia social que se levantaba; pero habría sido inútil sin la idea de igualdad social de los individuos. Todas las demás sociedades son raigalmente jerárquicas, inclusive aquellas europeas donde la ideología formal canta a la igualdad. Las de Asia reproducen antiguas y naturalizadas jerarquías, como las que armó la colonialidad del poder en América y en Africa.Ese rasgo formado por la alianza entre la libertad y la igualdad de todos los individuos, en Estados Unidos pervive, es cierto, al lado de las reales jerarquías de la sociedad y de todos los otros espeluznantes signos de la dominación: la ferocidad, la rapacidad y la violencia, que sin cesar son predicados, practicados, filmados y cantados desde el poder. Bajo éste, la idea y la práctica de la igualdad social de los indidivuos no pudieron mantenerse sin una mueca distorsionada: son practicadas como la otra cara del más exacerbado individualismo, opuesto a la idea y a la práctica de la solidaridad social. El "sueño americano" es una ideología de poder y de bienestar de los unos contra los otros. No es una utopía de solidaridad y de felicidad de todos los habitantes de este mundo. Con todo, si la idea y la práctica de libertad e igualdad social de todas las gentes alguna vez llegaran a extenderse a mucha más gente, en fin, mundialmente, no podrían hacerlo sin desprenderse de esos perversos compañeros, sin aprender a convivir con la solidaridad social y con la plena igualdad de los diversos. El nuevo tiempo americano, el que ya había comenzado, lleva a ese horizonte. Después de todo, la más genuinamente propia utopía de Nuestra América es, precisamente, la que forman las aspiraciones de diversidad identitaria, de libertad, de igualdad y de solidaridad social de todos los individuos del mundo. Si alguna vez una revolución genuina muta la existencia social americana, el poder que hoy la articula será, por eso, reemplazado por la conjunción de esas prácticas como la forma cotidiana de existencia social.
De algún modo, incongruente, discontinuo, inseguro, asediado por todos los signos de la violencia y del poder, en las calles de Manhattan esas posibilidades de otra existencia social de nuestra especie eran activas y reales, como en ningún otro lugar de Estados Unidos, ante todo porque fue toda la especie humana, en toda su espléndida diversidad, que la formó, la amamantó, la amó, la habitó. Las ansias de liberación de las jerarquías históricas que el poder naturalizó fue, sin duda, lo que llevó a gentes de todos los rincones y de todas las identidades del planeta a poblar y a constituir la existencia social cotidiana que se llama Nueva York. Y, a su turno, fue esa diversidad la que amplió, profundizó, reprodujo y confirmó la alianza entre la diversidad, la individualidad y la libertad. En pleno eclipse el "sueño americano", como horizonte que prometía el bienestar y el poder a todos sin tener que ocuparse del otro, o, peor, en su contra, esas prácticas estaban comenzando a asociarse también, necesariamente, a la solidaridad social, como condición sine qua non de la existencia social cotidiana de cada vez mayor número de gentes. Estaba emergiendo un suelo nuevo, de donde comenzaba a formarse un tiempo y un horizonte nuevos, otra existencia social.
Después del nuevo 11 de septiembre no podemos menos que preguntarnos si esa planta histórica que la especie había comenzado a cultivar, habrá durado sólo hasta el comienzo del siglo XXI. ¿Dejaremos que la vesanía de los Hunos y de los Hotros la destruya?. No lo creo. Y por una simple razón: porque esa Nueva York cumplía una absoluta necesidad de nuestra especie. Creo, por eso, que sus calles volverán a ser habitadas de todas las desventuras de la especie, como antes, pero también de todos sus sueños. De todas sus propias miserias, de sus soledades, pero también de todas sus grandezas.
Veo que otros lloran las utopías del poder, tienen nostalgias de sus rascacielos, de sus trágicas torres, de su Wall Street. Les hará falta el Becerro de Oro que muge en esa calle para que ellos, cada día, se arrodillen y le obedezcan. Ya pueden consolarse. Pueden encontrar esos mismos símbolos y las mismas deidades en New Shangai, o en New Bangkok. Inclusive en otra NewYork, si nosotros somos derrotados, de nuevo. Pero si no lo somos del todo, si nos reagrupamos de nuevo, como después de cada derrota, como lo estamos ya haciendo ahora mismo, la nueva América, Nuestra América, tendrá, de todos modos, su propia ciudad de Nueva York.
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